Prólogo


El autor de este drama escribía, hace algunas semanas, á propósito de la prematura muerte de un poeta:

«En estos momentos de lucha y tormenta literaria ¿á quién hemos de compadecer, á los que mueren ó á los que combaten? Triste es sin duda ver á un poeta de veinte años que se va, una lira que se rompe, un porvenir que se desvanece; pero ¿no es algo también el reposo? Á los hombres sobre cuya cabeza se acumulan sin cesar calumnias, injurias, odios, celos, malos manejos, sordas intrigas, bajas traiciones; hombres leales á los que se hace una guerra desleal; hombres de abnegación que sólo querrían dotar al país de una libertad más, la libertad del arte, la libertad de la inteligencia; hombres laboriosos que persiguen pacíficamente su obra de conciencia, víctimas, por una parte, de viles maquinaciones de censura y policía, y por otra, de la ingratitud hasta de los mismos para quienes trabajan, ¿no les es permitido volver á veces la cabeza con envidia hacia los que han caído detrás de ellos y duermen en el sepulcro? Invideo, decía Lutero en el cementerio de Worms, invideo quia quiescunt.

»Sin embargo ¿qué importa? ¡Jóvenes, valor! Por rudo que se nos quiera hacer el presente, el porvenir será bello. El romanticismo tantas veces mal definido, no es en suma, y esta es su definición real, mirándolo sólo por su aspecto militante, sino la libertad en literatura. La mayoría de los hombres pensadores empieza á comprenderlo así, y muy en breve, porque la obra está ya muy adelantada, muy en breve la libertad literaria será tan popular como la libertad política. La libertad en el arte, la libertad en la sociedad, he aquí el doble objeto á que deben aspirar igualmente los espíritus consecuentes y lógicos; he aquí la doble bandera que reune, á excepción de muy pocos ingenios (que se iluminarán también) toda la juventud tan fuerte y paciente hoy; después con la juventud, y á su frente, lo más selecto de la generación que nos ha precedido, todos esos sabios ancianos, que después del primer momento de desconfianza y de examen, han reconocido que lo que hacen sus hijos es consecuencia de lo que ellos mismos hicieron, y que la libertad literaria es hija de la libertad política. Este principio es el del siglo y prevalecerá á buen seguro. Los ultras de todo género, clásicos ó monárquicos, se prestarán en vano mutuo auxilio para reconstruir con todas sus piezas el antiguo régimen, sociedad y literatura: cada progreso del país, cada desenvolvimiento de las inteligencias, cada paso de la libertad dará en tierra con su obra. Y, en definitiva, sus esfuerzos de reacción habrán sido útiles. En revolución todo movimiento hace adelantar. La verdad y la libertad tienen la excelencia de que todo lo que se hace por ellas y todo lo que contra ellas se hace les sirve igualmente. Ahora bien, después de tantas y tan grandes cosas como hicieron nuestros padres y nosotros hemos visto, hemos salido de la antigua forma social. ¿Cómo no saldríamos de la antigua forma poética? Á pueblo nuevo arte nuevo. Admirando y todo la literatura de Luís XIV, tan bien adaptada á su monarquía, sabrá tener su literatura propia y personal y nacional, esta Francia de hoy, esta Francia del siglo XIX, á quien Mirabeau forjó su libertad y Napoleón su poder[1]

[1] Carta á los editores de las Poesías de M. Dovalle.

Perdónese al autor de este drama citarse á sí mismo aquí: sus palabras tienen tan escasamente el dón de grabarse en los espíritus que muy á menudo tendrá necesidad de repetirlas. Por lo demás, no está hoy fuera de propósito exponer de nuevo á la vista de los lectores las dos páginas que acaban de transcribirse. No es decir que este drama pueda en manera alguna merecer el bello nombre de arte nuevo, de nueva poesía; lejos de eso; consigno tan sólo que el principio de la libertad en literatura acaba de dar un paso y de realizar un progreso, no en el arte, pues este drama vale poco, sino en el público; en este concepto á lo menos, una parte de los pronósticos hechos más arriba acaban de cumplirse.

Había peligro, efectivamente, en cambiar así de repente el público, en arriesgar en el teatro tentativas confiadas hasta ahora sólo al papel que lo sufre todo; el público de los libros es muy diferente del público de los espectáculos y se podía temer que el segundo rechazara lo que el primero había aceptado. No ha sido así. El principio de la libertad literaria, ya comprendido por la gente que lee y medita, no ha sido menos completamente adoptado por la inmensa multitud ávida de las puras emociones del arte, que inunda todas las noches los teatros de París. Esa alta y poderosa voz del pueblo, que semeja la de Dios, quiere que de hoy más la poesía tenga la misma divisa que la política: tolerancia y libertad.

Ahora venga el poeta: ya hay público.

Y el público quiere esta libertad, tal como debe ser, conciliándose con el orden en el Estado, con el arte en la literatura. La libertad tiene una prudencia que le es propia y sin la cual no es completa. Bueno es que las antiguas reglas de Aubignac mueran con las antiguas costumbres de Cujas, y todavía mejor que á una literatura cortesana suceda una literatura popular, pero sobre todo que se encuentre una razón interior en el fondo de todas estas novedades. Que el principio de la libertad haga su negocio pero que lo haga bien. En literatura como en sociedad, nada de etiqueta, nada de anarquía: leyes. Ni talones rojos, ni gorros rojos.

Eso es lo que quiere el público y quiere bien. En cuanto á nosotros, por deferencia á ese público, que con tanta indulgencia ha recibido un ensayo tan poco meritorio, le damos este drama hoy tal como se ha representado. Acaso llegue el día de publicarlo tal como lo concibió el autor, indicando y discutiendo las modificaciones que la escena le ha hecho sufrir. Estos pormenores de crítica quizá no carezcan de interés ni de enseñanza, pero hoy parecerían minuciosos. La libertad en el arte está admitida; la cuestión principal está resuelta. ¿Á qué detenerse en cuestiones secundarias? Algún día volveremos al asunto y hablaremos también muy detalladamente combatiendo con la fuerza del raciocinio y de los hechos, la censura dramática que es el único obstáculo á la libertad del teatro ahora que no lo hay ya en el público. Procuraremos, á nuestro cargo y riesgo, y por devoción á las cosas del arte, caracterizar los mil abusos de esa especie de inquisición del espíritu, que tiene como el otro Santo Oficio, sus jueces secretos, sus enmascarados verdugos, sus torturas, sus mutilaciones y su pena de muerte. Y, á ser posible, desgarraremos los tenebrosos velos de esa policía que con vergüenza nuestra amordaza al teatro en el siglo XIX.

Hoy no debe haber lugar sino para el reconocimiento y la gratitud, y al público se dirige el autor de este drama dándole las gracias desde lo hondo de su corazón. Esta obra, no de talento, sino de conciencia y libertad, ha sido generosamente protegida por el público contra muchas enemistades, porque el público es también concienzudo y libre. Gracias, pues, le sean dadas, é igualmente á esa potente juventud que ha prestado ayuda y favor á la obra de un joven sincero é independiente como ella. Para ella principalmente trabaja, porque sería altísima gloria merecer los aplausos de esa escogida reunión de jóvenes, entendidos, consecuentes, lógicos, verdaderamente liberales, así en literatura como en política, noble generación que no rehusa abrir ambos ojos á la verdad y recibir la luz por los dos lados.

De su obra en sí misma, no hablará: acepta las críticas que de ella se han hecho, así las más severas, como las más benévolas, porque de todas se puede sacar provecho. No se atreve á creer que todo el mundo haya comprendido de pronto ese drama cuya verdadera clave es el Romancero General, y rogaría de buen grado á las personas á quienes haya podido chocar la obra que vuelvan á leer el Cid, Don Sancho, Nicomedes, ó más bien todo Corneille y todo Molière, grandes y admirables poetas. Esta lectura los hará menos severos al juzgar ciertas cosas que hayan podido extrañar en el fondo ó en la forma de Hernani. En fin, acaso no ha llegado el momento de juzgarlo. Hernani no es hasta aquí más que la primera piedra de un edificio que existe del todo construído en la mente de su autor, y cuyo conjunto puede sólo dar valor á este drama. Tal vez no parezca mal un día la idea que le ha pasado por la cabeza de poner, como el arquitecto de Bourges, una puerta morisca á su catedral gótica.

Entre tanto, lo que ha hecho es bien poco, harto lo sabe. ¡Pluguiera á Dios que no le faltaran las fuerzas para rematar su obra, que no valdrá hasta que esté concluída! No pertenece el autor al número de aquellos privilegiados poetas que pueden morir ó interrumpir la suya antes de haber acabado, sin peligro para su memoria; no es de los que permanecen grandes, aun sin haberla completado, hombres dichosos de quienes puede decirse lo que de Cartago bosquejada decía Virgilio:

Pendent opera, interrupta, minæque

Murorum ingentes!

9 Marzo 1830.


Hernani


PERSONAJES



España, 1519

ACTO PRIMERO


EL REY


ZARAGOZA

Cuarto dormitorio. — Es de noche. — Una lámpara sobre una mesa


PERSONAJES

ESCENA I

DOÑA JOSEFA DUARTE, vieja, vestida de negro con adornos de azabache á lo Isabel la Católica; DON CARLOS

(Llaman dando un golpe á una puertecita secreta á la derecha. La dueña, que está corriendo una cortina carmín, escucha. Dan un segundo golpe.)

D.ª Josefa.—Será él ya. (Otro golpe.) Es sin duda en la escalera secreta. (Otro golpe.) Abramos sin más demora. (Abre y entra don Carlos arrebujado hasta los ojos y con el sombrero calado.) Buenas noches, caballero. (Se desemboza y deja ver un rico traje de terciopelo á la moda castellana de 1519. Retrocede con espanto.) ¡Ah! ¿No sois el señor Hernani? ¡Dios mío! ¡Socorro!

D. Carlos (Asiéndola del brazo.)—Dos palabras más y sois muerta, dueña. (La mira fijamente y calla espantada la vieja.) ¿Estoy en el aposento de doña Sol, prometida al viejo duque de Pastrana, su tío, señor tan venerable como celoso? Decid. La hermosa ama á un caballero imberbe aún y recibe todas las noches al caballero imberbe y al viejo de luengas barbas. ¿No es eso? (La dueña calla y él la sacude del brazo.) ¿Contestaréis?

D.ª Josefa.—Me habéis prohibido bajo pena de la vida decir dos palabras, señor.

D. Carlos.—Por eso no quiero más que una: sí ó no. ¿Es tu señora doña Sol de Silva?

D.ª Josefa.—Sí.

D. Carlos.—El duque, su futuro, ¿está ahora fuera de casa?

D.ª Josefa.—Sí.

D. Carlos.—¿Espera ella al galán?

D.ª Josefa.—Sí.

D. Carlos.—¡Muerto me caiga!

D.ª Josefa.—Sí.

D. Carlos.—¿Se ven aquí mismo?

D.ª Josefa.—Sí.

D. Carlos.—Escóndeme.

D.ª Josefa.—¿Á vos?

D. Carlos.—Á mí.

D.ª Josefa.—¿Para qué?

D. Carlos.—Para... estar escondido.

D.ª Josefa.—¡Pero esconderos yo!

D. Carlos.—Aquí mismo.

D.ª Josefa.—Jamás.

D. Carlos (Sacando un bolsillo y un puñal.)—Escoged.

D.ª Josefa.—Sois el mismo diablo. (Escogiendo el bolsillo.)

D. Carlos.—Ya lo veis.

D.ª Josefa (Abriendo un estrecho armario, disimulado en la pared.)—Entrad aquí.

D. Carlos (Examinándolo.)—¿En esta caja?

D.ª Josefa.—Idos, si no queréis.

D. Carlos.—Sí quiero. (Examinándolo más.) ¿Será acaso la covacha de la escoba en cuyo mango cabalga esta bruja? (Se introduce difícilmente.) ¡Uf!

D.ª Josefa (Juntando las manos con escándalo.)—¡Un hombre aquí!

D. Carlos.—¿Es por ventura mujer el galán que espera tu ama?

D.ª Josefa.—¡Oh Dios! Oigo sus pasos. Señor, cerrad pronto la puerta. (La empuja y queda cerrada.)

D. Carlos.—Si decís una palabra, sois muerta.

D.ª Josefa.—¿Quién es este hombre? ¡Jesús, Dios mío! Voy á llamar... ¿Y á quién, si todos duermen en la casa, excepto las dos? En fin, esto le atañe á ella y á él que tiene buena espada; á mí... guárdeme Dios de todo mal. (Pesando el bolsillo.) Al cabo no es ningún ladrón. (Oculta el bolsillo al entrar doña Sol.)

ESCENA II

DOÑA JOSEFA, DON CARLOS, oculto, DOÑA SOL, luégo HERNANI

D.ª Sol.—¿Josefa?

D.ª Josefa.—Señora mía.

D.ª Sol.—¡Ah! Temo una desgracia.

D.ª Josefa.—¿Y por qué?

D.ª Sol.—Hernani debería estar ya aquí.

(Óyense pasos hacia la puerta secreta.)

D.ª Josefa.—Aquí está ya.

D.ª Sol.—Abre antes que llame.

(La dueña abre la puerta y entra Hernani con capa y sombrero. Debajo de la capa, un traje de montañés de Aragón, pardo, con coraza de cuero. Al cinto un puñal, una espada y un cuerno de caza.)

D.ª Sol (Corriendo á él.)—¡Hernani!

Hernani.—¡Sol de mi vida! ¡Ah! por fin te veo y la voz que me habla es tu voz. ¿Por qué me tiene la suerte tan alejado de ti? ¡Tengo tanta necesidad de verte para olvidar á los demás!...

D.ª Sol (Tocando su capa.)—¡Jesús! ¡Qué mojado! ¿Llueve mucho?

Hernani.—No lo sé.

D.ª Sol.—Tendrás frío.

Hernani.—No.

D.ª Sol.—Quítate la capa.

Hernani.—Sol de mi vida, dime, cuando inocente y pura reposas por la noche, y plácido y tranquilo entorna tus ojos el sueño entreabriendo la rosa de tus labios, ¿no te dice un ángel, alma mía, cuán dulce es tu amor para el infeliz á quien todos abandonan y rechazan?

D.ª Sol.—¡Ah!... ¡Cuánto has tardado! Dime ¿tienes frío?

Hernani.—¿Á tu lado? ¡Ah! Cuando el amor celoso hierve en nuestras cabezas, cuando hierven en el corazón mil tempestades, ¿qué importa lo que una nube del aire puede arrojar á nuestro paso?

D.ª Sol.—Dame, dame la capa y la espada.

Hernani (Llevando la mano al pomo.)—No; es la otra amiga mía, inocente y fiel también. Sol de mis ojos, ¿está ausente tu tío, y futuro esposo?

D.ª Sol.—Sí, esta hora nos pertenece.

Hernani.—¡Esta hora nada más! Para nosotros sólo una hora. ¿Qué importa? Fuerza es olvidar ó morir. ¡Una hora contigo! ¡Una hora para quien querría toda la vida y después la eternidad!

D.ª Sol.—Hernani...

Hernani (Con despecho.)—¡Cuán feliz soy cuando el duque sale! Como un ladrón que tiembla forzando una puerta, así entro yo á verte y robo al anciano una hora de dicha. ¡Oh! ¡Soy muy dichoso! ¡Y sin duda llevaría á mal que le robe yo una hora, cuando me roba él á mí la vida!

D.ª Sol.—Cálmate. (Entregando la capa á la dueña.) Josefa, ponla á secar. (Haciendo á Hernani una seña mientras la dueña se va.) Ven á mi lado.

Hernani (Sin oirla.)—¿El duque está ausente?

D.ª Sol.—Bien mío, no pienses más en él.

Hernani.—¡Ah! No; fuerza es recordarle. El anciano te ama... es tu futuro esposo. ¡Cómo! ¡Te dió el otro día un beso y no pensaré en él!

D.ª Sol (Riendo.)—¿Y eso te desespera? Un beso de tío, casi de padre.

Hernani.—No, un beso de amante, de futuro esposo. ¡Ah! ¡Viejo insensato que, teniendo necesidad de una mujer para acabar de morirse, va como fiero y frío espectro á tomar una joven! ¡Insensato viejo! Mientras con una mano se agarra á la tuya, ¿no ve á la muerte que le agarra la otra? Ha venido á interponerse temerariamente entre nosotros. ¡Pobre hombre! Más le valiera haber muerto de una vez. ¿Quién diablos pensó en semejante matrimonio?

D.ª Sol.—Dicen que el rey lo quiere.

Hernani.—¡El rey! Mi padre murió en el cadalso, condenado por el suyo, y aunque haya envejecido después de aquella inmolación, para la sombra del difunto rey, para su hijo vivo, para su viuda, para todos los suyos, mi odio es siempre nuevo. Muy niño aún hice el juramento de vengar en el hijo la muerte de mi padre. Por todas partes, rey de las Castillas, por todas partes te busco, porque el odio es eterno entre ambas familias. Nuestros padres lucharon sin tregua ni piedad por espacio de treinta años. Y es en vano que los padres hayan muerto: su odio vive. Para ellos no ha venido la paz, porque los hijos viven y continúa el duelo á muerte. ¡Y es él quien quiere ese execrable himeneo! ¡Mejor que mejor! Yo le buscaba y viene él á ponerse en mi camino.

D.ª Sol.—Hernani, me espantas.

Hernani.—Cargado con el peso de un anatema, preciso es que llegue hasta á espantarme á mí mismo. Escucha: el hombre á que tan joven te han destinado, Ruy de Silva, tu tío, es duque de Pastrana, rico hombre de Aragón, conde y grande de España. Á falta de juventud, puede traerte tanto oro y joyas que reluzca tu frente entre las frentes reales, y por la gloria, la opulencia y el orgullo, más de una reina envidiará á su duquesa. Yo, por mí, soy pobre, y no tuve en mi niñez más que los bosques, á donde huía descalzo. Acaso tengo algún rico blasón que una mancha de sangre ahora deslustra; acaso tengo derechos, sepultados en las sombras, que un negro paño de patíbulo oculta aún entre sus pliegues, y que si mi esperanza no se engaña, podrán brillar un día con mi espada, pero hasta ahora no he recibido del avaro cielo más que el aire, la luz y el agua, que es el dón común á todos. Permite que te libre del duque ó de mí; has de elegir entre los dos: ó ser su esposa ó seguirme.

D.ª Sol.—¡Seguirte!

Hernani.—Entre nuestros rudos compañeros, como yo proscritos, cuyos nombres conoce ya el verdugo, hombres de corazón y de hierro que nunca se enmohecen, teniendo todos ellos agravios de sangre que vengar, vendrás tú á ser la reina de mi banda, porque has de saber que yo no soy más que un bandolero. Cuando todos me perseguían en ambas Castillas, solo, en sus bosques y montañas, tuve que buscar seguro asilo y Cataluña me acogió como una madre. Allí entre sus montañeses, pobres, pero altivos y libres, fuí creciendo, y mañana, si mi aliento hace resonar esta bocina, acudirán en són de guerra tres mil de sus valientes. ¡Te estremeces! Aún puedes reflexionarlo bien. Seguirme por bosques y montes y arenales, entre hombres parecidos á los demonios de tus pavorosos sueños; sospechar de todo, de las miradas, de las palabras, de los pasos, del ruido; oir silbar las balas de los mosquetes persiguiendo vidas, anunciando muertes; estar proscrita como yo y conmigo andar errante, y si es preciso, seguirme adonde seguiré yo á mi padre, al patíbulo... esta será tu suerte.

D.ª Sol.—Te seguiré.

Hernani.—El duque es rico, grande, honrado, sin sombra ninguna en el escudo de su casa; el duque lo puede todo y te ofrece, con su mano, tesoros, títulos, esplendor, dicha...

D.ª Sol.—Partiremos mañana. ¡Oh mi Hernani! no me vituperes por mi extraña audacia. ¿Eres mi demonio ó mi ángel? No lo sé; pero soy tu esclava. Vé adonde quieras: contigo iré; que partas ó te quedes, tuya, tuya soy. Y ¿por qué así? Lo ignoro; pero tengo necesidad de verte, y de verte más y de verte siempre. Cuando se pierde el ruido de tus pasos, creo que no late ya mi corazón; me faltas tú y me siento ausente de mí misma; pero cuando esos pasos vuelven de nuevo á sonar en mis oídos ansiosos, entonces recuerdo que existo y siento volver á mí el alma fugitiva.

Hernani (Estrechándola en sus brazos.)—¡Ángel mío!

D.ª Sol.—Mañana á media noche ¿eh? Trae tu gente debajo de mi ventana. Darás tres golpes y... descuida, seré osada y fuerte.

