CAPÍTULO XII.
Sigue Piedad contando sus cuitas.
—Después de lo que os acabo de referir —continuó Piedad—, tuve una recaída tan terrible, que puso en grave peligro mi existencia. ¡Oh, querida doña Beatriz! ¡Si entonces la muerte hubiese cortado el hilo de mis tristes días, mártir e inocente como era, mi alma habría volado a la mansión de los justos!
Esto diciendo, se arrasaron en lágrimas los ojos de la gitana; quiso hablar, y su voz fue sofocada por los sollozos.
—Sosegaos, mi querida Piedad; una mujer de tan bellos sentimientos como los vuestros, lleva siempre en su corazón el germen de la felicidad más pura e inefable, por muchas que sean sus desgracias.
—¡Oh, ya veréis como la Piedad de ahora no es la misma que estuvo a punto de morir, víctima del amargo pesar que devoraba su alma contemplando su honor torpemente mancillado!...
—¡Infeliz, os han hecho mala! —dijo doña Beatriz con doloroso acento.
—Dios, que sin duda me tenía reservada para nuevas y no menos costosas pruebas, quiso salvarme de mi aguda enfermedad, y en breve me encontré restablecida completamente, contra todas las esperanzas de los que me asistían. Al verme buena, Simeona me dijo un día: «Es necesario, hija mía, que abandonemos cuanto antes Sevilla porque se ha hecho pública tu desgracia y somos señaladas en todas partes: huyamos presto de aquí, Piedad, y marchémonos a otro punto donde tengáis el mismo partido que en este pueblo, antes del fatal suceso que las dos deploramos». Efectivamente, a los pocos días salimos de Sevilla y dimos principio a la vida errante y aventurera que los gitanos tienen. Dos años, poco mas o menos, habían trascurrido cuando, hallándome una tarde en la plaza de Burgos en presencia de un numeroso concurso, se acercó a mí un caballero para que le dijese la buenaventura. Iba perfectamente enterrado en un traje de guerra, pero a pesar de eso conocí en él al infante don Juan, tío de Fernando IV. Le referí lo mucho que padecía con Simeona y ofreció arrancarme de su poder y labrar mi felicidad. Con efecto, aquella misma noche vino el judío Aben-Ahlamar a decirme que tenía orden de llevarme a Castrojeriz, donde a la sazón se hallaba la corte. Añadió, también, que no debía vacilar un momento, ni dejar pasar desapercibida la favorable coyuntura que la suerte me ofrecía. Yo, a decir verdad, deseaba ardientemente perder de vista a Simeona, y deseaba asimismo trocar mi vida por otra mas halagüeña y tranquila. Estos eran, querida doña Beatriz, mis más constantes votos. Así es que cedí a las instancias del judío tan luego como este me aseguró que no solo sería feliz, sino que llegaría a ser rica y poderosa si sabía aprovecharme de la brillante ocasión que mi buena estrella me deparaba. «Huyamos», le dije, «sin que mi abuela se aperciba de nada». Así lo hicimos, llegando a Castrojeriz aquella misma noche. Nos hospedamos en una casa de suntuoso y magnífico aspecto, como que en ella moraban el rey y sus parientes cuando venían a la villa. No os podéis figurar, señora, los deliciosos días que pasaba en palacio y el esmero y respeto con que el físico de Fernando IV me trataba. ¿Qué era aquello? ¿Qué significaban tantas deferencias y atenciones? ¡Oh, todo iba encaminado a captarse la voluntad de la que algún día debía ser la favorita del rey de Castilla! Los trajes y muebles que Aben-Ahlamar puso a mi disposición eran magníficos. Yo no sabía cómo estaba más hermosa, si con la dalmática de pieles blancas o con solo la túnica de terciopelo recamada de oro. Entonces me hice soberbia, y arrebatada por los fantásticos sueños de mi exaltada imaginación, me figuré ser reina, y en mi loco desvarío me propuse desdeñar a todo aquel que no fuese noble y cumplido caballero. ¡Infeliz de mí! ¡Olvidaba por un momento mi vida pasada..., olvidaba que mis padres pertenecían a una raza abyecta y despreciada..., olvidaba que era gitana!
