Leyenda del Astrólogo Árabe.

En cierto tiempo, hace muchos siglos, reinaba en Granada un rey moro llamado Aben-Habuz, el cual era un conquistador retirado de los negocios; esto es, un hombre que despues de haber llevado en su juventud una vida de hostilidades y rapiñas continuas, cuando se vió viejo y débil, ya no deseó otra cosa sino vivir en paz con todo el mundo, poner á cubierto sus laureles, y gozar tranquilamente de los estados que habia usurpado á sus vecinos.

Sucedió sin embargo, que este monarca tan razonable y pacífico, tuvo que medir sus fuerzas con algunos rivales jóvenes, que hallándose con todo el fuego de su pasion á la gloria y á los combates, estaban decididos á pedirle cuentas de lo que habia usurpado á sus padres. Algunos puntos distantes de su territorio, que en los dias de su mocedad no se atrevian á rebullirse bajo su mano de hierro, trataron tambien de alborotarse ahora que aspiraba al descanso, llegando á amenazar á la capital. De modo que el desventurado Aben-Habuz, atacado en lo interior y en lo esterior, vivia en continuo sobresalto en medio de las montañas que rodean á Granada, sin saber por qué parte romperian las hostilidades.

En vano levantó atalayas en los montes, en vano hizo guardar todos los pasos por tropas estacionarias, que tenian órden de anunciar la proximidad de los enemigos con fuegos por la noche y ahumadas durante el dia: las habia con enemigos mas activos y vigilantes que él, y que á pesar de todas sus precauciones hallaban siempre medios de penetrar en sus tierras por algun desfiladero, talaban el pais y se llevaban consigo muchos prisioneros. ¿Se vió nunca un conquistador retirado y pacífico mas atormentado que el pobre Aben-Habuz? Hallábase en tan triste situacion, abrumábanle las tribulaciones que por todas partes le rodeaban, cuando se presentó en su córte un médico árabe. Bajábale hasta la cintura una barba blanca y poblada, y todo su aspecto anunciaba una estrema vejez; mas no por esto habia dejado de hacer el viage á Egipto, á pie y sin mas ayuda que el apoyo de un baston en el que estaban grabados algunos geroglíficos. Habíale precedido su celebridad: llamábase Ibrahim Eben Abou Agib, creíasele nacido en tiempo de Mahoma, y se decia que su padre Abou Agib habia sido el último compañero de este profeta. El Eben Abou Agib de que ahora hablamos, habiendo seguido en su juventud el egército victorioso de Amrou en Egipto, fijó su residencia en este pais, en donde permaneció muchos años con el objeto de estudiar las ciencias abstractas, y particularmente la mágia con aquellos sacerdotes. Decíase ademas que poseía el secreto de prolongar la vida, y que por su medio habia cumplido ya mas de dos siglos: la lástima era que habia descubierto el secreto siendo ya muy viejo, y solo habia podido perpetuar sus rugas y sus canas.

Este famoso anciano fue honrosamente acogido por el rey, que como la mayor parte de los monarcas viejos, empezaba ya á manifestar una aficion decidida á los médicos y á los astrólogos. Quiso hospedar á este en su palacio; mas el sábio moro prefirió para su habitacion una caverna de la colina que dominaba á Granada, que fue precisamente la misma en donde mas adelante se edificó la Alhambra. La hizo ensanchar, convirtiéndola en una vasta sala, y practicó en el techo una abertura circular, que comunicando con el esterior, facilitaba el que pudiesen verse las estrellas al lleno del dia, bien así como se ven desde el fondo de un pozo. Las paredes de la sala estaban cubiertas de geroglíficos egipcios, signos cabalísticos, y figuras de las estrellas y constelaciones, y ademas toda la caverna estaba llena de instrumentos que fabricaron bajo la direccion del sábio los artistas mas inteligentes de Granada; mas estos instrumentos tenian cualidades ocultas que solo Ibrahim conocia.