Hernani.—Ya sabes quien soy.

D.ª Sol.—¿Qué importa? Te seguiré.

Hernani.—No: ya que quieres seguirme, débil mujer, bueno es que sepas qué nombre, qué título, qué alma, qué destino hay oculto en el pastor Hernani...

D. Carlos (Abriendo con estrépito la puerta del armario.)—¿Cuándo vais á acabar de referir vuestra historia? ¿Creéis que está uno cómodamente en este armario?

(Retrocede sorprendido Hernani, á la vez que Sol da un grito y se refugia en sus brazos mirando con espanto á don Carlos.)

Hernani (Echando mano á su espada.)—¿Qué hombre es ese?

D.ª Sol.—¡Cielos! ¡Socorro!

Hernani.—Callad, doña Sol. Cuando estoy yo á vuestro lado, suceda lo que quiera, no tenéis que reclamar más defensa que la mía. (Á don Carlos.) ¿Qué hacíais ahí?

D. Carlos.—¿Yo? Pues á lo que parece no cabalgaba por el bosque.

Hernani.—Quien se chancea, después de la afrenta, se expone á dar qué reir también á su heredero.

D. Carlos.—Á cada cual le llega su vez. Señor mío, hablemos en plata. Vos amáis á doña Sol y venís todas las noches á miraros en el espejo de sus ojos: está muy bien. Pero yo amo también á la dama y quiero conocer á quién he visto entrar tantas veces por la ventana, mientras yo estaba á la puerta.

Hernani.—Pues, por mi honor, os he de hacer salir por donde yo entro.

D. Carlos.—Lo veremos. Yo ofrezco mi amor á la dama: compartamos. He visto en su bella alma tal y tanta ternura que á buen seguro tiene harto para los dos. Esta noche quise acabar mi empeño, y sorprendido por vos, á lo que pude entender, me escondo aquí y escucho, para no ocultaros nada; pero oía muy mal y me ahogaba muy bien. Fuera de que estaba echando á perder mi traje á la francesa; conque... he salido.

Hernani.—Mi daga tampoco está á su gusto y rabia por salir también.

D. Carlos (Saludando.)—Como queráis, caballero.

Hernani (Sacando su espada.)—¡En guardia!

D. Carlos (Desnudando también la suya.)—En guardia, pues.

D.ª Sol (Interponiéndose.)—¡Dios mío! ¡Hernani!

D. Carlos.—Tranquilizaos, señora.

Hernani (Á don Carlos.)—¿Vuestro nombre?

D. Carlos.—¡Bah! Dadme el vuestro.

Hernani.—¡Secreto fatal! Lo guardo para otro, que ha de sentir un día á mis plantas vencedoras mi nombre en su oído y mi daga en su corazón.

D. Carlos.—¿Y cuál es el nombre de ese otro?

Hernani.—¿Qué os importa? Defendeos.

(Cruzan las espadas. Doña Sol cae desfallecida. Al mismo tiempo llaman á la puerta.)

D.ª Sol (Levantándose con espanto.)—¡Dios mío! ¡Llaman á la puerta!

(Detiénense los combatientes. Entra Josefa por la puerta secreta.)

Hernani (Á Josefa.)—¿Quién llama así?

D.ª Josefa.—¡Virgen de las Angustias! ¡Qué conflicto! ¡El duque que regresa!

D.ª Sol.—¡Cielos! ¡Estoy perdida! ¡Infeliz de mí!

D.ª Josefa (Reconociendo el campo.)—¡Jesús! ¡El desconocido! ¡Las espadas desnudas! ¡Se estaban batiendo! ¡Qué apuros!

(Los dos adversarios envainan sus aceros. Don Carlos se cala el sombrero y se emboza hasta los ojos. Siguen llamando.)

Hernani.—¿Qué hacemos?

Una voz (Por fuera.)—¡Sol, abre esta puerta!

(La dueña da un paso hacia la puerta y Hernani la detiene.)

Hernani.—No abráis.

D.ª Josefa (Sacando su rosario.)—¡Santiago apóstol! ¡Sacadnos en bien de este mal paso! (Siguen llamando.)

Hernani (Indicando el armario á don Carlos.)—Ocultémonos ahí.

D. Carlos.—¿En el armario?

Hernani.—Entrad, yo me encargo de que los dos quepamos.

D. Carlos.—¡Pardiez! Es demasiado ancho.

Hernani.—Huyamos por allí. (Por la puerta secreta.)

D. Carlos.—Huid vos; yo me quedo aquí.

Hernani.—¡Ah! Me pagaréis esta jugada.

D. Carlos (Á Josefa.)—Abrid la puerta.

Hernani.—¿Qué dice?

D. Carlos (Á la dueña indecisa.)—Que abráis, os mando.

(Siguen llamando. La dueña va á abrir temblando.)

D.ª Sol.—¡Estoy muerta!

ESCENA III

Los mismos, DON RUY GÓMEZ DE SILVA (barba y cabellos blancos, traje negro).—Criados con antorchas.

D. Ruy.—¡Hombres á estas horas en el cuarto de mi sobrina! Venid todos, que es cosa de ver. ¡Por San Juan de Ávila! Doña Sol ¿qué es esto? ¿Qué hacen aquí estos caballeros? En tiempos del Cid y de Bernardo, aquellos gigantes de España y del mundo, iban ellos por ambas Castillas honrando á los ancianos y protegiendo á las doncellas. Eran hombres fuertes que tenían por menos pesado el hierro de sus armas que vosotros el terciopelo de vuestros vestidos.

Aquellos hombres tenían en respeto las canas, santificaban su amor en las iglesias, no hacían traición á nadie y sabían muy bien guardar el honor de sus casas. Si querían mujer, tomábanla á la clara luz del día, delante de todo el mundo, con la espada, el hacha ó la lanza en la mano. Y en cuanto á estos traidores que, fiando sólo á la noche sus infames fechorías, á espaldas de los esposos roban el honor de las mujeres, yo afirmo que el Cid los hubiera tenido por viles y degradando su usurpada nobleza, hubiera abofeteado sus blasones con la vaina de su espada. He aquí lo que harían los hombres de otro tiempo con los hombres de hoy... ¿Qué habéis venido á hacer aquí? ¿Acaso á decir que soy un viejo de que los jóvenes se ríen? ¿Se van á reir de mí, antiguo soldado de Zamora? Y cuando pase con mis honradas canas, ¿se reirán también de mí? ¡Ira de Dios! Pues á lo menos vosotros no habéis de ser quienes se rían.

Hernani.—Señor duque...

D. Ruy.—¡Silencio! ¡Cómo se entiende! Disponéis de la espada y la daga y la lanza, la caza, los festines, las jaurías, los halcones, los cantares de amor, las plumas en el fieltro, las danzas, las corridas y cañas, la juventud, la alegría; y á toda costa queréis tener un juguete y tomáis á un anciano. ¡Ah! romped, romped el juguete; pero ¡plegue á Dios que os salte en astillas al rostro! Seguidme.

Hernani.—Señor duque...

D. Ruy.—¡Seguidme! ¡Cómo! Hay en mi casa un tesoro, que es el honor de una doncella, el honor de toda una familia. Esta doncella, á quien amo, es de mi sangre, sobrina mía, que en breve ha de ser mi esposa. Yo la creo casta y pura y sagrada para todos los hombres; y si yo, don Ruy Gómez de Silva, tengo que salir una hora, no puedo hacerlo sin peligro de que un ladrón de honras se deslice en mi hogar. ¡Atrás, hombres desalmados! lavaos las manos... que mancháis á nuestras mujeres sólo con tocarlas. Está bien. Continuad... ¿Tengo algo más? (Se arranca el collar.) Tomad, pisotead mi Toisón de oro. (Tira su sombrero.) Deshonrad mis canas...

D.ª Sol.—¡Ah! señor...

D. Ruy (Á sus criados.)—¡Venid en mi ayuda! ¡Mi hacha, mi puñal, mi daga de Toledo! (Á los intrusos.) Seguidme los dos.

D. Carlos (Dando un paso.)—Duque, no se trata precisamente de eso ahora; trátase, ante todo, de la muerte de Maximiliano, emperador de Alemania.

(Descubriéndose.)

D. Ruy.—¡Aún os burláis!... ¡Ah! ¡Santo Dios! ¡El Rey!

D.ª Sol.—¡El Rey!

Hernani.—¡El Rey de España!

(Clavándole los ojos vengativo.)

D. Carlos (Con gravedad.)—Sí, Carlos primero. Mi augusto abuelo, el emperador, ha muerto, según he sabido esta misma noche, y he venido en persona y sin demora á darte la noticia, á ti, mi leal súbdito, y á pedirte consejo, de noche y de incógnito. Ya ves si el negocio era para tanto ruido.

(Ruy Gómez despide á sus criados con una seña y se acerca al Rey, á quien Sol examina con sorpresa y temor, mientras Hernani permanece aislado mirándole también con ojos fulgurantes.)

D. Ruy.—Pero ¿cómo tardar tanto en abrirme la puerta?

D. Carlos.—Venías tan acompañado... Cuando un secreto de Estado me trae á tu palacio, no era cosa de ir á decirlo á todos tus sirvientes.

D. Ruy.—Perdonad, señor. Las apariencias...

D. Carlos.—Bien, duque, te hice gobernador del castillo de Figueras; pero ¿á quién debo hacer ahora tu gobernador?

D. Ruy.—Señor, perdonad.

D. Carlos.—Basta: no hablemos más de esto. Pues, como decía, el emperador ha muerto.

D. Ruy.—¡Ha muerto vuestro augusto abuelo!

D. Carlos.—Ya me ves, duque, poseído de tristeza.

D. Ruy.—¿Y quién ha de sucederle?

D. Carlos.—Un duque de Sajonia está en la lista, y Francisco primero de Francia es otro de los pretendientes.

D. Ruy.—¿Dónde van á reunirse los electores del imperio?

D. Carlos.—Han elegido, según creo, Aquisgrán... ó Spira... ó Francfort.

D. Ruy.—Y nuestro Rey y señor, que Dios guarde, ¿no ha pensado nunca en el imperio?

D. Carlos.—Siempre.

D. Ruy.—Á nadie sino á vos pertenece.

D. Carlos.—Bien lo sé.

D. Ruy.—Vuestro augusto padre, señor, fué archiduque de Austria, y creo que el imperio tendrá presente que era abuelo vuestro quien acaba de morir.

D. Carlos.—Además soy ciudadano de Gante.

D. Ruy.—En mis primeros años tuve el honor de ver á vuestro ilustre abuelo. ¡Ah! ¡Cuán viejo soy! ¡todo ha muerto ya! Era un emperador poderoso y magnánimo.

D. Carlos.—Roma también está por mí.

D. Ruy.—Valiente, enérgico, pero nada despótico... ¡Oh! aquella corona sentaba muy bien al viejo cuerpo germánico. (Se inclina y besa la real mano.) ¡Cuánto os compadezco señor! ¡Tan mozo y hundido ya en tanto duelo!

D. Carlos.—El papa desea recobrar la Sicilia, que un emperador no puede poseer. Me apoya para que como hijo agradecido y sumiso, le entregue luégo su presa. Tengamos el águila y después... veremos si he de darle á roer los alones.

D. Ruy.—¡Con qué gusto vería aquel veterano del trono ciñendo su corona á su ilustre nieto! ¡Ah! ¡Con vos hemos de llorar todos á aquel pío y máximo emperador!

D. Carlos.—El Padre Santo es hábil. ¿Qué es la Sicilia? Una isla que pende de mi reino, una pieza, un girón, que apenas conviene á España y á su lado se arrastra. «¿Qué harías, hijo mío, de esa isla, atada al cabo de un hilo? Tu imperio está mal hecho. Pronto, venid aquí. Unas tijeras y cortemos.» Gracias, Santísimo Padre, porque de esos girones, como tenga yo fortuna, he de coser más de uno al sacro imperio, y si otros me arrancaran, remendaría mis estados con islas y ducados.

D. Ruy.—Consolaos: hay otro reino de justicia, donde parecen los muertos más santos y augustos.

D. Carlos.—El rey Francisco I es un ambicioso. Muerto el viejo emperador, al punto ha puesto los ojos en el imperio. ¿No tiene á la Francia Cristianísima? ¡Ah! la herencia es pingüe y bien merece que le tenga apego. Decía al rey Luís el emperador mi abuelo: «Si yo fuera Dios Padre y tuviera dos hijos, haría Dios al primogénito y al segundo, rey de Francia.» ¿Crees que Francisco pueda tener algunas esperanzas?

D. Ruy.—Es un rey victorioso.

D. Carlos.—Sería preciso cambiarlo todo. La bula de oro prohibe elegir á un extranjero.

D. Ruy.—Según eso, señor, sois rey de España.

D. Carlos.—Soy ciudadano de Gante.

D. Ruy.—La última campaña ha ensalzado mucho al rey Francisco.

D. Carlos.—El águila que va á nacer en mi cimera puede también desplegar sus alas.

D. Ruy.—¿Entendéis el latín?

D. Carlos.—Mal.

D. Ruy.—Es lástima. La nobleza alemana gusta mucho de que le hablen en latín.

D. Carlos.—Ya se contentará con castellano altivo, pues, creedme á fe de Carlos, cuando la voz habla alto, poco importa la lengua que se habla. Ahora voy á Flandes, y es menester, mi querido Silva, que vuelva emperador. El rey de Francia va á removerlo todo; quiero anticiparme á él y partiré dentro de poco.

D. Ruy.—¿Nos dejáis, señor, sin purgar antes á Aragón de esos nuevos bandidos que al abrigo de sus montañas levantan sus audaces frentes?

D. Carlos.—Ya he dispuesto que el duque de Arcos acabe con ellos.

D. Ruy.—¿Dais también orden al capitán de la gavilla para que se deje exterminar?

D. Carlos.—¿Quién es ese bandolero? ¿Su nombre?

D. Ruy.—Lo ignoro; pero dicen que es audaz.

D. Carlos.—Yo sólo sé que por ahora está en Galicia y ya enviaré alguna fuerza para que dé cuenta de él.

D. Ruy.—Entonces son falsas las noticias que por aquí lo suponen.

D. Carlos.—Falsas serán... esta noche me hospedo en tu casa.

D. Ruy.—¡Ah! ¡Señor! ¡tanta honra!... (Inclinándose profundamente.) ¡Hola! (Acuden los criados.) Honrad todos al Rey mi huésped.

(El duque forma en dos filas á los criados con antorchas hasta la puerta del fondo. Mientras, se acerca Sol á Hernani. El rey los cela.)

D.ª Sol (Á Hernani.)—Mañana á media noche, bajo mi ventana, sin falta. Darás tres palmadas.

Hernani.—Mañana.

D. Carlos (Aparte.)—¡Mañana! (Á Sol con galantería.) Permitidme que para salir os ofrezca la mano.

(La conduce hasta la puerta.)

Hernani (Con la mano en el pecho.)—¡Ay, puñal mío! ¿cuándo saltarás?

D. Carlos (Volviendo. Aparte.)—¡Qué cara pone! (Á Hernani.) Os concedí el honor de chocar vuestra espada con la mía, caballero. Por cien razones me sois sospechoso; pero el rey don Carlos odia la traición. Idos, pues. Todavía me digno proteger vuestra fuga.

D. Ruy (Volviendo.)—¿Quién es este caballero? (Indicando á Hernani.)

D. Carlos.—...Permitidme que para salir os ofrezca la mano.

D. Carlos.—Es de mi séquito y parte.

(Salen con los criados, precediendo al rey el duque con una antorcha en la mano.)

ESCENA IV

HERNANI

Sí, de tu séquito ¡oh rey! de tu séquito soy. De noche y de día, en efecto, y paso á paso te sigo, con el puñal en la mano y los ojos fijos en tu huella. En mí persigue en ti mi raza á tu raza. Y como si no fuera bastante, has venido también á ser mi rival. Hubo un momento en que me quedé indeciso entre amar y aborrecer. Mi corazón no era bastante ancho para ella y para ti, y amándola olvidé el odio que te tengo; pero una vez que tú lo quieres, una vez que vienes tú á recordármelo, en buen hora, lo recuerdo. Mi amor hace inclinar la incierta balanza y cae del lado de mi odio. Sí, soy de tu séquito; tú lo has dicho. ¡Oh! ningún cortesano de tu maldita elevación, ningún señor de los que lamen tus manos y besan tus piés, ningún perro de palacio adiestrado en seguir á un rey seguirán jamás tus huellas más tenaces y asiduos que yo. Lo que quieren de ti todos esos cortesanos es algún título ó juguete de relumbrón; para querer tan poco, no querría yo nada; lo que yo quiero de ti no es un vano favor, es el alma de tu cuerpo, la sangre de tus venas, lo que un puñal ansioso hurgando largo tiempo puede arrebatar á un corazón. Vé delante; yo te seguiré. Mi vigilante venganza me acompaña siempre y me habla al oído. Vé, aquí estoy yo; yo espío y escucho, y sin ruido mi paso busca el tuyo y lo sigue y persigue. De día ¡oh rey! no podrás volver la cabeza sin verme inmóvil y sombrío en tus solemnidades; ni de noche podrás tampoco volverla sin encontrar mis ojos fulgurantes detrás de ti.

(Vase.)

ACTO II


EL BANDIDO


ZARAGOZA

Un patio del palacio de Silva. — Á la izquierda los grandes muros del palacio con una ventana con balcón. Por debajo de la ventana una puerta pequeña. Á la derecha y en el fondo casas y calles. — Noche. — En las fachadas de los edificios algunas ventanas iluminadas.


PERSONAJES

ESCENA I

DON CARLOS, DON SANCHO SÁNCHEZ DE ZÚÑIGA, conde de Monterey, DON MATÍAS CENTURIÓN, marqués de Almunan, DON RICARDO DE ROJAS, señor de Casapalma

(Llegan los cuatro siguiendo á don Carlos, con los sombreros gachos y embozados en sendas capas que dejan ver por debajo las puntas de las espadas.)

D. Carlos (Examinando el balcón.)—He aquí el balcón, la puerta... Me hierve la sangre. (Mirando la ventana.) Todavía no hay luz. Y la hay en todas partes donde no me conviene, menos en esta ventana, donde me convendría.

D. Sancho.—Señor, y volviendo á ese traidor, ¿le dejasteis partir?

D. Carlos.—Así es la verdad.

D. Sancho.—Y acaso fuera el jefe de la banda.

D. Carlos.—Jefe ó capitán, yo no he visto jamás testa coronada con más altivez.

D. Sancho.—¿Y se llama?...

D. Carlos.—Muñoz... Fernan... No, un nombre que acaba en i.

D. Sancho.—¿Hernani tal vez?

D. Carlos.—Eso, Hernani.

D. Sancho.—Es él.

D. Matías.—Hernani es.

D. Sancho.—¿Y no recordáis su conversación?

D. Carlos (Sin dejar de mirar á la ventana.)—¡Pardiez! No oía nada en aquel maldito armario.

D. Sancho.—Pero, señor, ¿cómo lo soltasteis, teniéndolo ya en vuestras manos?

D. Carlos (Mirándolo fijamente.)—Conde de Monterey, ¿me interrogáis? (Los dos señores retroceden y callan.) Y por otra parte, no es eso lo que más me interesa. Yo voy tras de su amada, no tras él. Estoy verdaderamente enamorado. ¡Qué ojos negros tan hermosos, amigos míos! ¡dos espejos! ¡dos antorchas! De todo el coloquio no oí más que estas palabras: Hasta mañana á la noche. Pero es lo esencial. Ahora mientras ese bandido con cara de galán se entretiene en alguna fechoría, me anticipo yo y le robo la paloma.

D. Ricardo.—Hubiera sido un golpe completo matar á la vez el buitre.

D. Carlos.—¡Buen consejo! Tenéis la mano muy ligera, conde.

D. Ricardo.—Señor ¿con qué título os place que sea conde?

D. Sancho.—Ha sido una equivocación.

D. Ricardo.—El Rey me ha nombrado conde.

D. Carlos.—Basta. He dejado caer ese título; recogedlo y en paz.

D. Ricardo (Inclinándose.)—Gracias, señor.

D. Sancho.—¡Gran título! Conde por equivocación.

(El Rey se pasea por el fondo mirando con impaciencia hacia las ventanas iluminadas. Los otros hablan entre sí en el proscenio.)

