CAPÍTULO XXXVII.
De la construccion de la ciudad santa Fé, y de la capitulacion de Granada.
Los moros, aunque desanimados por el descalabro que acababan de sufrir, todavia se lisonjeaban que el incendio del real y las próximas lluvias del otoño, pondrian al Rey Católico en la necesidad de levantar el campo y de retirar sus tropas. Pero las medidas que tomó Fernando, destruyeron muy pronto esta esperanza. Para convencer á los moros que su resolucion era perseverar en el asedio de la plaza hasta rendirla, mandó construir una ciudad formal en el mismo sitio que ocupaba el campo. La ejecucion de tan árdua empresa se encargó á nueve ciudades principales que rivalizaron entre sí con un celo digno de tan justa causa. En muy poco tiempo se vieron subir fuertes muros, poderosas torres y sólidos edificios, donde antes no habia mas que ligeras tiendas y humildes chozas. Cuatro calles principales atravesaban la ciudad en forma de cruz, terminando en cuatro puertas que miraban á los cuatro vientos. En el centro habia una plaza espaciosa, donde cabia un ejército entero. Á esta ciudad se habia determinado dar el nombre de Isabel, nombre tan amado del ejército y de la nacion; pero esta piadosa princesa no quiso sino que se llamase santa Fé, que es como se denomina al dia presente. Hecha la ciudad, acudieron á ella los comerciantes con todo género de mercancías, establecieron sus almacenes con abundancia de efectos muy preciosos, y dieron á aquella poblacion un aire de prosperidad que contrastaba singularmente con el silencio y soledad que reinaban en la capital vecina.
Entretanto, los rigores de la hambre empezaban á estrechar á los sitiados. Un convoy de víveres y dinero que venia para Granada desde las Alpujarras, cayó en manos del marqués de Cádiz, y fue conducido por él al campo sin que los moros, que lo veian, se lo pudiesen estorbar. Llegó el otoño, pero no habia cosechas; se acercaba el invierno, y ya la escasez de provisiones iba haciéndose muy sensible en la ciudad. Empezaron á desmayar los ánimos, y á desfallecer las fuerzas, y el pueblo, en sus recelos, recordaba los vaticinios de los astrólogos cuando nació su malhadado Monarca, con todo lo que se habia pronosticado de la suerte de Granada cuando la toma de Zahara.
Alarmado Boabdil por los peligros que le amagaban de fuera, y por los clamores de su pueblo, convocó un consejo compuesto de los capitanes principales del ejército, de los alcaides de las fortalezas, de los xeques ó sábios de la ciudad, y de los alfaquís ó doctores de la fé. Reunidos en la Alhambra, les requirió Boabdil que le propusiesen medidas para ocurrir á la necesidad extrema en que se hallaban. La desesperacion estaba retratada en los semblantes de los consejeros, y respondieron todos: la rendicion. El intendente, Abul Casim Abdelmelec, representó el estado deplorable de las cosas: “Nuestros graneros, dijo, están exhaustos; la comida de los caballos la toman los soldados para sí, y los mismos caballos los matan para su sustento; por manera que de siete mil que habia, no quedan sino trescientos: tenemos en fin, un vecindario de doscientas mil almas, que son otras tantas bocas que claman lastimosamente por los medios de subsistir.” Los xeques y ciudadanos principales confirmaron la relacion de Abul Casim, diciendo que no habia mas alternativa que entregarse ó morir.
Boabdil permaneció un rato silencioso y triste, y se mostró profundamente conmovido. Los consejeros, conociendo que vacilaba la resolucion del Rey, unieron sus votos, y le instaron de nuevo que otorgase la rendicion. Solo Muza se manifestó opuesto, diciendo que aun era temprano para tratar de la entrega, y que no estaban aun apurados los recursos. “Uno resta, añadió, terrible en sus efectos, y que en las ocasiones vale las mas cumplidas victorias; es la desesperacion. Animemos al pueblo, hagamos el último esfuerzo, y muramos si es preciso. ¡Por mí mas quiero que me cuenten en el número de los que perecieron en defensa de la pátria, que en el de los que presenciaron su estrago!”
Las palabras de Muza no produjeron efecto alguno: la experiencia de tantas calamidades tenia postrados los ánimos de sus oyentes, y el abatimiento público habia llegado á aquel grado en que el mas entusiasta se torna discreto, y en que se desatiende á los héroes para escuchar los consejos de los ancianos. Cedió Boabdil al voto general, se acordó la capitulacion, y se despachó al intendente Abul Casim Abdelmelec para tratar de las condiciones con los Soberanos.
Habiéndose presentado Abul Casim con este objeto en el real cristiano, fue recibido con mucho agasajo por los Reyes, que nombraron para tratar con él á Gonzalo de Córdoba y al secretario Fernando de Zafra; y despues de algunas conferencias se pusieron por escrito las capitulaciones siguientes:
Habria suspension de armas por espacio de setenta dias y si en este tiempo no venian socorros al Rey moro, se entregaria la ciudad de Granada.
Á todos los cautivos cristianos se pondria en libertad sin rescate.
