CAPÍTULO III.

En el que se ven nuevos enredos y personajes.

No lejos del alcázar real, y dominando como este toda la vega de Burgos que se extendía por la parte occidental, había otro que, aunque no tan grande y majestuoso, era de bonita y elegante arquitectura. Sus rasgadas ventanas, adornadas con arcos góticos, sus pintados vidrios, sus torreones rematados en delgadas agujas, sus muchos y variados escudos de armas, colocados sobre las puertas y ventanas, daban a conocer que si no pertenecía aquel edificio al rey, era por lo menos de algún grande de Castilla tanto o más poderoso que el mismo monarca. Y con efecto, correspondía en los tiempos a que nos referimos, a la noble y rica casa de los condes de Haro.

Por muerte de don Diego López Díaz de Haro, señor de Vizcaya, acaecida en el último sitio de Algeciras, su hijo don Lope, mozo de arrogante presencia, se hallaba en posesión de todos los bienes y señoríos, excepto el de Vizcaya, que por muerte de don Diego pasó a su sobrina doña María Díaz, esposa del infante don Juan.

A pesar de que don Diego era en sus últimos días adicto y muy amigo del rey, tuvo este, y más principalmente la corte, gran contento con la muerte de tan poderoso señor, que nunca olvidó el ultraje que su orgullosa casa había recibido de la real.

Cuentan las crónicas, y nosotros lo creemos sin vacilar, que queriendo vengarse el rey bravo de un tan poderoso e inconsecuente magnate como lo era don Lope de Haro, hermano del difunto don Diego, y reclamarles las villas y castillos que había quitado a la corona real, en unión del infante don Juan juntó cortes en Alfaro de todos los grandes del reino, con el pretexto de tratar en ellas de cosas graves y útiles al Estado. Reuniéronse efectivamente todos los convocados en el pueblo que el rey señalara, contándose entre ellos los dos magnates que necesitaba don Sancho para concluir de una vez con las guerras y revueltas, en que por causa de aquellos dos hombres se vio sumida la desgraciada Castilla. No se contentaba ya el marido de doña María Alfonsa con que a su hermano y conde de Haro le devolviesen lo que le habían usurpado, sino que quería además indemnización de los perjuicios que durante la rebelión ocasionaron a sus reinos. Llegaron también los dos a Alfaro, como queda dicho, y asistieron a la primera sesión que se celebró, seguros como les ofreció de antemano el rey que serían respetados. Sin entrar ahora nosotros a calificar la conducta que observó don Sancho en aquella ocasión, solo nos limitaremos a referir el hecho tal como las crónicas y escritos de aquella época lo cuentan. Dicen que, hallándose las cortes reunidas, salió el rey cierto día del salón donde deliberaban para ver las tropas que su hermano y el de Haro traían consigo; y convencido de que era mejor y más numerosa su guardia real, volvió a entrar en el consejo y pidió a sus enemigos lo que tanto le importaba rescatar. Esto les sorprendió e irritó de tal manera que, a no ser por los muchos caballeros que defendieron al monarca, hubiese peligrado su vida, porque el conde se arrojó sobre él daga en mano, llenándolo al mismo tiempo a voz en grito de los más feos improperios. Una pesada maza de un soldado cayó con furia sobre la cabeza del conde, y le hizo caer muerto a los pies de don Sancho. El infante don Juan se libró de aquel peligro poco menos que milagrosamente.

La casa de Haro se exasperó en extremo con la muerte de don Lope. En vano el padre de Fernando IV trató de hacer patente la pureza de sus intenciones; en vano prometió devolver a don Diego el señorío de Vizcaya, del que había sido despojado su difunto padre; en vano significó el deseo que le animaba de recibir en su gracia a tan noble y egregia familia. Nada bastó a satisfacer a la viuda del de Haro que, a pesar de ofrecer entonces al rey, sin duda por miramientos a su hermana doña María Alfonsa, que no tomaría las armas contra él para vengar la muerte de su esposo, fue bien pronto violada esta promesa, sublevándose don Diego y proclamando rey de Castilla, con la ayuda del monarca aragonés, a don Alonso de la Cerda. Hubiérase visto de nuevo envuelta la pobre Castilla en mil desastres y disgustos, si la Providencia, que parece se complace a veces en desbaratar las pretensiones locas de los revoltosos, no hubiera dado muerte al joven conde de Haro, jefe de la naciente rebelión. Con este motivo, los títulos y bienes de la casa de los señores de Vizcaya, pasaron a su tío don Diego, no obstante haber dejado una hermana casada con el infante don Juan.