D. Matías (á D. Sancho).—Pero ¿qué hará el rey, una vez sorprendida la dama?

D. Sancho.—La hará condesa, después dama de honor, y cuando tenga un hijo de ella, lo hará rey.

D. Matías.—¡Pardiez! ¡Á un bastardo! Conde, enhorabuena; pero no así como quiera se puede sacar un rey de una condesa.

D. Sancho.—Entonces la hará marquesa, mi querido marqués.

D. Matías.—Los bastardos se guardan para los países conquistados, y se les hace virreyes, única cosa para que sirven.

D. Carlos (Mirando con cólera las ventanas iluminadas.)—¡Pardiez! Diríase que son ojos celosos que nos espían. Ahora se oscurecen dos. ¡Sea enhorabuena! ¡Qué largos son los momentos de espera! ¿Quién hará adelantar la hora?

D. Sancho.—Eso es lo que decimos muchas veces en palacio.

D. Carlos.—Mientras en los vuestros mi pueblo lo repite. La última ventana se oscurece. (Mirando á la de Sol.) ¡Maldita vidriera! ¿Cuándo te iluminarás tú? ¡Oh doña Sol! Ven pronto á brillar como un astro en las sombras de esta noche. (Á don Ricardo.) ¿Es ya media noche?

D. Ricardo.—Muy pronto será.

D. Carlos.—Es preciso acabar cuanto antes. Á cada momento puede llegar el otro. (Se ilumina la ventana de Sol.) ¡Por fin, amigos míos, sale el sol! Ved la sombra de la dama á través de los cristales. No perdamos tiempo y hagamos la señal que espera. Hay que dar tres palmadas. Pero acaso se alarme viendo aquí tanta gente. Retiraos allá á la sombra á guardarme las espaldas. Compartamos estos amoríos: la dama para mí; para vosotros el bandido.

D. Ricardo.—Muchas gracias, señor.

D. Carlos.—Si viene á estorbarme, dadle bonitamente una estocada, y mientras se recobra, me llevaré yo la dama. Pero ¡cuenta con matarlo! Al cabo es un valiente, y la muerte de un hombre, cosa grave.

(Los tres caballeros se inclinan y salen. Don Carlos hace luégo la señal dando las tres palmadas, y á la última se asoma Sol al balcón, vestida de blanco.)

ESCENA II

DON CARLOS, DOÑA SOL

D.ª Sol.—¡Eres tú, Hernani!

D. Carlos (Aparte.)—¡Pardiez! No hablemos.

(Vuelve á hacer la señal.)

D.ª Sol.—Bajo al momento.

(Cierra la ventana y muy luégo se abre la puerta pequeña apareciendo Sol con una lamparilla en la mano y un manto al hombro.)

D.ª Sol.—¿Hernani?

(Don Carlos se cala el sombrero y se le acerca precipitadamente.)

D.ª Sol (Dejando caer la lámpara.)—¡Dios mío! ¡No es su paso!

(Quiere retroceder, pero el rey la detiene por el brazo.)

D. Carlos.—¡Doña Sol!

D.ª Sol.—¡Cielos! ¡No es su voz! ¡Desdichada de mí!

D. Carlos.—¿Qué voz quieres más amorosa? Siempre es la voz de un amante y de un amante real.

D.ª Sol.—¡El Rey!

D. Carlos.—Pide, manda... un reino te ofrezco; porque éste, cuyo amor desdeñas, es el rey, tu señor; es Carlos, tu esclavo.

D.ª Sol (Pugnando por desasirse.)—¡Socorro! ¡Hernani!

D. Carlos.—No te espantes: es el rey quien te tiene, no el bandido.

D.ª Sol.—No, el bandido sois vos. ¿No os da vergüenza? ¿Son estas las hazañas que han de daros fama? ¡Venir de noche y por fuerza á robar una doncella! ¡Ah, mi bandido vale cien veces más que vos! Oíd, rey de Castilla. Si el hombre naciera donde lo eleva su alma, si Dios concediera la jerarquía á la altura del corazón, el rey sería él, y el bandido vos.

D. Carlos.—Señora...

D.ª Sol.—¿Olvidáis que mi padre era conde?

D. Carlos.—Yo os haré duquesa.

D.ª Sol.—Basta. ¡Qué vergüenza! (Retrocediendo algunos pasos.) Nada, nada puede haber entre nosotros, don Carlos. Mi padre derramó por vos su sangre y yo soy doncella noble, y celosa de mi sangre y de mi honor;... soy mucho para manceba y muy poco para esposa.

D. Carlos.—¿Princesa?

D.ª Sol.—Rey don Carlos, id con vuestros amoríos á mujerzuelas dignas de ellos, pues si os atrevéis á tratarme á mí con tal infamia, podré muy bien demostraros que soy dama y que soy mujer.

D. Carlos.—Pues bien, venid á compartir mi trono: seréis reina, emperatriz...

D.ª Sol.—Comprendo la añagaza. Concluyamos: prefiero con mi Hernani vivir errante fuera del mundo y de la ley, con hambre y sed, compartiendo su destino, abandono, guerra, destierro, persecución, miseria, á ser emperatriz con un emperador.

D. Carlos.—¡Cuán dichoso es ese hombre!

D.ª Sol.—Es pobre y hasta proscrito.

D. Carlos.—Hace bien en ser pobre y hasta proscrito, puesto que es tan amado. Yo estoy solo y un ángel le acompaña á él. En fin, ¿me odiáis?

D.ª Sol.—No os amo.

D. Carlos (Asiéndola con violencia.)—Pues bien, me améis ó no, vendréis conmigo; mi mano es más fuerte que la vuestra. Vendréis. Yo lo quiero así. ¡Pardiez! Vamos á ver si soy rey de España y de las Indias para nada.

D.ª Sol (Forcejeando.)—¡Ah! ¡Señor, por piedad! Pues sois el rey, duquesa, marquesa ó condesa, no tenéis más que escoger: las damas de la corte tienen siempre amor para vuestro amor. Pero mi proscrito ¿qué ha recibido del avaro cielo? Vos tenéis á Castilla, Aragón, Navarra, Murcia, León y diez reinos más, y Flandes y las Indias con sus minas de oro; tenéis un imperio en que nunca se pone el sol; y con todo esto ¿habréis de quitarle á él lo único que tiene... yo?

(Se hinca de rodillas á los piés del rey.)

D. Carlos.—Ven, no escucho nada. Ven; si correspondes á mi amor te doy á elegir entre mis Españas.

D.ª Sol.—No quiero más de vos que este puñal. (Se lo arranca del cinto y el rey la suelta y retrocede.) Atreveos ahora. Dad un paso no más.

D. Carlos.—¡Qué hermosa está! No extraño ya que ame á un rebelde.

(Va á dar un paso y Sol alza el puñal.)

D.ª Sol.—Un paso hacia mí y os mato y me mato. (El rey retrocede más. Sol se desvía y grita.) ¡Hernani! ¡Hernani!

D. Carlos.—¡Callad!

D.ª Sol.—Un paso y todo acaba.

D. Carlos.—Señora, ya que á tal extremo reducís mi bondad, sabed que para obligaros tengo ahí tres hombres de mi séquito.

Hernani (Surgiendo á su espalda.)—Habéis olvidado uno.

(Vuélvese el rey y ve á Hernani con los brazos cruzados bajo su larga capa y con el ala del sombrero levantada. Sol da un grito y corre á abrazarle.)

ESCENA III

DON CARLOS, DOÑA SOL, HERNANI

Hernani.—¡Oh! El cielo me es testigo que hubiera ido de buen grado á buscarlo más lejos.

D.ª Sol.—Hernani, sálvame.

Hernani.—Cálmate, vida mía.

D. Carlos.—¿Qué diablos hacen mis amigos por allá? ¡Haber dejado pasar á este capitán de bandoleros! (Llamando.) ¡Monterey!

Hernani.—Vuestros amigos están en poder de los míos. No reclaméis la ayuda de sus espadas impotentes: para tres que vinieran á ayudaros, vendrían á ayudarme á mí sesenta, y vale cualquiera de ellos por vosotros cuatro. Así, arreglemos los dos solos nuestras cuentas. ¡Conque pusisteis la mano en esta doncella! Ha sido una imprudencia, señor rey de Castilla, y una cobardía.

D. Carlos (Con desdén.)—Señor bandido, de vos á mí no hay reproche.

Hernani.—¡Se chancea! ¡Oh! Yo no soy rey; pero cuando un rey me agravia y se chancea además, se me sube á mí la cólera á la altura de su orgullo. Y cuenta que en afrentándome se teme más al rubor de mi frente que á la púrpura de un rey. Sois un insensato, si abrigáis la más mínima esperanza. (Agarrándolo del brazo.) ¿Conocéis bien la mano que os aprieta? Escuchad. Vuestro padre hizo morir al mío, y os odio. Me habéis quitado mis bienes y mis títulos, y os odio. Amáis á la mujer que yo amo, y os odio, os odio, os odio con toda mi alma.

D. Carlos.—Bien está.

Hernani.—Esta noche, sin embargo, ni me acordaba de vos: sólo sentía un anhelo, un ardor, una necesidad: doña Sol. Y anheloso y ardiente de amor vengo y... ¡por vida mía! os encuentro en vías de robármela. ¡Cuando ya os había olvidado, os interponéis vos mismo en mi camino! Señor rey de Castilla, os repito que sois un insensato. Caísteis en vuestras propias redes: ni fuga, ni socorro. ¡Oh te tengo asediado! Solo, rodeado por todas partes de encarnizados enemigos ¿qué has de hacer?

D. Carlos (Con altivez.)—¿También me interrogáis?

Hernani.—¡Bah! ¡bah! No quiero que un brazo oscuro te hiera. Ni quiero que se me escape mi venganza. Nadie te tocará, sino yo. Defiéndete.

(Saca su espada.)

D. Carlos.—Yo soy vuestro rey y señor. Matadme, sea; pero sin duelo.

Hernani.—Pronto has olvidado que anoche tu espada se cruzó con la mía.

D. Carlos.—Anoche ignoraba yo vuestro nombre, y vos ignorabais también mi jerarquía. Hoy vos sabéis quién soy yo, y yo quién sois vos.

Hernani.—Enhorabuena. Defiéndete.

D. Carlos.—No acepto el duelo. Asesinadme.

Hernani.—Pero ¿crees tú que los reyes son para mí sagrados? ¡Á ver si te defiendes!

D. Carlos.—Asesinadme: no me defiendo. ¡Ah! ¿Creéis, bandidos, que vuestras viles gavillas pueden extenderse impunemente por las ciudades? (Hernani retrocede. Don Carlos le mira con ojos de águila.) ¿Creéis que manchados de sangre y cargados de crímenes, podréis, después de todo, pasar por generosos? ¿Creéis que nosotros, víctimas de vuestras violencias, hemos de ennoblecer vuestros puñales con el choque de nuestras espadas? No; el crimen os posee y por donde quiera lo arrastráis. ¡Duelos con vosotros! No, no: asesinad.

(Hernani, sombrío y pensativo, vacila un momento en herir. De repente quiebra la espada contra el suelo y se vuelve hacia el rey.)

Hernani.—Vete. Mejores encuentros tendremos. Vete, pues.

D. Carlos.—Está bien. Dentro de algunas horas, yo vuestro rey, volveré al palacio ducal y mi primer cuidado será llamar al juez. ¿Han puesto á precio vuestra cabeza?

Hernani.—Sí.

D. Carlos.—Bien. Desde hoy os tengo por rebelde y traidor. Por todas partes he de perseguiros. Estáis avisado. Voy á decretar vuestra proscripción del reino.

Hernani.—Ya está decretada.

D. Carlos.—Otra vez más.

Hernani.—Por fortuna, Francia está cerca y me servirá de asilo.

D. Carlos.—Voy á ser emperador de Alemania y quedaréis proscrito del imperio.

Hernani.—Me queda el resto del mundo, para seguir odiándote.

D. Carlos.—¿Y si fuera mío el mundo?

Hernani.—Entonces... entonces me quedaría la tumba.

D. Carlos.—Bien, yo sabré desbaratar tus maquinaciones insolentes y rebeldes.

Hernani.—La venganza es coja y llega á paso lento; pero llega.

D. Carlos (Con desdén.)—¡Tocar á la dama que adora á un bandido!

Hernani.—Recuerda que aún estás en mi poder, y piensa, futuro César, piensa que si apretara esta mano harto generosa, aplastaría en el huevo tu águila imperial.

D. Carlos.—¡Á ver si os atrevéis!

Hernani.—¡Vete! ¡vete!... Huye de aquí; pero toma antes mi capa. (Se quita la capa y la echa á los hombros del rey.) Sin ella, te caería encima algún puñal. (Envuélvese el rey en la capa del bandido.) Ahora parte sin temor. Mi sedienta venganza hace sagrada tu cabeza para otro que yo.

D. Carlos.—Ya que me habláis así, no me pidáis nunca gracia ni perdón.

(Vase.)

ESCENA IV

HERNANI, DOÑA SOL

D.ª Sol.—Ahora, huyamos sin tardanza.

Hernani.—¿Estás resuelta á aceptar mi desgracia y acompañarme hasta el fin? Noble propósito, digno de un fiel corazón. Pero ya lo ves, bien mío; para llevarme gozoso á mi retiro un tesoro de belleza que codicia un rey, para que mi Sol me siga y me pertenezca, para tomar su vida y unirla á la mía, para arrastrarte conmigo sin vergüenza y sin pesar, no es tiempo, no es tiempo aún: veo el cadalso demasiado cerca.

D.ª Sol.—¿Qué dices?

Hernani.—El rey á quien he mirado cara á cara, va á castigarme por haberle perdonado. Huyo; acaso esté ya en su palacio llamando á sus guardias, á sus criados, á sus caballeros y verdugos.

D.ª Sol.—¡Ah! Estoy temblando, Hernani. Pues bien, démonos prisa; huyamos juntos.

Hernani.—¡Juntos! No, no. La hora ha pasado. ¡Ah! Doña Sol, cuando te revelaste á mis ojos, tan buena y aun piadosa, dignándote poner tu amor en mí, yo ¡desdichado! pude ofrecerte lo que tenía, mis montañas, mis bosques, mis torrentes, mi negro pan de proscrito, la mitad del lecho de musgo en que reposo; pero ofrecerte la mitad del cadalso... perdona ¡oh Sol! el cadalso es para mí solo.

D.ª Sol.—Me lo prometiste también.

Hernani (De rodillas á sus piés.)—¡Ángel mío! en este instante en que acaso se acerca la muerte entre las sombras, declaro aquí, proscrito, con mi dolor profundo de haber nacido en cuna ensangrentada, que por negro que sea el duelo que envuelve mi vida, soy un hombre feliz; y quiero que me envidien porque me has amado, porque tú me lo has dicho, porque en voz baja has bendecido tú mi frente maldita.

D.ª Sol.—¡Hernani mío!

Hernani.—¡Bendita mil veces la suerte que puso para mí esta flor al borde del abismo! (Levantándose.) Y no hablo ahora á ti en este lugar; hablo al cielo, á Dios, que me está oyendo.

D.ª Sol.—Permíteme que te siga.

Hernani.—¡Oh! Sería un crimen arrancar la flor al caer en el abismo. Vete, ya he respirado su perfume: basta. Reanuda á otros días tus días por mí ajados; sé esposa del anciano; yo te desligo de tu palabra y vuelvo á mis sombras. Olvida y sé dichosa.

D.ª Sol.—No, te seguiré: quiero compartir tu suerte y no me apartaré de ti.

Hernani (Abrazándola.)—¡Oh! Déjame huir solo. Estoy desterrado, proscrito, soy funesto.

(Se aparta de golpe.)

D.ª Sol (Con desesperación.)—¡Hernani! ¡Me abandonas!

Hernani (Volviendo.)—¡Oh! no, me quedo: tú lo quieres y aquí me tienes. Ven ¡oh! ven á mis brazos. Me quedo, y estaré á tu lado cuanto quieras. Olvidémoslo todo. Siéntate aquí. (Siéntase Sol en un banco de piedra y él se coloca á sus piés.) La luz de tus ojos inunda los míos. Cántame algún cantar como otras noches mientras en tus pestañas temblaban para caer en mis labios las blandas perlas de tus lágrimas; ¡seamos felices! bebamos... la copa está llena... esta hora es nuestra, y lo demás es locura. Háblame, embriágame. ¿No es verdad, sol de mi cielo, que es dulce amar y saber que se nos ama de rodillas? ¿Y ser dos, y estar solos, y hablar de amor entre los velos de la noche, cuando todo duerme, sueña y calla? ¡Oh! Déjame dormir y soñar en tu seno, sol de mi alma, alma mía...

(Tañido de campanas.)

D.ª Sol (Levantándose asustada.)—¿Oyes? ¡Tocan á rebato!

Hernani (Aún á sus piés.)—No; tocan á nuestras bodas.

(Arrecia el campaneo. Gritos confusos. Antorchas en las calles, luces en las ventanas.)

D.ª Sol.—Levántate y ponte en salvo. ¡Gran Dios! Se incendia la ciudad.

Hernani.—Tendremos boda con antorchas.

(Choque de espadas y gritos.)

D.ª Sol.—Es la boda de los muertos.

Hernani (Reclinándose en el banco.)—Volvamos á soñar.

Un montañés (Corriendo, espada en mano.)—Señor, los esbirros, los alcaldes, desembocan en la plaza en tropel. ¡Alerta, señor!

D.ª Sol.—¡Ah! ¡Bien decías!

(Hernani se levanta.)

El montañés.—¡Socorro!

Hernani.—Aquí estoy. No temas.

Gritos confusos (fuera).—¡Muera el bandido!

Hernani (Al montañés.)—Tu espada. (Á Sol.) Adiós, pues.

D.ª Sol.—¡Yo causé tu perdición! ¿Adónde vas? (Indicándole la puerta pequeña.) Ven, huyamos por esta puerta.

D.ª Sol.—Ven, huyamos...

Hernani.—¿Qué dices? ¡Abandonar á mis amigos!

(Tumulto.)

D.ª Sol.—¡Esos clamores me espantan! (Reteniendo á Hernani.) No olvides que si tú mueres, muero yo.

Hernani (Teniéndola abrazada.)—Un beso...

D.ª Sol.—¡Hernani, esposo mío, dueño mío!

Hernani (Besándole la frente.)—El primero.

D.ª Sol.—Acaso el último.

(Parte Hernani, y Sol cae sobre el banco.)

ACTO III


EL ANCIANO


EL CASTILLO DE SILVA

EN LAS MONTAÑAS DE ARAGÓN

Galería de retratos de la familia de Silva; salón cuyo decorado forman estos retratos encuadrados con preciosas molduras que coronan emblemas y escudos ducales. — En el fondo, una alta puerta gótica. — Entre los retratos sendas panoplias de diversos siglos.


PERSONAJES

ESCENA I

DOÑA SOL, de blanco y en pié junto á una mesa. DON RUY GÓMEZ DE SILVA, sentado en su gran sitial de roble.

D. Ruy.—¡Por fin llegó el día! Dentro de una hora serás mi duquesa. Nada ya de tío ni sobrina: ya podré abrazarte y... Pero ¿me has perdonado? No tuve razón, lo confieso: hice que palidecieran tus mejillas y se ruborizara tu frente, con harto pronta sorpresa, y no debí haberte condenado sin oirte. ¡Cómo engañan las apariencias y qué injustos somos! Verdaderamente, allí estaban los dos mozos, muy gentiles de persona ambos á dos. No debí dar crédito á mis propios ojos; pero ¿qué quieres, niña? cuando uno es viejo...

D.ª Sol.—Siempre me habláis de ello, y nunca os lo eché en cara.

D. Ruy.—Pues yo sí. Yo debía saber que con un alma como la tuya, no puede tener galanes quien se llama doña Sol de Silva, y tiene en sus venas pura sangre castellana.

D.ª Sol.—Ciertamente; es pura y buena, y acaso se vea muy pronto.

D. Ruy (yendo hacia ella).—Escucha: nadie es dueño de sí mismo, cuando está enamorado, como yo lo estoy de ti, y es además viejo. Cualquiera se vuelve celoso y malo en ciertas condiciones. ¿Por qué? ¡La vejez! Porque la belleza, la gracia, la juventud en otro, todo espanta y hace temblar; porque está uno celoso de los demás y avergonzado de sí mismo. ¡Qué irrisión que este hombre cojo ó tullido, con el corazón ardiente y embriagado de amor, haya olvidado el cuerpo al rejuvenecer el alma! Cuando pasa un joven pastor, muchas veces, mientras vamos, cantando él por su verde prado, yo soñando por mis negras avenidas, muchas veces digo para mí: «¡Oh, de qué buena gana daría yo mis almenadas torres, mi antiguo palacio ducal, mis bosques y sembrados, mis rebaños, mis títulos, todas mis ruinas por su cabaña nueva y por su frente juvenil!» Porque sus cabellos son negros, porque sus ojos brillan como los tuyos. Tú puedes verlo y decir: «¡Qué mozo!» Y después pensar en mí, que soy viejo. Verdad que soy Gómez de Silva; pero esto no basta. Sí, esto digo para mí. Ya ves hasta qué punto te amo: todo lo daría por ser joven y hermoso como tú. Pero ¿á qué viene delirar así? ¡Yo joven y bello, cuando debo precederte en la tumba!

