APÉNDICE.
Suerte del Rey chico Boabdil.
La Crónica de la Conquista de Granada está ya concluida; pero acaso será interesante al Lector saber la suerte que posteriormente tuvieron algunos de los personajes principales. El desventurado Boabdil se retiró al valle de Purchena, donde se le habia concedido un territorio corto, pero fértil, con el señorío y rentas de varios pueblos. Al visir Jusef Aben Connixa se habia señalado igualmente muchas tierras; y asi él como Jusef Vanegas acompañaron al Rey en su retiro. Si cupiese en el corazon del hombre vivir contento con la posesion del bien presente, sin acordarse de grandezas pasadas, Boabdil hubiera podido al fin disfrutar algunos dias serenos. Viviendo en un valle delicioso y en el seno de su familia, rodeado de vasallos obedientes, y de leales amigos, hubiera podido volver atrás la vista, y contemplar su pasada carrera como quien recuerda las especies de un confuso y espantoso sueño; y debiera bendecir el cielo por haber despertado en el goce de tan dulce y tranquila seguridad. Pero Boabdil no podia olvidar que habia sido Monarca, y la memoria de la pompa régia en que se habia visto, le hacian mirar con desprecio todas las comodidades que disfrutaba.
En este estado de cosas el visir Aben Connixa, creyendo complacer á su amo, ó acaso inducido por los ministros de Fernando, se concertó con el Rey Católico para la venta de las posesiones de Boabdil, y sin la aprobacion ni consentimiento de éste, la efectuó por la cantidad de ochenta mil ducados de oro, que le fueron pagados en el acto. Aben Connixa, cargando el dinero en acémilas, partió alegre la vuelta de las Alpujarras, y llegando á presencia de Boabdil, le puso delante el oro, diciendo: “Señor vuestra hacienda traigo vendida; ved aqui el precio de ella. He querido apartaros del peligro en que vivís, permaneciendo en esta tierra. Los moros son una gente veleidosa y temeraria, y con el pretexto de serviros no dejarán de intentar cosas que acarreen la ruina de todos nosotros, y pongan en riesgo vuestra persona. He notado tambien la tristeza que os consume en este pais, donde todo os recuerda que fuisteis Rey, sin dejaros la menor esperanza de volverlo á ser. Vamos, señor, al África, que con este dinero compraremos alli mejor hacienda, y viviremos con mas honor y mas seguridad.”
Al oir estas palabras fue tal la cólera de Boabdil, que sacó el alfange, y si no le quitáran tan presto de delante á su oficioso visir, lo sacrificára en el acto á la rabia que le dominaba. Pero Boabdil no era vengativo; aquella llamarada de ira se apagó muy pronto, y viendo que el mal no tenia remedio, juntó sus tesoros y efectos preciosos, y partió con su familia y criados para un puerto de mar donde le esperaba un navío prevenido por órden del Rey cristiano.
Cuando llegó al puerto, acudieron muchos de los que habian sido sus vasallos para verle antes que partiese. Embarcóse Boabdil, y los espectadores viendo desplegadas al viento las velas del navío, ya libre de sus amarras, quisieran con una despedida afectuosa, mostrar á su desgraciado príncipe el interés que tomaban en su suerte; pero la consideracion del estado humilde á que habia llegado, trajo irresistiblemente á su memoria el apellido ominoso de su juventud: “¡Adios, Boabdil!, dijeron, ¡Alá te guarde, el Zogoibi!” Esta denominacion fatal se imprimió altamente en el corazon del expatriado Monarca, y de nuevo se le humedecieron los ojos al perder de vista las nevadas cumbres de la serranía de Granada.
Llegando á Fetz, fue bien recibido del Rey Muley Acmed, deudo suyo, y vivió muchos años en sus dominios. Su manera de vida en todo este tiempo, y si la pasó con resignacion ó disgusto, no lo dicen las historias. La última noticia que se tiene de él es del año 1526, treinta y cuatro años despues de la pérdida de Granada, cuando acompañó al Rey de Fetz á la guerra, para suprimir una insurreccion de dos hermanos llamados Xerifes. Los ejércitos se dieron vista en las orillas del Guatisved, junto al vado de Bacuba. El rio era profundo, las orillas altas; y por espacio de tres dias estuvieron los dos ejércitos haciéndose fuego de la una á la otra parte, sin atreverse ni unos ni otros á pasar aquel vado peligroso. Al fin, habiendo el Rey de Fetz dividido su ejército en tres trozos, dió el mando del primero á su hijo, en union con Boabdil, encargándoles que pasasen el vado y ocupasen al enemigo, mientras él llegaba con el resto de las tropas. Boabdil acometió la empresa con denuedo; pero cuando llegó á la orilla opuesta, fue tan vigorosamente atacado por el enemigo, que el hijo del Rey de Fetz y muchos de los capitanes mas valientes murieron en el primer encuentro. Retrocediendo estas tropas, se mezclaron con las demas que empezaban á pasar el vado, y se siguió la mayor confusion y desórden: la caballería atropellaba á los peones, y éstos, atosigados por la matanza que hacia en ellos el enemigo, no sabian á que parte volverse; por manera, que los que escapaban de morir á hierro perecian en el agua. En esta horrible carnicería sucumbió Boabdil, verdaderamente llamado el Zogoibi: triste ejemplo de los caprichos de la fortuna; pues tuvo este príncipe valor para morir en defensa de un reino ageno, no habiéndolo tenido para morir defendiendo el suyo[53].
Nota. En la galería de pinturas del Generalife, puede verse un retrato del Rey chico Boabdil, que está representado con semblante apacible, rostro hermoso y de buen color, y cabello rubio. Su vestido es de brocado amarillo con relieves de terciopelo negro, una gorra de la misma estofa y color, y sobre ésta una corona. En la armería de Madrid existen dos armaduras que se cree fueron suyas, una de ellas de acero sólido con muy pocas labores; y segun sus dimensiones, puede presumirse que Boabdil seria de buena estatura y de robusto cuerpo.
Muerte del marqués de Cádiz.
El célebre Rodrigo Ponce de Leon, marqués de Cádiz, fue sin duda el mas señalado entre los caballeros españoles por su valor, esfuerzo y grandes servicios en la guerra de Granada. Él fue quien dió principio á esta famosa empresa con la captura de Alhama; y él, despues de participar en casi todos los trances y sucesos de ella, presenció su fin; pues se halló en la toma de Granada que fue el sello de la conquista. Á la edad de cuarenta y ocho años, y cuando empezaba á disfrutar la gloria de tantos triunfos, vino la muerte y le arrebató cubierto de laureles. Murió este esforzado caballero el dia 27 de agosto de 1492, muy pocos meses despues de la conquista, habiendo sido ocasion de tan temprana muerte los achaques que le acarrearon los trabajos y fatigas de la guerra. El Cura de los Palacios, que le conocia, dice que se le citaba como el modelo mas perfecto de la virtud caballeresca de su tiempo: era moderado, casto, y muy piadoso; amante de los soldados, gran defensor de sus vasallos, justiciero, pero benigno, y enemigo de aduladores, cobardes y embusteros. Su ambicion era tan noble como grande, sus pasatiempos todos de un género guerrero. Amaba la geometría aplicada á la ciencia de la fortificacion, y gustaba de la música, esto es, de la música militar, y del sonido de cajas, clarines y trompetas. Como buen caballero, era protector del bello sexo, y no tenia menos acreditado su valor personal que su cortesía para las damas.
Su muerte causó un sentimiento general, por lo mucho que todos le honraban y querian. Sus parientes, criados y amigos, se cubrieron por él de luto, y éstos eran en tanto número, que la mitad de Sevilla se vistió de negro. Pero el que mas vivamente sintió su pérdida, fue su fiel amigo don Alonso de Aguilar.
