CAPÍTULO XXIX.

Empresa de los caballeros de Calatrava contra la villa de Zalea.

En tanto que ocurrían estos sucesos en la frontera, la fortaleza de Alhama desatendida y falta de mantenimientos, padecia una extrema necesidad. Con la derrota del conde de Cabra, habian cesado los socorros ordinarios; la vega hormigueaba con las tropas del Zagal; y reducida la guarnicion á un corto número, no osaban apartarse de los muros para buscar de qué subsistir. Á esto se añadia el desmayo y turbacion de aquellos caballeros, por la suerte lastimosa que cupo á sus camaradas, sorprendidos por el Rey moro cuando pasaba á Granada á ocupar el trono; pero la noticia que despues tuvieron de la insolente entrada que hizo aquel en la capital, llevando en triunfo las armas y caballos de los cristianos, y pendientes de los arzones sus ensangrentadas cabezas, los llenó de indignacion, y ardian ya en deseos de vengar su muerte.

Tal era la disposicion de ánimo en que se hallaban los caballeros de Calatrava, y el clavero de la órden, don Gutierre de Padilla, alcaide de la fortaleza, cuando llegó á las puertas de Alhama un moro, que solicitando hablar con don Gutierre, fue admitido á su presencia. Venia este moro con un cuévano, y mostraba ser uno de aquellos mercaderes ambulantes que seguian á los ejércitos para traficar en los despojos de la guerra, y que vendian por los pueblos, diges, perfumes y géneros de poco valor; si bien algunas veces presentaban ricos chales, cadenas de oro, aderezos y joyas de mucho precio; fruto de la rapiña de los soldados. Acercándose al clavero con aire misterioso, le dijo el moro: “Señor, querria hablar con vos á solas; tengo una joya preciosa que vender.” “Yo no he menester joyas, replicó el clavero, lleva tu hacienda á los soldados.” “Por la sangre del que murió en la cruz, exclamó el moro con tono solemne, que no os hagais sordo á mi oferta; porque la joya que quiero vender es de un valor inestimable, y vos solo podeis ser el comprador.”

Don Gutierre, movido por las instancias del moro, y entendiendo que bajo aquel lenguage figurado, propio de su nacion, se ocultaba algun sentido que pudiera ser importante, hizo una señal á los que estaban presentes para que se retiráran. Quedando solo con el clavero, dijo á éste el moro: “¿Qué me dareis si entrego en vuestras manos la fortaleza de Zalea?”

Zalea era un lugar fuerte, que distaba de alli dos leguas, y que por estar tan cerca, se habia hecho muy temible á los de Alhama; pues de continuo practicaban aquellos moros ataques repentinos y emboscadas, matando ó cautivando á los caballeros de Calatrava, que ya no podian salir de sus muros sin mucho riesgo.

Miró don Gutierre á este traficante en fortalezas con una mezcla de admiracion y desconfianza; y notándolo el moro, añadió: “Tengo un hermano en la guarnicion, que por una suma competente, dará entrada de noche en la ciudadela á vuestras tropas.”

“¿Luego por una cantidad de oro, dijo el clavero, ofreces hacer traicion á tu pueblo y á tu fé?”

“Yo renuncio á entrambos, replicó el moro; mi madre fue una cautiva castellana; su pueblo será mi pueblo, su religion mi religion.”

El prudente clavero, todavia desconfiaba de la sinceridad de éste que ni bien era moro ni bien cristiano, y continuó: “¿Qué seguridad me darás de ser conmigo mas leal, que con el alcaide de Zalea?”

“El alcaide, exclamó airado el moro, ¡es un tirano! me tiene agraviado, y le he jurado venganza.”

“Basta, dijo don Gutierre, á tu venganza me atengo; ella me asegura mucho mas que tu cristianismo.”

Entonces don Gutierre, reuniendo en consejo á los caballeros que le acompañaban, les propuso la empresa de sorprender á Zalea, que de todos fue aprobada como único medio de vengar la muerte de sus camaradas, y borrar la afrenta que padecia la órden por su reciente descalabro. Se despacharon espías para reconocer á Zalea y comunicar con el hermano del moro; se ajustó la suma en que se habia de pagar este servicio, y diéronse las demas disposiciones necesarias, para el buen éxito de la empresa.

Venida la noche que habia señalado el moro, fueron con él cierto número de caballeros; y estando cerca de Zalea, le ataron las manos por detras, amenazándole con la muerte á la menor señal de traicion. Prosiguieron entonces su camino, guiándolos el moro, y á la media noche llegaron bajo el muro de la ciudadela. Hecha la señal convenida, se descolgó por la muralla una escala, y subieron por ella primero Gutierre Muñoz y Pedro de Alvarado, siguiendo á éstos otros escuderos. Dentro ya de la ciudadela, sorprenden á los guardas, los matan, los arrollan, y se hacen dueños de una torre. Alarmada la guarnicion, se aperciben los moros á la defensa; pero confusos, atemorizados y medio desnudos, tuvieron que ceder al valor impetuoso de los caballeros de Calatrava: los mas fueron llevados á cuchillo; los otros quedaron prisioneros. En espacio de una hora, y con poca pérdida, se apoderaron los cristianos de la ciudadela, y á consecuencia se sometió tambien la villa. Hallaron en los almacenes gran cantidad de provisiones, que enviadas á Alhama, remediaron la necesidad de aquella guarnicion.

Asi se ganó la fuerte villa de Zalea por los caballeros de Calatrava, que con esta hazaña restauraron la gloria de su órden, algun tanto ofuscada por el fatal encuentro que poco antes tuvieron con el Zagal. Este peregrino suceso, ocurrió por el mismo tiempo que la toma de Cambil y Alhabar; terminando asi prósperamente los variados eventos de tan importante año. Fernando é Isabel se retiraron á Alcalá de Henares, donde la Reina, el dia 16 de diciembre, dió á luz á la Infanta Catalina, despues esposa de Enrique VIII de Inglaterra.