—¡Gitana vos! —exclamó doña Beatriz sorprendida y separándose maquinalmente de la antigua amante del conde de Haro.
—¡Sí, doña Beatriz, soy efectivamente gitana! Pero, ¡ah!, ¿os causo horror por eso?
—No os aflijáis, Piedad: ¿qué culpa tenéis vos? —repuso la de Robledo con dulzura.
Y volviendo a enlazar sus manos con las de la gitana, le dijo:
—Seguid, seguid vuestra interesante historia.
—Cuando llegamos a Castrojeriz —prosiguió la gitana—, se hallaba el rey cazando. Yo deseaba conocerlo porque me habían dicho que era joven y hermoso. Las ventanas de mi aposento, como todas las pertenecientes al departamento en que Aben-Ahlamar vivía, daban al patio principal de palacio; por manera que siempre que percibía algún ruido corría a asomarme por entre las celosías para ver si era el rey. Pronto tuve ocasión de satisfacer mi curiosidad de todo punto. Don Fernando vino del campo y se apeó en el patio, muy cerca del sitio en que yo me hallaba. ¡Oh, qué hermoso me pareció! ¡Cuánto hubiera dado en aquel momento porque él me viese! ¿Lo creeréis? ¡Más de una vez, allí mismo, deseé ser amada de don Fernando! Así que el rey subió a sus habitaciones, me dirigí a la de Aben-Ahlamar y, recostándome en una banqueta que este allí tenía, dejé correr mi imaginación en alas de sus plácidas ilusiones. El judío no me habló ni una palabra: estaba trabajando con sus redomas y libracos. A poco de estar yo allí presentose el infante don Juan y habló con Juffep en árabe. No sé de qué tratarían; pero tan luego como se marchó el ministro del rey, derramó el judío en el horno una gota de un líquido que a la sazón confeccionaba. Al instante toda la habitación se llenó de un humo tan denso que impedía respirar. «¿Qué es esto, Aben-Ahlamar?», díjele asustada. «Perdona», me contestó, «se ha derramado en el fuego un poco del agua que contiene este frasco...». «¡Me ahogo, aire, aire, por Dios!», exclamé casi asfixiada. El nigromántico abrió una ventana frontera al lugar que yo ocupaba, y descorrió la celosía. Me había quedado medio aletargada. Cuando abrí los ojos se había disipado completamente el humo y la ventana estaba cerrada. Aben-Ahlamar se acercó a mí, diciéndome con interés: «¿Te has aliviado?». «Sí, gracias al aire...». «Pues en ese caso», repuso interrumpiéndome, «toma el laúd y cántame una cosa bonita, sentimental». Yo obededecí maquinalmente. Pulsé el laúd y canté un romance que era mi predilecto, porque su asunto triste y patético estaba en perfecta armonía con mis anteriores desventuras. Nunca lo hice mejor. Noté que los ojos de Aben-Ahlamar brillaban de alegría. Al día siguiente, muy de mañana, entró el judío en mi cuarto y me dijo: «El rey, querida mía, ha quedado prendado de tu hermosura y de tu voz. Anoche, cuando abrí la ventana para que se ventilase la habitación donde nos hallábamos, te vio su alteza. Hoy ha manifestado deseos de hablarte, ¿quieres recibirlo?». «Sí», contesté, sin poder ocultar mi satisfacción.
Piedad llevose las manos a su alterado rostro, y exclamó vertiendo abundantes lágrimas:
—¡Dejad, doña Beatriz, que llore, dejad que desahogue un poco mi corazón antes de referiros mis nuevos infortunios!...
Un poco más tranquila la gitana, continuó su historia de esta suerte:
—Aquel mismo día, señora, vino a verme don Fernando; y aquel mismo día fui ya la favorita del joven rey de Castilla... Un instante llegué a creer que lo amaba; pero nunca sucedió así, ¡sin duda para que fuese yo más culpable!...