D.ª Sol.—¿Quién sabe?

D. Ruy.—Pero créeme, esos caballeros frívolos no aman tan inmensamente que no se gaste su amor en palabras. Si una doncella ama á uno de esos mozalbetes, ella se muere por él y él se ríe de ella. Todos esos pajarillos de alas ligeras y vistosas tienen tan mudable el amor como el plumaje. Los viejos, sin alas tan vistosas ni ligeras, amamos mejor. ¡Que nuestro paso es pesado, que nuestra frente está arrugada, y áridos nuestros ojos! Verdad, pero el corazón no se agosta ni se arruga jamás. ¡Ah! cuando un viejo ama, hay que considerarlo mucho; el corazón siempre es joven y puede lastimársele. ¡Oh! mi amor no es como un juguete de cristal que brilla y tiembla, no; es un amor severo, profundo, sólido, seguro, paternal, amistoso, de madera de roble, como mi silla ducal. He aquí cómo yo te amo, y de otras cien maneras más: como se ama á la aurora, como se ama á las flores, como se ama á los cielos. De verte todos los días con tu gracioso paso, con tu frente pura y tus brillantes ojos, me río con todo el júbilo del alma y en el alma llevo una eterna fiesta.

D.ª Sol.—¡Ah!

D. Ruy.—Y luégo el mundo ve con buenos ojos que cuando un hombre se extingue y poco á poco se va, hasta tropezar en la piedra del sepulcro, una mujer, ángel puro, vele por él, lo abrigue y se digne sufrir al inútil anciano que no es bueno ya sino para morir. Excelente obra que con razón se alaba, el supremo esfuerzo de un corazón que se sacrifica, que consuela á un moribundo hasta el fin y sin amar acaso tiene dulzuras de amor. ¡Oh! tú serás para mí un ángel con corazón de mujer que regocije aún el alma del pobre anciano y soporte la mitad de sus últimos años, hija por el respeto y hermana por la piedad.

D.ª Sol.—Lejos de precederme, bien pudiérais seguirme, señor. No es razón para vivir ser joven. ¡Ah! muchas veces los viejos se retardan, y van delante los jóvenes.

D. Ruy.—¡Qué ideas tan sombrías! He de reñirte, niña: un día como este es alegre y sagrado. Y á propósito ¿cómo no estás vestida ya para la ceremonia? La hora se acerca. Vé, corre á vestirte, mientras yo cuento los instantes.

D.ª Sol.—Siempre será tiempo.

D. Ruy.—No tal. (Entra un paje.) ¿Qué quiere, Yáguez?

El paje.—Señor, un peregrino espera á la puerta pidiendo hospitalidad.

D. Ruy.—Quien quiera que sea, la ventura entra en la casa con el forastero que en ella se recibe. Que éntre, pues. ¿Hay algunas noticias de afuera? ¿Qué se dice del capitán de bandoleros proscrito?

El paje.—Todo acabó para Hernani, el león de la montaña.

D.ª Sol (Aparte.)—¡Dios mío!

D. Ruy.—¿Cómo?

El paje.—La partida ha sido derrotada. Dicen que el mismo rey se puso al frente de la tropa que salió en persecución de los bandidos. La cabeza de Hernani vale por el momento mil escudos; pero se dice que ha muerto en la refriega.

D.ª Sol (Aparte.)—¡Sin mí! ¡Pobre Hernani!

D. Ruy.—¡Gracias á Dios! Por fin murió el rebelde. Ahora podemos alegrarnos sin peligro, hija mía. El bandido murió. Ea, vé á ataviarte, amor mío, mi orgullo. ¡Hoy doble fiesta! Vé, vé á vestirte.

D.ª Sol (Aparte.)—De luto, ¡ay de mí!

(Sale.)

D. Ruy.—Que le lleven pronto el cofrecito de joyas, que yo le regalo. (Siéntase.) Quiero verla adornada como una Virgen, ante la cual caiga de rodillas el peregrino. Á propósito. ¿Y ese que pedía hospitalidad? Corre, vé y dile que éntre, y guíalo aquí. (Sale el paje.) Hacer esperar á un peregrino raya en impiedad.

(Ábrese la puerta del fondo y aparece Hernani disfrazado de peregrino. El duque se levanta.)

ESCENA II

DON RUY GÓMEZ, HERNANI

Hernani.—¡Paz y ventura al generoso duque!

(Avanza.)

D. Ruy.—¡Ventura y paz al peregrino mi bien venido huésped! (Siéntase.) ¿No eres peregrino?

Hernani.—Sí.

D. Ruy.—Sin duda vendrás de Armillas.

Hernani.—No; he tomado otro camino... se batían por allá.

D. Ruy.—La partida del proscrito ¿eh?

Hernani.—Lo ignoro.

D. Ruy.—Y ese Hernani ¿sabes qué ha sido de él?

Hernani.—¿Quién es ese hombre, señor?

D. Ruy.—¿No le conoces? Peor para ti, que has malogrado la ocasión de ganar la gruesa suma en que se puso á precio su cabeza. Ese Hernani es un rebelde al Rey, nuestro señor; un capitán de bandoleros que andaba suelto é impune há mucho tiempo. Si vas á Madrid le verás ahorcar.

Hernani.—No, no voy allá.

D. Ruy.—Su cabeza es de quien quiera cortársela.

Hernani (Aparte.)—Que vengan por ella.

D. Ruy.—Pues ¿adónde vas, buen peregrino?

Hernani.—Á Zaragoza, señor.

D. Ruy.—¿Á cumplir algún voto á la Virgen?

Hernani.—Sí, á la Virgen del Pilar.

D. Ruy.—¡Madre y Señora mía! Menester es no tener alma para olvidar los votos hechos á los santos. Pero una vez cumplido el tuyo ¿no llevas otros designios? ¿Ver el Pilar es todo lo que deseas?

Hernani.—Todo.

D. Ruy.—Bien. Y ¿cómo te llamas, hermano? Yo soy Ruy Gómez de Silva.

Hernani.—Yo...

D. Ruy.—Puedes callar tu nombre, si quieres; nadie tiene aquí el derecho de saberlo. ¿Vienes á pedir hospitalidad?

Hernani.—Sí, ilustre Silva.

D. Ruy.—¡Muy bien venido! Quédate en mi casa y dispón de todo. En cuanto á tu nombre, te llamas mi huésped y basta. Quienquiera que seas, te acojo, que al mismo Satanás recibiría, si Dios me lo enviara.

(Ábrese de par en par la puerta del fondo y entra doña Sol en traje nupcial, seguida de pajes, criados y dos doncellas que traen sobre un cogín de terciopelo un cofrecito cincelado, que dejan sobre una mesa. El cofrecito encierra una corona ducal, brazaletes, collares, perlas y brillantes en confusión. Hernani, jadeante y azorado, mira con fulgurantes ojos á la novia sin escuchar ya al duque.)

Hernani.—...Yo soy Hernani.

ESCENA III

Los mismos, DOÑA SOL, pajes, criados, doncellas

D. Ruy.—¡He aquí á mi Virgen del Pilar! Orar ante ella, te traerá felicidad. (Va á ofrecer la mano á Sol.) Futura esposa mía, venid, venid. Pero ¡cómo estáis todavía sin el anillo nupcial ni la corona!

Hernani (Con voz de trueno.)—¿Quién quiere ganarse aquí mil carlos de oro? ¡Yo soy Hernani!

(Todos se vuelven sorprendidos. Hernani desgarra su hábito de peregrino, lo pisotea y queda en su traje ordinario.)

D.ª Sol (Aparte, con júbilo.)—¡Aún vive! ¡Gracias, Dios mío!

Hernani (Á los criados.)—Yo soy el proscrito á quien se busca. (Al duque.) ¿No queríais saber si me llamaba Pedro ó Diego? No, me llamo Hernani. Aquí tenéis la cabeza puesta á precio. Vale bastante oro para pagar vuestras bodas. Á todos os la ofrezco. Tomadla. Atadme de piés y manos... Pero es inútil: me liga una cadena que no puedo romper.

D.ª Sol (Aparte.)—¡Infeliz de mí!

D. Ruy.—¡Qué locura! Estáis sin duda loco, huésped mío.

Hernani.—Vuestro huésped es un bandido.

D.ª Sol.—No, no le escuchéis.

Hernani.—Dicho está.

D. Ruy.—¡Mil carlos de oro! Tan fuerte es la suma que no respondo de todos mis criados.

Hernani.—Me basta uno solo. Delatadme, entregadme.

D. Ruy.—Callad, callad, no sea que os cojan la palabra.

Hernani.—La ocasión es propicia. Os aseguro que soy el proscrito, el rebelde Hernani.

D. Ruy.—Callad.

Hernani.—¡Hernani!

D.ª Sol (Á su oído.)—¡Oh! ¡calla, por Dios!

Hernani.—Aquí por lo visto estáis de bodas. Yo también quiero celebrar una fiesta imperial. Mi esposa me espera: no es tan bella como la vuestra, señor duque, pero no es menos fiel... es la muerte. (Á los criados.) ¡Ninguno de vosotros da un paso todavía!

D.ª Sol (Bajo.)—¡Por piedad!

Hernani.—¡Hernani! ¡Mil escudos de oro!

D. Ruy.—Es el mismo demonio.

Hernani (Á un paje joven.)—Ven, ven tú; tú ganarás los mil carlos, y rico entonces, el paje será un hombre. (Á los criados.) Pero ¿qué hacéis vosotros? ¡Temblar! ¿Hay peor suerte?

D. Ruy.—Tocando á tu cabeza arriesgarían la suya. Aunque fueras Hernani ú otro cien veces peor, y así en lugar de oro ofrecieran un imperio, en mi casa debo protegerte contra todos, contra el mismo rey, porque al huésped lo envía Dios. ¡Muera yo, antes que nadie toque á un cabello de tu cabeza! Sobrina mía, dentro de una hora serás mi esposa. Vuelve á tu aposento. Voy á poner en armas el castillo y á cerrar sus puertas.

(Sale seguido de sus criados.)

Hernani (Mirando con desesperación su cinto desarmado.)—¡Ah! ¡ni un puñal!

(Luégo que ha desaparecido el duque, da Sol algunos pasos como para seguir á sus doncellas; después se detiene, y cuando salen, vuelve con ansiedad hacia Hernani.)

ESCENA IV

HERNANI, DOÑA SOL

(Contempla Hernani con mirada fría y como distraída el cofrecillo nupcial de encima la mesa y fulguran sus ojos.)

Hernani.—Os doy el parabién. Me encanta el adorno... me encanta... (Acercándose al cofrecillo.) El anillo nupcial es de buen gusto... la corona ducal admirable... el collar, precioso... los brazaletes, bellísimos; pero cien veces, cien veces menos que la mujer que en seno tan blanco oculta un corazón tan negro. Y ¿qué habéis dado por todo esto? Un poco de vuestro amor. ¡Gran Dios! ¡Engañar así, no tener vergüenza y vivir! Pero al cabo, al cabo tal vez sean falsas estas perlas, cobre el oro, vidrio y plomo los diamantes, y falsos los zafiros y falso todo. ¡Ah! Si es así, duquesa, como estas joyas, es falso tu corazón y no eres más que oropel. Pero no, todo es fino y bueno y bello. Collar, brillantes, pendientes, corona, anillo nupcial... nada falta. ¡Magnífico regalo! Y á fe que lo merece amor tan seguro, tan fiel, tan profundo.

D.ª Sol.—No has llegado al fondo. (Registra ella misma y saca un puñal.) Es el puñal que arrebaté al rey cuando me ofrecía un trono, que desprecié yo por quien ahora me ultraja.

Hernani (Cayendo á sus piés.)—¡Oh! Deja que de rodillas recoja las lágrimas que lloran tus tristes cuanto bellos ojos. Después, por esas lágrimas, toma tú toda mi sangre.

D.ª Sol.—Te perdono, Hernani; pero no olvides nunca que todo mi amor es tuyo.

Hernani.—¡Me ha perdonado y me ama! ¡Oh! Quisiera saber dónde pisas para besar el suelo.

D.ª Sol.—¡Oh!

Hernani.—No, yo debo serte odioso; pero escucha, dime otra vez que me amas; calma un corazón que duda: dímelo por piedad, porque muchas veces con tan pocas palabras han curado hondas heridas los labios de una mujer.

D.ª Sol.—¡Creer que fuera tan olvidadizo mi amor! ¡No recordar, no saber que nunca jamás ninguno de esos hombres sin gloria podría ocupar un corazón lleno de Hernani!

Hernani.—He blasfemado. Cualquiera en tu lugar se hubiera cansado ya de este loco furioso, que no sabe acariciar, sino después de haber ofendido, y le hubiera dicho: ¡Basta! ¡Vete! Recházame, recházame. Yo te bendeciré, porque has sido bondadosa y dulce siempre conmigo, porque me has sufrido demasiado tiempo, porque soy un malvado oscureciendo, manchando tu luz con mis sombras. Sí, es demasiado ya: tu alma es bella y noble y pura, y si yo soy malo, ¿acaso es tuya la culpa? Sé esposa del duque; es bueno y rico: sé feliz con él. No olvides lo que esta mano puede ofrecerte: un dote de dolores. La proscripción, los hierros, la muerte, el espanto que me cerca: tal sería tu collar, tal tu corona. Sé esposa del anciano, te repito. Y él lo merece más. ¿Cómo casar tu pura frente con mi cabeza proscrita? ¿Quién, viéndonos unidos, á ti tranquila y bella, á mí violento y fiero, á ti apacible, limpia como blanca azucena, á mí, á mí airado, sombrío, azotado por tantas tempestades; quién diría que nuestra suerte sigue la misma ley? No, Dios que lo hace bien todo, no te hizo á ti para mí. No me concedió el cielo derecho ninguno sobre ti; me resigno: poseer tu corazón sería un robo, y se lo restituyo al más digno. Jamás consintió el cielo en nuestro amor; y mentí, si te dije que era nuestro destino, mentí. Amor, venganza, ¡adiós! Se acabó todo: me voy avergonzado de no haber podido vengarme ni ser feliz. ¡Y que naciera para odiar yo que no he sabido más que amar! Perdóname, huye de mí: es ya mi único ruego; no lo desoigas, porque es también el último. Tú vives y yo muero. No veo por qué razón habrías tú de enterrarte conmigo.

D.ª Sol.—¡Ingrato!

Hernani.—¡Montes de Aragón! ¡Galicia! ¡Extremadura! ¡Oh! Yo llevo la desgracia á todo lo que me rodea. Os quité vuestros mejores hijos; sin remordimiento les hice pelear por mis derechos y murieron. Eran los más bravos de la heróica España. Y cayeron, cayeron todos heridos en el pecho. He aquí lo que hago yo con todo lo que se me une. No, no es para ti unión esta de que debas tener celos. Cásate con el duque, con el diablo del Rey... enhorabuena: todo lo que no sea yo vale más que yo. Ni un amigo tengo que se acuerde de mí; todos me abandonan: tiempo es ya de que te llegue tu vez, porque debo quedar solo. Huye de mi contagio. ¡Oh! por piedad de ti huye de él. Acaso me creas un hombre como son los demás, un sér inteligente, que corre derecho al fin que se propuso. Desengáñate. Soy una fuerza que va, un agente ciego y sordo de fúnebres misterios, un alma formada de tinieblas. ¿Adónde voy? No lo sé. Pero me siento empujado por soplo impetuoso, por un loco destino, y bajo y bajo sin detenerme nunca. Si jadeante á veces vuelvo la cara atrás, oigo una voz que me grita: ¡Adelante! Y el abismo es profundo; y de fuego ó de sangre, lo veo todo rojo allá en lo hondo. Entre tanto, á una y otra mano de mi vertiginoso camino, todo se rompe, y muere todo. ¡Ay, del que me toca! ¡Oh! huye, aléjate de mi fatal camino, pues sin querer, doña Sol, te haría daño.

D.ª Sol.—¡Dios mío!

Hernani.—El ángel de mi guarda ha de ser un demonio poderoso; mi felicidad es el único prodigio que le es imposible. Y tú eres la felicidad; no eres para mí. Toma otro esposo; y si algún día el cielo se aplacara... ¡Qué ironía! No, no lo esperes. Cásate con el duque.

D.ª Sol.—No era bastante haberme desgarrado el corazón y ahora me lo arrancas. ¡Ah! no me amas.

Hernani.—¡Oh! mi corazón eres tú, mi alma eres tú, el ardiente foco que á mí me da luz y calor eres tú; pero no he debido hablarte así: no me quieras mal por eso.

D.ª Sol.—No, pero moriré.

Hernani.—¡Morir tú! ¿Por quién? ¿Por mí? ¿Habrías de morir por tan poco?

D.ª Sol (Rompiendo á llorar.)—Moriré.

(Cae en una silla.)

Hernani (Acudiendo.)—¡Oh! ¡Lloras! Y siempre por culpa mía. ¿Quién me castigará, ya que tú siempre me perdonas? ¿Quién, á lo menos, pudiera hacerte ver lo que yo sufro, cuando una lágrima extingue la luz de tus ojos, que es la única luz del alma mía? Pero han muerto mis amigos; estoy loco... perdóname otra vez. Quisiera amar y no sé; y, sin embargo, me estoy muriendo de amor. No llores: muramos antes. ¡Que no tuviera yo un mundo que poner á tus piés! ¡Pero soy tan pobre!...

D.ª Sol (Abrazándole.)—¡Oh! tú eres mi león soberbio y generoso, y yo... yo amo á mi león.

Hernani.—¡Oh! El amor sería un bien supremo, si pudiéramos morirnos á fuerza de amar. ¿Quién de los dos se hubiera muerto antes?

Los dos á la vez.—Yo.

Hernani (Con desesperación.)—¡Oh, cuán dulce me sería una puñalada tuya!

D.ª Sol.—¡Ah! ¿No temes que te castigue Dios?

Hernani (Apoyando la frente en su seno.)—Pues bien, que Dios nos una. Tú lo quieres así, así sea. Yo he resistido.

(Se contemplan extasiados sin ver ni oir nada en torno. Entra don Ruy por el fondo, los ve y se detiene como petrificado.)

ESCENA V

HERNANI, DOÑA SOL, DON RUY GÓMEZ

D. Ruy (Inmóvil y con los brazos cruzados.)—He aquí el pago de mi buena hospitalidad.

D.ª Sol.—¡Dios mío! ¡El duque!

(Se aparta con sobresalto.)

D. Ruy.—¿Es este el pago, señor huésped?—Buen señor, id á ver si la muralla es segura, si están las puertas cerradas y el arquero en su torre. Revisa tu castillo, busca en tu arsenal una armadura á tu medida; requiere á los sesenta años tu arnés de batalla: he aquí la lealtad con que pagaremos la tuya.—¡Santos del cielo! He vivido más de sesenta años, he encontrado á veces gentes desalmadas; muchas veces al sacar mi espada de la vaina he levantado caza de verdugo; he visto asesinos, traidores, monederos falsos, criados infieles que envenenan á sus amos; he visto á Sforza, á Borgia, á Lutero; pero nunca he visto perversidad tan grande que no hubiera temido el rayo de Dios haciendo traición á su huésped. Esto no es de mi tiempo: tan negra traición petrifica á un anciano en el umbral de su casa, como si fuera la estatua de su misma tumba. ¿Quién es este hombre? ¡Oh vosotros, todos los Silvas que aquí me escucháis! (Á los retratos.) perdonad si ante vosotros, perdonad si en mi cólera, llamo á la hospitalidad mala consejera.

Hernani.—Señor duque...

D. Ruy.—¡Silencio! (Adelanta unos pasos.) ¡Muertos sagrados! ¡Mayores míos! ¡hombres de hierro, que veis lo que viene del cielo y del infierno! decidme quién es este hombre. ¿Es Hernani ó Judas Iscariote? Hablad, decidme su nombre. (Crúzase de brazos.) ¿Visteis en vuestros días nada semejante?

Hernani.—Señor duque...

D. Ruy (Á los retratos.)—¿Veis? ¡Quiere hablar el infame! Pero mejor que yo veis vosotros su alma. ¡Oh, no le escuchéis, es un trapacero! Prevé sin duda que mi brazo va á ensangrentar mis lares, que mi corazón acaso engendra en sus tempestades una venganza, hermana del festín de las Siete cabezas, y os dirá que es proscrito, que se hablará de Silva como se habla de Lara, y... que es mi huésped, y que también lo es vuestro... ¡Antepasados míos! ya lo veis: suya es la culpa, mía no. Juzgad entre los dos.