En poco tiempo logró este ser el consejero íntimo del rey, el cual no hacia nada sin consultarle. Cierto dia, hallándose Aben-Habuz con su confidente, se lamentaba lleno de dolor de la injusticia de sus vecinos, y de la continua vigilancia que tenia precision de observar para estorvar sus invasiones. Cuando hubo acabado de lastimarse, le miró el astrólogo en silencio por algunos momentos, y tras esto le dirigió en corta diferencia estas palabras: «Sabe, ó rey, que cuando yo estuve en Egipto ví una gran maravilla, que era obra de una princesa pagana de los tiempos antiguos. Sobre una montaña que domina una ciudad considerable, situada á la orilla del Nilo, se veía la figura de un carnero de bronce, y encima de este estaba un gallo del mismo metal; todo ello giraba sobre un quicio, y cuantas veces se veía el pais amenazado de alguna invasion, se volvia el carnero hácia la parte por donde venia el enemigo, y cantaba el gallo; lo cual advertia á los habitantes de la ciudad del peligro en que se hallaban, indicándoles al mismo tiempo el punto hácia donde debian dirigir su defensa.

—¡Gran Dios! esclamó el pacífico Aben-Habuz, ¡qué tesoro seria para mí un carnero semejante, que sin cesar tuviese la vista fija en las montañas que me rodean, y un gallo queme advirtiese en caso de peligro! ¡Allah Akbar! ¡Cuánto mas tranquilo dormiria yo si velasen tales centinelas en lo alto de mi palacio!»

El astrólogo dejó pasar los primeros trasportes del rey, y continuó así:

«Despues que el victorioso Amrou (¡téngale Allah en descanso!) hubo acabado la conquista de Egipto, me quedé yo entre los antiguos sacerdotes de este pais, con los cuales estudié los ritos y ceremonias de su idolatría, procurando principalmente penetrar los conocimientos ocultos que les han dado tanta celebridad. Estando un dia en conversacion con un sacerdote anciano, sentados ambos á la orilla del Nilo, me señaló con el dedo las enormes pirámides que se levantaban como unos montes en medio del desierto, y me dijo al mismo tiempo estas palabras: «Todo lo que yo puedo enseñarte no es nada en comparacion de los conocimientos que esas masas gigantescas encierran. En el centro de la pirámide del medio se halla una cámara sepulcral y en donde reposa la momia del gran sacerdote que ayudó á edificar ese enorme edificio, y con él está enterrado tambien un libro maravilloso, que contiene todos los secretos del arte mágica. Este libro lo poseyó Adan antes de su caida, y pasó de padres á hijos hasta el sábio rey Salomon, á quien fue de gran provecho para la construccion del templo de Jerusalen; mas el modo cómo llegó despues al arquitecto de las pirámides, aquel que nada ignora podrá solo decirlo.»

«Luego que oí estas palabras del sacerdote egipcio ardió mi corazon en deseos de poseer el libro; y como podia disponer de una parte del egército victorioso, agregué á ella cierto número de egipcios, y con su ausilio acometí la empresa de penetrar en la sólida masa de la pirámide. Despues de largos trabajos logré descubrir uno de los tránsitos secretos del edificio; le seguí, y arrastrándome al traves de un laberinto lóbrego y espantoso, me introduje en la cámara sepulcral del centro, en donde reposaba hacia muchos siglos la momia del gran sacerdote. Rasgué sus vestiduras esteriores, y desatando las vendas que ceñian el cadáver, hallé al fin el precioso volúmen. Cogíle con mano trémula, y salí presuroso de la pirámide, dejando á la momia del gran sacerdote esperando el último dia en el silencio y la oscuridad de su sepulcro.

—¡Hijo de Abou Agib! esclamó Aben-Habuz, eres ciertamente un gran viagero, y has visto cosas maravillosas; ¿mas qué tengo yo que ver con el secreto de la pirámide, ni con el libro de la ciencia del sábio Salomon?

—Vas á saberlo, ó rey. Con el estudio constante de este libro me he instruido en todos los secretos de la mágia, y puedo mandar á los genios que me ayuden en la egecucion de mis planes. Conozco el misterio del talisman de Bursa, y puedo construir otro semejante y darle todavía mas fuerza.

—¡Ó sábio hijo de Abou Agib! dijo Aben Habuz enagenado de alegria; semejante talisman vale mas que las centinelas que tengo en la frontera y las atalayas de los montes. Dame luego esa feliz salvaguardia, y toma todas las riquezas de mi tesoro.»