—Y él, ¿os amaba? —preguntó Beatriz.
—¡Oh!, sí, él me amaba frenéticamente: jamás se separaba de mi lado, y dejaba que gobernasen el reino por un lado su tío y el conde de Lara, y por otro la reina doña María Alfonsa. ¿Qué le importaban a él los negocios políticos, poseyendo el amor de su Piedad? A pesar de mi poca inclinación al rey, hubiera sentido en el alma dejar de ser su favorita..., por eso le prodigaba mentidas caricias..., por eso... ¡Oh, qué horror! ¿No es verdad, doña Beatriz, no es verdad que soy mala por instinto? Si yo fuese la Piedad de Sevilla, aunque deshonrada, ¿no merecería vuestra amistad? Hoy, señora, solo merezco vuestro desprecio.
—Calmaos, Piedad, calmaos —repuso doña Beatriz conmovida—. Sois en extremo desgraciada, esto me basta para estimaros.
—¡Bendita seáis! —exclamó Piedad—. ¡No sabéis cuán dulce consuelo llevan vuestras palabras a mi afligida alma! Obedeciendo a los impulsos de vuestro compasivo corazón, procuráis dulcificar mis penas, en vez de echarme en cara mis gravísimas faltas. ¡Oh, el cielo os pague el bien que me hacéis! Ahora vais a conocer la época más feliz y al mismo tiempo la más azarosa de toda mi vida. Tres meses escasos fui la dama del joven rey Fernando. Al cabo de este tiempo contrajo matrimonio mi regio amante con la hija de los reyes de Portugal. En las fiestas que se hicieron en la corte con motivo del enlace, conocí a un joven bello y arrogante que llamaba la atención de todos. Las mujeres de más alta alcurnia le daban en público claras pruebas de predilección y afecto. Los hombres todos le trataban como al primogénito de los poderosos condes de Haro. Era don Lope, señora, que lo enviaba sin duda el infierno para que yo acabase de completar mi carrera de placeres y prostitución. No acierto a explicar lo que sentí en mi alma cuando le vi por primera vez. En aquel mismo instante aborrecí al rey, porque el futuro conde de Haro, sin saberlo, y sin poderlo yo evitar, se hizo dueño absoluto de mi corazón y de mi cariño... Tuvo ocasión de tratarme a poco tiempo de esto: hablome de amor, de felicidad, de todo aquello que debía avivar más y más la frenética pasión que había llegado a inspirarme. En una palabra, exigió de mí y consiguió fácilmente que abandonara al rey y que huyese con él... Imaginaos, señora, mi aflicción cuando supe que el hombre que amaba tan ciegamente era el mismo a quien Simeona vendió mi honra y mi porvenir. Bien pronto mis amargos recuerdos se disiparon con la dulce idea de que iba a ser madre. Sí, señora, el cielo me dio un hijo, y mi felicidad no tuvo limites. Viví con el conde en buena armonía hasta que os conoció. Todos los días me renovaba el juramento de que, tan luego como muriese su padre, sería su esposa; y cuando elogiaba lo sublime de su abnegación y le recordaba mi humilde nacimiento, contestábame con estas palabras: «¡Oh!, no importa, eres la madre de mi hijo». Hasta aquí, dulce amiga mía, la parte feliz de esta época de mi vida, hasta aquí la dicha y los placeres. ¿Y cómo no ser así estando cerca del objeto amado, oyendo continuamente su voz y recibiendo sus tiernas caricias? ¡Ah, qué tiempos, qué tiempos tan ricos de ventura! Por muerte de don Diego de Haro, ocurrida en el sitio de Algeciras, se acercaba el momento de que yo, la pobre aventurera de Sevilla, la hija de la desgracia, llevase con don Lope los títulos que de su padre heredara. ¡Infame! Así que se vio dueño absoluto de todo, me despidió de su casa ignominiosamente, insultándome de la manera más cruel e inhumana. Decíase que