CAPÍTULO V.

De cómo el conde de Haro fue por lana y salió trasquilado.

En una lóbrega y triste habitación ricamente amueblada, y cuyo abovedado techo estaba sostenido por magníficas columnas de mármol jaspeado, veíase a dos personas, la una desencajada y cadavérica, pero hermosa a pesar de eso, asida fuertemente a una de las columnas, y la otra furiosa, apoyada en el respaldo de una poltrona que había frente al ser cuya vida, según lo indicaba su rostro, se iba acabando por momentos. Estas dos personas no eran otras que el conde de Haro y su infeliz víctima, doña Beatriz de Robledo. El primero decía, cogiendo con rabia su birrete de terciopelo recamado de plata y oro:

—Basta ya, señora: si os negáis a aceptar mi mano, digna de una reina, seréis mía por fuerza.

—¡Oh, nunca, nunca!

—¿Conque me desprecias, según eso?

—Sí, porque os aborrezco, os odio, como se puede aborrecer y odiar al mismo demonio.

—¡Desgraciada!

—¡Huid de mi vista, don Lope, que me causáis un horror indecible! ¡Marchaos, marchaos si no queréis verme morir!

—¡Horror os causo —repuso el conde fuera de sí—, cuando tanto es mi respeto por vos! ¡Horror, cuando no me atrevo a acercarme a vos por temor de ofenderos!

—Dejadme, conde de Haro, dejadme y os perdono —dijo Beatriz dejando el tono acre con que hasta entonces había tratado a don Lope.

—¡Perdonadme! —exclamó el conde furioso—. ¿Y a ti se te figura, desgraciada, que quedo yo satisfecho con tu perdón? Oh, no lo creas, no. Yo necesito tu amor, necesito...

—¡Deteneos, que hay un hombre en la tierra con más derechos que vos a esos favores! Un hombre tanto o más noble que vos; un hombre a quien mi corazón idolatra; un hombre, por último, que con el valor de su brazo conseguirá arrancarme de vuestro poder.

—¡Necia! ¿No ves que estás en un paraje donde tus gritos se estrellarán en la piedra de sus paredes? ¿No ves, desgraciada, que serás mía el día que yo quiera? Pues entonces, ¿a qué me insultas?, ¿a qué esa temeridad en negarme tu mano?

—Escuchadme, don Lope: conozco, por mi desgracia, que es verdad cuanto habéis dicho; pero al mismo tiempo tengo esperanza en un Dios justo y vengador que con su justicia divina existe para consuelo del que padece. Mis gritos, es verdad, no serán oídos por los hombres, pero sí por Él. Yo sucumbiré víctima de vuestros bárbaros deseos, pero Él se encargará de abrumar vuestra conciencia con el enorme peso de los remordimientos. Y, de todos modos, yo gano, porque he sido mártir y sacrificada, y vos viviréis con la intranquilidad del malvado y tendréis el fin del criminal.

—¡Infeliz! —exclamó el conde con sarcástica sonrisa.

—¿Infeliz, decís? ¿Me creéis ya en vuestro poder? ¡Oh, cuánto os engañáis!

—Tened la lengua, señora —repuso el conde disimulando mal su rabia—, mirad que va a alcanzar mi venganza a otra persona que tanto como vos la amáis, tanto la aborrezco yo.

—¡Hasta él! ¡Cuán engañado vivís, don Lope! Pues qué, ¿no maneja mi amante una espada tanto o mejor que vos?

—¿Y no sabéis, señora, que el conde de Haro se sabe vengar de aquellos que no son dignos de cruzar su acero con el suyo, sin ser visto ni sentido?

—¡Seríais tan villano!...

—Sí —contestó el conde con la mayor tranquilidad.

—¡Ah, callad, don Lope, callad, por Dios! —exclamó Beatriz horrorizada.

—Si me das tu mano, le perdono.

—¡Oh, perdón, perdón para él, noble don Lope!

—Sé mi esposa.

—¡Jamás!

Doña Beatriz y el conde de Haro

—Pues entonces ya sabéis mi determinación, señora; o vuestra mano, o su muerte.

—¡Cielos!...

—Si queréis que viva ese hombre, para mí tan odioso, y por quien tanto padezco, sed mía, doña Beatriz; consentid en que os llamen condesa de Haro.

—¡Antes morir!

—No moriréis vos antes que él, yo os lo ofrezco; porque dentro de poco veréis sobre esa mesa la cabeza de vuestro amante.

—¡Callad, callad!...

—Y después...

—Callad, callad, y...

—¡Hablad!

—Oh, nunca, nunca...

—¡Hablad, hablad pronto!

—Bien está..., y... ¡seré vuestra! ¿Le perdonaréis ahora?

