CAPÍTULO X.
En el que se ve la tristeza de doña Beatriz y los motivos que tenía para ello.
Las instrucciones dadas por Aben-Ahlamar a la vetusta Simeona se cumplieron exactamente. La abuela de Piedad trataba a la hermosa Beatriz con las mayores atenciones y cuidados; pero sin dejar por eso, como le dijo el médico por vía de apéndice, de desatender el objeto principal, cosa que hacía temblar sin cesar a la amante del infanzón del rey. Una fiebre lenta pero devoradora iba consumiendo poco a poco a la desgraciada dama de doña María Alfonsa. Sus mejillas, antes sonrosadas y de un color mate precioso, habían perdido enteramente su lozanía; sus amortiguados y desencajados ojos solo se animaban cuando creía estar viendo a su amante; la nariz dilatada y los labios cárdenos y secos marcaban el horroroso estrago que la continua calentura hacía en la infeliz víctima del despiadado conde de Haro.
La falta de luz natural en la estancia donde yacía la amante del de Carvajal fue sustituida por una lámpara de plata de forma piramidal que, pendiente de la arqueada bóveda y continuamente encendida, reflejaba sus pálidos destellos sobre los ricos y elegantes muebles que adornaban aquella prisión. El poco ambiente que en aquella parte se sentía, la soledad en que vivía, pues no veía en torno suyo a más personas que a la repugnante cómplice de Aben-Ahlamar, lo triste y aflictivo de su situación y, sobre todo, la última entrevista que tuvo con el conde, y que ya hemos dado a conocer al lector, la redujeron al estado más lastimoso así física como moralmente. Nunca se le oía una queja ni una exclamación delante de Simeona; pero cuando se hallaba sola daba riendas a su dolor, y más después que se hubo convencido de que sus males solo con su existencia tendrían fin. Cualquier ruido, por pequeño que fuese, la atemorizaba, imaginándose que la doble puerta de hierro se abría para dejar paso al conde, que afortunadamente no volvió desde que trató en el acceso de demencia de asesinarle. Miraba de vez en cuando el acero que arrebató a su opresor, y exclamaba, después de examinar su agudísima punta:
—¡Oh!, no será necesario que yo haga uso de él, pues el conde no volverá —reponía la infeliz con esa seguridad que infunde la esperanza, y asomando a sus labios una amarga sonrisa en que se veían retratados todos sus padecimientos—; no vendrá más; me lo dice el corazón, y el corazón no puede engañar nunca. Pero si ha de volver a mortificarme, resignada estoy, Dios mío, a morir, puesto que es tu voluntad; conforme, sí, en abandonar este mundo que no me ofrece sino lágrimas y desventuras. Pero antes que exhale mi último aliento, concededme al menos que vea yo un instante siquiera al objeto amado de mi corazón. Permitidme, señor misericordioso, que de él me despida y que estreche por última vez sus manos, y entonces quedaré contenta y satisfecha.
Esto diciendo, volvía la vista hacia la maciza puerta que daba entrada a aquella lúgubre estancia, y se sonreía tristemente, como si quisiese decir: «¡Qué necia soy!».
Una mujer aparecida como por encanto, con una copa en la mano llena hasta el borde de un agua color de naranja, se acercó a Beatriz, diciéndole:
—Aquí tenéis el refresco, hija mía.
—Gracias, señora, gracias; dejadlo sobre la mesa que ya lo tomaré cuando tenga sed.
—¡Oh!, nada de eso..., traigo orden de que lo toméis al instante. Es un agua riquísima que ha confeccionado uno de los mejores médicos de Castilla.
—Está bien. Y yo lo agradezco, señora Simeona; pero en este momento no tengo sed, ya os lo he dicho.
—Sin embargo, querida, es necesario hacer un esfuerzo... Vaya, bebed, y veréis como vuelve a vuestras mejillas el color y a vuestros preciosos ojos el brillo y la viveza que antes tenían.
—¿Y para qué quiero yo todo eso?...
—¿Para qué? ¡Para estar mucho mas bella! ¿No os gusta parecer bien, como a todas las mujeres?
