VIII
Hemos comenzado nuestra historia en el pequeño verjel de San Miguel, que después tomó el nombre de Allende, y vamos á terminarla al cabo de seis meses en un lugar triste, solitario y desierto. En Acatita de Baján.
Los independientes caminaban lentamente en dirección á la frontera del Norte. Llevaban cerca de medio millón de pesos en dinero y plata labrada, recuas de mulas con equipajes, catorce coches, veinticuatro cañones y cosa de ochocientos hombres repartidos en una grande extensión de terreno, escoltando las cargas y los carruajes. Ningún antecedente tenían de que serían atacados, y antes creían que serían escoltados por tropas insurgentes hasta Monclova.
El capitán español, Ignacio Elizondo, con 450 hombres formó una emboscada con tan buen cálculo, que fueron sucesivamente cayendo en su poder cuantos componían la comitiva.
Allende, su hijo, Arias y Jiménez, iban en un coche. Fatigados con el calor y con el camino, medio dormitaban cuando escucharon un grito: Ríndanse al Rey. Allende, bravo y denodado, abrió la portezuela, saltó á tierra, amartilló su pistola é hizo fuego al oficial español que estaba más cerca. Su hijo lo siguió, y tras él Jiménez. Elizondo disparó su pistola sobre Allende y gritó «fuego» á la tropa que lo seguía: una nube de balas vino á romper los vidrios y las maderas del carruaje. El hijo de Allende cayó herido entre las ruedas, y Arias, que asomaba la cabeza, quedó fusilado en el mismo respaldo del carruaje; la tropa se echó encima con espada en mano, y los que quedaron vivos fueron maniatados y entregados á la rigurosa custodia de un oficial. Así que Elizondo terminó la captura de toda la comitiva, se encaminó con ella á Monclova.
De este lugar se condujeron los presos á Chihuahua, y allí fueron juzgados y fusilados. Se cortaron las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, y conducidas á Guanajuato fueron colocadas en unas jaulas de fierro en los ángulos del sangriento castillo de Granaditas.
Manuel Payno.