Puesto que ya conoce el lector el resentimiento que los condes de Haro tenían con la casa real, trasladémonos a una de las habitaciones del gótico alcázar.

En dos poltronas, que en nada desmerecían de la que ocupaba doña María Alfonsa cuando la vimos por primera vez en esta verídica historia, encontrábanse dos personas de distintas fisonomías, hablando la una con el mayor acaloramiento y escuchando la otra con no menos interés y atención. El primero de los dos interlocutores, que era el conde de Haro, decía a su compañero:

—Este es, infante don Juan, el encargo que mi padre me hizo a la hora de su muerte.

—La casa de Haro, noble joven —repuso el infante—, no debe permitir que ni el mismo rey la ultraje. Si vuestro padre, único que podía haber vengado a su desgraciado hermano, no lo hizo como os dijo antes de morir, por falta de ocasión directa, os toca a vos cumplir ahora con tan justo deber.

—Lo sé, infante don Juan; pero os llamo para que me ayudéis a llevar acabo el plan que meditado tengo. Vos pertenecéis también a mi ilustre casa, y tenéis asimismo resentimientos con el hijo del matador de mi tío; de manera que si queréis de una vez vengaros de los ultrajes recibidos de ese afeminado monarca, no vaciléis en uniros a mí, y os ofrezco que habréis de quedar satisfecho. No creáis, don Juan —continuó el conde con feroz sonrisa—, que mi venganza, o mejor dicho, la de mi casa, se limita a una sola persona; dos fueron las víctimas bárbaramente inmoladas al ciego furor de Sancho IV, dos tienen que ser también los que venguen tamaña ofensa.

—¿Y quién os ha dicho —repuso el infante colérico—, que yo he de faltar a la fe que tengo jurada al rey, mi sobrino?

Una descomunal carcajada fue la contestación que recibió don Juan del conde.

—¿Os extraña, al parecer —continuó el infante ciego de rabia—, que yo cumpla un juramento hecho sobre los Evangelios y al pie del altar?

—Sí, don Juan, me extraña tanto más cuanto no hace todavía dos meses que jugasteis al rey vuestro sobrino en el sitio de Algeciras aquella mala pasada de marcharos con vuestros caballeros y mesnadas, dejando a lo restante del ejército casi a merced de los moros.

—¡Falso! Mi intención...

—¡Falso decís, vive Cristo! ¿No sois vos el mismo que ha vendido más de cuatro veces al padre, al hermano y al sobrino? ¿No sois vos el mal caballero que, después de tener jurada fe y obediencia a vuestro monarca, arreglasteis con el rey moro de Granada el precio de la cabeza del mismo a quien debíais respetar, ayudar y servir como fiel vasallo? ¿Puede nunca borrarse de la memoria, don Juan, la acción infame que cometisteis con el hijo de don Alonso Pérez Guzmán cuando, auxiliado por el Emperador de Marruecos, sitiasteis la plaza de Tarifa, que defendía el noble y desgraciado padre de la inocente víctima? ¿Y no queréis, pecador de mí, que extrañe en vos esa fidelidad de que habéis hecho alarde, y que tan mal os sienta?

Mordiose el infante los labios de despecho, y dijo a su pariente, disimulando cuanto pudo su enojo:

—¿Habéis creído en mis palabras, don Lope? ¿Cómo es posible que yo me separase de la casa de Haro, perteneciendo a ella? Pues qué, ¿se ha escapado a vuestra natural penetración que mis expresiones no tienen otro objeto que ver la impresión que os causaban? Contad siempre conmigo, amigo mío, y referidme ese magnífico proyecto de venganza que ardo en deseos de saber para secundarlo y desempeñar si es necesario el principal papel.

—Ya sabía yo —repuso don Lope dando su diestra al infante— que podía contar con vos.

—Eternamente.

—¡Bravo, amigo mío! Ahora prestadme un poco de atención.

—Ya escucho.

—Bien sabéis —dijo el conde arrellanándose en la poltrona— que el encargo de vengar la muerte de un Haro quedó encomendado por doña Juana de Molina, viuda del desgraciado don Lope, vuestro suegro, a su hijo don Diego. Pero cuando se disponía una guerra terrible movida contra el rey por el valiente huérfano, murió este en la flor de su edad, y con él la insurrección que se preparaba para destronar al matador de mi tío, el usurpador Sancho IV. No faltaron opiniones, y tal es también mi convicción, de que se había administrado, de orden del rey por supuesto, un veneno al infeliz joven. Ahí tenéis ya, dos Haros muertos por una misma mano, y ambos alevosamente asesinados. ¡Dos serán, pues, los reyes destinados a expiar ese doble crimen!