Las honras fúnebres que se le hicieron, no podian ser mas suntuosas y solemnes. Su cuerpo, (dice el referido Cura de los Palacios) fue colocado en un atahud forrado de terciopelo negro, con una cruz de damasco blanco en la cubierta. Vistiéronle una rica camisa, un jubon de brocado, un sayo de terciopelo, y una marlota de brocado que le llegaba hasta los pies: al lado le pusieron su espada ceñida como él la traia siempre. Ataviado con esta magnificencia, y puesto el atahud en unas primorosas andas, lo colocaron en una sala baja de la casa de los Ponces. Los hermanos y parientes del difunto, la Duquesa su muger, y otras muchas dueñas, hicieron sobre él grandes lloros y sentimientos, y lo mismo hicieron sus criados, escuderos y toda la gente de su casa. Al caer de la noche vinieron mas de ochenta clérigos, y tres órdenes de frailes, y lo encomendaron, y lo sacaron de las andas, acompañándole ellos y todos los canónigos y dignidades de la santa Iglesia mayor, y los obispos que se hallaban en la ciudad; y de los seglares, el conde de Cifuentes, los regidores, veinte y cuatros, y alcaldes mayores. Lleváronle con mucha solemnidad, haciendo á trechos sus paradas, y la clerecía sus responsos; y daban tan grandes gritos las mugeres como si fuera su padre ó hermano. Salieron con él desde su casa doscientas y cuarenta hachas de cera, que parecia por donde pasaba que era la mitad del dia. Acompañáronle asimismo de su casa hasta la sepultura diez banderas que habia ganado en batallas de moros, las cuales alli iban cerca de él, y las pusieron sobre su tumba. Saliéronle á recibir los frailes de san Agustin con su cruz y cirios, y ocho incensarios vestidos de dalmáticas negras: y metiéndole en la iglesia, pusieron las andas en una muy alta cama, donde estuvo hasta que le dijeron cuatro vigilias, y dichas, lo depositaron en su tumba.
Su sepulcro, con aquellas antiguas banderas suspendidas sobre él, subsistió por siglos, excitando la admiracion y reverencia de cuantos tenian noticia de los hechos y virtudes de este héroe. Pero en el año de 1810 saquearon los franceses la capilla en que está situado, derribaron el altar, y destrozaron los sepulcros de los Ponces. La actual duquesa de Benavente, digna descendiente de esta ilustre y heróica casa, hizo despues recoger piadosamente las cenizas de sus abuelos, restableció el altar, y reparó la capilla. Pero los sepulcros han quedado enteramente arruinados, y en el dia una inscripcion en letras de oro, que se ha puesto en la capilla, es lo único que indica el lugar de sepultura del valeroso Rodrigo Ponce de Leon.
Suceso de don Alonso de Aguilar.
A los que toman algun interés en la suerte de don Alonso de Aguilar, uno de los capitanes mas celebrados que tuvo España, y amigo íntimo del marqués de Cádiz, acaso no será indiferente la relacion que sigue de las circunstancias particulares en que halló la muerte.
Inmediatamente despues de la conquista de Granada, empezaron los moros á manifestar en el desasosiego de sus ánimos la impaciencia con que sufrian el yugo de los cristianos. Las medidas que se tomaron para convertirlos, y el excesivo celo de los misioneros, les sirvió posteriormente de pretexto para alborotarse; y cundiendo en ellos el fuego de la sedicion, corrieron á las armas, levantaron el estandarte de la rebelion en las Alpujarras, y se hicieron fuertes en las asperezas de sierra Bermeja. El Rey Católico, instruido de estos tumultos, mandó pregonar perdon general á los que, deponiendo luego las armas, volviesen á su obediencia y á la profesion de la fé cristiana; si bien al mismo tiempo dió órden de marchar contra ellos á don Alonso de Aguilar, y á los condes de Ureña y de Cifuentes.
Hallábase don Alonso á la sazon en Córdoba; y aunque el número de tropas que se le dió para esta expedicion, no guardaba proporcion alguna con las dificultades de la empresa, no vaciló en acometerla. Tenia entonces este caudillo cincuenta y un años, habiéndolos pasado casi todos en la guerra; de suerte que los peligros eran ya su elemento natural. Á la experiencia que da el tiempo, unia todo el ardor de la juventud: su cuerpo, con el ejercicio y las fatigas, habia adquirido la consistencia del hierro: sus armas y arreos habian llegado á ser parte de su naturaleza, y puesto á caballo parecia un hombre de acero.
En esta ocasion llevó don Alonso consigo á su hijo don Pedro de Córdoba, que empezaba á entrar en la edad viril, y daba ya muestras de un espíritu osado y generoso. El pueblo de Córdoba, viendo como el veterano padre, vencedor en mil batallas, llevaba á su hijo á la guerra, se acordó del apellido de esta familia, y dijeron: “Ved el águila enseñando su hijo á volar; viva el valeroso linage de los Aguilares.”