había heredado con los bienes de su padre, la maldad y villanía de este. ¡Oh, señora, cuál fue mi dolor al ver tal ingratitud; cuál mi desesperación encontrándome sola, desvalida y sin el hijo de mis entrañas que el infame conde arrancó de mis brazos para que no tuviese el consuelo de llorar con él mi desventura! ¡Cuánto sufrí, Dios mío! En todo esto veía yo, querida doña Beatriz, la justa expiación de mi conducta con el rey. No sabiendo qué hacer ni qué partido tomar en tal conflicto, me encaminé a Burgos desde Valladolid, donde hasta entonces el conde me había tenido oculta con su hijo, en busca del judío Aben-Ahlamar. Entonces supe por este la causa del súbito aborrecimiento del conde hacia mí. Entonces supe que una joven tan pura como hermosa, gala de la corte de doña María Alfonsa, tenía loco de amor a mi cruel amante. Erais vos, señora; vos, que sin saberlo y sin querer a don Lope, labrabais la desgracia de esta pobre mujer, que en su dolor juró vengarse de vos, como si fueseis culpable. ¿Por qué os vio el conde, señora? ¿Por qué sois tan hermosa? Vacilé un momento en dar crédito a la narración del judío, y solo vi en ella una fábula ingeniosamente urdida para hacerme olvidar al conde, que era su principal conato. Pero tuve que convencerme de tan triste verdad luego que llegó a mi noticia vuestro rapto, y que vi un día al conde penetrar en este calabozo, donde Aben-Ahlamar me dijo que os tenía sepultada. ¡Oh!, entonces juré vengarme de vos porque con vuestra sin par belleza habíais hechizado al conde; y de él por infame y perjuro... ¿Pero cómo hacerlo, señora, si vos erais inocente y a él lo amaba tanto?... Sin embargo, era mujer, estaba celosa y había sido herida de muerte. Yo necesitaba saciar mi venganza para tranquilizarme. Del conde me vengué presentándome encubierta en la corte y acusándole de raptor vuestro. De vos iba a hacerlo cuando entré aquí..., pero me desarmó vuestra hermosura y candidez. Mirad —dijo Piedad sacando un pequeño pero agudo puñal—, este acero lo traía para enterrarlo en vuestro pecho.
—Y decidme —repuso doña Beatriz, sin oír las últimas palabras de la gitana—, ¿quién sostuvo vuestra demanda?
—El caballero de Carvajal, que se halló presente.
—¡Don Juan!
—El mismo.
—¡Oh, referídmelo todo, señora!
Aquí Piedad contó a la de Robledo, sin omitir nada absolutamente, la escena que ya conoce el lector. Después añadió con alegría y medio trastornada:
—¿Qué os parece, señora? ¡Oh!, ya me vengué de ese perjuro; pero ¡qué venganza! ¡Cuánto sufriría viéndose acusado, a presencia del rey y de toda la corte, de una acción tan fea e inicua como la de vuestro rapto! ¡Cuánto debió padecer, luego que el mismo monarca autorizó el reto provocado por vuestro valeroso amante! ¡Necio —repuso la gitana casi fuera de sí—; tiembla por haber ultrajado a la mujer que tanto te amaba! ¡Tiembla por haberte complacido en desgarrar este corazón que era feliz con tu amor! ¡Venganza, doña Beatriz, venganza, aunque yo tenga que morir de dolor!
Doña Beatriz se separó horrorizada de Piedad. Esta dijo algo más tranquila:
—¡Ah!, señora, no me hagáis caso, el dolor me trastorna el juicio, el dolor solamente me hace hablar así. ¡Qué ratos tan amargos he pasado después de acusar al conde! ¡Cuántos remordimientos y funestas imaginaciones me han asaltado! Figurábame a veces que el hijo de mis entrañas, después de muerto en el combate el conde, vino a pedirme cuenta del que le había dado el ser... ¡Ah, vino a decirme que era yo el asesino de su padre!... ¡Piedad, piedad, Dios mío!
