CAPÍTULO XII.

Crece la hambre en la ciudad; quejas del pueblo, y salida de Hamet el Zegrí con el pendon sagrado para atacar á los cristianos.

Era ya excesiva la hambre que se padecia en la ciudad. Los Gomeles, buscando que comer, entraban en las casas, rompian las arcas, y derribaban las paredes; y los habitantes reducidos al último extremo, se mantenian de cueros de vaca, y daban á sus criaturas hojas de parra cocidas con aceite. Todos los dias perecian muchos de necesidad; y algunos, forzados á elegir entre el cautiverio y la muerte, salian al real cristiano á ofrecerse por esclavos. Al fin pudo mas con ellos el rigor de la hambre que el respeto que tenian á los Gomeles; y reuniéndose en casa de Alí Dordux, el comerciante rico, le suplicaron intercediese por ellos con Hamet el Zegrí, para que consintiese en la entrega de la ciudad. Alí, viendo que la necesidad iba dando osadía á los ciudadanos, al paso que amortiguaba la fiereza de los soldados, se animó á entablar con el alcaide esta peligrosa conferencia, y asociándose con un alfaquí llamado Abrahan Alhariz, y un habitante principal, cuyo nombre era Amar-ben-Amar, se dirigió con este objeto al castillo de Gibralfaro.

Llegando alli hallaron á Hamet, no como antes rodeado de armas y soldados, sino solo en su aposento con el Dervís, y sentado á una mesa de piedra con varios cartones y pergaminos delante, en que habia trazados signos cabalísticos, y caractéres místicos y extraños: distribuidos en derredor habia tambien instrumentos raros y desconocidos; y el Dervís que le acompañaba parecia haberle estado explicando el sentido misterioso de aquellos signos[14].

Admirados y temerosos, se acercaron Alí Dordux y sus compañeros á Hamet, sin atreverse por de pronto á declarar el objeto de su venida; pero el alfaquí confiando en lo sagrado de su carácter, tomó al fin la palabra y le arengó en estos términos. “Te requerimos en nombre de Dios todo poderoso que desistas de una resistencia tan inútil como funesta, y que entregues la ciudad al cristiano mientras aun hay esperanzas de que nos trate con clemencia. Considera cuantos de nuestros guerreros tiene postrados el cuchillo del enemigo, y no quieras tú que la hambre acabe con los que quedan, ni con nuestras mugeres é hijos, que gimiendo nos piden pan, y se nos mueren ante nuestros ojos, sin que nos quede remedio con que acudirles. ¿De qué sirve nuestra defensa? ¿Son por ventura mas fuertes los muros de Málaga que los muros de Ronda? ¿ó son nuestros guerreros mas valientes que los caballeros de Loja? La fortaleza de Ronda sucumbió, y la caballería de Loja tambien tuvo que ceder. ¿Esperaremos que nos socorran? Ya no hay tiempo de esperanza; ya Granada perdió su fuerza, perdió su orgullo; ya Granada no tiene caballeros, ni Rey que la gobierne, ni capitanes que la defiendan. Por Alá te conjuramos, pues eres nuestro capitan, que no seas nuestro mas duro enemigo, sino que entregues lo que queda de esta Málaga, otro tiempo tan feliz, y nos saques de las miserias que nos abruman.”

Tales fueron las quejas que la desesperacion arrancó á los habitantes de la ciudad. Hamet el Zegrí las escuchó sin alterarse, porque respetaba el carácter privilegiado del alfaquí: pero lleno de vanas esperanzas, insistió en aguardar algunos dias. “Tened todavia paciencia, les dijo, y confiad en este varon santo que veis aqui, el cual me asegura terminarán en breve nuestros males; el hado es inmutable; y en el libro del destino está escrito que saldremos á pelear con los cristianos, que los venceremos, y serán nuestros esos montones de harina que blanquean en los reales. Asi lo ha prometido Alá por boca de su profeta. ¡Alá achbar! ¡Dios es grande! Nadie se oponga á los decretos del Altísimo.”

Esto dijo Hamet, y los diputados no atreviéndose á replicarle, regresaron á la ciudad, y exhortaron al pueblo á tener paciencia. “En breves dias, le dijeron, habrán cesado vuestros trabajos: cuando desaparezca la bandera blanca de las torres de Gibralfaro, la hora de vuestro triunfo estará cerca, pues entonces habrá llegado la de salir contra el enemigo.”

Todos los dias, y todas las horas del dia volvian aquellos habitantes los ojos hácia el estandarte sagrado, que continuaba tremolando en el castillo. Por fin, estando Hamet un dia en consulta con sus capitanes para determinar el partido que se habia de tomar en tan apuradas circunstancias, se presentó el Dervís. “Disponeos, dijo, á obedecer la voluntad de Alá, que la hora de nuestro triunfo está ya cerca. Salid mañana al campo, y pelead como varones esforzados: yo con el pendon sagrado iré delante, y entregaré en vuestras manos el enemigo; pero antes perdonaos mútuamente las ofensas, pues solo siendo caritativos podreis ser vencedores.”

