VI
La caída del virrey debía producir indudablemente la del Ayuntamiento, y así sucedió.
Casi al mismo tiempo que aprehendieron á Iturrigaray, redujeron á prisión al Lic. Verdad, al Lic. Azcárate, al abad de Guadalupe Don Francisco Cisneros, al mercedario Fr. Melchor de Talamantes, al Lic. Cristo y al canónigo Beristain.
Fr. Melchor de Talamantes fué conducido á San Juan de Ulúa, y allí en un calabozo espiró, habiendo sido tratado con tanta crueldad que hasta después de muerto se le quitaron los grillos. Azcárate estuvo á punto de morir envenenado.
Pero entre todos los presos ninguno tenía sobre sí el odio de la Audiencia como el Lic. Verdad.
Verdad se había atrevido á hablar de la soberanía del pueblo delante de los oidores, de los inquisidores y del arzobispo, y este era un crimen imperdonable.
En efecto, si se consideran las circunstancias en que esto aconteció, no puede menos de confesarse que Verdad, con un valor del que hay pocos ejemplos, lanzó el más tremendo reto á los partidarios del derecho divino, hablando por primera vez en México de la soberanía del pueblo: este sólo rasgo basta para inmortalizar á un hombre.
El Lic. Verdad fué encerrado en las cárceles del arzobispado, y una mañana, el día 4 de Octubre de 1808, se supo con espanto en México que había muerto.
¿Qué había pasado? nadie lo sabía; pero todos lo suponían, y Don Carlos María de Bustamante, en el suplemento que escribió á los «Tres siglos de México,» asegura que Verdad, amigo íntimo suyo, murió envenenado.
Bustamante refiere que él fué en la mañana del mismo día 4 y encontró á Verdad muerto en su lecho.
Pero indudablemente Bustamante se engañó: he aquí el fundamento que tengo para decir esto.
Cuando en virtud de las leves de Reforma el palacio del arzobispo pasó al dominio de la nación, de la parte del edificio que correspondía á las cárceles se hicieron casas particulares, una de las cuales es la que hoy habita como de su propiedad, uno de nuestros más distinguidos abogados, Don Joaquín María Alcalde.
El comedor de esta casa fué el calabozo en que murió Verdad, y cuando por primera vez se abrió al público, yo ví en uno de los muros el agujero de un gran clavo, y alderredor de él, un letrero que decía sobre poco más ó menos:
Este es el agujero del clavo en que fué ahorcado el Lic. Verdad.
Y todavía en ese mismo muro se descubrían las señales que hizo con los pies y con las uñas de las manos el desgraciado mártir, que luchaba con las ansias de la agonía.
Allí pasó en medio de la obscuridad una escena horriblemente misteriosa—el crimen se perpetró entre las sombras y el silencio.
Los verdugos callaron el secreto: Dios hizo que el tiempo viniese á descubrirle.
La historia encontró la huella de la verdad en unos renglones mal trazados, y en un muro que guardó las señales de las últimas convulsiones de la víctima.
Vicente Riva Palacio.
HIDALGO
¿Quién era Hidalgo? ¿de dónde venía? ¿en dónde había nacido? ¿qué hizo hasta el año de 1810?
¿Qué nos importa? Quédese el estéril trabajo de averiguar todos esos pormenores al historiador ó al biógrafo que pretendan enlazar la vida de un heroe con ese vulgar tejido de las cosas comunes.
Hidalgo es una ráfaga de luz en nuestra historia, y la luz no tiene más origen que Dios.
El rayo, antes de estallar, es nada; pero de esa nada brotó también el mundo.
Hidalgo no tiene más que esta descripción: Hidalgo era Hidalgo.
Nació para el mundo y para la historia la noche del 15 de Septiembre de 1810.
Pero en esa noche nació también un pueblo.
El hombre y el pueblo fueron gemelos: no más que el hombre debía dar su sangre para conservar la vida del pueblo.
Y entonces el pueblo no preguntó al anciano sacerdote: ¿Quién eres? ¿de dónde vienes? ¿cuál es tu raza?
—«Sígueme»—gritó Hidalgo.
—«Guía»—contestó el pueblo.
El porvenir era negro como las sombras de la noche en un abismo.