La salida de don Alonso, y el temor que su nombre inspiraba á los moros, hizo que muchos de los rebeldes arrojasen las armas, y volviesen de paz á sus hogares. Pero andaba entre ellos la feroz tribu de los Gandules, moros africanos, que de ninguna manera querian rendir vasallage á los cristianos. Éstos tenian por caudillo un moro muy valiente y diestro, que llamaban el Ferí de Benastepar. Á instancias suyas reunieron los moros rebelados sus familias y efectos mas preciosos, abandonaron las llanuras, y llevando delante sus ganados, se recogieron á los lugares mas ásperos de sierra Bermeja. En la cumbre de la sierra habia un llano rodeado de peñas y precipicios, que formaban una fortaleza natural. Aqui, por disposicion del Ferí, se colocó á las mugeres, niños y todo el equipage; y en los puntos que dominaban las entradas de la sierra, se juntaron montones de piedras, para hacer mas peligrosa la subida, y dar mayor seguridad á este asilo.
Llegando los cristianos, sentaron su real cerca de Monarda, lugar fuerte, situado al pié de la sierra. Los moros, bajando de la montaña, se colocaron en la ladera, orillas de un arroyo que los separaba de los cristianos, y se dispusieron á defender á estos la subida. En este estado habian permanecido algunos dias, sin emprender unos ni otros cosa alguna, cuando una tarde ciertos soldados de don Alonso, tomando una bandera pasaron el arroyo, y sin órden ni concierto se arrojaron á subir la sierra: otros, estimulados por este ejemplo, se fueron en pos de ellos, y en breve se trabó en la ladera una pelea muy reñida. Los condes de Ureña y de Cifuentes, en vista de lo que pasaba, pidieron consejo á don Alonso de Aguilar. “Mi consejo, dijo don Alonso, en Córdoba lo dí, y allá se ha quedado: la empresa es temeraria; pero pues tenemos á los moros delante, salgamos á ellos, que si en nosotros conocen flaqueza, crecerá su ánimo y será mayor nuestro peligro: adelante, pues, y confiemos en Dios que será nuestra la victoria”[54].
Los cristianos entonces acometieron con denuedo, y empezaron á subir peleando la sierra arriba. Los moros se defendieron vigorosamente, hiriendo á sus contrarios con una lluvia de piedras y saetas, y recogiéndose, cuando se veian apretados, á unos parages llanos que habia á trechos en la ladera. Pero forzados á abandonar sucesivamente todas estas posiciones, se fueron contrayendo al llano mas alto, donde tenian sus mugeres y haciendas. Aqui hicieron el último esfuerzo, cediendo, al fin, al valor de don Alonso y de su hijo, que cargándolos á la cabeza de trescientos hombres, los obligaron á huir y á desamparar el puesto. La demas tropa, mirando la dispersion de los moros, dieron por ganada la batalla, se desmandaron á robar, y arrojaron las armas para cargarse de botin.
Era ya tarde, y empezaba á oscurecerse el dia. El Ferí, despues de grandes esfuerzos, logró atajar la fuga de los suyos. “Soldados, amigos, les decia, ¿dónde vais? ¿dónde huireis que no os alcance el enemigo? ¿Asi abandonais vuestras mugeres é hijos? volved á defenderlas, y no pongais la esperanza en los pies, teniendo armas en las manos.” El discurso del Ferí y los gritos y lamentos de las mugeres, que se oian á lo lejos, alentó á los moros, y les dió ánimo para volver á la pelea, cuando ya era de noche. Por desgracia se pegó fuego, y voló en aquel punto, un barril de pólvora, y su resplandor momentáneo, bastó para descubrir á los moros el desórden de los nuestros, su poco número, y el afan con que se ocupaban en la coleccion de los despojos. “Ahora es la ocasion, exclamó el Ferí, cerraos y herid en ellos, que están derramados y cargados de vuestra hacienda; yo iré delante de todos, y os abriré el camino.” Con esto avanzaron los moros al ataque, y dando espantosos alaridos, cargaron al enemigo con furia irresistible. Los cristianos, esparcidos y embarazados con la presa, se abandonaron á un terror pánico, arrojaron los despojos, y huyeron en desórden.
