CAPÍTULO XXV.
Llega la Reina doña Isabel al campo, y efectos que produjo su venida.
Mohamet Ben Hazen animaba todavia á sus compañeros con la esperanza de que el ejército real abandonase el sitio, cuando una tarde oyeron en el campo cristiano una salva general, y mucha algazara entre la gente. Los centinelas en las atalayas, avisaron al mismo tiempo que un ejército cristiano bajaba de las montañas; y subiendo Mohamed con los demas caudillos á una de las torres mas altas, vió en efecto una fuerza numerosa y suntuosamente equipada que, con sonido de trompetas y otros instrumentos militares, venia ya marchando por el valle adelante con direccion al real. Estando mas cerca aquella hueste, descubrieron una dama primorosamente ataviada; y en su aire magestuoso reconocieron luego á la Reina. Venia montada en una mula con paramentos magníficos, y resplandecientes de oro, que llegaban hasta el suelo. Acompañaban á la Reina la Infanta doña Isabel, su hija, que iba á la mano derecha, y el cardenal de España que estaba á la izquierda, con un séquito lucido de damas y caballeros: despues venian los pages y escuderos, y últimamente una numerosa guardia de hidalgos, cubiertos de una armadura espléndida. El veterano Mohamed, como viese venir la Reina en persona al campo sitiador, perdió de todo punto el ánimo, y volviéndose tristemente á sus capitanes, dijo: “Caballeros, la suerte de Baza está ya decidida.”
Los caudillos moros contemplaron un rato, entre pesarosos y admirados, esta brillante procesion que anunciaba la pérdida de la ciudad; y algunos de ellos, en un rapto de desesperacion, quisieran salir para atacar la escolta real. Pero el príncipe Cidi Yahye, lejos de consentirlo, prohibió que se disparase la artillería, ni se ofreciese á la Reina el menor insulto; pues aun entre los moros era respetado el carácter de Isabel, y los mas de los capitanes de Baza poseian aquella cortesía caballeresca que distingue á los ánimos heróicos; como que en efecto, eran de los caballeros mas valientes de su nacion.
Cuando los habitantes de la ciudad supieron que la Reina se acercaba al campo cristiano, corrieron á apoderarse de todos los puntos elevados que dominaban la vega; y en breve no quedó azotea, torre ni mezquita, que no estuviese coronada de turbantes, por el ansia que tenian todos de ver tan grande espectáculo. Primero vieron salir al Rey, el cual con mucha pompa, y acompañado del marqués de Cádiz, del maestre de Santiago, del almirante de Castilla, y de otros grandes, se adelantó á recibir la Reina: despues venian todos los demas caballeros del Real, magníficamente arreados, y en seguimiento de ellos un gran concurso de gentes, que en obsequio de su amada Reina prodigaban los vivas y aclamaciones. Habiéndose encontrado los Soberanos, se abrazaron; y reunidas las dos comitivas, entraron con pompa marcial en el campo. Entretanto los espectadores de la ciudad, contemplaban maravillados el lujo y esplendor de los vestidos y caparazones, el brillo de las armas, las ricas sedas y brocados, los plumages de diversos colores, y las banderas que ondeaban al viento; al paso que fijaba su atencion una música festiva de cajas, clarines, chirimías y dulzainas, cuyos armoniosos sonidos parecian elevarse al cielo[30].
Caso fue digno de admiracion (dice el coronista Hernando del Pulgar que se halló presente) ver la mutacion repentina que causó en los ánimos de los moros la llegada de la Reina: cesaron las escaramuzas; los rigores de la guerra se mitigaron; y á la turbulencia de los espíritus sucedió una dulce calma: desde alli adelante no disparó la artillería un solo tiro, ni se tomaron armas, como antes, para salir á las peleas; y aunque de la una y de la otra parte se mantenia una vigilante guarda, no se dieron mas combates, ni hubo mas muertes ni violencias.
Con la venida de la Reina, se persuadió el príncipe Cidi Yahye que los cristianos habian hecho propósito firme de proseguir el sitio: veia que al fin tendria que capitular la plaza; y aunque habia prodigado las vidas de sus soldados, mientras le animaba la esperanza de un resultado feliz, no queria verter sangre en una causa desesperada, ni exasperar al enemigo con una resistencia inútil. Habiendo pues, manifestado sus deseos de parlamentar, nombró el Rey al comendador de Leon, don Gutierre de Cárdenas, para que conferenciase con el alcaide Mohamed. Juntándose los dos caudillos en el lugar convenido, con acompañamiento de caballeros de la una y de la otra parte, y saludándose ambos cortesmente, habló primero el comendador de Leon, manifestando al alcaide en un discurso enérgico, cuán vano y peligroso era continuar en su defensa, y recordándole los males que habia padecido la ciudad de Málaga por su pertinacia. “De parte de mis Soberanos, dijo el comendador, os ofrezco, si luego entregais la ciudad, que todos los moradores de ella serán tratados como subditos, y protegidos en su religion, en su libertad, y en la posesion de sus bienes. Si vos que tanta fama teneis de capitan juicioso y experimentado, rehusais admitir este partido, entonces serán cargo vuestro las muertes, cautiverios y estragos que padecerá la ciudad de Baza.”
Esto dijo el comendador, y Mohamed volvió á la ciudad para consultar á sus cólegas. Era evidente que la rendicion de Baza no se podia escusar; pero la entrega de una plaza tan importante, sin haber sostenido un asalto, pareció á los caudillos moros que seria mengua de su reputacion. Asi pues, pidió el príncipe Cidi Yahye licencia para enviar un mensagero á Guadix, con una carta para el anciano Rey el Zagal, tratando de la entrega. Concedióse la licencia, juntamente con un salvo conducto para el enviado, y partió Mohamed Ben Hazen para desempeñar tan delicado encargo.