CLII.

¡Mísero sabio! no será que vede

El paso á la troyana arma homicida

Tu canto soporífero; ni puede

Hierba sanar la inevitable herida

Si en Marsos montes se buscase adrede.

El bosque te lloró que Anguicia cuida,

Y las diáfanas olas de Fucino;

Vivos lagos lloraron tu destino.