Las palabras del Dervís fueron recibidas con el mayor aplauso; al punto se recogió la bandera blanca, y toda aquella noche se pasó en prevenciones para la mañana siguiente, cuando Hamet, con el capitan Abrahan Zenete y los Gomeles, bajó á la ciudad para ejecutar aquella salida que habia de acabar con los cristianos. Delante iba el Dervís, que llevaba la sagrada enseña; y al verla pasar el pueblo entusiasmado y lleno de esperanzas, exclamaba: “¡Alá achbar!” y se postraba humildemente, animando al mismo tiempo con alabanzas las tropas de aquella empresa. El temor y la esperanza agitaban en Málaga á todos los corazones: los ancianos, las mugeres y los niños, en fin, todos los que no salieron al combate subieron á las almenas, á las torres, ó á las azoteas, para ver una batalla que habia de ser decisiva de su suerte.

Antes de salir al campo hizo Alí Dordux una amonestacion á los soldados, previniéndoles que no abandonasen la bandera, que fuesen siempre delante peleando, y que á ninguno diesen cuartel. Volviendo entonces á ponerse en movimiento, fueron á dar con ímpetu tan furioso en las estancias del maestre de Santiago y del maestre de Alcántara, que tuvieron lugar de matar y herir á mucha de la gente que las guardaba. En este rebato llegó el capitan Zenete á una tienda donde halló algunos niños cristianos, á quienes el rumor de las armas acababa de despertar de su sueño. El moro compadeciendo su tierna edad, ó porque desdeñaba un enemigo tan débil, se contentó con darles de plano con el alfange, diciendo: “andad rapaces á vuestras madres” y como le riñese el fanático Dervís por este acto de clemencia, respondió: “no los maté porque no vide barbas”[15].

Cundió la alarma por el campo, y los cristianos acudieron de todas partes para defender las entradas del real. Don Pedro Portocarrero, señor de Moguer, don Alonso Pacheco, y Lorenzo Suarez de Mendoza, corrieron con sus gentes á defender los portillos por donde pretendian entrar los moros, á quienes con gran pena impidieron el paso, mientras llegaba nuevo socorro. Hamet furioso al encontrar tanta resistencia, cuando esperaba una victoria fácil, llevó repetidas veces sus tropas al asalto de los portillos, y otras tantas hubo de retroceder con mucha pérdida. Los cristianos, al abrigo de sus defensas, hicieron un destrozo terrible en las filas de los moros: pero ellos confiando ciegamente en los vaticinios del Dervís, volvian á la pelea cada vez mas enardecidos, arrostrando los peligros y la muerte por vengar á sus compañeros. Por último, intentaron escalar la cerca que defendia el real, y acometieron en medio de una lluvia de dardos y saetas, cayendo á cada paso, y llenando los fosos con sus cuerpos. Hamet el Zegrí, siempre á la cabeza de sus guerreros, siempre en lo mas encendido del combate, corria de fila en fila, y animaba á sus Gomeles con la voz y con el ejemplo. Al ver la terrible matanza de los suyos, bramaba de corage, y discurria delante de la cerca buscando por donde entrar, y pasando como por ensalmo por entre mil tiros que le asestaron los cristianos sin que ninguno le tocase. El Dervís tambien acudia como frenético á todas partes, ondeando la bandera blanca, y excitando á los moros con alaridos; pero en medio de su frenesí, una piedra arrojada por una catapulta, le alcanzó en la frente, dando fin á un mismo tiempo á su vida y á sus delirios[16].

Los moros, viendo muerto á su profeta y postrado por tierra el pendon sagrado, perdieron inmediatamente el ánimo, y huyeron en desórden á la ciudad. Hamet hizo algunos esfuerzos para contenerlos, pero confundido él mismo por la pérdida del Dervís, tan solo acertó á cubrir la retirada de las tropas, y se retrajo con ellas á los muros de la plaza.

Los habitantes de Málaga, suspensos entre el temor y la esperanza, miraron esta contienda desde las almenas y torres. Al principio, cuando vieron huir delante de los moros las guardias del real, exclamaron: “¡Alá nos da la victoria!” y prorumpian en gritos de alegría; pero cuando las tropas, rechazadas cuantas veces volvian al asalto, empezaron á retroceder, cuando vieron caer el mandante, y volver huyendo al mismo Hamet perseguido por los cristianos, el regocijo se convirtió en lamentos, y el horror y la desesperacion se apoderó de todo el pueblo.

Al entrar el Zegrí en Málaga se vió expuesto á los furores de una multitud exasperada: todo se volvia quejas y reconvenciones: las madres, cuyos hijos habian muerto, le seguian con imprecaciones, y algunas poniéndole delante sus criaturas á punto de espirar, le decian: “Holladlas con los pies de vuestro caballo, pues ni tenemos alimento que darles, ni valor para oir sus quejas.” Los ciudadanos que habian tomado las armas, y muchos de los guerreros que habian venido de fuera para defender la ciudad, unieron sus clamores á los del pueblo; de modo que Hamet, perdido el ascendiente militar, é incapaz de resistir aquel torrente de quejas y maldiciones, renunció el mando de la plaza, y se recogió con los Gomeles que le quedaban á su castillo de Gibralfaro.