—¡Dos!

—Sí, don Juan; pues qué, ¿no valen tanto dos Haros como dos reyes?

—¡Seguid, seguid! —exclamó el infante admirado.

—Muerto el hijo de doña Juana de Molina —repuso el conde con calma estoica—, pasaron los bienes y títulos de la casa a mi padre, y con ellos el encargo de vengar las dos muertes, que desde entonces se convirtió en formal obligación del que llevase el nombre de conde de Haro. Yo respeto, querido amigo, los motivos que tuviese mi padre para dejar de cumplir con tan justo deber. Solo os diré que a la hora de su muerte me llamó y me hizo la misma relación que yo he acabado de confiaros, añadiendo estas palabras, que siempre tendré presentes: «Conde de Haro, hijo mío, el rey matador de vuestros parientes murió sin haber expiado su crimen, ¿sucederá lo mismo con su hijo?».

El conde se pasó una mano por el rostro bañado entonces de sudor: sus ojos estaban húmedos, sus labios cárdenos y sus mejillas encendidas.

Queriendo don Juan aprovecharse de la situación de su amigo, y deseando se espontanease más, dijo impaciente:

—¿Y qué proyectáis para vengar a vuestros mayores?

—Escuchadme: «No basta, hijo querido», continuó mi padre, «que te acerques al rey y le claves el mismo puñal con que fue acabado de asesinar mi hermano, porque ya lo hubiera hecho yo hace tiempo: no basta que delante de sus viles aduladores lo insultes, lo befes, y le sepultes en el pecho tu espada: no basta...».

—¡Cuerpo de tal! —repuso el infante soltando una terrible carcajada—, ¿pues entonces cómo haréis para vengaros?

—¿Cómo, decís? Haciéndole pasar una vida toda llena de amargura, y preparándole una muerte lenta, cruel y horrorosa como la que tuvo el noble joven hijo de la víctima de don Sancho, vuestro hermano.

—¿Tratáis de envenenarle?

—¡Cabalmente!

—¡Conde de Haro!

—Qué, ¿rehusáis ayudarme?

—Nada de eso, amigo mío —replicó don Juan disimulando—. Proseguid si os place.

—Muerto don Fernando —continuó el conde con la mayor impasibilidad—, le tocará su vez a quien le suceda en el trono.

—¿Y si os descubren?

—Yo espero que vos no hagáis tal.

—Oh, por mi parte descuidad, pero si por acaso...

—Nada temáis, don Juan. ¿No maldijo Dios hasta la quinta descendencia del rey, vuestro padre?

—Así se dijo, luego que expiró.

—Oh, pues entonces fácil nos será hacer creer que se va cumpliendo la divina sentencia.

—No os comprendo por más que hago, don Lope.

—Comprenderéis ahora, querido pariente. Desde la aparición del enviado de Dios, no ha gozado la pobre Castilla ni un solo día venturoso. Cuando vuestro hermano iba apaciguando las turbulencias del reino, le sorprendió la muerte en lo más florido de sus días; nuestra patria quedó sumida en un caos de confusión y de guerras que se prolongaron hasta la mayor edad de don Fernando; este morirá tan pronto como consiga hacer cesar los nuevos disturbios que nosotros prepararemos: entrará a sucederle su tierna hija doña Leonor,[2] que padecerá y tendrá el mismo trágico fin que su padre. Entonces se convencerá el vulgo de que no puede regir los destinos de Castilla una raza maldecida por Dios. Y ¿quién sabe —continuó el conde sin poder ocultar la alegría que inundaba su rostro—, quién sabe si la poderosa casa de Haro añadirá a sus timbres las armas de Castilla y la corona real?

[2] Por el tiempo a que aludimos en nuestro relato, no había nacido el que después se llamó Alfonso XI.

—Yo no puedo ni quiero ser vuestro cómplice en la completa extinción de mi familia. ¿Lo oís? —dijo el infante asustado con lo que acababa de decir el conde.

—Bien está: yo solo basto a extinguirla.

—No lo creáis, conde de Haro; porque con el favor del que tanto he ofendido, no se efectuará la venganza que me dictáis.

—¡Necio! —repuso el conde con calma.

—¿No veis, desgraciado, que habéis tenido la imprudencia de espontanearos conmigo, que si bien he faltado algunas veces a mi deber, no desconozco por eso que también soy nieto de Fernando III?

—Indigno nieto, debierais de haber dicho —repuso el conde con su calma habitual.

