XXXIX.

»No visitó su lóbrego recinto

El sol: siempre de víctimas recientes

Estaba el suelo con la sangre tinto;

Y en las puertas terríficas pendientes

Gustaba ver su criminal instinto

Torvas cabezas. De su boca ardientes

Humos lanzaba, de Vulcano prole

El monstruo, al menear su inmensa mole.