—Sí, ídolo mío, le perdono en cambio de tu amor: ¿no es cierto?

—¡Ah!

—Ámame, celestial criatura, ámame y verás cuán feliz eres; ámame, y verás siempre en torno tuyo...

—¿A don Juan?

—¡Oh, maldición sobre él y sobre ti!

—¿Cómo, don Lope, maldices a la que dentro de pocos días ha de llevar tu ilustre nombre?

—¡Ah, perdóname, perdóname! Pero ¿es cierto que serás mía?, ¿es cierto?...

—¿Dudas, señor? —dijo Beatriz al conde.

—Oh, no, ya no dudo, esposa mía; y en prueba de ello, voy a hacerte una confianza que solo a una madre o a la persona que se ama, debe de hacerse. Hace ya algún tiempo, querida mía, que abrigo la esperanza de ceñir a mis sienes la corona de Castilla, corona que tú me ayudarás a llevar.

—¿Y el rey? —dijo doña Beatriz casi maquinalmente.

—Oh, el rey morirá antes de dos años.

—¡Jesús mil veces! —exclamó la amante de Carvajal aparentando sorpresa—. ¿Yo reina de Castilla? ¿Yo esposa de tan noble y cumplido caballero como el conde de Haro? ¿Qué he hecho, señor, para que de tal manera me colméis de tantos beneficios?

Y la infeliz doña Beatriz con los ojos desencajados por la demencia, se separó de la columna donde tan fuertemente estaba asida y, precipitándose convulsa sobre el conde de Haro, le quitó una daga que este llevaba en el cinto.

—¡Venganza, infame conde de Haro, venganza por mí y por el rey de Castilla! —exclamó la joven sepultando al mismo tiempo la daga en el pecho de don Lope.

Pero una finísima cota de malla, que el traje del conde ocultaba completamente, se negó a dar paso al flexible acero damasquino.

Un rayo que hubiera caído entre los dos no los hubiera sorprendido tanto. A doña Beatriz, porque se veía otra vez en poder del conde; a este, porque se vio engañado de tal manera. Sin embargo, ni una palabra de queja o de venganza profirió. Subió la escalera que conducía al cuarto del judío dejando sumergida a doña Beatriz en profundo dolor y amargo llanto.

Así que se hubo marchado el conde, la desgraciada amante de don Juan enjugó las lágrimas que inundaban su rostro, y paseó triste y abatida por la estancia que la servía de cárcel, diciendo al mismo tiempo que acariciaba la daga que quitó a Don Lope:

—Mi determinación está ya tomada: el conde se ha marchado sin vengarse; pero volverá a satisfacer sus deseos, o tal vez a darme muerte. No hay duda en esto, Dios mío; antes me respetaba porque le ablandaban mis súplicas y lágrimas; pero ahora que ha comprendido toda la energía de mi carácter, toda la constancia de mi amor, ahora que se ve engañado, de seguro, ¡me horrorizo en pensarlo!, de seguro se vengará de mí terriblemente. ¿Y lo habéis de consentir, Dios justo y piadoso? —decía arrodillándose con religioso fervor—. ¿Habéis de consentir que ese malvado se goce en hacerme víctima de su venganza? Vuelva o no —repuso con firmeza—, debo yo de poner término a mis muchos e insoportables males con este arma que el cielo sin duda me ha deparado. Perdonadme, señor, y dadme valor para clavarme este acero que pondrá fin a mis días, tal vez dentro de un momento. Pero no, es imposible que yo muera tan pronto cuando vive en mi corazón la esperanza de un puro y tierno amor; al fin él vendrá a sacarme de esta prisión lúgubre y estrecha, castigará a mi cruel opresor y viviremos felices; sí, porque hemos nacido el uno para el otro, ¿no es verdad, don Juan? ¿Cuándo vendréis? Mirad que si tardáis un poco más, solo hallaréis mi cadáver en este calabozo, que en vano han querido adornar para ocultar su lobreguez y lo negro de sus paredes. Oh, venid, venid pronto; mirad que siento una cosa, un peso en el pecho que me ahoga; abrid esa puerta de hierro que da paso, que sé yo, tal vez al infierno; rompedla si no podéis entrar y sacar a vuestra amante de aquí; libradla de la muerte. No tardéis, que ya me quedan pocos momentos de vida.

Y la infortunada amante de Carvajal cayó exánime sobre la mullida alfombra que cubría el frío pavimento de su prisión.

Pero fuerza es, si hemos de seguir el orden que nos hemos propuesto, apartarnos de este lugar y trasladarnos a la parte del alcázar que habitaba el rey para presenciar la escena mas inesperada y notable de cuantas contiene esta peregrina historia.