CXXX.
«¡Oh! ¡tu influjo en mi bien jamás reposa!
Sentílo ya en el campo, hermana mia,
Del punto en que el tratado poderosa
Fuiste á romper usando de artería;
Y ahora mismo vanamente, oh Diosa,
Encubres tu beldad. Mas ¿quién te envía,
Quién, dime, de la sedes celestiales
Tanto mal á palpar y horrores tales?