LVIII.
Y léjos, desde el sículo Paquino,
Ve ledo á Enéas; ve á su gente, dada,
En la tierra á quien fia su destino,
Bases á echar de sólida morada,
Las naves olvidando. En su camino
Paróse adolorida y asombrada
La Diosa, y meneando la cabeza,
Sola consigo á razonar empieza: