CAPÍTULO XXXV.

Combate que se dió á consecuencia de haber salido la Reina á mirar la ciudad de Granada; y hazaña de Garcilaso de la Vega.

Habiendo manifestado la Reina sus deseos de ver de mas cerca la ciudad de Granada, tan célebre en todo el mundo por su hermosura, previno el marqués de Cádiz una escolta poderosa, para protegerla, y á las damas de su corte, mientras disfrutase esta peligrosa satisfaccion. Todo lo mejor y mas lucido del real salió para acompañar á la Reina: la pompa de la corte se juntó en esta expedicion con el aparato de la guerra, y veíase relucir las armas del guerrero por entre las plumas, sedas y brocados de las damas.

Llegando la escolta á una aldea llamada Zubia, que está en un cerro á la izquierda de Granada, donde se descubre la Alhambra y lo mejor de la ciudad, se colocaron el marqués de Villena, el conde de Ureña, y don Alonso de Aguilar, con sus batallones, en la ladera del cerro; y el marqués de Cádiz, con otros caballeros, se puso en órden de batalla en el llano, al rostro de la ciudad. Con estas precauciones pudo la Reina disfrutar cumplidamente la vista de la ciudad desde la azotea de una casa que le estaba prevenida en el lugar. Igual satisfaccion tuvieron las damas de su comitiva, las cuales, contemplando las rojas torres de la Alhambra que descollaba sobre frondosas alamedas, anticipaban la gloria de ver entronizados en aquel recinto á los Soberanos Católicos, y brillando en aquellos salones la caballería de Castilla.

Los moros cuando vieron á los cristianos ordenados en la llanura, creyeron que se les queria presentar batalla, y se apresuraron á admitirla. Salió de la ciudad un escuadron de caballería muy lucida, cuyos ginetes regian con maravillosa destreza sus ligeros y briosos caballos. Iban los moros primorosamente armados; sus vestidos eran de diversos colores y muy vistosos, y en los jaeces de los caballos resplandecian el oro y los bordados. Este era el escuadron favorito de Muza, que se componia de la flor de la juventud granadina: siguieron otros escuadrones, unos armados de todas piezas, otros á la gineta, con solo lanza y adarga; y últimamente salieron los batallones de infantería con sus arcabuces, ballestas, lanzas y cimitarras.

Al ver las tropas que salian de la ciudad, envió la Reina al marqués de Cádiz prohibiéndole que atacase al enemigo, ni admitiese desafios ó escaramuzas, porque no queria que su curiosidad costase la vida á ningun viviente. Prometió el Marqués obedecer, aunque con poco gusto suyo, y muy corta voluntad de sus caballeros. Los moros, no sabiendo á qué atribuir la inaccion del enemigo, que al parecer los habia llamado á la pelea, se salian de sus filas, retaban á los cristianos, y llegaban bastante cerca para tirar sus lanzas dentro de las batallas enemigas. Mas no por eso se descompuso la formacion de los cristianos, que no osaban contravenir las terminantes órdenes de la Reina.

Mientras prevalecia esta tranquilidad violenta en toda la línea cristiana, salió de la ciudad un caballero moro de gran cuerpo y estatura, y armado de todas piezas; rodela espaciosa, enorme lanza, alfange damasquino, y una daga primorosamente guarnecida. Venia con la visera calada; pero en su divisa se echó de ver que era Tarfe, el mas insolente, pero tambien el mas intrépido, de los guerreros de Granada, y el mismo que habia arrojado su lanza contra el pabellon de la Reina. Sugetando un fogoso caballo que parecia participar de la fiereza de su dueño, se acercó el moro, y pasó sosegadamente por delante de la línea cristiana. Pero ¡cuál seria la sorpresa de los caballeros españoles, cuando vieron atada á la cola del caballo, y arrastrada en el polvo, la misma tablilla con el Ave María que Pulgar habia fijado en la puerta de la mezquita! El horror y la indignacion se difundieron por todo el ejército. Pulgar no se hallaba presente; pero Garcilaso de la Vega determinó substituirle, y partiendo á toda prisa á Zubia, se echó á los pies de la Reina, é impetró su permiso para vengar este insulto. Volviendo entonces á cabalgar, embrazó su broquel flamenco, empuñó su fuerte lanza, y calada la visera, salió al encuentro del moro, y lo desafió al combate. Trabóse la pelea á la vista de ambos ejércitos, y en presencia de la Reina y de su comitiva. El choque fue terrible; las lanzas, hechas astillas, saltaron en el aire, y Garcilaso, derribado sobre el arzon de la silla, se vió en el mayor peligro; pero felizmente pudo cobrar las riendas, y poniéndose bien en su caballo, revolvió contra su enemigo. Acometiéronse entonces con las espadas. Las grandes fuerzas del moro, y la ligereza de su caballo, que le obedecia con maravillosa prontitud, le daban la superioridad sobre Garcilaso; pero éste se le aventajaba en la destreza, y en la facilidad con que paraba los golpes del alfange, que relumbraba en derredor de su cabeza. Empezaba á correr la sangre y á desfallecer el esfuerzo de uno y otro combatiente, cuando el moro, confiando en su mucha fuerza, se arrojó sobre su contrario, y se asió con él á brazos para arrancarle de la silla. En esta lucha vinieron los dos al suelo: cayendo el moro encima, paso una rodilla en el pecho de su víctima, y levantó en alto un puñal en ademan de clavárselo por la garganta. Los guerreros cristianos prorumpieron en un grito de desesperacion; pero en el mismo instante vieron al moro caer exánime en la arena. Garcilaso habia aprovechado la ocasion en que su contrario alzó el brazo para herirle, y acortando su espada, se la clavó hasta el corazon. Asi terminó este combate en que se observaron cumplidamente las leyes del duelo, pues nadie intervino en favor del uno ni del otro. Garcilaso despojó á su contrario, cobró la tablilla, y poniéndola en la punta de su espada, volvió en triunfo al ejército, que le recibió con gritos de alegría.

En esto habia llegado el sol al meridiano, y los capitanes moros irritados por el vencimiento de su campeon, determinaron atacar al enemigo. Empezaron á hacerles fuego con dos tiros de artillería, que muy pronto produjeron alguna confusion en las filas cristianas. Notándolo Muza, mandó avanzar á la carga, y dieron sus tropas con tal furia en los cuerpos avanzados de los cristianos, que los hicieron retroceder hasta las batallas del marqués de Cádiz. No pudiendo ya evitar la batalla, se adelantó el Marqués con mil y doscientas lanzas que mandaba, y dióse principio á un combate general. La suerte se declaró muy brevemente contra los moros, que batidos y atemorizados se entregaron á la fuga, huyendo unos á la ciudad, otros á los montes. Los cristianos siguieron el alcance hasta las mismas puertas de Granada, causando al enemigo una pérdida de mas de dos mil hombres: ganaron asimismo los dos tiros de artillería, y no hubo en aquella jornada lanza cristiana que no se bañase en sangre mora[43].

Tal fue esta corta pero sangrienta accion, denominada por los vencedores la escaramuza de la Reina. En conmemoracion de esta victoria, fundó doña Isabel en la aldea de Zubia un monasterio de Franciscanos, en que se ve un laurel que dicen fue plantado por ella misma[44].