El astrólogo puso luego manos á la obra para satisfacer los deseos del viejo monarca. Al efecto hizo construir una altísima torre en lo mas elevado del palacio, frente la colina del Albaicin; y es fama que las piedras que sirvieron para su construccion fueron sacadas de una de las pirámides de Egipto. La parte superior de la torre la ocupaba una sala de figura circular, con ventanas que caían á todos los puntos del horizonte; delante de cada una de estas ventanas habia una mesa, y sobre ella, á manera de un juego de ajedrez, estaba colocado un pequeño egército, compuesto de infantería y caballería con su rey á la cabeza, labrado todo en madera. Junto á cada mesa se veía ademas una lanza del tamaño de un punzon, en la cual estaban grabados ciertos caracteres caldeos. La rotunda estaba siempre cerrada con una puerta de bronce y una reja de acero, cuya llave guardaba el rey. En lo mas alto de la torre habia sobre un quicio una figura de bronce, que representaba un guerrero moro con una adarga en la una mano y una lanza en la otra: tenia la cara vuelta hácia la parte de la ciudad, en actitud de velar sobre ella; mas en el momento en que se acercaba algun enemigo, se volvia hácia el punto amenazado, enristrando al mismo tiempo la lanza.

Concluido que estuvo el talisman, impaciente Aben-Habuz de esperimentar su eficacia, deseaba una invasion tanto como antes la habia temido. No tardaron á cumplirse sus deseos: acababa de amanecer una mañana, cuando el centinela de la torre avisó al rey que el guerrero de bronce estaba vuelto hácia la parte de Elvira, y su lanza apuntaba en línea recta al paso de Lope.

«Corre pues, dijo el rey, que los atambores y trompetas toquen inmediatamente al arma, y acuda á la defensa toda Granada.

—Ó rey, dijo el astrólogo, deja descansar á tus guerreros, que no es necesaria la fuerza para librarte de los enemigos. Manda que se retiren tus criados, y subamos solos á la pieza secreta de la torre.»

El anciano Aben-Habuz subió la escalera de la torre, apoyado en el brazo de Ibrahim Eben Abou Agib, que aun era mas viejo, y abriendo la puerta de bronce se entraron ambos en la rotunda, en donde encontraron abierta la ventana que miraba al paso de Lope. «Por este lado, dijo el astrólogo, viene el peligro; acércate, ó rey, y contempla las maravillas de la mesa.»

Llegóse Aben-Habuz al tablero en donde estaban colocadas las figuritas de madera, y advirtió con gran sorpresa que todas estaban en movimiento. Los caballos caracoleaban y batian el suelo con los pies, los guerreros blandian las lanzas, y oíase como en miniatura el sonido de las trompetas y atambores, el crugido de las armas y el relincho de los corceles; mas todo esto no producia sino un ruido muy débil, semejante al zumbido de una abeja.

«Ves aquí, ó gran rey, dijo el astrólogo, la prueba de que tus enemigos están en campaña y deben venir por el paso de Lope. ¿Quieres introducir la confusion en sus filas por medio de un terror pánico, y forzarlos á que se retiren sin efusion de sangre? no tienes mas que herir esas figuras con el asta de la lanza mágica; mas si por el contrario quieres sangre, tócalas con la punta.»

El semblante del pacífico Aben-Habuz se cubrió por un momento de un colorido cárdeno, y el movimiento de su cana y poblada barba descubria el trasporte que agitaba todos los músculos de su rostro: tomó con mano trémula la lanza y se acercó á la mesa. «Hijo de Abou Agib, dijo, creo que se verterá una poca sangre.»

Dichas estas palabras hirió con la punta de la lanza algunas de aquellas figuras mágicas, y tocó las otras con el cuento. Los primeros guerreros cayeron al momento muertos sobre el tablero, y los demas revolviéndose unos contra otros, trabaron confundidos un combate, cuyos resultados eran en corta diferencia iguales para unos y otros.

No costó poco trabajo al astrólogo el contener la mano del monarca mas pacífico, para impedirle que esterminase hasta el último de sus enemigos; mas al fin consiguió hacerle bajar de la torre para enviar espias á los montes por el paso de Lope.

Regresados estos, refirieron al rey que un egército cristiano, cruzando la sierra, habia llegado casi hasta las puertas de Granada; mas que de repente, suscitándose entre ellos una quimera, habian vuelto sus armas unos contra otros, y despues de un combate muy encarnizado, se habian retirado á sus fronteras.

El buen Aben-Habuz no cabia en sí de contento al ver tan cumplidamente acreditada la eficacia de su talisman. «Ya en fin, decia, voy á pasar una vida tranquila, pues que tengo en mis manos la suerte de mis enemigos. Sábio hijo de Abou Agib, ¿qué recompensa podré ofrecerte por tan señalado beneficio?

