CAPÍTULO XIV.
Entrada de los Reyes Católicos en la ciudad de Málaga, y distribucion de los cautivos.
Una de las primeras disposiciones de los vencedores, despues de la rendicion de Málaga, fue celebrar la emancipacion de los cautivos cristianos con una funcion religiosa. Á corta distancia de la ciudad mandaron erigir una tienda, y poner en ella un altar con las decoraciones de iglesia correspondientes; pasando alli los Reyes para recibir á los cautivos. Éstos, en número de mil y seiscientos de ambos sexos, entre ellos algunas personas de distincion, salieron de la ciudad en procesion, con una cruz, cantando himnos y dando gracias á Dios y á los Soberanos por haberles librado del duro cautiverio en que yacian. Á medio camino se reunió con ellos, y les fue acompañando, un gran concurso de gentes del real, con cruces y pendones, y una música solemne. Llegando á presencia de sus libertadores, se hubieran postrado los cautivos á sus pies para besárselos; pero el Rey y la Reina les dieron benignamente sus manos á besar, sin consentir otro acatamiento. Arrodillándose entonces los cautivos delante del altar, se pusieron en oracion, y de nuevo prorumpieron en alabanzas al Altísimo por tan gran victoria. En seguida se mandó quitarles los hierros, que aun llevaban, se les dió de comer, ropa, dinero, y todo lo que necesitaban para retirarse á sus casas. El aspecto de los cautivos, pálidos, desfallecidos y extenuados, su admiracion y su agradecimiento, las lágrimas y la alegría de todos los presentes, constituyeron un espectáculo verdaderamente grande, y que á todos enterneció.
De los cristianos que desertaron á los moros, y les habian informado de lo que pasaba en el real, fueron hallados doce, y se les sentenció á morir acañaverados: castigo harto severo, que consistia en atar al delincuente á una estaca en medio de una plaza, mientras que los soldados, corriendo á caballo, los atravesaban con cañas puntiagudas: los moros conversos y relapsos fueron entregados á las llamas[22].
Estando ya limpia la ciudad de las inmundicias y malos olores que se habian acumulado en tan largo sitio, entraron en ella los obispos y otros eclesiásticos que seguian la corte, con los cantores y capellanes del Rey; y pasando en procesion solemne á la mezquita mayor, la consagraron é intitularon santa María de la Encarnacion. Concluido este acto, entraron el Rey y la Reina acompañados del gran cardenal y de los grandes y caballeros del ejército, oyeron misa, y en seguida erigieron aquella iglesia en catedral, y á Málaga en obispado. La Reina se aposentó en la Alcazaba, desde donde se descubria toda la ciudad: el Rey estableció su alojamiento en el antiguo castillo de Gibralfaro.
Se procedió entonces á disponer de los moros que habian quedado prisioneros. Divididos en tres porciones, se destinó una á la redencion de los cautivos cristianos en el reino de Granada y tierras de África; otra se repartió entre los capitanes y caballeros que habian concurrido á aquella empresa, segun su clase y los servicios que habian prestado; y la tercera se tomó para indemnizacion de los grandes gastos ocasionados en tan largo sitio. Cien moros Gomeles fueron enviados al Papa Inocencio VIII, quien los bautizó y convirtió á la fé cristiana. Á la Reina de Nápoles, hermana del Rey, se le hizo regalo de cincuenta moras, doncellas; treinta fueron enviadas á la de Portugal, y otras muchas fueron repartidas por doña Isabel entre las damas de su corte y señoras principales de Castilla.
Cuatrocientos y cincuenta judios moriscos, que se hallaron en la ciudad, fueron rescatados por otro judío, rico contratista de Castilla, que pagó por ellos veinte mil doblas de oro, y se los llevó en dos galeras armadas.
Á la masa general de los habitantes se concedió la facultad de rescatarse mediante á suma que pagarian dentro de un término señalado. El contingente de cada individuo, sin distincion, se fijó en treinta doblas de oro, y á buena cuenta del pago general se les habian de recoger todas las alhajas de oro y plata, con los demas objetos de valor que poseian. El plazo se fijó á los ocho meses, con la condicion que si al espirar este término no hubiesen satisfecho la cantidad estipulada, serian todos tratados como esclavos. Para asegurar por parte de los moros el cumplimiento de estas condiciones, se hizo una enumeracion rigurosa de las casas y familias, se tomó razon de todos sus efectos, y se les mandó acudiesen con ellos á unos corrales grandes que habia en la Alcazaba, rodeados de una muralla alta, y que en otro tiempo habian servido para encerrar á los cristianos que los moros cautivaban.
Viérase entonces á estos infelices pasar tristemente por las calles con direccion á la Alcazaba; asi ancianos como jóvenes, asi matronas como doncellas, de las que algunas eran bien nacidas, y criadas con el mayor regalo; y habiendo de desamparar sus casas para sufrir el cautiverio en las agenas, se torcian las manos, y levantaban los ojos al cielo, diciendo: “¡Ó Málaga, ciudad nombrada y hermosa como ninguna! ¿Do está la fortaleza de tus castillos? ¿Do está la hermosura de tus torres? ¿Tus poderosos muros de qué aprovecharon á sus moradores, que desterrados de la dulce pátria van á morir entre extrangeros, ó á vivir en la esclavitud? ¿Qué harán tus viejos y tus matronas, cuando no haya quien honre sus canas? ¿Qué harán tus doncellas, criadas con tanta delicadeza y señorío, cuando se vean en dura servidumbre? ¡Ah, tus naturales, separados para siempre, nunca mas volverán á verse! al hijo arrancan de los brazos de su padre; apartan al marido de su muger, y á los tiernos niños arrebatan del seno de sus madres. ¡Ó Málaga, ciudad de nuestro nacimiento! ¿quién podrá ver tu desolacion, que no derrame lágrimas de amargura?[23]”
Estando ya bien asegurada la posesion de la ciudad, se envió un fuerte destacamento contra las villas de Mijas y Osuna, situadas á la orilla del mar, y se les intimó la rendicion. Los habitantes pidieron las mismas condiciones que se habian concedido á los de Málaga, ignorando cuales fuesen; y habiéndoseles prometido, se rindieron, y fueron todos presos y conducidos con sus efectos á los corrales de la Alcazaba.
Éstos, asi como los cautivos de Málaga, fueron distribuidos entre varios pueblos y familias, hasta tanto que se cumplia el plazo señalado para el pago total de su rescate; pero habiendo espirado los ocho meses estipulados, antes que pudiesen verificarlo, quedaron todos, en número de once mil, segun refieren algunos, y de quince mil, segun otros, condenados á la esclavitud.