Hernani.—Ruy Gómez de Silva, si jamás se elevó al cielo una frente noble, si hay un corazón hidalgo, un alma grande en el mundo, es vuestra alma, señor; es la tuya, huésped mío. Soy culpable y no tengo que decir nada en mi abono, sino que soy digno de tu cólera. Sí, he querido robar á tu esposa, y hasta manchar tu lecho: es una infamia. Pero sangre tengo: derrámala, limpia luégo tu espada y en paz.

D.ª Sol.—Señor, yo sola soy la culpable; castigadme á mí sola.

Hernani.—Callad, doña Sol, porque esta hora es suprema y me pertenece á mí: no tengo ya nada más. Así, dejad que á solas me explique aquí con el duque. Duque, cree en mis últimas palabras. Soy culpable; pero no te inquietes: te juro que es pura. Así, para ella, pura, tu amor y tu fe; para mí, culpable, tu espada ó tu hacha ó tu puñal; después mandas tirar afuera mi cadáver, y lavar el suelo, manchado con mi sangre y... en paz.

D.ª Sol.—¡Ah! Yo soy la causa de todo, porque le amo. (Don Ruy retrocede sorprendido y mira á la novia con fulgurantes ojos. Sol cae de rodillas y añade.) ¡Oh! Perdonad, señor; pero le amo.

D. Ruy (Con escándalo.)—¿Le amáis? (Á Hernani.) ¡Tiembla pues! (Són de trompetas fuera. Entra un paje.) ¿Qué es eso?

El paje.—El Rey; señor duque, el Rey que viene en persona con un cuerpo de arqueros; toca su heraldo.

D.ª Sol.—¡Gran Dios! ¡El Rey! ¡Esto faltaba!

El paje.—Pregunta el Rey por qué está cerrado el castillo y manda abrir la puerta.

D. Ruy.—Abrid al Rey.

(Sale el paje.)

D.ª Sol.—¡Está perdido!

(Don Ruy va á un cuadro, que es su propio retrato y el último á la izquierda, toca un resorte, y se abre una puerta dejando ver un escondrijo practicado en el muro. Luégo se vuelve á Hernani.)

D. Ruy.—Entrad aquí.

Hernani.—Mi cabeza es vuestra. Entregádsela, señor: estoy dispuesto á morir.

(Entra en el escondrijo y vuelve á cerrar don Ruy.)

D.ª Sol (Al duque.)—¡Señor, piedad para él!

El paje (Volviendo.)—¡El Rey!

(Sol se baja precipitadamente el velo. Ábrese de par en par la puerta del fondo, y entra don Carlos de punta en blanco, seguido de multitud de caballeros y demás gente de guerra.)

ESCENA VI

DON RUY GÓMEZ, DOÑA SOL, DON CARLOS, séquito

(Avanza don Carlos á paso lento, con la mano izquierda en el pomo de su espada y la derecha en el pecho, mirando al duque con expresión de desconfianza y cólera. Don Ruy sale á recibir al rey y lo saluda con extremada zalema. Silencio pavoroso.)

D. Carlos.—¿Á qué se debe, amado primo, que esté hoy tan bien cerrada la puerta de tu castillo? ¡Por Santiago! Yo suponía más enmohecida tu espada. Ni sabía que estuviera tan ganosa de relucir en tu mano, cuando venimos á verte. (Va á hablar el duque y él prosigue con imperio.) Es empeñarse algo tarde en echársela de mozo. ¿Hay acaso moros en campaña? ¿Acaso me llaman Boabdil ó Mahoma y no Carlos de Austria? Contesta ahora.

D. Ruy.—Señor...

D. Carlos (Á sus caballeros.)—Tomad vosotros las llaves y apoderaos de las puertas. (Salen dos caballeros, otros ordenan en triple fila á los soldados desde el rey hasta la puerta. Don Carlos se encara con el duque.) ¡Ah! Vosotros despertáis las rebeliones muertas. ¡Pardiez! Señores duques, si pretendéis hombrear con el rey, tened por cierto que el rey sabrá ser lo que es: vuestro amo y señor. Y á las crestas más altas de los montes donde tenéis vuestros nidos, iré personalmente á destruir con mis propias manos vuestros altivos señoríos.

D. Ruy (Irguiéndose.)—Los Silvas fueron siempre leales, y...

D. Carlos (Interrumpiéndole.)—Sin rodeos, duque, contéstame, ó mando arrasar tus once torres. Del incendio apagado, queda una chispa aún; de los rebeldes, muertos en la refriega, quedó ileso el caudillo, que se puso á buen recaudo. ¿Quién lo encubre? ¡Tú! ¡tú ocultas aquí en tu castillo á Hernani, cuya cabeza he puesto á precio por sus crímenes!

D. Ruy.—Es verdad.

D. Carlos.—Muy bien. Quiero su cabeza... ó la tuya. ¿Oyes?

D. Ruy (Inclinándose.)—Seréis satisfecho.

(Doña Sol se deja caer en un sillón con la cabeza entre las manos.)

D. Carlos.—En buen hora. Vé á traer á mi prisionero.

(El duque cruza los brazos, baja la cabeza y queda un momento pensativo. El Rey y doña Sol esperan en silencio agitados por contrarias emociones. Por fin levanta la cabeza el anciano, toma de la mano al Rey y lo lleva lentamente al primer retrato, á la derecha del espectador.)

D. Ruy (Indicándole el retrato.)—Este es el mayor de los Silvas, el abuelo, el grande hombre; Silvio, el que fué tres veces cónsul de Roma. (Pasando al segundo.) Don Galcerán de Silva, otro Cid, cuyos sagrados restos se guardan en Toro, en dorado féretro alumbrado por mil cirios. Él libró á León del tributo de las cien doncellas. (Al tercero.) Don Blas de Silva, que por sí mismo se desterró viendo mal aconsejado á su rey. (Al cuarto.) Cristóbal. En el combate de Escalona, el rey don Sancho huía á pié y á su blanco penacho se asestaban todos los golpes. ¡Cristóbal! gritó el rey llamándolo en su ayuda. Cristóbal tomó la blanca pluma y le dió su caballo. (Al quinto.) Don Jorge, el que pagó el rescate de Ramiro, rey de Aragón.

D. Carlos (Cruzando los brazos y mirando al duque de piés á cabeza.) ¡Pardiez! Ruy Gómez de Silva, os admiro. Continuad.

D. Ruy (Pasando al sexto.)—Ved aquí á Ruy Gómez de Silva, gran maestre de Santiago y de Calatrava. Su armadura, sólo vendría bien á un cuerpo de gigante. Tomó trescientas banderas, ganó treinta batallas, reconquistó para el rey á Motril, Antequera, Suez, Níjar... y murió pobre. Saludadle, señor. (Se inclina y descubre y pasa al séptimo, haciéndose visible la impaciencia y cólera del rey.) Á su lado, don Gil de Silva, su hijo, espejo de lealtad: su mano, para un juramento, valía lo que la del rey. (Al octavo.) Don Gaspar de Mendoza y de Silva, honor de su progenie. Todas las casas nobles tienen algo que ver con la de Silva. Sandoval sucesivamente nos teme y se nos enlaza; Manrique nos envidia; Lara nos respeta; Alencastro nos odia. Tocamos á la vez con el pié á todos los duques, con la frente á todos los reyes.

D. Carlos.—¡Pardiez!

D. Ruy.—Este es don Vasco, llamado el Sabio. Éste don Jaime el Tuerto, que atajó un día él solo á Zanut y otros cien moros. (Á un gesto de impaciencia del rey pasa de largo y va á los tres últimos retratos de la izquierda.) He aquí á mi noble abuelo. Vivió sesenta años guardando la fe jurada aun á los judíos. (Al penúltimo.) Este anciano de sagrada cabeza es mi padre. Fué grande aunque fué el último que vino. Los moros de Granada habían hecho prisionero al conde Álvar Girón, su amigo; pero mi padre tomó para ir á rescatarlo seiscientos hombres de guerra; hizo labrar en piedra un conde Álvar Girón que llevó consigo y juró por su santo patrono que no desistiría de su empeño hasta que el conde de piedra volviera de suyo la cabeza. Combatió, y luégo fué al conde y le salvó.

D. Carlos.—Muy bien... Venga mi prisionero.

D. Ruy.—«Era un Gómez de Silva». Esto dicen cuando en esta mansión ven tantos héroes.

D. Carlos.—Mi prisionero, sin más demora.

(El duque se inclina ante el rey y lo lleva de la mano al último retrato, que sirve de puerta al escondrijo de Hernani, Sol le sigue ansiosa con la vista.)

D. Ruy.—Este retrato es el mío. ¡Gracias, Rey de Castilla! pues queréis que digan al verlo aquí: «Este último, hijo de una raza nobilísima, fué un traidor á su fe, pues vendió la cabeza de su huésped».

(Alegría de Sol. Movimiento de estupor en los circunstantes. Desconcertado el rey se aparta con ira permaneciendo en silencio buen espacio.)

D. Carlos.—Duque, tu castillo me estorba y voy á derribarlo.

D. Ruy.—¿Porque me vengaría tal vez?

D. Carlos.—Arrasaré tus torres por tanta audacia, y cáñamo he de sembrar en tus solares.

D. Ruy.—Señor, más vale ver el cáñamo en el solar de mis torres, que una mancha en el blasón de los Silvas. ¡Sombras de mis mayores! (Á los retratos.) ¿no es verdad?

D. Carlos.—En conclusión, duque, esa cabeza es nuestra y tú me has prometido...

D. Ruy.—Yo he prometido la una ó la otra. (Á los retratos.) ¿No es verdad? Os doy esta (la suya): tomadla, pues.

D. Carlos.—Muy bien, duque. Pero pierdo en el cambio. La cabeza que necesito es la de un joven: muerta, hay que cogerla de los cabellos, y en vano lo intentaría el verdugo con la tuya, que no tiene un puñado por donde asirla.

D. Ruy.—No me afrentéis, señor. Mi cabeza bien vale todavía por la de un rebelde. ¿No es de vuestro real agrado la cabeza de un Silva?

D. Carlos.—Entréganos á Hernani.

D. Ruy.—Señor, ya he dicho en verdad cuanto tenía que decir.

D. Carlos (Á los suyos.)—Registrad todo el castillo sin que os quede por ver torre, rincón ni agujero.

D. Ruy.—Mi castillo es tan leal como yo: sólo él sabe mi secreto y los dos lo guardaremos bien.

D. Carlos.—¡Cuenta que soy el rey!

D. Ruy.—Como de mi castillo, demolido piedra á piedra, no se haga mi sepulcro, no encontraréis lo que buscáis.

D. Carlos.—Ruegos, amenazas, todo es en vano. Duque, entrégame el bandido, ó cabeza y castillo, todo lo derribaré.

D. Ruy.—He dicho.

D. Carlos.—Pues bien: en lugar de una, dos cabezas tendré. (Al duque de Alcalá.) ¡Hola! Prended al duque.

D.ª Sol (Arrancándose el velo é interponiéndose.)—Don Carlos de Austria, sois un mal rey.

D. Carlos (Turbado.)—¡Gran Dios! ¿Qué veo?

D.ª Sol.—No tenéis corazón ó no es el corazón de un español.

D. Carlos.—Señora, sois muy severa con el rey. (Acercándose. Bajo.) Vos sois la causa de mi cólera. Un hombre se vuelve ángel ó demonio al llegar á vos. ¡Ah! ¡cuán presto se malea el aborrecido! ¡Oh! Si hubiérais querido, acaso habría sido yo, que era grande, el león de Castilla: con vuestro enojo me hicisteis un tigre. ¿No lo oís rugir? (Sol le echa una mirada y él se inclina.) Sin embargo, señora, obedeceré. (Volviéndose al duque.) Mucho te estimo, primo Silva. Al cabo, al cabo, tus escrúpulos pueden parecer legítimos. Sé fiel á tu huésped, infiel á tu rey. En buen hora. Te perdono y soy mejor que tú: pero me llevo en rehenes á tu sobrina.

D. Ruy.—¡Esto solo!

D.ª Sol (Indecisa.)—¿Á mí, señor?

D. Carlos.—Sí, á vos.

D. Ruy.—¿Nada más? ¡Oh clemencia! ¡Oh generoso vencedor, que perdona la cabeza y tortura el corazón!

D. Carlos.—Elige: tu sobrina ó el rebelde. Necesito uno de los dos.

D. Ruy.—¡Oh! Sois el dueño.

(El Rey se acerca á Sol para llevársela, y la doncella se ampara de su tío.)

D.ª Sol.—Salvadme, señor. (Deteniéndose. Aparte.) ¡Desdichada de mí!

D. Carlos.—Forzoso es. Ó la cabeza de vuestro tío ó la de Hernani.

D.ª Sol.—Antes la mía. (Al rey.) Os seguiré.

D. Carlos (Aparte.)—¡Pardiez! ¡Gran idea! Al fin tienes que ablandarte, hija mía.

(Sol va con paso firme al cofrecito de las joyas y toma el puñal, que esconde en su seno. Don Carlos se le acerca y le ofrece la mano.)

D. Carlos.—¿Qué tomáis?

D.ª Sol.—Nada, señor.

D. Carlos.—¿Alguna joya?

D.ª Sol.—Sí.

D. Carlos.—Veamos.

D.ª Sol.—Ya la veréis después.

(Le da la mano y se apresta á seguirle. Don Ruy que quedó inmóvil y como asombrado, da algunos pasos gritando:)

D. Ruy.—¡Sol! ¡Sobrina! ¡Esposa mía! ¡Ira de Dios! ¡Pues que el hombre no tiene entrañas aquí, derrumbaos en mi ayuda, piedras de mis murallas! (Corre tras del Rey.) ¡Dejadme á mi sobrina! ¡á mi esposa! ¡á mi hija! ¡No tengo más que á ella!

D. Carlos (Soltando la mano de Sol.)—Entonces entregadme el prisionero.

(El duque baja la cabeza y parece que sostiene una lucha dolorosa. Yérguese al fin y mira á los retratos juntando las manos en actitud de súplica.)

D. Ruy.—¡Tened vosotros todos piedad de mí! (Da un paso hacia el escondrijo.) ¡Oh! velaos; vuestra mirada me detiene. (Avanza vacilante hasta su retrato y después se vuelve al rey.) ¿Así lo queréis?

D. Carlos.—Sí.

(El duque temblando lleva la mano al resorte.)

D.ª Sol. (Aparte.)—¡Dios mío!

D. Ruy.—¡No! (Echándose á los piés del rey.) Por piedad, señor, tomad mi cabeza.

D. Carlos.—Tu sobrina.

D. Ruy.—Llévatela y déjame el honor.

D. Carlos (Tomando la mano de Sol.)—Adiós, duque.

D. Ruy.—Adiós. (Sigue al rey con la vista y luégo crispa la diestra sobre su puñal.) ¡Dios... Dios te guarde, señor! (Vuelve al proscenio y queda inmóvil, jadeante, sin ver ni oir. Entre tanto sale con el rey su séquito, hablando entre sí dos á dos.) ¡Oh Rey! Mientras tú abandonas gozoso mi noble casa, sale de mi afligido corazón mi vieja lealtad.

(Alza los ojos y mira en torno de sí viendo que está solo. Corre á una panoplia, descuelga dos espadas, las mide y las deja sobre una mesa. Hecho esto, va á la puerta del retrato y la abre.)

ESCENA VII

RUY GÓMEZ, HERNANI

D. Ruy.—Sal. (Sale Hernani, á quien indica el duque las dos espadas.) Elige. El rey está fuera del castillo. Ajustemos, pues, la cuenta pendiente. Elige, pues, y despachemos pronto. ¡Vamos! ¡Tiembla tu mano!

Hernani.—¡Un duelo! No, no podemos batirnos.

D. Ruy.—¿Por qué? ¿Tienes miedo? ¿No eres noble? Noble ó no, para cruzar las espadas, el hombre que me ultraja es harto caballero.

Hernani.—Anciano...

D. Ruy.—Ven á matarme ó á morir, joven.

Hernani.—Á morir sí. Me habéis salvado á pesar mío, y os pertenece mi vida: tomadla pues.

D. Ruy.—¿Tú lo quieres? (Á los retratos.) Ya veis que él lo quiere. (Á Hernani.) Está bien. Ponte bien con tu conciencia y dirige á Dios tus ruegos.

Hernani.—Á vos, señor, dirijo el último.

D. Ruy.—Habla al otro Señor.

Hernani.—No, no, á vos. Anciano, matadme: daga, espada ó puñal, todo es bueno para mí. Mas por piedad, dignaos concederme una gracia suprema. Señor duque, antes de morir permitidme que la vea.

D. Ruy.—¡Verla!

Hernani.—Á lo menos permitidme que la oiga por la última vez.

D. Ruy.—¡Oirla!

Hernani.—¡Oh! Comprendo, señor, vuestros celos; pero ya en manos de la muerte ¿qué podéis temer de mí? ¿Queréis que la oiga, aunque no la vea siquiera? Y luégo moriré. ¡Oh! ¡Con cuánta dulzura exhalaría el último suspiro de mi vida, si antes de volar al cielo pudiera ver mi alma la suya en sus ojos! No le diré nada: vos estaréis presente y después me mataréis.

D. Ruy (Indicando el escondrijo aún abierto.)—¡Santo Dios! ¿tan profundo es ese albergue, tan sordo y tan perdido que no haya oído nada?

Hernani.—Nada he oído.

D. Ruy.—Ha sido preciso entregar á doña Sol ó á ti.

Hernani.—¿Á quién?

D. Ruy.—Al rey.

Hernani.—¡Estúpido viejo! ¡El rey la ama!

D. Ruy.—¿La ama?

Hernani.—¡Es nuestro rival y nos la ha robado!

D. Ruy.—¡Maldición! ¡Á mí mis vasallos! ¡Á caballo! ¡Persigamos al raptor!

Hernani.—Escuchad: la venganza á pié firme hace menos ruido en el camino. Yo os pertenezco y podéis matarme. Pero antes ¿queréis emplearme en vengar á vuestra sobrina? Voy á la parte en la venganza y os juro que he de ayudaros... ¡Oh! Concededme esta gracia, que os pediré de rodillas si es preciso. Sigamos al Rey los dos. Vamos; yo seré vuestro brazo; yo os vengaré, señor duque. Después me mataréis á mí.

D. Ruy.—¿Y entonces como ahora me estarás sumiso?

Hernani.—Os lo juro.

D. Ruy.—¿Por quién?

Hernani.—Por la memoria de mi padre.

D. Ruy.—¿Te acordarás de esto un día de tu propia voluntad?

Hernani (Presentándole una bocina que se quita del cinto.)—Guardad esta bocina. Suceda lo que quiera, siempre que á bien lo tengáis, en cualquier lugar y á cualquier hora, si creéis que es llegada la de mi muerte, no tenéis más que tocar el cuerno y yo mismo acudiré á ponerme en vuestro poder.

D. Ruy.—La mano. (Se la estrecha.) Todos vosotros sois testigos. (Á los retratos de sus mayores.)

ACTO IV


EL SEPULCRO


AQUISGRÁN

El subterráneo que encierra el sepulcro de Carlomagno en Aquisgrán. — Grandes bóvedas de arquitectura lombarda; gruesos pilares bajos, arcos, capiteles con relieves de pájaros y flores. — Á la derecha el sepulcro de Carlomagno con una puertecita de bronce baja y cimbrada. — Una sola lámpara, suspendida de una clave, alumbra la inscripción: CAROLUS MAGNUS. — Noche. No se ve el fondo del subterráneo, perdiéndose la vista en las arcadas, las escaleras y los pilares.


PERSONAJES

ESCENA I

DON CARLOS, DON RICARDO DE ROJAS, conde de Casapalma, con una linterna en la mano

D. Ricardo (Sombrero en mano.)—Aquí es.

D. Carlos.—¡Aquí se reune la Liga! Voy á tenerlos á todos juntos en mi mano. ¡Ah! Señor elector de Tréveris, aquí es. Le habéis ofrecido este lugar y... ciertamente está bien elegido. Negra maquinación prospera á la sombra de las catacumbas. Bueno es aguzar los puñales en la piedra de los sepulcros. Pero este es juego muy arriesgado; va en ello la cabeza, señores asesinos. En fin, ya veremos. Desde luego hicieron bien en elegir un sepulcro para tal empeño: así tendrán que andar menos, si pierden. (Á Rojas.) ¿Se extienden mucho estos subterráneos?