—Sosegaos, querida, sosegaos y tened confianza en Dios, que todo lo puede; tranquilizaos y esperad, que tal vez don Lope conozca su yerro y dé cumplimiento a sus promesas.
—Consoladoras son en verdad vuestras palabras, doña Beatriz; pero he ofendido bastante a la majestad divina para que pueda lisonjearme con la risueña perspectiva de una vida sosegada y feliz que ciertamente no merezco.
—¡Oh, callad, Piedad, callad, y no desconfiéis nunca de la Providencia! ¿No tenéis en mi una prueba bien clara de su infinita bondad y misericordia? Cuando yo me creía sola, desamparada y a merced de un hombre inicuo, ¿no me depara a vos que venís a sacarme de este infierno para volverme al lugar de donde tan cruelmente fui arrancada? ¿No veis en todo esto, querida amiga mía, la poderosa mano de la justicia divina?
—¡Oh!, ciertamente.
—Pues entonces, ¿por qué dudáis?
—Tenéis razón: esperaré y...
—Escuchadme —repuso doña Beatriz interrumpiendo a la gitana.
—Hablad, señora, hablad, que vuestras palabras son otras tantas gotas de benéfico bálsamo para mi enfermo corazón.
—¿Desearíais que no se efectuase el duelo que ha de tener lugar entre vuestro amante y el mío?
—¿Que si lo deseo, decís? Daría la mitad de mi vida porque tal sucediese.
—Lo creo con tanta mas razón cuanto que esa lucha funesta ha de ocasionar precisamente sangre y desgracias. Cuál sea la víctima bien lo podéis colegir; porque en este género de combates, Piedad, también se ve clara y patentemente la mano de Dios.
—¡Ah!, señora; y el conde, el padre de mi hijo...
—Por eso —repuso la de Robledo— es preciso que hagáis cuanto de vos penda para que no se efectúe ese desafío, en el cual seguramente saldrá don Lope vencido, y por consiguiente muerto.
—¡Oh, qué horror, Dios mío!
—Vos habéis dado ese paso en un momento de ofuscación y por eso no reflexionasteis un instante sobre sus dolorosas consecuencias. Un solo medio hay de salvarlo...
—¡Decidlo, decidlo pronto, por Dios! —exclamó Piedad impaciente.
—Es preciso que os retractéis de cuanto habéis dicho; de lo contrario todo está perdido...
—¡Oh, sí, sí, lo haré aunque yo deba ser castigada por calumniadora! Pero ¿y vos, señora, y el de Carvajal?
—Tranquilizaos en cuanto a nosotros. Yo os doy palabra de que mis labios nunca pronunciarán el nombre de mi raptor: a don Juan y a todo el mundo haré creer que no he conocido a los perpetradores de tamaño atentado. En fin, forjaré una relación que en nada se parezca a la real y positiva, y de ese modo no se sabrá nada jamás.
—¡Oh, cuánta bondad, cuánta abnegación!
—Y vos, querida amiga, ¿no os exponéis terriblemente por sacarme de aquí?
—Sin embargo, señora, vuestro sacrificio excede con mucho al mío...
La gitana y doña Beatriz permanecieron largo rato calladas, sumergidas en hondas meditaciones. En la estancia reinaba el más profundo silencio, interrumpido de vez en cuando por largos y lastimosos ayes que lanzaba Piedad de su pecho. Su cerebro estaba embargado por multitud de ideas que unas tras otras se le agolpaban. En el mismo caso se hallaba doña Beatriz. Pero ¡cuán diversas eran las imaginaciones de Piedad de las de la amante del infanzón del rey! La primera tenía por único patrimonio un porvenir nebuloso, y un presente de lágrimas y remordimientos. La segunda, por el contrario, todo lo veía risueño, placentero, todo henchido de felicidad y bienandanza: y ¿cómo no ser así? A la horrible tempestad que había bramado sobre su cabeza, debía suceder forzosamente una calma apacible. Este pensamiento no carecía de lógica; mas por desgracia el porvenir de doña Beatriz estaba preñado de lágrimas, de luto y desesperación. Pero no anticipemos los sucesos; ellos se irán desprendiendo de nuestra mal cortada pluma a medida que el orden natural de las cosas lo requieran.