—Vive Dios, don Lope —exclamó el infante furioso—, que no sufro más vuestras insolentes palabras. Me constituyo desde este momento en defensor del inocente monarca, que tan despiadadamente queréis sacrificar: vos os proponéis hacerle infeliz, y yo me propongo labrar su dicha... Veremos quién de los dos gana la partida.

—Os admito desde luego por contrario: y cuidado —dijo el conde con sarcástica sonrisa— que me aventajáis en astucia y talento...

—Bien, bien, lo veremos.

—Antes de que deis principio, querido pariente, a la descomunal batalla que conmigo queréis trabar, tomad y leed ese pergamino que he pedido para vos a la reina doña María.

El infante leyó con avidez el escrito, sellado con las armas reales.

—¡Un salvoconducto para mí!

—Eso es precisamente.

—¡Y ordenando al justicia mayor y demás autoridades que no estorben de manera alguna mi marcha!

—Sí.

—¡Cuerpo de Cristo!, si yo no pienso salir por ahora de Burgos —dijo el infante con aire risueño.

—Es que si no salís, os cortarán la cabeza como a un malhechor.

—¡A mí!

—Sí, a vos.

—¿Y por mandado de quién? —replicó don Juan con ironía.

—Por orden de su alteza el rey. ¿Habéis olvidado ya el último desaguisado que le hicisteis en el sitio de Algeciras?

—¡Don Lope!

—¿Qué queréis? El rey, cuando se vio burlado por vos, juró tomar a su cuenta vuestro mal proceder, y por lo mismo ha dispuesto que seáis castigado con la última pena.

—¡Imposible, imposible!

—Y como esta sentencia era punto menos que imposible de ejecutar sin la cooperación de vuestro amigo el conde de Lara, le ha ofrecido su alteza la mayordomía mayor de palacio si...

—¡Oh, qué ardid, conde de Haro! —repuso el infante tocando uno de los hombros de su antagonista.

—¿Ardid, decís? Os juro por esta cruz de Santiago que nada hay tan cierto como lo que acabáis de oírme.

Y al mismo tiempo besó el conde con religioso respeto la cruz que llevaba pendiente de su cuello.

—Decidme —repuso el infante inmutado—: ¿y aceptó el de Lara la mayordomía?

—La aceptó comprometiéndose, bajo formal juramento, a entregaros al verdugo el día que el rey disponga.

Las anteriores palabras produjeron el efecto que deseaba el conde. Don Juan se levantó de su asiento lleno de ira e indignación. Su mano derecha se apoyó en el pomo de su daga; su boca entreabriose para dejar pasar terribles imprecaciones y denuestos contra don Fernando y el de Lara; sus ojos, de suyo vivos, brotaban fuego: parecía en aquel momento una furia del infierno.

Riose desdeñosamente el conde, y le dijo con tono afable:

—Sosegaos, infante don Juan. Yo os aseguro que quedaréis vengado.

—¡Oh, sí, sí; pero terriblemente, don Lope! Y tú, pérfido amigo —repuso el infante desfigurado por la cólera—, tú, que vendes por un destino público mi cabeza, ¡yo te juro que has de temblar con solo oír mi nombre! Puesto, don Lope, que yo no puedo permanecer en Burgos, tomad, por si acaso hay que recurrir a él, este frasco, cuya agua clara y cristalina como la veis, produce sin embargo los más crueles y prolongados dolores. Baste deciros —prosiguió el infante con salvaje alegría— que Aben-Ahlamar, a pesar de su vastísimo saber, no hará por todo el oro de España un veneno de tan maravillosos efectos.

—Conque, según esto...

—¡Conde de Haro, venganza y amistad! —repuso don Juan alargando su diestra al conde.

—¡Venganza y amistad! —repitió el de Haro, loco de alegría.

Tan dignos y esclarecidos amigos guardaron silencio por un poco de tiempo. El conde lo interrumpió con estas palabras:

—Huid de Burgos cuanto antes; y si podéis organizar con vuestros partidarios un pequeño ejército, os declaráis en rebelión contra el rey para de este modo hacer necesaria una capitulación, que yo arreglaré aquí, la cual os facilitará vuestro regreso a la corte con toda seguridad.

—¡Bravo, bravo, así lo haré!

Una tos seca, que en vano trataba de contener la persona de cuyo pecho salía, llegó a oídos de nuestros interlocutores. Estos palidecieron a un tiempo; y los dos, por un movimiento espontáneo, se impusieron silencio, llevándose a la boca el índice de su diestra.

—Quietud, señores, quietud —dijo un anciano penetrando en la estancia con paso lento.

—Sea bienvenido el noble abad de San Andrés —repuso don Lope saliendo al encuentro del canciller de doña María Alfonsa de Molina.