Encendióse la antorcha, y su rojiza luz reflejó sobre un mar de bayonetas, y sobre ese mar de bayonetas flotaban el pendón de España y el estandarte del Santo Oficio.
Del otro lado estaba la libertad.
El hombre anciano y el pueblo niño no vacilaron.
Para atravesar aquel océano de peligros, al pueblo le bastaba tener fe y constancia; tarde ó temprano su triunfo era seguro.
El hombre necesitaba ser un héroe, casi un dios, su sacrificio era inevitable.
Sólo podía iniciar el pensamiento. En aquella empresa, la esperanza sólo era una temeridad.
Acometerla era el sublime suicidio del patriota.
El hombre que tal hizo merece tener altares—los griegos le hubieran colocado entre las constelaciones.
Por eso entre nosotros Hidalgo simboliza la gloria y la virtud.
La virtud ciñó su frente con la corona de plata de la vejez.
La gloria le rodeó con su aureola de oro.
Entonces la eternidad le recibió en sus brazos.
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Hay proyectos inmensos, que por más que el hombre los madure al fuego de la meditación, siempre brotan informes.
Porque una inteligencia, una voluntad, un sólo corazón, no pueden desarrollar ese pensamiento.
Porque el iniciador arroja nada más el germen que debe fecundarse y brotar y florecer en el cerebro y en el corazón de un pueblo entero.
Porque aquel germen debe convertirse en un árbol gigantesco que necesita para vivir de la savia que sólo una nación entera puede darle.
Estas son las revoluciones.
Germen que se desprende, con la palabra, de la inteligencia del escogido.
Arbol que cubre con sus ramas á cien generaciones, cuyas raíces están en el pasado, cuya fronda crece siempre con el porvenir.
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México había olvidado ya, que en un tiempo había sido nación independiente; los hijos oían á sus padres hablar del rey de España, como rey de los padres de sus padres.
El hábito de la obediencia era perfecto.
Dios había ungido á los reyes; ellos representaban al Altísimo sobre la tierra; el derecho divino era la base de diamante del trono; para llegar á las puertas del cielo era preciso llevar el título de lealtad en el vasallaje; los reyes no eran hombres, eran el eslabón entre Dios y los pueblos; atentar contra los reyes, era atentar contra Dios, por eso la majestad era sagrada.
La obediencia era, pues, una parte de la religión.
Pero la religión no se circunscribía entonces al consejo y á la amenaza; no eran las penas de la vida futura ni los goces del cielo el premio ó el castigo del pecador, no; entonces la Iglesia dejaba que Dios juzgase y castigase más allá de la tumba, pero ella tenía sobre la tierra sus tribunales.
El Santo Oficio velaba por la religión, y la obediencia al rey era parte de la religión.
Leyes, costumbres, religión, todo estaba en favor de los reyes.
¿Cómo romper de un sólo golpe aquella muralla de acero?
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La historia de la Independencia de México puede representarse con tres grandes figuras.
Hidalgo, el héroe del arrojo y del valor.
Morelos, el genio militar y político.
Guerrero, el modelo de la constancia y la abnegación.
Quizá ningún hombre haya acometido una empresa más grande con menos elementos que Hidalgo.
¡Ser el primero! ¡ser el primero y en una empresa de tanta magnitud y de tanto peligro!
Cuando un hombre se reconcentra en sí mismo, y cuando medita en todo lo que quiere decir «ser el primero,» entonces es cuando comprende la suma de valor y de abnegación que han necesitado poseer los grandes «iniciadores» de las grandes ideas.
Entonces, al sentir ese desconsolante calosfrío del pavor, que nace, no más, ante la idea del peligro, entonces puede calcularse cuál sería este peligro, entonces se mide la grandeza del espíritu de los héroes.
Colón al pretender la unión de un nuevo mundo á la corona de España, tenía la fe de la ciencia y el apoyo de dos monarcas.—Hidalgo al querer la libertad de México, no contaba más que con la fe del patriotismo.
Colón buscó la gloria, Hidalgo el patíbulo; el uno fió su ventura á las encrespadas ondas de un mar desconocido; el otro se entregó á merced del proceloso mar, de un pueblo para él también desconocido.