Un golpe dado con suavidad en la maciza puerta de hierro sacó a la gitana de su letargo, y dijo a su amiga, disponiéndose a partir:
—Es la señal: no puedo permanecer con vos más tiempo.
—¡Cielos! —exclamó doña Beatriz, pálida como un difunto—. ¿Vais a dejarme? ¿No me llevaréis con vos? ¡Oh!, ¿qué sería entonces de mí?
—Tranquilizaos: todo cuanto os he ofrecido lo cumpliré; pero aguardad el momento oportuno; esperad un día más, amiga; y mientras tanto, estad tranquila. Yo os ofrezco, en nombre de Dios trino y uno, que nada, nada absolutamente os sucederá.
Simeona, que se hallaba escuchando toda la conversación de la gitana y doña Beatriz, sacó la cabeza de su escondite y se sonrió malignamente.
La de Robledo se arrojó en los brazos de Piedad, vertiendo copiosas y sentidas lágrimas.
—¡Oh!, sí, no lo dudéis —repuso esta, visiblemente conmovida.
A poco tiempo se separó de doña Beatriz y se dirigió a la puerta. Allí la esperaba el médico de Fernando IV.
Al llegar a la habitación donde Aben-Ahlamar trabajaba, y que ya conoce el lector, dijo a este en tono de mal humor:
—¿Por qué me has llamado tan pronto?
—Porque he recibido aviso del conde, que viene al instante a hacer una visita.
—¿Don Lope?
—Eso es, el conde de Haro —repuso Juffep con socarronería.
—Pues el conde, señor mío, no entrará en la estancia de doña Beatriz.
—¿Quién se lo impedirá? —replicó el alquimista con ironía.
—Vos.
—¡Yo!, cuerpo de Cristo, y qué bromas tan pesadas tienes, querida. Sabes —repuso con malicia— que desde que eres la favorita del rey estás un poco altanera y...
Piedad se sonrió amargamente.
—Escuchad lo que tenéis que hacer.
—Veamos.
—El objeto es impedir que don Lope vea a la de Robledo. Por supuesto que esto tiene su término, como todas las cosas; no es más que por unos días. Yo quedo en avisarte cuando ha de cesar esta privación. Para el efecto dirás al conde que está enferma, postrada en cama, débil, y que su presencia en el estado en que se encuentra la paciente sería fatal, de funestas consecuencias; en fin, tú lo arreglas de modo...
—Antes me dejo matar que hacer lo que dices.
—Pues en ese caso te voy a proporcionar el honor de que mueras a manos del verdugo de su alteza. Hoy mismo sabrá este que tú, en unión del conde, sois los autores del rapto de la dama de su madre, y de otras cosillas que te acreditan de ser un solemne bellaco.
Al mismo tiempo de proferir la gitana las anteriores palabras, pasó de sus manos a las del judío un puñado de monedas que este guardó con indecible placer en los bolsones de su hopalanda morada, diciendo:
—¡Cáspita! Conque si no accedo, sabrá el rey...
—Hoy mismo.
—¡Oh!, pues francamente, querida mía, no tengo ganas de mecerme, colgado por el pescuezo, en los árboles de la alameda. Conque así...
—¿Impedirás, hasta que yo te avise, que moleste el conde a la amante de Carvajal?
—Sí, no dudes que me aprovecharé de tus consejos.
—¡Ay de ti como yo sepa...!
—Te juro, por el Dios de mis padres, que lo haré, aunque se oponga el demonio, mi más íntimo amigo.
—Bien, bien —dijo la gitana subiendo al mismo tiempo las escaleras que conducían a su morada—; yo no te perderé de vista ni un solo instante.