En este peligroso trance, solo se mantuvieron firmes don Alonso de Aguilar y algunos pocos de sus valientes; los demas, perseguidos por el enemigo, caen muertos, heridos ó derrumbados. Al fin los caballeros cristianos viéndose acometidos de frente y por espaldas, y hostigados por todo género de armas arrojadizas, propusieron á don Alonso abandonar la cumbre, y reparar en la ladera. “No, dijo don Alonso, que la casa de los Aguilares nunca volvió las espaldas en batallas de moros.” Apenas pronunció estas palabras, cayó á sus pies su hijo don Pedro, herido de una piedra que le derribó dos dientes, y atravesado el muslo de una flecha. El animoso jóven, apoyándose en una rodilla, quisiera todavia pelear al lado de su padre; pero éste lo entregó á don Francisco Alvarez de Córdoba, que lo sacó de la pelea. En vano hizo prodigios de valor este pequeño escuadron de héroes: uno despues de otro fueron todos sacrificados. El último fue don Alonso, que hallándose solo y sin caballo, y casi sin armas, desenlazado el coselete, y el pecho lleno de heridas, se defendia entre dos peñas contra la muchedumbre que le acosaba. Alli le fue á buscar un poderoso moro, que se separó de sus compañeros; y asiéndose á brazos los dos, comenzó una terrible lucha. “¡Yo soy don Alonso!, dijo nuestro héroe.” “¡Yo soy el Ferí de Benastepar!” replico el bárbaro, y clavándole al mismo tiempo un puñal, dió con él muerto en el campo.
Asi acabó don Alonso de Aguilar, el mas cabal de los caballeros de Andalucía, el mas poderoso de los grandes de Castilla, y el mas distinguido por su estado, por su condicion, y por sus hechos. Habia sido general de varios ejércitos, virey, autor de grandes empresas, y vencedor en muchas batallas: habia muerto por su mano muchos capitanes moros, entre otros Aliatar, el alcaide de Loja, combatiendo con él cuerpo á cuerpo en las orillas del Jenil: era discreto, magnánimo, justo á par de valiente, y era el quinto señor de su casa que habia perecido en batalla de moros.
El conde de Ureña entretanto, habia logrado con mucha dificultad reunir algunos de los fugitivos, y contener el ímpetu de los moros con el apoyo del conde de Cifuentes, que habia quedado al pié de la sierra con la retaguardia. Todavia dió el enemigo algunos ataques en el discurso de la noche; pero á la mañana siguiente cesó el combate, y volvieron los moros á ocupar el llano que tenian en la cumbre.
La noticia de este desastre alcanzó al Rey en Granada, y le determinó á pasar en persona á castigar á los rebeldes. Su presencia con una fuerza competente desconcertó á los moros, y en breve restableció la paz en las Alpujarras. De los prisioneros que se tomaron se supo el trágico fin de don Alonso, á quien hallaron entre montones de muertos, y tan desfigurado por sus heridas, que apenas se le pudo reconocer. Toda Córdoba lloró su pérdida, y acompañó su cadáver con lágrimas á la iglesia de san Hipólito, donde fue depositado. Algunos años despues, su hija doña Catalina de Aguilar, hizo componer su tumba; y habiéndose examinado el cuerpo, se halló entre los huesos un gran hierro de lanza. El nombre de este esforzado y cumplido caballero ha sido muy celebrado por coronistas y poetas; su desastre ha servido de asunto á muchos romances y cantares, y aun hoy se conserva afectuosamente su memoria en Córdoba, donde es muy comun una letrilla que expresa el sentimiento del público por su muerte, y el resentimiento que tenian con el conde de Ureña, á quien acusaban de haberle abandonado, y dice:
Decid, conde de Ureña,
¿Don Alonso dónde queda?[55]
ÍNDICE
de los capítulos contenidos en este tomo segundo.