—Las necesidades de un anciano y un filósofo son muy simples y reducidas: proporcionadme, ó rey, los medios para convertir mi caverna en un retiro habitable, nada mas deseo.

—He aquí la modestia del verdadero sábio,» esclamó Aben-Habuz interiormente, muy satisfecho de lo moderado de la peticion; y llamando á su tesorero, le mandó que entregase á Ibrahim todas las sumas que le pidiese, ora para acabar de construir su retiro, ora para amueblarle.

El astrólogo hizo abrir en la peña muchas piezas que formaron una habitacion contigua á su salon mágico; luego las amuebló con ricos canapes y soberbias camas, y cubrió las paredes de hermosas colgaduras de damasco. «Soy viejo, decia; mis huesos no pueden ya descansar sobre un lecho de piedra; estas paredes son húmedas y es preciso vestirlas.»

Dispuso tambien se construyesen unos baños, provistos de toda especie de perfumes y aceites aromáticos. «Porque los baños, decia, son necesarios para combatir la estenuacion de la edad, y restituir la morbidez y la frescura á un cuerpo fatigado por el estudio.»

Hizo colgar en todo el edificio una multitud prodigiosa de lámparas de plata y cristal, en las cuales ardia un aceite odorífero, cuya receta habia encontrado en los sepulcros egipcios, el cual tenia la propiedad de arder sin consumirse, y despedia un apacible resplandor. «La luz del sol, decia el astrólogo, es demasiado viva y fuerte para los cansados ojos de un pobre viejo; la de la lámpara es la que conviene para los estudios de un filósofo.»

Entre tanto el tesorero de Aben-Habuz iba ya regañando al entregar las sumas, que cada dia se le pedian para acabar el retiro, hasta que al fin dirigió sus quejas al rey.

«Está empeñada mi palabra real, dijo Aben-Habuz encogiéndose de hombros, y no hay sino prestar paciencia. Ese viejo quiere imitar en su retiro filosófico lo que vió en lo interior de las pirámides y en los vastos edificios de Egipto; mas todas las cosas tienen un término, y el mueblage de la caverna tendrá sin duda el suyo.»

No se engañaba el rey; por fin se concluyó el retiro, y quedó formado un palacio subterráneo de inaudita magnificencia.

«Ya estoy contento, dijo Ibrahim Eben Abou Agib al tesorero; ahora voy á encerrarme en mi celda y á consagrar todo mi tiempo al estudio. Nada deseo ya sino una friolera; una pequeña distraccion para llenar los intervalos de mis tareas abstractas.

—Ó sábio Ibrahim, pide lo que quieras, que tengo órden de proveerte de todo lo que necesites en tu soledad.

—Pues entonces, dijo el filósofo, no me desagradaria el tener conmigo algunas bailarinas.

—¡Bailarinas! esclamó sorprendido el tesorero.

—Sí, bailarinas, repitió gravemente el sábio; pero con pocas habrá bastante, porque yo soy un viejo y un filósofo: mis costumbres son muy sencillas y sé contentarme con poco; solo os encargo que sean jóvenes y graciosas, porque la vista de la juventud y la hermosura alegra y reanima la vejez.»

Mientras el filósofo Ibrahim Eben Abou Agib pasaba sábiamente su vida del modo que se ha dicho en su solitario retiro, el pacífico Aben-Habuz hacia gloriosas campañas en efigie en la rotunda de su torre. Á la verdad para un rey de sus años y de su humor era una cosa muy cómoda y agradable aquel talisman, por cuyo medio, al mismo tiempo que se divertia á sus solas, podia derrotar poderosos egércitos, ni mas ni menos que si fueran enjambres de moscas.

Gozó por algun tiempo de este placer, y aun algunas veces solia insultar á sus enemigos, sin mas objeto que el de inducirlos á que le atacasen; mas habiéndolos hecho prudentes sus repetidas desgracias, ninguno de ellos se atrevió ya á invadir el territorio de Aben-Habuz. Por espacio de muchos meses permaneció la figura de bronce bajo el pie de paz con su lanza perpendicular, y el buen rey empezaba ya á echar menos la acostumbrada diversion, y á fastidiarse en gran manera de su monótona tranquilidad.