El Monarca moro y sus caballeros principales, harian pleito homenage á los Soberanos de obedecerles y guardarles fidelidad; concediendo éstos á Boabdil ciertas tierras en las Alpujarras para su mantenimiento.
Los moros de Granada quedarian por vasallos de la corona de Castilla, conservarian sus bienes, caballos y armas, (menos la artillería) serian protegidos en el egercicio de su ley, y gobernados por sus cadis, con sujecion á las autoridades puestas por el Rey: estarian exentos de tributos por espacio de tres años, y los que despues se les exigiese, no serian mayores de los que habian pagado siempre á sus Reyes.
Los que quisiesen pasar al África, podrian verificarlo, con sus efectos, en embarcaciones que se les daria sin coste alguno.
Entretanto que se cumplian estas condiciones, se darian en rehenes cuatrocientos hijos de los ciudadanos moros mas principales, debiéndose al mismo tiempo restituir al Rey de Granada su hijo, y entregar todos los demas rehenes que habian quedado en poder de los Soberanos.
Volviendo á Granada el Wazir Abul Casim con estas capitulaciones, las presentó al Divan como únicas que se concedian. Cuando los consejeros vieron llegar el terrible momento en que debian firmar y sellar la perdicion de su imperio, y en que Granada iba á ser borrada del número de las naciones, faltó en todos ellos la firmeza, y en algunos pudo tanto el sentimiento que derramaron lágrimas. No asi Muza, que conservando su serenidad, dijo: “Señores, dejad el llanto á los niños y mugeres, y tengamos corazon, no para derramar lágrimas, sino hasta la última gota de sangre. Veo tan caidos los ánimos que parece ya imposible salvar la pátria. Pero queda un recurso á los nobles pechos, que es la muerte. La madre tierra recibirá lo que produjo, y al que faltare sepultura que le esconda, no fallará cielo que le cubra. No quiera Alá que se diga que los granadinos nobles no osaron morir por la pátria.”
Acabó Muza de hablar, y un alto silencio prevaleció en toda la asamblea. Volvió Boabdil los ojos en derredor, y en todos los semblantes no vió sino el abatimiento y la resignacion. “¡Alá achbar!, exclamó, ¡Dios es grande! en vano es el oponerse á la voluntad del cielo: demasiado cierto es que nací para ser en todo infortunado, y que el reino de Granada debe espirar bajo mi dominio.” “¡Alá achbar!, respondieron los visires y alfaquís, hágase la voluntad de Dios.” Ya se disponia el consejo á firmar las capitulaciones, cuando Muza, lleno de indignacion, volvió á levantarse, y dijo. “No os engañeis pensando que los cristianos serán fieles á sus promesas, ni creáis que su Rey será tan generoso vencedor, como venturoso enemigo. La muerte es lo menos que debemos temer: el saqueo de la ciudad, la profanacion de los templos, los ultrajes, las afrentas, la violacion de nuestras mugeres, calabozos, cadenas y esclavitud; he aqui las miserias que verán las almas viles: yo, por Alá, no las veré.” Diciendo estas palabras se salió muy airado, y habiendo tomado armas y caballo, partió de la ciudad por la puerta de Elvira, y nunca mas pareció[47].
Asi refieren los historiadores árabes el suceso de Muza Ben Abul Gazan; pero posteriormente parece haberse adquirido alguna luz sobre su suerte. Dice un coronista antiguo que la tarde de aquel dia, una partida de caballeros cristianos que discurria por las márgenes del Jenil, en número poco mas ó menos de veinte lanzas, vieron venir por el mismo camino un guerrero moro armado de punta en blanco, que traia calada la visera, la lanza en ristre, y su caballo cubierto asimismo de una armadura completa. Los cristianos iban armados á la ligera, con adarga, lanza y casco, pues habiéndose establecido la tregua, no pensaban ser acometidos; pero como viesen venir hácia ellos á este guerrero desconocido con aire tan hostil, le gritaron que se tuviese, y que declarase quien era. El moro, sin responder palabra, arremetió por medio de ellos, y atravesando á uno con la lanza, lo derribó de su caballo. Revolviendo entonces, acometió á los demas con el alfange: sus golpes eran furiosos y mortales, y parecia pelear no por la gloria sino por la venganza, no por conservar su vida sino por dar la muerte; pues todo su afan era herir en los cristianos sin cuidar de su defensa. Casi la mitad de los caballeros yacian muertos ó heridos por el suelo, sin que el furibundo moro hubiese recibido aun ninguna herida grave; tal era la finura y fuerza de las armas que llevaba; pero al fin cayó su caballo atravesado de una lanza, y él mismo, herido malamente, vino tambien al suelo. Los cristianos, admirando su valor, quisieron perdonarle la vida; pero el moro siguió defendiéndose de rodillas con un puñal agudo hasta quedar enteramente exhausto y sin fuerzas para combatir. Entonces, haciendo el último esfuerzo, se arrojó desesperado al rio, y se fue al fondo con el peso de las armas.
Este guerrero desconocido era Muza Ben Abul Gazan; su caballo fue reconocido por algunos moros que habia en el real cristiano; pero la verdad del hecho nunca se ha podido averiguar de todo punto, por las dudas que le rodean.