| [Capítulo Primero]. El Rey don Fernando, con una hueste poderosa, se pone sobre Velez-málaga. | Pág. [5] |
| [Cap. II]. Sale el Rey de Granada para levantar el sitio de Velez-málaga; intenta sorprender á los cristianos: resultado de esta empresa. | [16] |
| [Cap. III]. Ingratitud de los Granadinos para con el valiente Muley Audalla, el Zagal: rendicion de Velez-málaga y otras plazas. | [26] |
| [Cap. IV]. De la ciudad de Málaga, y de sus habitantes. | [32] |
| [Cap. V]. Marcha del ejército real contra la ciudad de Málaga. | [39] |
| [Cap. VI]. Sitio de Málaga, y obstinacion de Hamet el Zegrí. | [45] |
| [Cap. VII]. Combate del castillo de Gibralfaro por el marqués de Cádiz. | [52] |
| [Cap. VIII]. Continuacion del sitio: descontento de los habitantes. | [56] |
| [Cap. IX]. De los padecimientos del pueblo de Málaga. | [61] |
| [Cap. X]. Atentado que cometió un Santon de los moros. | [65] |
| [Cap. XI]. Hamet el Zegrí animado por un Dervís, persevera en su defensa; destruccion de una torre por el ingeniero Francisco Ramirez. | [70] |
| [Cap. XII]. Crece la hambre en la ciudad; quejas del pueblo, y salida de Hamet el Zegrí con el pendon sagrado para atacar á los cristianos. | [75] |
| [Cap. XIII]. Rendicion de la ciudad de Málaga; cumplimiento del pronóstico del Dervís, y suerte de Hamet el Zegrí. | [83] |
| [Cap. XIV]. Entrada de los Reyes Católicos en la ciudad de Málaga, y distribucion de los cautivos. | [89] |
| [Cap. XV]. De la situacion en que se hallaban respectivamente el Rey Católico, Boabdil y el Zagal, y de la incursion de éste en tierra de cristianos. | [95] |
| [Cap. XVI]. Disposiciones del Rey Fernando para continuar la guerra; sale á campaña; varias empresas de moros contra cristianos. | [100] |
| [Cap. XVII]. De las disposiciones del Rey Católico para sitiar la ciudad de Baza, y de las medidas que tomaron los moros para defenderse. | [107] |
| [Cap. XVIII]. Batalla de las huertas delante de Baza. | [113] |
| [Cap. XIX]. Sitio de Baza; compromiso del ejército cristiano, y disposiciones con que el Rey completó el cerco de la ciudad. | [119] |
| [Cap. XX]. Hazaña de Hernan Perez del Pulgar. | [126] |
| [Cap. XXI]. Continuacion del sitio de Baza, y embajada que recibió el Rey. | [131] |
| [Cap. XXII]. De las disposiciones que tomó la Reina para proveer de bastimentos al ejército. | [137] |
| [Cap. XXIII]. De los desastres que ocurrieron en el real. | [141] |
| [Cap. XXIV]. Escaramuzas entre moros y cristianos delante de Baza; y decision de los sitiados en defensa de la ciudad. | [145] |
| [Cap. XXV]. Llega la Reina doña Isabel al campo, y efectos que produjo su venida. | [149] |
| [Cap. XXVI]. Rendicion de Baza. | [154] |
| [Cap. XXVII]. Sumision del Zagal á los Reyes de Castilla. | [160] |
| [Cap. XXVIII]. Acontecimientos en Granada posteriores á la sumision del Zagal. | [164] |
| [Cap. XXIX]. El Rey don Fernando vuelve las armas contra la ciudad de Granada; suerte del castillo de Roman. | [170] |
| [Cap. XXX]. El Rey de Granada sale á campaña; expedicion contra Alhendin; hazaña del conde de Tendilla. | [178] |
| [Cap. XXXI]. Expedicion del Rey chico contra Salobreña, y hazaña de Hernan Perez del Pulgar. | [184] |
| [Cap. XXXII]. Conspiracion de Guadix, y su castigo: fin de la carrera del Zagal. | [189] |
| [Cap. XXXIII]. Preparativos en Granada para una defensa vigorosa. | [194] |
| [Cap. XXXIV]. Llega la Reina doña Isabel al campo cristiano; desafio del moro Tarfe, y notable hazaña de Hernan Perez del Pulgar. | [200] |
| [Cap. XXXV]. Combate que se dió á consecuencia de haber salido la Reina á mirar la ciudad de Granada; y hazaña de Garcilaso de la Vega. | [205] |
| [Cap. XXXVI]. Incendio del real, y última tala de la vega. | [211] |
| [Cap. XXXVII]. De la construccion de la ciudad santa Fé, y de la capitulacion de Granada. | [218] |
| [Cap. XXXVIII]. Conmociones en Granada: entrega de la ciudad. | [227] |
| [Cap. XXXIX]. Los Soberanos Católicos entran en Granada y toman posesion de la ciudad. | [236] |
| [APÉNDICE].