Hidalgo comprendió que la religión fulminaría los rayos del anatema contra su empresa; que el rey lanzaría sobre él sus batallones; que los ricos y los nobles se unirían en su contra; que los plebeyos, espantados, escandalizados, ignorantes, huirían de él; que el confesonario se tornaría en oficina de policía; que el clero y la inquisición no dormirían un solo instante; que la calumnia tronaría contra él en las tribunas, en los púlpitos y en las cátedras; todo lo comprendió, y sin embargo, en un rincón de Guanajuato, en el pueblo de Dolores proclamó la independencia.
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Dolores es, en la geografía, una pequeña ciudad del Estado de Guanajuato.
Dolores, en la historia, es la cuna de un pueblo.
El pedernal de donde brotó la chispa que debía encender la hoguera.
La roca herida por la vara del justo, de donde nació el torrente que ahogó á la tiranía.
Al pisar por la primera vez un mexicano aquella tierra de santos recuerdos para la patria, siente latir con más violencia su corazón.
Al llegar frente á la modesta casa que ocupaba el patriarca de la independencia; al penetrar en aquellas habitaciones; al encontrarse en la estancia, que en solitarios paseos midió tantas veces el respetable anciano, se siente casi la necesidad de arrodillarse.
Instintivamente los hombres se descubren allí con veneración, y alzan el rostro como buscando el cielo, y las miradas se fijan en aquel techo, en cuyas humildes vigas tuvo mil veces clavados sus ojos el virtuoso sacerdote, mientras la idea de la esclavitud de su patria calcinaba su cerebro.
¡Cuántos días de congoja! ¡cuántas noches de insomnio! ¡cuántas horas de tribulación!
Aquellos muros guardaron el secreto del héroe, ahogaron los suspiros del hombre, se estremecieron con el grito del caudillo.
Aquella pobre casa, tan pequeña, podía contener en su recinto todo el ejército de Hidalgo en la noche del 15 de Septiembre de 1810. Y sin embargo, con sólo eso se iba á derribar un trono, á libertar un pueblo, á fundar una nación.
Hernán Cortés fué un gran capitán, porque con un puñado de valientes conquistó el imperio de Moctezuma.
Hidalgo, con un puñado también de valientes, proclamó la libertad de ese mismo imperio, por eso fué un héroe.
La superstición y la superioridad de las armas aseguraron el triunfo de Cortés.
El fanatismo y la superioridad de las armas anunciaron la derrota de Hidalgo.
Pero uno y otro triunfaron; Cortés plantó el pendón de Carlos V en el palacio de Moctezuma.
Hidalgo murió en la lucha, pero sus soldados arrancaron ese pendón, y México fué libre.
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Hidalgo pasó como un meteoro, y se hundió en la tumba, pero el fulgor que esparció en su rápida carrera, no se extinguió.—Unas cuantas fechas bastan para recordar esa historia cuyos pormenores viven en la memoria de todos.
Hidalgo proclamó la independencia el 15 de Septiembre, el 28 del mismo mes entró vencedor en Guanajuato. Triunfó en las Cruces el 29 de Octubre, y en Aculco el 7 de Noviembre.
El 30 de Julio de 1811 moría en Chihuahua en un patíbulo.
Para hablar de Hidalgo, para escribir su biografía, sería preciso escribir la historia de la independencia.
Débiles para tamaña carga, apenas podemos dedicarle un pequeño homenaje de admiración y gratitud, y creeríamos ofender su memoria, si para honrarle quisiéramos recordar, si fué buen rector de un colegio ó si introdujo el cultivo de la morera.
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Hidalgo es grande porque concibió un gran proyecto, porque acometió una empresa gigantesca, porque luchó contra el fanatismo religioso que apoyaba el supuesto derecho del rey de España, contra los hábitos coloniales arraigados con el transcurso de tres siglos, contra el poder de la metrópoli que podía poner millares de hombres sobre las armas.
Hidalgo es héroe porque comprendió que su empresa se realizaría, pero que él no vería nunca la tierra de promisión.
Hidalgo será siempre en nuestra historia una de las más hermosas figuras, y á medida que el tiempo nos vaya separando más y más de él, se irá destacando más luminosa sobre el cielo de nuestra patria, y para nosotros llegará un día un que su nombre sea una religión.
Vicente Riva Palacio.