Al fin llegó un dia en que el guerrero mágico giró súbitamente sobre su ege, y puso la lanza en ristre con direccion á los montes de Cádiz. Inmediatamente subió Aben-Habuz á la torre; pero quedó sorprendido al no ver ningun movimiento en el tablero que estaba colocado en la direccion indicada por el talisman: ni uno solo de los pequeños guerreros se movia. Inquieto el rey con esta novedad, envió á los montes una compañía de caballos, con órden de reconocerlos y darle cuenta de lo que descubriesen. Tres dias estuvieron ausentes los soldados, y cuando volvieron al cabo de este tiempo, dijeron á su señor:

«Hemos recorrido todos los desfiladeros de los montes, y no hemos descubierto picas ni capacetes: lo único que hemos hallado en nuestra espedicion es una jóven cristiana de peregrina hermosura, que estaba durmiendo junto á una fuente, y nos la hemos traido cautiva.

—¡Una jóven de peregrina hermosura! esclamó Aben-Habuz, brillando en sus ojos la alegria; que la traigan luego á mi presencia.»

Llevaron con efecto ante el viejo rey á la hermosa doncella, en cuyo trage se veía todo el lujo que distinguia á los godos españoles en la época de la invasion de los sarracenos. Las negras trenzas de sus cabellos estaban entretejidas con rastras de finísimas perlas; los diamantes que brillaban en su frente rivalizaban con la hermosura de sus ojos, y de la cadena de oro que pendia de su cuello colgaba hasta el lado izquierdo una lira de plata.

El fuego que lanzaban sus negros y brillantes ojos cayó á manera de rayo sobre el corazon de Aben-Habuz, que á pesar de su vejez, todavía era combustible, y estaba contemplando con éxtasis el esvelto y gracioso talle de la jóven.

«¡Ó la mas hermosa de las mugeres! esclamó; ¿quién eres? ¿cómo te llamas?

—Soy hija de uno de los príncipes godos, á quienes obedecia hace poco este pais. Los egércitos de mi padre han quedado destruidos como por encanto en esas montañas: él ha sido desterrado de su suelo natal, y su triste hija se halla ahora cautiva.

—¡Guarda, ó rey! dijo en voz baja Ibrahim, esa jóven podria muy bien ser una de aquellas magas del norte, que toman las formas mas seductoras para coger en sus lazos á los imprudentes que se fian de ellas. Yo creo leer la hechicería en sus ojos y en todos sus movimientos; no lo dudes, este es el enemigo que señalaba el talisman.

—Hijo de Abou Agib, contestó el rey, tú eres un gran filósofo, y á mas á mas un gran mágico, yo lo concedo; pero no sabes una palabra de lo que concierne á las mugeres. Sobre este punto no cedo en conocimientos á nadie del mundo, incluso el mismo Salomon á pesar del prodigioso número de sus mugeres y concubinas. En cuanto á esta jóven, yo no veo en sus ojos nada de espantoso, y toda su persona agrada singularmente á los mios.

—Ó rey, replicó el astrólogo, escúchame: yo te he procurado con mi talisman un sinnúmero de victorias, sin haber tenido jamas la menor parte en los despojos de los vencidos. Concédeme pues esta cautiva para que amenice con su lira mi soledad; que si es en efecto maga, yo tengo conmigo contrahechizos que harán ilusorias sus artes.

—¿Aun necesitas otra muger? contestó ya amostazado Aben-Habuz, ¿no te bastan las bailarinas para amenizar como dices tu soledad?

—Sí, tengo bailarinas; pero no tengo cantoras, y me convendría un poco de música para descansar y reanimar mi espíritu cuando se halla fatigado por el estudio.

—Basta ya de peticiones para el retiro, dijo el rey encolerizado; esta doncella está destinada á consolar mi vejez en el harem.»