Suerte del Rey chico Boabdil. Muerte del marqués de Cádiz. Suceso de don Alonso de Aguilar. |
[241] [246] [249] |
LISTA
DE LOS SEÑORES SUSCRIPTORES.
- D. Mariano de la Roca.
- D. Pedro Madrid.
- D. Antonio Valdivieso.
- D. J. Irribarren.
- D. Francisco de Paula Albert.
- D. Lorenzo Catalan.
- D. Tomás Jordan.
- D. Juan Perez.
- El Excmo. Sr. Duque del Infantado.
- D. Juan José Delicado.
- El Teniente Coronel de Lanceros D. José Luis María de Cella.
- D. Francisco Lallave.
- D. Manuel Perez Dávila.
- D. Juan de la Roca Sancti-Petri.
- El Sr. Marqués de Silva.
- D. Luis de Zarate.
- D. Martin García, del comercio de libros de Bilbao, por dos ejemplares.
- D. Juan Sertinez.
- El Comisario ordenador del ejército de Navarra, D. Domingo de Zavala.
- D. Antonio de la Revilla, Oficial de la Ordenacion.
- D. Javier Reija de San Juan, secretario de la Ordenacion.
- D. Vicente Gomez Alfaro.
- D. Ramon Larrua.
- D. Manuel Sanz, del comercio de libros de Granada, por doce ejemplares.
- D. Crisanto López.
- D. Cárlos Narbon.
- D. Elias Avrial.
- D. José Bueno, del comercio de libros de Jerez de la Frontera, por cuatro ejemplares.
- El Sr. Conde de la Estrella.
- D. Felipe Arraez.
- D. Ramon Calvete, del comercio de libros en la Coruña, por seis ejemplares.
- Doña Antonia de Sojo.
- El Sr. Marqués de Espinardo.
- D. Raimundo Ruiz.
- Fr. José de San Bruno.
- D. Julian Pastor, del comercio de libros de Valladolid, por dos ejemplares.
- La Sra. Marquesa de la Bondad Real.
- D. Victor Gordó.
- D. Jorge T. Westrynthius.
- D. José de Cereceda, del comercio de libros de Jaen, por dos ejemplares.
- Fr. José Lourido.
- D. Cárlos Autarriba.
- D. Nicolás Collado.
- D. José Ramon Sampayo.
- D. Andrés Cardenal.
- D. Joaquin Ariño.
- D. Manuel Ripa.
- D. Luis Portillo.
NOTAS
[1] Pulgar, Crónica de los Reyes Católicos.
[2] Illescas, Hist. Pontif. lib. VI. Vedmar, Hist. Velez-málaga.
[3] Cura de los Palacios, cap. 82.
[4] Cura de los Palacios, cap. 82.
[5] Pulgar parte III. c. 74.
[6] Pulgar, Crónica.
[7] Diego de Valera, Crónica MS.
[8] Zurita, Mariana, Abarca.
[9] Cura de los Palacios, cap. 84. Pulgar, parte III, cap. 86.
[10] Pietro Martir, epist. 62.
[11] Cura de los Palacios.
[12] Cura de los Palacios.
[13] Pulgar, p. III. c. 91.
[14] Cura de los Palacios.
[15] Cura de los Palacios, c. 84.
[16] Garibay, lib. 18, cap. 33.
[17] Cura de los Palacios, cap. 84.
[18] Pulgar.
[19] Crón. de Valera MS.
[20] Cura de los Palacios.
[21] Pulgar, Crónica.
[22] Abarca, Anales de Aragon, tom. 2.º, ley 30, cap. 3.
[23] Pulgar.
[24] Illi Mauri pro fortunis, pro libertate, pro laribus patriciis, pro vita denique certabant. Petri Martir epist. 70.
[25] Mariana. P. Martir. Zurita.
[26] Pulgar, part. III, cap. 106, 107. Cura de los Palacios, cap. 92. Zurita, lib. XX. cap. 81.
[27] Hernando del Pulgar, historiador y secretario de la Reina doña Isabel, suele ser confundido con este caballero. Aquel tambien estuvo en el sitio de Baza, y refiere este hecho en su Crónica de los Reyes Católicos.