D. Ricardo.—Hasta la fortaleza.

D. Carlos.—Más de lo que se necesita.

D. Ricardo.—Otros por este lado corren hasta el monasterio de Altenheim.

D. Carlos.—Donde Rodolfo exterminó á Lotario. Repíteme, conde, repíteme nombres y agravios, dónde, cómo y por qué.

D. Ricardo.—Gotha...

D. Carlos.—Sé por qué el buen duque conspira: quiere un alemán de Alemania en el imperio.

D. Ricardo.—Hohemburgo...

D. Carlos.—Ese, según entiendo, preferiría el infierno con Francisco al cielo conmigo.

D. Ricardo.—Don Gil Téllez Girón.

D. Carlos.—¡Ira de Dios! El infame conspira contra su rey.

D. Ricardo.—Dicen que os encontró una noche en su casa, cuando lo hicisteis barón y quiere vengar el honor de su cara mitad.

D. Carlos.—Entonces que se rebele contra España entera. ¿Quién más?

D. Ricardo.—Cítase también al reverendo Vázquez, obispo de Ávila.

D. Carlos.—¿También para vengar la virtud de su mujer?

D. Ricardo.—Después Guzmán de Lara, descontento, porque desea el collar de vuestra orden.

D. Carlos.—¡Oh! Si sólo se trata de un collar... lo tendrá.

D. Ricardo.—El duque de Lutzelburgo. En cuanto á los designios que se le suponen...

D. Carlos.—¡Gran cabeza!

D. Ricardo.—Juan de Haro, que quiere á Astorga.

D. Carlos.—Esos Haros han dado siempre mucho que hacer al verdugo.

D. Ricardo.—No hay más.

D. Carlos.—No están todos, conde. No has citado más que siete y son más, según mi cuenta.

D. Ricardo.—No miento á algunos bandidos pagados por Tréveris y Francia.

D. Carlos.—Hombres sin escrúpulos, cuyo puñal se inclina siempre al oro, como la aguja al polo.

D. Ricardo.—Sin embargo, entre ellos ví á dos audaces compañeros, recién llegados, un mozo y un viejo...

D. Carlos.—Sus nombres, su edad...

D. Ricardo.—Ignoro sus nombres; en cuanto á la edad, el uno tendrá unos veinte años...

D. Carlos.—¡Qué lástima!

D. Ricardo.—Y el otro sesenta á lo menos.

D. Carlos.—El uno no tiene aún edad para conspirador, y el otro no la tiene ya. Peor para los dos. Cuidaré de ellos. El verdugo puede contar con mi ayuda, en caso necesario. ¡Oh! Si su hacha se embota contra los traidores, yo le prestaré mi espada, enemiga de las facciones. Si se me obliga, he de coser al paño del cadalso mi púrpura imperial. Pero ¿seré emperador?

D. Ricardo.—El colegio, reunido ya, delibera á estas horas.

D. Carlos.—¿Qué sé yo? Nombrarán á Francisco primero ó al sajón, su Federico el Sabio. Lutero tiene razón; todo va mal. ¡Buenos fautores de majestades, que no aceptan sino razones doradas! Un sajón hereje, un conde Palatino imbécil, un primado de Tréveris libertino. En cuanto al rey de Bohemia, ese está por mí. Príncipes de Hesse, más pequeños aún que sus Estados, mozos idiotas, viejos libertinos, coronas; pero cabezas... que vayan por ellas. Enanos, que podría yo, ¡ridículo concilio! llevar como Hércules en mi piel de león. Me faltan tres votos, conde ¡todo me falta! Por esos tres votos daría yo á Gante, Toledo y Salamanca, tres ciudades á su elección, conde; tres de mis mejores ciudades de Castilla ó de Flandes... para recobrarlas más tarde, por supuesto. Ya lo oyes. (Don Ricardo se inclina profundamente y se pone el sombrero.) ¿Os cubrís?

D. Ricardo.—Señor, me habéis tuteado y soy ya grande de España.

D. Carlos (Aparte.)—Le compadezco. ¡Ambicioso de nada! ¡Qué interesada amistad! ¡Cómo al través del nuestro siguen sus pensamientos! ¡Viles y famélicos mendigos de la corte á quienes el rey echa á migajas la grandeza! Sólo Dios y el emperador son grandes... y el Padre Santo; los demás reyes y duques... ¡Pardiez!

D. Ricardo.—Yo espero que proclamen á Vuestra Alteza.

D. Carlos (Aparte.)—¡Alteza, alteza á mí! Tengo desgracia en todo... ¡Si no pudiera pasar de rey!...

D. Ricardo (Aparte.)—Sea ó no emperador, yo soy ya grande de España.

D. Carlos.—Luégo que hayan elegido el emperador de Alemania ¿qué señal anunciará su nombre á la ciudad?

D. Ricardo.—Un cañonazo, si es el duque de Sajonia; dos, si es el rey Francisco; tres, si es don Carlos de Austria, rey de España.

D. Carlos.—¡Y esa doña Sol!... Todo me irrita y me ofende. Conde, si por casualidad soy yo el emperador, corre á traerla... Acaso quiera un César...

D. Ricardo (Sonriendo.)—Vuestra Alteza es demasiado bueno, y...

D. Carlos (Interrumpiéndole.)—Sobre eso, ni una palabra. Todavía no he dicho yo lo que quiero que se piense. ¿Y cuándo se sabrá el nombre del elegido?

D. Ricardo.—Dentro de una hora, á lo más.

D. Carlos.—¡Oh, tres votos, nada más que tres votos! Pero aplastemos antes esa turba que conspira y veremos después de quién será el imperio. Ese Cornelio Agripa, sin embargo, alcanza mucho con la vista. En el celeste océano ha visto trece estrellas venir del Norte hacia la mía. ¡Bah! También dicen que el abad Juan Tritemo le ha prometido el imperio al rey Francisco. Para asegurar más mi suerte, hubiera debido ayudar yo la predicción con algunos armamentos. Las predicciones del hechicero más listo vienen siempre á mejor término, cuando un buen ejército con cañones y picas, peones y caballos, se presta á mostrar el camino á la fortuna. ¿Quién vale más, Cornelio Agripa ó Juan Tritemo? Sin duda aquel cuyo sistema apoya un buen ejército, y pone la punta de una lanza al cabo de lo que dice, y el tajo de una espada sobre toda dificultad para cortar á gusto del profeta. ¡Pobres locos que alta la frente fijan la vista en el imperio del mundo y dicen: «Es mi derecho»! Muchos cañones tienen cuyo abrasado aliento devoraría las ciudades; tienen barcos, ejércitos, caballos y parece que van á ir hasta el fin sobre los pueblos triturados... ¡Cá! En la gran encrucijada de la fortuna humana, que, antes que al trono, nos conduce al abismo, apenas dan un paso, cuando indecisos é inciertos, procurando en vano leer en el libro del destino, vacilan mal seguros y en la duda preguntan por su camino al nigromante de la esquina. (Á don Ricardo.) Vete. Es la hora en que han de venir los conjurados... ¡Ah! ¿La llave del sepulcro?

D. Ricardo (Entregándola.)—Señor, pensaréis en el conde de Limburgo, custodio capitular, que me la ha confiado y se ofrece á todo por complaceros.

D. Carlos (Despidiéndole.)—Haz cuanto te dije... todo.

D. Ricardo (Inclinándose.)—Sin demora, señor.

D. Carlos.—Tres cañonazos ¿eh?

D. Ricardo.—Tres.

(Se inclina y sale. Don Carlos, solo ya, se abisma en meditación profunda. Después levanta la cabeza y se vuelve hacia el sepulcro.)

ESCENA II

DON CARLOS, solo

¡Carlomagno, perdona! Estas solitarias bóvedas sólo deberían repetir austeras palabras, y sin duda te indignas del rumor que hacen nuestras ambiciones en tu sagrada mansión... ¡Aquí está Carlomagno! ¿Cómo, oscuro sepulcro, cómo puedes contenerlo sin estallar? Gigante de un mundo creador ¿estás ahí bien hallado? ¿Puede estar ahí tendida toda tu grandeza? ¡Ah! ¡Magnífico espectáculo, la Europa así forjada por su mano y como él la dejó! Un edificio con dos hombres en la cúspide; dos jefes elegidos, á los cuales todo rey legítimo se somete. Casi todos los Estados, ducados, feudos militares, reinos, marquesados, todos son hereditarios; pero el pueblo suele tener su papa y su césar; todo marcha y el azar corrige el azar. De aquí proviene el equilibrio y siempre el orden se impone. Electores revestidos de tisú de oro, cardenales envueltos en mantos de escarlata, doble sacro senado que conmueve la tierra, no son más que ostentación y Dios quiere lo que quiere. Surge una idea, según las necesidades de los tiempos, brilla una luz, y se agranda, va, corre, se mezcla en todo, se hace hombre, posee los corazones, labra un surco... Muchos reyes la pisotean ó amordazan; pero entra un día en la dieta, en el cónclave, y todos ven surgir de repente sobre sus cabezas la idea esclava, con el globo en la mano y la tiara en la frente. El papa y el emperador lo son todo. Nada existe en la tierra sino por ellos y para ellos. En ellos vive un misterio supremo; y el cielo, cuyos derechos asumen, les da un gran banquete de pueblos y de reyes, y bajo sus nubes donde brama el trueno, los tiene á ellos solos sentados á la mesa, en que Dios les sirve el mundo. Frente á frente están allí arreglando, recortando, ordenando el universo y todo se hace entre los dos. Los reyes están á la puerta respirando el vapor de los manjares y empinándose para ver por las vidrieras. Por debajo se agrupa y escalona el mundo. Ellos hacen y deshacen: el uno desata, y el otro corta; el uno es la verdad, el otro la fuerza. Llevan su razón en sí mismos, y son porque son. Cuando salen del santuario, iguales los dos, el uno con su púrpura y el otro con sus blancas vestiduras, el universo contempla deslumbrado y con asombro esas dos mitades de Dios, el papa y el emperador... ¡El emperador!... ¡Ser emperador! ¡Oh rabia! ¡No serlo, no serlo y sentir lleno de aliento el corazón! ¡Cuán dichoso fué el que duerme en este sepulcro! Y ¡cuán grande! En sus tiempos aún era esto mejor. El papa y el emperador no eran ya dos hombres; eran Pedro y César uniendo las dos Romas, fecundando una y otra en místico himeneo, dando nueva forma, nueva alma al género humano, fundiendo pueblos y reinos para hacer una Europa nueva y los dos poniendo en el molde por sí mismos el bronce que quedaba del viejo mundo romano. ¡Oh! ¡qué destino! Y este sepulcro es el suyo. ¿Tan poco es todo que venga á parar en esto? ¡Cómo! ¡Haber sido príncipe, rey, emperador; haber sido la espada, haber sido la ley; como gigante, tener por pedestal Alemania, por título César, por nombre Carlomagno; haber sido más grande que Aníbal, más que Atila, tan grande como el mundo... y que todo pare aquí! ¡Ah! Pretender el imperio para ver luégo el polvo que levanta un emperador; llenar la tierra de tumulto y ruido; construir, edificar sin decir nunca: basta; hacer un edificio inmenso, y luégo... ¡qué! todo se reduce á esta piedra; y del título y la fama quedan algunas letras para que deletreen los niños; y por alto que sea el fin á que aspire el orgullo, todo para en esto. ¡Oh demencia! Sin embargo, el imperio... el imperio... Estoy tocándolo ya y es cosa de mi gusto. Algo me dice «¡Lo tendrás, lo tendrás!» ¡Lo tendré!... Si lo tuviera... ¡Oh cielos! ¡Ser el origen de todo, solo, de pié, en lo más alto de esa inmensa espiral!... la clave de una multitud de Estados escalonados unos sobre otros; y ver por debajo á los reyes, y por debajo de los reyes, á los señores feudales, margraves, cardenales, duques; y luégo á los obispos, abades, barones; y luégo clérigos, soldados; y luégo, lejos de la cima en que estamos, en las sombras, en lo hondo del abismo, los hombres; es decir un mar de gente, de ruido, de llantos, de gritos, de amargas risas á veces; queja que despertando la tierra, llega á nuestros oídos, al través de tantos ecos, como bulliciosa música. ¡Los hombres! ciudades, torres, altos campanarios para tocar á rebato...

(Soñando.)

Base de naciones que lleva sobre sus hombros la pirámide enorme apoyada en los dos polos, oleadas vivas que siempre la balancean, mudan de sitio las cosas y sobre sus altas crestas mecen los tronos, de tal modo que los reyes, dando tregua á sus querellas, alzan los ojos al cielo... Reyes, mirad abajo.—¡Oh! ¡el pueblo! ¡Qué océano! onda sin cesar movida, donde no puede echarse nada sin que todo se remueva y que derriba un trono y mece una tumba; espejo en que rara vez se ve bien parecido un rey. ¡Ah! cuántas veces al contemplar ese sombrío océano, se verían en su fondo grandes imperios, grandes bajeles náufragos, que su flujo y reflujo hace rodar, que lo molestaban y que ya no conoce. ¡Gobernar todo esto; subir á esta cúspide, y subir sintiéndose al cabo simple mortal; tener á los piés el abismo!... Con tal que no me vaya á dar ahora un vértigo... ¡Oh, móvil pirámide de Estados y de reyes! ¡Cuán estrecha es tu puerta! ¡Ay del pié tímido! ¿En quién me apoyaré? ¡Si desfalleciera sintiendo estremecerse el mundo bajo mis piés y moverse y palpitar la tierra! Después, cuando tenga en mis manos este globo ¿qué haré de él? ¿Podré siquiera llevarlo? ¿Qué hay en mí? ¡Ser emperador, Dios mío, cuando es demasiado ser rey! ¡Ciertamente sólo el mortal de raza extraordinaria puede ensanchar el ánimo con la fortuna! ¡Pero yo!... ¿Quién me hará grande? ¿quién será mi guía, quién me aconsejará?

(Cae de rodillas ante el sepulcro.)

¡Tú, Carlomagno, tú! Ya que Dios, para quien no hay obstáculos, toma nuestras dos majestades y las pone cara á cara, vierte en mi corazón desde tu almo sepulcro algo de grande y sublime. ¡Oh! hazme ver las cosas por todas sus fases; muéstrame que el mundo es pequeño, porque yo no me atrevo á tocar á él; muéstrame que sobre esa Babel que desde el pastor al César va subiendo hasta el cielo, cada cual en su clase se complace y admira, ve al otro por debajo y reprime la risa. Enséñame tus secretos de vencer y de regir y dime que más vale castigar que perdonar. ¿No es así? Si es verdad que en su tumba solitaria despierta á veces al ruido del mundo una gran sombra, y se entreabre el sepulcro y alumbra como con un relámpago la oscuridad del universo; si esto es verdad, emperador de Alemania, dime, ¡oh! dime qué puede hacerse después de Carlomagno. Habla, aunque al hablar tu aliento soberano rompa en mi frente esta puerta. Oh, déjame entrar en tu santuario; déjame ver tu faz, incorporado sobre tu marmóreo lecho. Aunque con voz fatídica me digas cosas que hagan temblar, habla y no me ciegues, porque tu sepulcro está sin duda lleno de claridad. Ó si no dices nada, deja que en tu paz profunda estudie Carlos de Austria tu cabeza como un mundo; deja ¡oh gigante! que te mida á su sabor... nada existe en la tierra comparable á tu no sér. Aconséjeme, si no tu sombra, tu ceniza. Entremos.

(Va á abrir y retrocede.)

¡Gran Dios! ¡Si me hablara al oído! ¡Si estuviera ahí de pié andando lentamente! ¡Si saliera yo encanecido!

(Ruido de pasos.)

Alguien llega. ¿Quién se atreve, como no sea yo, á turbar á estas horas la paz de tan augusto muerto?

(Se acerca el ruido.)

¡Ah! Lo había olvidado: son mis asesinos. Entremos, pues.

(Abre la puerta del sepulcro que vuelve á cerrar tras sí. Aparecen luégo algunos encubiertos.)

ESCENA III

LOS CONJURADOS

(Se acercan unos á otros y se dan las manos cambiando algunas palabras en voz baja.)

1.er CONJURADO (Con una antorcha en la mano.)—Ad augusta.

2.º CONJURADO.—Per angusta.

1.er CONJURADO.—Los Santos nos protegen.

3.er CONJURADO.—Los muertos nos sirven.

1.er CONJURADO.—Dios nos guarde.

(Ruido de pasos en la oscuridad.)

2.º CONJURADO.—¿Quién vive?

Una voz.—Ad augusta.

2.º CONJURADO.—Per angusta.

(Entran nuevos conjurados. Ruido de pasos.)

1.er CONJURADO AL 3.º—Mira; aún vienen algunos.

3.er CONJURADO.—¿Quién vive?

Voz en la sombra.—Ad augusta.

3.er CONJURADO.—Per angusta.

(Entran nuevos conjurados que saludan por señas á los demás.)

1.er CONJURADO.—Muy bien. Todos estamos aquí; habla, Gotha. Amigos, la sombra espera la luz.

(Todos los conjurados se sientan en semicírculo en los sepulcros. El primer conjurado va de uno en otro y todos encienden en su antorcha sendos cirios. Después el primer conjurado va á sentarse en otro sepulcro más alto que todos en el centro del círculo.)

El duque de Gotha (Levantándose.)—Amigos, Carlos de España, extranjero por su madre, aspira al sacro imperio.

1.er CONJURADO.—¡Mal haya, amén!

Gotha (Tirando al suelo su antorcha y pisándola.)—Hagan con su frente lo que yo con esta antorcha.

Todos.—Así sea.

1.er CONJURADO.—¡Muera Carlos de España!

Gotha.—¡Muera!

Todos.—¡Muera!

D. Juan de Haro.—Su padre era alemán.

El duque de Lutzelburgo.—Su madre es española.

Gotha.—Ni es español ni alemán. Muera.

Un conjurado.—¿Y si los electores le nombraran emperador?

1.er CONJURADO.—¿Á él? ¡Jamás!

D. Gil Téllez Girón.—¿Qué importa? Matándole, queda anulado el nombramiento.

1.er CONJURADO.—Si obtiene el sacro imperio, viene á ser inviolable y sólo Dios puede tocarle.

Gotha.—Lo más seguro es que muera antes de ser emperador.

1.er CONJURADO.—No le elegirán.

Todos.—No obtendrá el imperio.

1.er CONJURADO.—¿Cuántos brazos se necesitan para echarlo á la tumba?

Todos.—Uno solo.

1.er CONJURADO.—¿Cuántos golpes en el corazón?

Todos.—Solo uno.

1.er CONJURADO.—¿Quién ha de darlo?

Todos juntos.—Yo.

1.er CONJURADO.—La víctima es un traidor; ellos hacen un emperador: hagamos nosotros un gran sacerdote. Echemos suertes.

(Todos los conjurados escriben sus nombres en sendas hojas, que arrollan y depositan uno tras otro en la urna de un sepulcro.)

1.er CONJURADO.—Oremos. (Todos se arrodillan.) Que el elegido crea en Dios, hiera como un romano, muera como un hebreo. Ha de arrostrar la rueda y las tenazas, cantar en el potro, reir en el fuego; ha de hacerlo todo, en fin, resignado á matar y morir.

(Saca de la urna uno de los pergaminos.)

Todos.—¿Qué nombre?

1.er CONJURADO.—Hernani.

Hernani (Saliendo de entre los conjurados.)—He ganado. ¡Ya eres mío, tú á quien he perseguido tanto tiempo! ¡Venganza!

D. Ruy Gómez (Aparta á Hernani.)—¡Oh! Cédeme la suerte.

Hernani.—No por mi vida. ¡Oh! no me envidiéis mi buena fortuna; es la primera vez que me halaga.

D. Ruy.—Tú no tienes nada. Pues bien, feudos, castillos, vasallaje, cien mil siervos en mis trescientas villas, todo lo que tengo te doy por este golpe.

Hernani.—No.

El duque de Gotha.—Tu brazo no daría un golpe tan fuerte, anciano.

D. Ruy.—¡Bah! Si el brazo me faltara, me sobraría alma. Por la herrumbre de la vaina no se ha de juzgar la hoja. (Á Hernani.) Recuerda que me perteneces.

Hernani.—Mi vida es vuestra; la suya es mía.

D. Ruy.—Te daré la mano de ella y te devolveré esta prenda.

(La bocina.)

Hernani (Vacilando.)—¡Pardiez! ¡Doña Sol y la vida!... No, no; antes mi venganza. En esto voy de acuerdo con el mismo Dios. Tengo que vengar á mi padre... y acaso algo más.

D. Ruy.—¡Ella y la vida!

Hernani.—No.