Nuevas pretensiones y nuevos argumentos de parte del astrólogo, solo sirvieron para provocar una negativa mas decisiva de la del monarca; con lo que se separaron llenos uno y otro de despecho. El sábio se encerró en su soledad para digerir allí el desaire; mas antes de retirarse, volvió á decir al rey que no se fiase de la peligrosa cautiva. ¿Pero qué viejo enamorado dió jamas oidos á semejantes consejos? Aben-Habuz soltó las riendas á la pasion que le dominaba, y puso todo su estudio en hacerse amable á los ojos de la bella cristiana. Á la verdad no podia agradarla por su juventud; mas era rico, y los amantes viejos son de ordinario muy generosos. El Zacatin de Granada fue despojado de sus mas preciosas mercaderías: las ricas telas de seda, los diamantes, los perfumes, cuanto ofrecian de mas raro y costoso el África y el Asia era prodigado á la princesa. Inventábanse para divertirla toda suerte de espectáculos y de fiestas: torneos, conciertos, bailes, corridas de toros; Granada en fin se habia convertido en la mansion de los placeres. La princesa goda lo miraba todo como persona acostumbrada á la magnificencia, y recibia los obsequios y los presentes del rey como unos tributos debidos á su rango, ó mas bien á su belleza: que el orgullo de la hermosura es aun mayor que el de la nobleza. Sentia un placer secreto en empeñar al fascinado monarca en unos gastos que agotaban su tesoro, mirando su estravagante profusion como una cosa muy sencilla; mas á pesar de sus atenciones y generosidad, el venerable amante no podia envanecerse de haber hecho la menor impresion en el corazon de la cautiva; porque si bien es cierto que no le recibia jamas con semblante adusto, no lo es menos que nunca le concedia una sonrisa. Apenas empezaba á hablarle de su amor, hacia ella resonar las cuerdas de su lira, y este sonido tenia tal encanto, que luego que llegaba á los oidos de Aben-Habuz, caía el pobre viejo en un sueño profundo, del que salia luego fresco, alegre y momentáneamente libre de su pasion. El efecto de esta música no podia ser peor para el éxito de su galantería; mas como en estos instantes de adormecimiento, estaban sus sentidos embelesados con sueños agradables, siguió soñando de este modo al lado de su hermosa, al mismo tiempo que toda Granada se mofaba de su infatuacion, y murmuraba sin rebozo al verle prodigar sus tesoros á cambio de canciones.

Entre tanto amenazaba á Aben-Habuz un peligro, sobre el que no podia darle ningun aviso su talisman. Estalló una insurreccion en la capital, y el populacho armado cercó el palacio, pidiendo á gritos su cabeza y la de la cristiana. Encendióse en el corazon del rey una chispa de su antiguo valor; salió á la cabeza de unos cuantos de sus guardias, puso en fuga á los rebeldes, y el alboroto quedó sofocado en su orígen.

Restablecida la tranquilidad, se fue á ver al astrólogo, que devorado por el despecho, estaba encerrado en su retiro, y alimentaba contra el rey el mas amargo resentimiento.

Llegóse á él Aben-Habuz, y le dijo con semblante franco y amistoso: «Sábio hijo de Abou Agib, razon tenias cuando me anunciaste que la hermosa cautiva atraeria sobre mí muchos peligros; mas ya que eres tan profundo en la ciencia de anunciar los males, dime ahora qué es lo que debo hacer para evitarlos.

—Separar de tu lado á la infiel que los causa.

—¡Antes perder el reino! dijo con resolucion Aben-Habuz.

—Te arriesgas á perder uno y otro, replicó el astrólogo.

—No seas tan áspero y desconfiado, ¡ó el mas profundo de los filósofos! Conduélete de la doble desgracia de un monarca y un amante, y busca algun medio de libertarme de los peligros que me amenazan. Nada me importan ya el poder ni la grandeza, solo suspiro por la tranquilidad. ¿No me seria dado hallar algun asilo, en donde lejos del mundo, de sus pompas y de su bullicio, consagrase el resto de mis dias al reposo y al amor?»

El astrólogo le miró por algunos momentos frunciendo las pobladas cejas.

«¿Y qué me darias, le dijo en fin, si te procurase un retiro semejante?

—Tú mismo señalarias la recompensa, y si estaba en mi mano concedértela, te aseguro sobre mi palabra que podias mirarla como tuya.

—¿Has oido hablar, ó rey, del jardin de Hirám, uno de los prodigios de la Arabia Feliz?

—Sí, el Alcorán habla de ese jardin en el capítulo titulado la Aurora del dia. Ademas he oido referir muchas cosas maravillosas á los peregrinos de la Meca; pero siempre creí que eran cuentos de viageros.

—No desprecies, ó rey, las relaciones de los viageros, replicó con semblante grave el astrólogo; porque en ellas se encierran raros conocimientos, trasportados de un estremo á otro de la tierra. En cuanto al palacio y jardin de Hirám, en general es cierto lo que refieren.... yo he visto uno y otro por mis propios ojos.... Escucha bien lo que voy á referirte, porque mi aventura tiene relaciones muy íntimas con el objeto de tu pretension.