Por poner término Beatriz a la enojosa conversación de la vieja, y a fin de que cuanto antes se quitase de su presencia, cogió la copa y la apuró de un solo trago. La abuela de Piedad repuso sonriéndose de satisfacción:
—Veis como al fin... ¿Os ha sentado bien?
—Sí, gracias, señora.
Simeona desapareció al momento.
Al poco tiempo de haberse marchado la asquerosa amiga de Aben-Ahlamar, oyó doña Beatriz ruido de pasos, al mismo tiempo que la doble puerta se abrió para dejar penetrar en el calabozo un bulto negro que quedó parado en el dintel. La de Robledo lanzó un grito de horror y dirigiose con paso trémulo a una de las columnas para que estas le prestasen el apoyo que sus piernas le negaban. El fantasma dio un paso más adelante, dando lugar, sin duda, a que la puerta se cerrase. Próxima ya a la lámpara la visión, tuvo ocasión doña Beatriz (a pesar del pánico terror que la dominaba) de conocer que bajo aquellas hopalandas negras se ocultaba un cuerpo de mujer de académicos contornos. La dama de la madre de Fernando IV se atrevió a preguntar, viendo que se las había con una persona de su sexo:
—¿Quién sois y qué queréis, señora?
La encubierta nada contestó, pero se dirigió con resolución a donde estaba Beatriz, murmurando por lo bajo:
—¡Cielos!, qué hermosa es, no obstante lo mucho que estará sufriendo.
—¿Qué queréis, señora? —volvió a decir Beatriz, llena de susto.
—Nada temáis, hija mía —repuso la desconocida—, que yo también como vos padezco.
—¿Como yo?
—Sí; y tal vez sea más desgraciada.
—¿Conocéis mis penas, señora?
—Las conozco, doña Beatriz.
—¿Y decís que sufrís más que yo? ¿Y decís que vuestras desgracias son mayores que las mías?
—Son mayores, señora, porque no tengo un alma que me consuele; son mayores porque no tendrán fin sino con mi muerte.
—¿Y yo? ¿Y las mías?
—¡Oh!, vos contáis con un amante que os idolatra, vos llegaréis a ser muy dichosa, doña Beatriz.
—¡Nunca, señora, nunca!, y si no, tended la vista en vuestro derredor... ¿Quién, decidme, podrá concebir que existe en este lugar, ignorado de todos, una pobre mujer que fue algún día feliz y que hoy gime y suspira, sin hallar término a sus dolores, y sin que sus sentidos ruegos sean parte a ablandar el corazón empedernido de su infame perseguidor? ¡Ah, señora mía, vos no conocéis la magnitud de mis penas! ¡Acercaos a mí y veréis en este rostro las señales evidentes de una muerte lenta! ¡Mirad mis ojos y decidme después si alcanzaré esa dicha que me anunciáis!
—No lo dudéis, doña Beatriz, no lo dudéis...
—¿Quién sois, señora? —repuso esta acercándose sin temor a la desconocida.
Quitose la encubierta el antifaz que cubría su rostro, y dijo a la de Robledo:
—¿Me conocéis?
—¡Oh, no os conozco! Pero si sois tan buena de corazón como hermosa, deberé tomaros por un ángel, señora.
—Me confunden vuestras palabras, doña Beatriz. Si supierais quién soy, pronto os arrepentiríais de haberme hablado. Baste deciros, señora, que esta a quien creéis un ángel ama frenéticamente, conociéndole, ¡al conde de Haro!..., a ese hombre infame y sanguinario.
—¡Cielos, vos amante de don Lope! —exclamó Beatriz separándose de la desconocida con marcado sobresalto—. ¿Y qué queréis aquí, a qué venís? ¿No basta que vuestro amante...?
—Sosegaos señora, sosegaos; que en mí tendréis un guarda.
—¿Un guarda en vos —repuso Beatriz medio desconcertada—, un guarda en la amante del hombre más villano y perverso? ¡Oh, no os acerquéis a mí!, porque yo también, señora, he aprendido a asesinar desde que el conde me tiene aquí... ¿No sabéis que el otro día quise matar a vuestro amante? ¿No sabéis...?
Y la infeliz amante de don Juan, cayó sin sentido al pie de la columna.