D. Ruy.—Reflexiónalo bien, insensato.

Hernani.—Señor duque, dejadme mi presa.

D. Ruy.—¡Mal haya tu tenacidad!

(Desviándose.)

1.er CONJURADO (Á Hernani.)—Hermano, antes que hayan podido elegirlo, bueno sería esperar á Carlos esta misma noche.

Hernani.—No temas: sé yo muy bien cómo se despacha á un hombre y en cuidado me lo tengo.

1.er CONJURADO.—¡Que toda traición recaiga sobre el traidor y Dios te guarde! Nosotros, condes y barones, si éste perece sin matar, continuaremos. Juraremos todos herir á nuestra vez, sin excusa ninguna, á Carlos, condenado á muerte.

Todos (Sacando las espadas.)—¡Juremos!

Gotha (Al 1.er conjurado.)—¿Por qué, hermano?

D. Ruy.—Por esta cruz.

(Tomando su espada por la punta y levantándola.)

Todos (Levantando sus espadas.)—¡Que muera impenitente!

(Se oye un cañonazo lejano. Todos se detienen en silencio. Entreábrese la puerta del sepulcro y aparece don Carlos pálido y presta atento oído. Suena otro cañonazo y luégo otro. Abre de par en par la puerta del sepulcro, pero sin dar un paso, de pié é inmóvil en el dintel.)

ESCENA IV

LOS CONJURADOS, DON CARLOS, luégo DON RICARDO; Señores, Guardias; el REY DE BOHEMIA, el DUQUE DE BAVIERA, DOÑA SOL

D. Carlos.—Señores, retiraos un poco. El emperador os oye. (Todas las antorchas se apagan á la vez. Profundo silencio. Da un paso en las tinieblas tan densas que apenas se distinguen los conjurados inmóviles y mudos.) ¡Silencio y sombras! El enjambre sale de ellas y á ellas vuelve. ¿Creéis que esto va á pasar como un sueño, y que en la oscuridad os he de tomar por hombres de piedra sentados en sus sepulcros? Hace poco hablabais bastante alto, estatuas. Ea, levantad las abatidas frentes porque aquí está Carlos Quinto. Heridme, dad un paso... Vamos ¿os atreveríais? No, no os atrevéis. Vuestras antorchas llameaban sanguinarias bajo estas bóvedas y ha bastado mi aliento para apagarlas todas. Pero ved: si yo apago muchas, enciendo aún más. (Da con la llave en la puerta de bronce del sepulcro, y á esta señal todas las profundidades del subterráneo se pueblan de soldados con antorchas y partesanas. Á su frente el duque de Alcalá, el marqués de Almunan, etc.) ¡Acudid, halcones míos! He descubierto el nido; tengo la presa. (Á los conjurados.) También yo alumbro: el sepulcro llamea. ¡Ved! (Á los soldados.) Venid todos, que el crimen es flagrante.

Hernani (Mirando á los soldados.)—En buen hora. Solo, me parecía muy grande: creí que era Carlomagno y no es más que Carlos Quinto.

D. Carlos (al duque de Alcalá).—Condestable de Castilla, (Al marqués de Almunan.) Almirante, aquí. Desarmadlos.

(Cercan á los conjurados y los desarman.)

D. Ricardo.—Augusto Emperador...

(Inclinándose hasta tierra.)

D. Carlos.—Te nombro alcalde de palacio.

D. Ricardo.—Dos electores, en nombre de la cámara dorada, vienen á cumplimentar á la sacra Majestad.

D. Carlos.—Que entren. (Bajo.) ¡Doña Sol!

(Don Ricardo saluda y sale. Entran con antorchas y músicas el rey de Bohemia y el duque de Baviera, ceñida la corona. Numeroso cortejo de señores alemanes con la bandera del imperio, el águila bicéfala con el escudo de España en medio. Los soldados forman calle y dan paso á los dos electores hasta el emperador á quien saludan profundamente.)

El duque de Baviera.—Carlos, rey de los romanos. Majestad sacratísima, Emperador, el mundo está ahora en vuestras manos, porque tenéis el imperio. Vuestro es ese trono á que todo monarca aspira. Federico, duque de Sajonia, fué primero el elegido; pero juzgándoos más digno, no ha querido aceptarlo. Venid, pues, á recibir la corona y el globo. El sacro imperio os reviste de la púrpura, os ciñe la espada y os hace Máximo.

D. Carlos.—Iré á mi vuelta á dar las gracias al colegio. Gracias, hermano de Bohemia; primo de Baviera, adiós. Yo mismo iré.

El rey de Bohemia.—Carlos, nuestros abuelos se llamaban amigos, nuestros padres lo eran igualmente; Carlos, ¿quieres que seamos hermanos? Te he visto pequeñuelo, y no puedo olvidar...

D. Carlos (Interrumpiéndole.)—Rey de Bohemia, vos sois familiar nuestro. (Les da la mano á besar y los despide.) Adiós.

(Salen los dos electores con su cortejo.)

La multitud.—¡Viva!

D. Carlos (Aparte.)—Estoy en ello. Todo me abre paso. ¡Emperador!... por renuncia de Federico el Sabio.

(Sale doña Sol.)

El duque de Baviera.—... El sacro imperio os reviste de la púrpura...

D.ª Sol.—¡Soldados! ¡El Emperador! ¡Dios mío! ¡Qué golpe tan imprevisto! ¡Hernani!

Hernani.—¡Doña Sol!

D. Ruy (Al lado de Hernani. Aparte.)—No me ha visto Sol.

(Doña Sol corre á Hernani y retrocede ante su mirada.)

Hernani.—Señora...

D.ª Sol (Sacándose del seno el puñal.)—Aún guardo su puñal.

Hernani (Tendiéndole los brazos.)—¡Amada mía!

D. Carlos.—¡Silencio! (Á los conjurados.) ¿Estáis ya más alentados? Conviene que dé una lección al mundo. Lara el de Castilla y Gotha el Sajón, todos vosotros ¿qué hacíais aquí? Hablad.

Hernani (Dando un paso.)—Señor, es muy sencillo y puede decirse en alta voz. Estábamos grabando en la pared la sentencia de Baltasar. (Alzando el puñal.) Dábamos al César lo que es del César.

D. Carlos.—En buen hora. ¿Y vos, traidor Silva?

D. Ruy.—¿Quién de nosotros dos?

Hernani (Á los conjurados.)—Nuestras cabezas y el imperio. Tiene lo que desea. (Al emperador.) El manto azul de los reyes podía embarazar vuestros pasos. La púrpura os conviene más: en ella no se ve la sangre.

D. Carlos (Á Ruy Gómez.)—Primo Silva, has cometido una felonía que bien merece borrar del blasón tus títulos. Eres reo de alta traición, Ruy, bien lo reconocerás.

D. Ruy.—El rey Rodrigo hizo al conde don Julián.

D. Carlos (Al duque de Alcalá.)—No prendáis sino á los títulos: los demás...

(Don Ruy Gómez, el duque de Lutzelburgo, el de Gotha, don Juan de Haro, don Guzmán de Lara, Téllez Girón y el barón de Hohemburgo se separan del grupo de los conjurados entre los que queda Hernani. El duque de Alcalá los rodea estrechamente de guardias.)

D.ª Sol.—¡Se ha salvado!

Hernani (Saliendo del grupo.)—Pretendo que se me cuente entre ellos. (Á don Carlos.) Pues que se trata aquí de subir al cadalso y Hernani, como oscuro pastor, quedaría impune; pues que su frente no está al nivel de tu cuchilla; pues que es preciso ser grande para morir, me levanto. Dios que da los cetros, me hizo á mí duque de Segorbe, y duque de Cardona, y marqués de Monroy, y conde de Albatera, y vizconde de Gor, y señor de lugares cuyo número no recuerdo ahora. Soy Juan de Aragón, gran maestre de Aviz, nacido en el destierro, hijo proscrito de un padre asesinado por sentencia del tuyo, rey de Castilla. El asesinato es negocio de familia entre nosotros: vosotros usáis el cadalso; nosotros el puñal. El cielo me hizo duque y el destino montañés. Pero una vez que, sin fruto, he afilado mi hierro en las peñas de los torrentes, cubrámonos, grandes de España. (Se cubre y lo imitan todos los españoles.) Sí, nuestras cabezas, oh rey, tienen el derecho de caer cubiertas delante de ti. ¡Silva! ¡Haro! ¡Lara! ¡Señores de título y de raza, pido mi lugar entre vosotros! (Á los cortesanos y á los guardias.) Criados y verdugos, ¡paso á don Juan de Aragón!

(Se mete en el grupo de los señores presos.)

D.ª Sol.—¡Dios mío!

D. Carlos.—En efecto, había olvidado esa historia.

Hernani.—La afrenta que el ofensor olvida insensato, vive y se revuelve siempre en el corazón del ofendido.

D. Carlos.—¡Conque yo soy hijo de padres que decapitaron á los vuestros! Este título basta.

D.ª Sol (Arrodillándose á sus piés.)—¡Piedad, señor! Sed clemente con él, ó heridnos á los dos, porque es mi amante, es mi esposo, y sólo por él y para él vivo. ¡Piedad, señor, os lo ruego de rodillas á vuestras sagradas plantas! Le amo y es mío, como el imperio es vuestro. ¡Oh! ¡perdón! (Don Carlos la mira inmóvil.) ¿Qué idea siniestra os absorbe?

D. Carlos.—Ea, levantaos, duquesa de Segorbe, condesa de Albatera, marquesa de Monroy... ¿Tus otros títulos, don Juan?

Hernani (Con delirio.)—¿Habla así el Rey?

D. Carlos.—No; el Emperador.

D.ª Sol (Levantándose.)—¡Gran Dios!

D. Carlos (Á Hernani.)—Duque, he aquí tu esposa.

Hernani (Recibiéndola en los brazos.)—¡Dios justo!

D. Carlos (Á Ruy Gómez.)—Primo Silva, tu nobleza es celosa, bien lo sé; pero un Aragón bien vale lo que un Silva.

D. Ruy.—¡Ah! no es mi nobleza la celosa.

Hernani.—¡Oh! Mi odio se extingue. (Tira el puñal.)

D. Ruy (Mirándolos abrazados. Aparte.)—¡Qué hacer! ¡Oh amor loco, insufrible dolor! Les darías lástima. Anciano, arde sin llama, ama y sufre en secreto, ó se reirían de ti.

D.ª Sol.—¡Duque, duque mío!

Hernani.—Ya no tengo más que amor en el alma.

D.ª Sol.—¡Oh dicha!

D. Carlos (Con la mano en el pecho. Aparte.)—¡Extínguete, corazón ardiente y juvenil! Deja reinar al espíritu que siempre turbaste. De hoy más, tus amores, serán Alemania, España, Flandes. (Mirando una bandera imperial.) El emperador es como el águila, su compañera: en el sitio del corazón no tiene más que un escudo.

Hernani.—¡Ah! Sois César.

D. Carlos.—Don Juan, tu corazón es digno de tu noble casa. (Indicando á doña Sol.) Eres también digno de ella. De rodillas, duque. (Hernani se arrodilla. Don Carlos se quita el Toisón y se lo pone á él.) Recibe este collar. Sé fiel. Por San Esteban, duque, te hago caballero de esta orden. (Lo levanta y abraza.) Pero tú tienes el más bello y precioso collar... el que yo no tengo, el que falta al poder: los brazos de una mujer amada y amante. Vas á ser muy feliz. Yo... yo soy emperador. (Á los conjurados.) Ignoro vuestros nombres, señores. Odio y rencor, todo quiero olvidarlo. Idos en paz: os perdono. Esta lección me cumple dar al mundo.

Los conjurados (Cayendo de rodillas.)—¡Gloria al Emperador!

D. Ruy (Á don Carlos.)—Yo solo quedo condenado.

D. Carlos.—Y yo.

Hernani.—Yo no odio ya. ¿Á quién se debe esta mudanza?

Todos.—¡Honor á Carlos Quinto!

D. Carlos (Volviéndose hacia el sepulcro.)—¡Honor á Carlomagno!... Dejadnos solos á los dos.

(Salen todos.)

ESCENA V

DON CARLOS, solo

(Se inclina ante el sepulcro.)

¿Estás satisfecho de mí? ¿He sabido despojarme de las miserias del rey? ¿Soy ya otro hombre? ¿Puedo ceñir mi yelmo de batalla con la tiara papal? ¿Tengo derecho á gobernar el mundo? ¿Mi pié es ya bastante firme y seguro para andar por ese camino sembrado de vandálicas ruinas que tú hollaste con tus anchas sandalias? ¿Encendí mi antorcha en tu llama inextinguible? ¿He comprendido la voz que habla en tu sepulcro?... ¡Ah! Estaba solo, perdido ante un imperio. Todo un mundo que aúlla, y amenaza y conspira; el danés á quien tener á raya, el Padre Santo á quien pagar; Venecia, Solimán, Lutero, Francisco primero; mil puñales conjurados centelleando en las sombras; asechanzas, escollos, enemigos por doquiera; veinte pueblos que harían temblar á cien reyes; todo premioso, urgente, pidiendo simultánea solución... Y te llamé diciendo: ¡Carlomagno! ¿por dónde empezaré? Y tú me respondiste: ¡Hijo, por la clemencia!

ACTO V


LAS BODAS


ZARAGOZA

Galería del palacio de Aragón. — En el fondo una escalera que desciende hasta el jardín. — Á derecha é izquierda dos puertas. — Dos arcadas moriscas sobrepuestas cierran el fondo, dejando ver por sus claros los jardines con luces que van y vienen, y en último término los remates góticos y árabes del palacio iluminado. — Música lejana. — Máscaras de dominó, aisladas ó en grupos, pasean por el fondo. — En el proscenio, un grupo de jóvenes, que, con los antifaces en la mano, hablan y ríen ruidosamente.


PERSONAJES

ESCENA I

DON SANCHO SÁNCHEZ DE ZÚÑIGA, conde de Monterey; DON MATÍAS CENTURIÓN, marqués de Almunan; DON RICARDO DE ROJAS, conde de Casapalma; DON FRANCISCO DE SOTOMAYOR, conde de Belalcázar; DON GARCI SUÁREZ DE CARVAJAL, conde de Peñalver.

D. García.—¡Viva la novia y viva la alegría!

D. Matías.—Zaragoza se asoma esta noche á los balcones.

D. García.—Y hace bien, porque jamás se vió boda más alegre, ni más gallardos novios, ni noche más serena.

D. Matías.—¡Buen emperador!

D. Sancho.—Marqués, cierta noche en que íbamos los dos con él en busca de aventuras ¿quién nos hubiera dicho que aquello había de acabar así?

D. Ricardo.—Yo era de la partida. (Á los otros.) Escuchad la historia. Tres galanes y un bandido, un duque y un rey ponen sitio á la vez al corazón de una mujer. Dado el asalto ¿quién la gana? El bandido.

D. Francisco.—Nada más natural: el amor y la fortuna, lo mismo aquí que en Francia, son dados falsos: el fullero es el que gana.

D. Ricardo.—Yo hice mi fortuna viendo cortejos: primero conde, luégo grande, después alcalde de corte. Indudablemente he empleado bien el tiempo.

D. Sancho.—El secreto de este alcalde consiste en hallarse siempre en el camino del rey.

D. Ricardo.—Haciendo valer mis derechos y mis servicios.

D. García.—Y hasta sus distracciones.

D. Matías.—¿Qué ha sido del viejo duque? ¿Está disponiendo el ataúd?

D. Sancho.—Dejémonos de chanzas, marqués; el viejo es hombre de temple y amaba á doña Sol. Sesenta años tardó en encanecer: un día ha bastado para que encaneciera del todo.

D. García.—Dícese que se ha ido á Zaragoza.

D. Sancho.—¿Querías que trajera á la boda su despecho?

D. Francisco.—¿Y qué hace el emperador?

D. Sancho.—El emperador está hoy triste. Lutero le da en qué pensar.

D. Ricardo.—¡Lutero! ¡Buen asunto de cuidados y penas, que yo acabaría muy pronto con cuatro soldados!

D. Matías.—Solimán también le hace sombra.

D. García.—¡Lutero, Solimán, Neptuno, el diablo y Júpiter! ¿Qué nos importa eso? Las mujeres, las máscaras, la broma...

D. Sancho.—Esto es lo esencial.

D. Ricardo.—Tiene razón Garci Suárez. Yo no soy el mismo en día de fiesta... en poniéndome una máscara, parece que me pongo otra cabeza.

D. Sancho (Bajo á don Matías.)—¿Por qué no serán todos días de fiesta?

D. Francisco (Indicando la puerta de la derecha.)—¿No es esa la habitación de los desposados?

D. García.—Sí. Y pronto los veremos venir.

D. Francisco.—¿Vendrán?

D. García.—Sin duda.

D. Francisco.—Tanto mejor. La novia es bellísima.

D. Ricardo.—Y el emperador, muy bondadoso; perdonar á ese rebelde de Hernani, cargarle de títulos y unirle en matrimonio con doña Sol. ¡Pardiez! Si el emperador hubiera seguido mi consejo, dábale á él un lecho de piedra y á ella un lecho de pluma.

D. Sancho (Bajo á don Matías.)—De buena gana le daría una estocada á este señor de oropel.

D. Ricardo.—¿Qué estáis diciendo ahí?

(Acercándose.)

D. Matías (Bajo á Sancho.)—No arméis contienda ahora. (Á don Ricardo.) Me recita unos versos del Petrarca á su amada.

D. García.—Señores ¿habéis observado entre las flores, las mujeres y los trajes de colorines, un espectro, que de pié junto á una columna, manchaba la mascarada con su negro dominó?

D. Ricardo.—Sí, pardiez.

D. García.—¿Quién será?

D. Ricardo.—Su estatura, su porte... Sin duda don Pancracio, general de mar.

D. Francisco.—No.

D. García.—No se ha quitado la máscara.

D. Francisco.—Ni tenía guardia. Es el duque de Soma, que quiere que lo miren y nada más.

D. Ricardo.—Tampoco, porque el duque habló conmigo.

D. García.—Entonces ¿quién diablos es? ¡Pardiez! Helo allí.

(Entra un enmascarado con dominó negro, y cruza lentamente el fondo. Todos se vuelven á mirarle y le siguen con la vista, sin que él haga caso.)

D. Sancho.—Si los muertos andan, así han de andar.

D. García (Corriendo á él.)—¡Máscara! (El dominó negro se detiene. García retrocede.) ¡Por vida mía! señores, he visto fulgurar sus ojos.

D. Sancho.—Si es el diablo, ha encontrado á quien hablar. (Se le acerca.) Mala sombra, ¿vienes del infierno?

El Máscara.—No vengo, voy...

(Sigue su camino y desaparece por la escalera del fondo. Todos le siguen con la vista con cierto espanto.)

D. Matías.—Su voz es verdaderamente sepulcral.

Bodas de Hernani y Doña Sol

D. García.—Sea: lo que da espanto en otra parte, hace reir en un baile.

D. Sancho.—Algún chusco de mal género.

D. García.—Y si es Lucifer que viene á vernos bailar, mientras llega la hora del infierno, bailemos.

D. Sancho.—Alguna bufonada, á buen seguro.

D. Matías.—Mañana lo sabremos.

D. Sancho (á don Matías.)—Mirad adónde ha ido.

D. Matías (Mirando.)—Ha bajado la escalera y... ¿Quién sabe?

D. Sancho.—Es singular.

D. García (Á una dama que pasa.)—Marquesa ¿seréis tan bondadosa...?

(La saluda y le ofrece la mano.)

La dama.—Mi querido conde, bien sabéis que con vos mi marido las cuenta.

D. García.—Mejor que mejor, pues se divierte con eso. Él contará y nosotros bailaremos.

(La dama le da la mano y salen.)

D. Sancho (Pensativo.)—Es singular.

D. Matías.—¡Los novios! ¡Silencio!

(Entran Hernani y Sol de la mano; ella en magnífico traje nupcial; él de terciopelo negro y el Toisón al cuello. Detrás de ellos multitud de damas y caballeros de máscara, que les dan cortejo. Cuatro pajes les preceden y dos alabarderos les siguen.)

ESCENA II

Los mismos, HERNANI, DOÑA SOL, séquito

Hernani (Saludando.)—¡Amigos míos!

D. Ricardo (Lisonjeándole.)—Tu felicidad hace la nuestra, ilustre Aragón.

D. Francisco.—¡Por Santiago Apóstol! ¡Es la misma Venus!

D. Matías.—¿Hay nada más feliz que un día de bodas?

D. Francisco.—Sí... la noche.

D. Sancho (á don Matías).—Ya es tarde. ¿Nos retiramos?

(Todos van á saludar á los recién casados, y salen, unos por la puerta, otros por la escalera del fondo.)