[28] Conviene manifestar el resultado de la mision de este religioso. Algunos años adelante, enviaron los Soberanos Católicos por embajador cerca del Soldan de Egipto al célebre historiador Pedro Martir de Anglería. Las representaciones de este sábio, no solo dejaron enteramente satisfecho al potentado oriental, sino que le movieron á conceder la remision de muchas extorsiones que se practicaban contra los peregrinos cristianos que visitaban el santo Sepulcro. Pedro Martir escribió una relacion de su embajada al gran Soldan; obra muy apreciada de los eruditos, y que contiene noticias muy curiosas: se intitula De Legatione Babilonica.
[29] Cura de los Palacios. Pulgar, &c.
[30] Cura de los Palacios.
[31] Pulgar. Garibay, lib. XL. cap. 40. Cura de los Palacios.
[32] Conde, tomo III. cap. 40.
[33] Cura de los Palacios, cap. 94.
[34] Cura de los Palacios, cap. 93.
[35] Cura de los Palacios, cap. 96.
[36] Cura de los Palacios.
[37] Garibay, lib. 13, cap. 39. Pulgar, lib. III, cap. 132.
[38] Cura de los Palacios, cap. 97.
[39] Conde, part. IV. cap. 41.
[40] Mármol, de Rebelione Maur. lib. I. cap. 16. Pedraza, hist. Granat. p. 3. c. 4. Suarez, hist. de los obispados de Guadix y Baza, c. 40.
[41] Conde.
[42] En conmemoracion de este insigne hecho, concedió posteriormente el Emperador Cárlos V. á Pulgar y á sus descendientes, el privilegio de sepultura en aquella iglesia, y el de sentarse en el coro cuando se celebrase misa mayor. Este Pulgar se distinguió en la carrera literaria no menos que en la militar, y dedicó á Cárlos V. una sumaria de los hechos de Gonzalo de Córdoba, el gran capitan, su compañero de armas; pero no fue el historiador y secretario de la Reina doña Isabel. Véase la Crónica de los Reyes Católicos de Pulgar, part. III, cap. 3, edicion de Valencia, 1780.
[43] Cura de los Palacios.
[44] Tambien se ve en el dia la casa desde la cual miró la Reina esta batalla. Está en la primera calle á la derecha, entrando en el lugar por el lado de la vega, y tiene las armas reales pintadas en los techos. Habita en ella un honrado labrador, llamado Francisco García, que enseña su casa á los que quieren verla, y que rehusa con noble orgullo tomar recompensa alguna, ofreciendo al contrario la hospitalidad al forastero. Sus hijos están muy versados en los antiguos romances, relativos á las hazañas de Hernan Pulgar y de Garcilaso de la Vega.
[45] Zurita, lib. XX. cap. 88.
[46] Abarca, Reyes de Aragon, rey XXX. c. 3.
[47] Conde, part. IV.
[48] Mariana.
[49] Zurita, Anales de Aragon.
[50] Abarca, Anales de Aragon, rey XXX. c. 33.
[51] Abarca, ubi supra. Zurita, &c.
[52] Garibay, Compend. Hist. l. 40, c. 42.
[53] Mármol, Descrip. de África, p. I. lib. 2, c. 40. Idem, Hist. de la Reb. de los moros, l. I. c. 21.
[54] Bleda, l. V. c. 26.
[55] Bleda, l. V. c. 26.
Nota de transcripción
- Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
- La puntuación ha sufrido reparaciones, añadiéndose signos de apertura de interrogación y de admiración donde faltaban.
- Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
- Las páginas en blanco han sido eliminadas.
- Se han añadido ilustraciones de adorno al final de todos los capítulos, pese a que en el original sólo existían donde quedaba suficiente espacio libre.
- Se han realizado, además, los siguientes cambios:
- Página
- Original
- Cambiado
- p. [84]:
- sino
- [si no]
- p. [187]:
- ella
- [él]
- p. [231]:
- está
- [está á]
- La llamada a la [nota 51], en la p. [236], aparece en una ubicación conjeturada, pues no figura en el original.
| Página | Original | Cambiado |
|---|---|---|
| p. [84]: | sino | [si no] |
| p. [187]: | ella | [él] |
| p. [231]: | está | [está á] |