Hernani (Despidiéndolos.)—Dios os guarde.

D. Sancho (Estrechándole la mano.)—¡Sed felices!

(Quedan solos Hernani y Sol. Las luces se van apagando y muy luégo reina la oscuridad y el silencio.)

ESCENA III

HERNANI, DOÑA SOL

D.ª Sol.—Por fin se van todos.

Hernani (Atrayéndola á sí.)—¡Amor mío!

D.ª Sol (Esquivándole ruborizada.)—Es que... ya es tarde.

Hernani.—¡Ángel mío! Siempre es tarde para estar á solas juntos.

D.ª Sol.—Ya me fatigaba ese ruido. ¿No es verdad que toda esa alegría aturde y ahuyenta la felicidad?

Hernani.—Dices bien. La felicidad, vida mía, es cosa grave; quiere corazones de bronce y lentamente se graba en ellos. El placer la espanta echándole flores; su sonrisa dista menos de llorar que de reir.

D.ª Sol.—Es verdad. (Resistiéndose á seguir á Hernani que quiere llevársela hacia la puerta.) Luégo, luégo.

Hernani.—¡Oh! No soy más que tu esclavo. Bien, permanece aquí; haz lo que quieras... yo no pido nada. Tú sabes lo que haces y para mí aciertas siempre. Reiré ó cantaré, si quieres. El alma se me abrasa... ¡Oh! Dile al volcán que apague sus llamas, y el volcán cerrará su cráter y cubrirá su falda de flores y verde musgo. Porque el gigante está vencido, el Vesubio es esclavo y ¿qué te importa á ti su corazón candente? ¿Quieres flores? Sea: forzoso será que el volcán, ardiendo y todo, se engalane á tus ojos.

D.ª Sol.—¡Qué bondadoso eres con esta pobre mujer, Hernani de mi alma!

Hernani.—¿Qué nombre has pronunciado? ¡Oh! por favor, no me dés ya ese nombre, pues me haces recordar que lo he olvidado todo. Sé que en otro tiempo existía como en sueño un Hernani, cuyos ojos fulguraban como un puñal; un hombre de las sombras y los montes, un proscrito que sólo respiraba odio y venganza, un infeliz que arrastraba por todas partes su anatema; pero yo no conozco á ese Hernani. Yo amo los prados, las flores, los bosques, el canto del ruiseñor; soy don Juan de Aragón, esposo de doña Sol. Soy feliz.

D.ª Sol.—Y yo, y yo. ¡Cuán feliz soy!

Hernani.—¿Qué importan los andrajos que dejé á la puerta? Vuelvo á mi luctuoso palacio y un ángel del Señor me esperaba en el umbral. Entro y pongo en pié sus derribadas columnas, vuelvo á encender el hogar, abro las ventanas, arraso la yerba del pavés del patio; yo no soy ya más que alegría y amor. Que me devuelvan mis torres y castillos, mi penacho, mi asiento en el consejo de Castilla; venga mi doña Sol, honesta y pura, déjennos solos, y demos por pasado lo demás. Nada he visto, nada he dicho, nada he hecho; vuelvo á empezar, lo borro todo, todo lo olvido. Oh prudencia, oh locura, te tengo á ti, te amo y basta á mi felicidad.

D.ª Sol.—¡Qué bien sienta ese collar de oro sobre el terciopelo negro!

Hernani.—Antes que á mí viste al rey con igual traje.

D.ª Sol.—No lo he notado. ¿Ni qué me importa otro hombre? Y luégo si no es el terciopelo ó el raso... No, duque mío; es tu cuello el que sienta bien al collar de oro. (Resistiéndose aún.) Luégo, luégo... Un momento no más. ¿No ves? Estoy alegre y lloro. ¡Cuán feliz soy! Ven á ver tan hermosa noche. (Van á la arcada.) Sólo un instante, duque mío; el tiempo de respirar y ver solamente. Todo se ha extinguido: antorchas y música. Nada más que la noche y nosotros. ¡Felicidad perfecta! ¿No lo crees tú así? Mientras todo duerme, vela amorosamente sobre nosotros la naturaleza: la luna sola en el cielo reposa como nosotros y como nosotros respira el aire embalsamado de las flores. Mira: ni una luz, ni un rumor... todo calla. Há poco, mientras hablabas, el trémulo brillo de la luna y el timbre de tu voz, me llegaban juntos al corazón. Sentíame alegre y tranquila, amor mío, y hubiera querido espirar en aquel momento.

Hernani.—¡Ah! ¿Quién no lo olvidaría todo al encanto de tu voz? Tu palabra es un canto angelical; como á la luz crepuscular de una tarde de verano, ve deslizarse el viajero las márgenes floridas de un río, vaga mi pensamiento por tus melancolías.

D.ª Sol.—Este silencio es harto lúgubre, y demasiado profundo este sosiego. Dime, amor mío, ¿no querrías ver en el fondo una estrella? ¿No quisieras que una voz de la noche tierna y amorosa se alzara de repente y cantara?

Hernani.—¡Ah caprichosa! Ahora mismo huías de la luz y de los cantos.

D.ª Sol.—Del baile. Pero un pájaro que cantara en el campo, un ruiseñor perdido en las sombras, allá en una enramada, ó alguna flauta á lo lejos... La música es dulce, desliza en el alma armonía y amor... despierta mil voces que resuenan en el alma. ¡Oh! Sería delicioso.

(Óyese el són lejano de un cuerno.)

Hernani.—¡Ah!

D.ª Sol.—¡Mi deseo fué oído!

Hernani (Aparte; estremeciéndose.)—¡Desdichada!

D.ª Sol.—Un ángel me ha oído; sin duda tu ángel bueno.

Hernani.—Sí, mi ángel bueno. (Con amargura.—Aparte.) ¡Todavía!

D.ª Sol.—Don Juan, he reconocido el són de esa bocina.

Hernani.—¿Sí?

D.ª Sol.—Esta serenata, la has dispuesto tú ¿verdad?

Hernani.—Tú lo has dicho.

D.ª Sol.—¡Qué baile tan fastidioso! ¡Oh! ¡Cuánto le prefiero el toque de una bocina en el fondo de los bosques! Y más siendo la tuya... es como tu voz.

(Óyese otra vez el mismo són.)

Hernani (Aparte.)—¡Ah! El tigre aúlla y reclama su presa.

D.ª Sol.—Don Juan, ese sonido llena de alegría el corazón.

Hernani.—¡Llámame Hernani; llámame Hernani! ¡Aún me persigue ese nombre fatal!

D.ª Sol (Temblando.)—¿Qué tienes?

Hernani.—¡El viejo!

D.ª Sol.—¡Dios mío! Me espanta tu mirada. ¿Qué tienes?

Hernani.—El viejo que se ríe en las tinieblas. ¿No lo ves?

D.ª Sol.—¿Desvarías, bien mío? ¿Quién es ese viejo?

Hernani.—¡El viejo!

D.ª Sol.—Te ruego de rodillas que calmes mi inquietud. ¿Qué secreto es ese que te turba? ¿Qué tienes?

Hernani.—¡Se lo juré!

D.ª Sol.—¿Se lo juraste?

(Sigue todos sus movimientos con ansiedad. Detiénese él de golpe y se pasa la mano por la frente.)

Hernani (Aparte.)—¿Qué le iba á decir? (Alto.) ¿Yo? Nada. ¿De qué te hablaba?

D.ª Sol.—Me has dicho...

Hernani.—No, no... estaba turbado... Me siento mal... pero no te inquietes.

D.ª Sol.—¿Necesitas algo? ¿Qué traigo? Ordéname.

(Vuelve á sonar el cuerno.)

Hernani (Aparte.)—No desiste... ¡mi juramento! (Buscándose el puñal.) Nada. ¡Ah!

D.ª Sol.—¿Te sientes peor? ¿Qué tienes?

Hernani.—Una... una herida antigua, que parecía cerrada y se renueva. (Aparte.) Alejémosla de aquí. (Alto.) Sol de mi vida, escucha: aquella cajita, que en días menos felices llevaba yo conmigo...

D.ª Sol.—Ya sé. ¿Qué quieres que haga?

Hernani.—En ella encontrarás un pomo de elixir, que podrá poner término al mal que preveo. Vé y tráemelo.

(Sale doña Sol por la puerta de la cámara nupcial.)

ESCENA IV

HERNANI, solo

¡He aquí lo que viene á hacer con mi felicidad! ¡He aquí el dedo fatal que brilla en la pared! ¡Oh! ¡Con qué crueldad se burla de mí el destino! (Cae en profunda y tormentosa reflexión. Después se desvía bruscamente.) ¡Y bien!... Pero todo calla... No veo venir á nadie... ¡Si me hubiera engañado!...

(El máscara del dominó negro aparece en el fondo. Hernani se detiene petrificado.)

ESCENA V

HERNANI, el MÁSCARA

El Máscara.—«Suceda lo que quiera, siempre que á bien lo tengáis, en cualquier lugar y á cualquiera hora, si creéis que es llegada la de mi muerte, no tenéis más que tocar el cuerno y yo mismo acudiré á ponerme en vuestro poder.» Este pacto tuvo á los muertos por testigos. Ahora bien. ¿Estás dispuesto?

Hernani (Aparte.)—¡Es él!

El Máscara.—Vengo á tu palacio á decirte que ha llegado la hora y veo que acudes tarde.

Hernani.—Bien. ¿Qué quieres? ¿Qué vas á hacer de mí? Habla.

El Máscara.—Puedes elegir entre el puñal y el veneno. Traigo lo necesario. Partiremos los dos.

Hernani.—En buen hora.

El Máscara.—Oremos antes.

Hernani.—¿Para qué?

El Máscara.—¿Qué eliges tú?

Hernani.—El veneno.

El Máscara.—Bien. Dame la mano. (Le presenta un pomo, que Hernani toma temblando.) Bebe y acabemos.

Hernani (Se lleva el pomo á los labios, y luégo lo aparta.)—¡Oh! Por piedad, déjalo para mañana. ¡Oh! si tienes corazón, ó alma siquiera; si no eres un espectro escapado de las llamas, un réprobo, un fantasma ó un demonio; si sabes lo que es la dicha suprema de amar, de tener veinte años y estar recién casado; si alguna vez ha palpitado en tus brazos una mujer amante y amada, espera, espera hasta mañana. Mañana puedes volver.

El Máscara.—¡Mañana! ¡Mañana! ¡Necio! ¿Y qué haría yo esta noche? Morirme. Y ¿quién vendría mañana por ti? No, no; joven, es preciso despachar ahora.

Hernani.—Pues bien, no. Sabré librarme de ti, demonio. No, no te obedezco.

El Máscara.—¡Bien me lo temía! Muy bien. ¿Por qué sagrado juramento te obligaste? ¡Ah! por nada... por la memoria de tu padre. Bien puedes olvidarlo: la juventud es ligera.

Hernani.—¡Ah! ¡Padre, padre mío! Voy á perder el juicio.

El Máscara.—No, no es más que un perjurio, un sacrilegio.

Hernani.—¡Señor duque!

El Máscara.—Puesto que los primogénitos de las familias castellanas toman á juego el juramento, y faltan á él tan livianamente, adiós. (Da un paso para retirarse.)

Hernani.—Espera; no te vayas tan pronto.

El Máscara.—Entonces...

Hernani.—¡Viejo desalmado! (Toma el pomo.) ¡Perseguirme así hasta las puertas del cielo!...

(Vuelve Sol sin ver al encubierto, de pié junto á la escalera del fondo.)

ESCENA VI

Los mismos, DOÑA SOL

D.ª Sol.—No he podido encontrar la caja.

Hernani.—¡Ella! ¡En qué momento!

D.ª Sol.—¿Qué tiene? ¡Se espanta de mí y vacila á mi voz! ¿Qué tienes en la mano? ¡Horrible sospecha! ¿Qué tienes en la mano? Contesta. (El encubierto se quita el antifaz. Sol reconoce á don Ruy Gómez y da un grito.) ¡Veneno!

Hernani.—¡Gran Dios!

D.ª Sol.—¿Qué te he hecho yo? ¡Qué horrible misterio! Me engañabas, don Juan.

Hernani.—¡Ah! He debido ocultártelo. Había jurado morir al duque á quien debí mi salvación un día: Aragón debe pagar esta deuda á Silva.

D.ª Sol.—Pero tú no te perteneces, tú eres mío. ¿Qué me importan á mí los demás juramentos? Duque, el amor me hace fuerte y contra vos y contra el mundo entero sabré defenderlo.

D. Ruy.—Defiéndelo, si puedes, contra un sagrado juramento.

D.ª Sol.—¿Cuál?

Hernani.—Sí, juré...

D.ª Sol.—No, nada te obliga á morir. No, no puede ser. Es un crimen, un atentado, una locura.

D. Ruy.—Vamos, don Juan de Aragón.

(Hernani va á obedecer. Sol se lo impide.)

Hernani.—Dejadme, doña Sol, es preciso. El duque tiene mi palabra y mi padre me mira desde el cielo.

D.ª Sol (Á don Ruy.)—Antes arrancaríais á una tigre sus cachorros que á mí el amante de mi alma. Todavía no sabéis bien lo que es esta mujer. Por mucho tiempo, compadecida de vuestros sesenta años y respetando vuestras canas, he sido sumisa, mansa y tímida; pero ahora... ahora, ved estos ojos encendidos y fulgurantes de rabia (Sácase del seno un puñal), y ved este puñal. ¡Viejo insensato! Temed cuando los ojos amagan... Soy de la familia, tío...; y así fuera hija vuestra ¡ay de ti, si atentas contra mi esposo! (Tira el puñal y cae de rodillas ante el duque.) ¡Ah! Vedme de hinojos á vuestros piés, y tened piedad de nosotros. ¡Perdón, señor, perdón! Sólo soy una débil mujer; mi fuerza aborta en mi alma y fácilmente flaqueo. ¡Ah! de rodillas os lo ruego; ¡tened piedad de nosotros!

D. Ruy.—¡Doña Sol!

D.ª Sol.—¡Perdonad! El dolor me ha inducido á proferir duras palabras. Perdonad. Vos no sois malo, tío. Compadeceos de nosotros, porque al tocarle á él, me matáis á mí. ¡Le amo tanto!...

D. Ruy.—Tanto le amáis ¿eh?

Hernani.—¡Lloras!

D.ª Sol.—No quiero que mueras, amor mío; no, no lo quiero. (Á don Ruy.) Perdonadle, señor, y yo os amaré á vos también.

D. Ruy.—¡En segundo lugar! Con esos restos de amor... de amistad... menos aún ¿crees apagar la sed que me devora? (Indicando á Hernani.) Él lo es todo; pero yo... ¡brava compasión! ¿Qué he de hacer yo con tu amistad? ¡Oh! él poseería el alma, el amor, el trono, y sólo tendría yo la limosna de una mirada. ¡Vergüenza é irrisión! No; es preciso acabar. Bebe.

Hernani.—Tiene mi palabra y debo cumplirla.

D. Ruy.—¡Vamos!

(Hernani lleva el pomo á los labios. Sol le detiene el brazo.)

D.ª Sol.—¡Aún no..., aún no! Dignaos oirme los dos.

D. Ruy.—El sepulcro está abierto y no puedo esperar.

D.ª Sol.—Un instante, señor; un instante, don Juan. ¡Ah! ¡Cuán crueles sois los dos! ¿Qué es lo que os pido? Un instante no más... es todo cuanto deseo. Permitidme que diga esta pobre mujer lo que tiene en el corazón; permitídmelo por piedad.

D. Ruy (á Hernani).—Tengo prisa.

D.ª Sol.—Pero, me hacéis temblar. ¿Qué os he hecho yo?

Hernani.—¡Ah! Su voz me desgarra el corazón.

D.ª Sol (Reteniéndole aún el brazo.)—Comprended que tengo mil cosas que decir.

D. Ruy.—¡Acabemos!

D.ª Sol.—Don Juan, en cuanto haya hablado, puedes hacer lo que tengas á bien. (Le arrebata el pomo.) ¡Mío, mío es ya! (Lo presenta á vista de los dos sorprendidos.)

D. Ruy.—Puesto que he de habérmelas aquí con dos mujeres, don Juan, preciso es que vaya á otra parte á buscar almas. Tú te atreves á jurar por la memoria de tu padre y no cumples; yo voy á hablar de ello á tu padre entre los muertos. Adiós.

(Da algunos pasos y Hernani lo detiene. Á Sol.)

Hernani.—Deteneos, duque, deteneos. (Á Sol.) ¡Ah! ¿Quieres que sea pérfido, perjuro, sacrílego? ¿Quieres que lleve por el mundo escrito el crimen en mi frente? ¡Ah! Por piedad, devuélveme ese pomo. ¡Por nuestro amor, por nuestra alma inmortal!

D.ª Sol.—¡Insistís!

Hernani.—Sí.

D.ª Sol.—Bien. (Bebe.) Tómalo.

D. Ruy.—¡Ah! Era para ella.

D.ª Sol (Ofreciendo el pomo á Hernani.)—Tómalo ahora, te digo.

Hernani.—¿Ves, viejo miserable?

D.ª Sol.—No te quejes de mí: te guardo tu parte.

Hernani (Tomando el pomo.)—¡Oh Dios!

D.ª Sol.—Tú no me hubieras guardado la mía. ¡Oh! no tienes tú el corazón de una esposa cristiana, ni sabes amar como ama una Silva. Pero he bebido primero y estoy tranquila. Ahora tú, si quieres.

Hernani.—¿Qué has hecho, desdichada?

D.ª Sol.—Tú lo has querido.

Hernani.—¡Muerte espantosa!

D.ª Sol.—No. ¿Por qué?

Hernani.—Ese licor lleva al sepulcro.

D.ª Sol.—¿No debíamos dormir juntos esta noche? ¿Qué importa en qué lecho?

Hernani.—¡Padre mío! Te vengas en mí que te olvidaba.

(Se lleva el pomo á la boca. Sol lo detiene otra vez.)

D.ª Sol.—¡Cielos! ¡Qué dolores tan extraños! ¡Ah! Tira lejos de ti ese licor funesto... ¡Se extravía mi razón! Detente ¡ay! detente, don Juan mío; ese veneno es vivísimo y engendra en el corazón una hidra de mil dientes que lo roen y devoran. ¡Oh! yo no sabía que se padeciera tanto. ¿Qué es? ¡Ah! fuego. ¡No bebas! ¡Oh! no; padecerías mucho.

Hernani (á don Ruy).—¡Ah! ¡Cuán cruel eres! ¿No podías haber elegido otro veneno para ella?

(Bebe y tira el pomo.)

D.ª Sol.—¿Qué has hecho?

Hernani.—¿Qué has hecho tú?

D.ª Sol.—Ven, ven, amor mío, á mis brazos. (Siéntanse juntos.) ¿No es verdad que se padece horriblemente?

Hernani.—No.

D.ª Sol.—He aquí nuestra noche de bodas. He de estar muy pálida para novia.

Hernani.—¡Ah!

D. Ruy.—La fatalidad se cumple.

Hernani.—¡Qué desesperación! ¡Verla yo morir en este tormento!

D.ª Sol.—Cálmate: me siento mejor. Ahora mismo vamos á abrir nuestras alas hacia nuevos iluminados espacios. Partamos con vuelo igual á un mundo mejor. ¡Un beso! ¡Sólo uno!

D. Ruy.—¡Oh dolor!

Hernani (Con voz débil.)—¡Bendito sea el cielo que me dió una vida rodeada de abismos y seguida de espectros; pero que me permitió dormirme, cansado de tan rudo camino, besando tu mano!

D. Ruy.—¡Cuán felices son!

Hernani (Desfalleciendo.)—Ven... ven... Sol de mi alma. ¡Qué oscuro está todo!... ¿Padeces mucho?

D.ª Sol (Con voz igualmente desfallecida.)—Nada... nada ya.

Hernani.—¿Ves dos luces en las sombras?

D.ª Sol.—Todavía no.

Hernani.—Yo sí...

(Da un suspiro y cae.)

D. Ruy (Levantándole la cabeza, que vuelve á caer.)—¡Muerto!

D.ª Sol (Desgreñada é incorporándose un poco.)—¡Muerto! No... dormimos... Duerme... es mi esposo. ¿Ves? Nos amamos y... dormimos aquí... Esta es nuestra noche de bodas. No le despertéis, señor duque de Mendoza... está cansado... (Vuelve la cara de Hernani.) Amor mío, vuelve á mí tus ojos... Más cerca... más aún...

(Cae.)

D. Ruy.—¡Muerta! ¡Oh! ¡estoy condenado!

(Se mata.)

FIN DEL DRAMA