«En mis primeros años, cuando yo no era mas que un simple árabe del desierto, guardaba los camellos de mi padre. Atravesando un dia el desierto de Eden se descarrió uno de ellos, y yo le busqué en vano por espacio de muchos dias: estenuado en fin de fatiga á la hora en que se halla el sol en el meridiano, me quedé dormido bajo una palma, al lado de un pozo que estaba casi seco. Al despertarme me encontré á la puerta de una ciudad, y habiendo entrado en ella ví unas calles hermosas, plazas y mercados espaciosos; mas todo estaba silencioso como la tumba: la ciudad parecia inhabitada. Anduve, errando por todas partes, hasta que descubrí un palacio situado en medio de un jardin adornado de fuentes, estanques, bosquecillos llenos de flores y árboles frondosos cargados de frutos. Sin embargo, ningun viviente se mostraba aun en aquel lugar de delicias. Espantado de tanta soledad, salí apresuradamente del palacio y de la ciudad, y habiéndome alejado algunos pasos, me volví para contemplarla; pero ya no ví nada, sino el desierto que se estendia hasta perderse de vista.

«Poco despues encontré á un viejo dérvis muy versado en los secretos y tradiciones del pais, á quien referí mi aventura. «Lo que has visto, me dijo, es el célebre jardin de Hirám, una de las maravillas del desierto, el cual aparece de cuando en cuando á los viageros estraviados como tú, los divierte con la vista de sus torres, jardines y árboles cargados de frutos, y se desvanece al momento, dejando en su lugar una inmensa y árida soledad. En los tiempos antiguos, cuando este pais estaba habitado por los Additas, el rey Sheddah, hijo de Ad, biznieto de Noé, fundó en él una ciudad magnífica, y cuando estuvo concluida y vió su grandeza y hermosura, enchido de orgullo su corazon, resolvió levantar un palacio y unos jardines que igualasen á lo que refiere el Alcorán de las bellezas del paraiso. Pero su presuncion atrajo sobre él la maldicion del cielo: él y todo su pueblo desaparecieron de la tierra, y su opulenta ciudad, su palacio y sus jardines fueron puestos bajo la influencia de un encanto que los separa de la vista de los hombres, fuera de ciertos momentos en que aparece para perpetuar la memoria de su pecado.»

«Esta historia y las maravillas que habia visto no se borraron jamas de mi imaginacion, y cuando estuve mas adelante en Egipto, dueño ya del libro del sábio Salomon, resolví visitar de nuevo el jardin de Hirám. Le hallé en efecto con el ausilio de mi libro, tomé posesion de él, pasé muchos dias en aquella imitacion del paraiso, y obedientes á mi poder mágico los genios que le guardan, me revelaron los encantos por cuya fuerza habia sido construido, y los que le hacian invisible.

«Yo pues, ó rey, puedo construirte un palacio semejante en la montaña que domina la ciudad; conozco todos los secretos mágicos y poseo el libro del sábio Salomon: nada es inaccesible á mi poder.

—¡Ó hijo de Abou Agib! ¡ó el mas sábio de todos los hombres! dijo Aben-Habuz ardiendo en deseos, ¡tú eres un gran viagero, tú has visto y aprendido cosas maravillosas! Débate yo un paraiso semejante, y pide en recompensa cuanto quieras, que yo te lo concedo, aunque sea la mitad de mi reino.

—¡Ah! replicó el astrólogo, ya sabes que yo no soy mas que un anciano, un pobre filósofo bien fácil de contentar; no te pido otra cosa sino la primera cabalgadura que pase por la puerta del palacio mágico, con la carga que lleve.»

Aceptó gustoso el monarca esta modesta condicion y el astrólogo puso manos á la obra. Ante todo, en la cumbre de la colina que dominaba inmediatamente su retiro subterráneo, hizo erigir una gran portada, que pasaba por el centro de una torre fortísima. Sobre la piedra fundamental del arco esterior que formaba el pórtico, esculpió el mismo mágico una mano gigantesca, y en la del arco interior, encima de las puertas, representó una gran llave; cuyas figuras eran poderosos talismanes, sobre los cuales pronunció ciertas palabras en lengua desconocida.

Concluida esta puerta, permaneció por espacio de dos dias encerrado en su cámara mágica, y el tercero se subió á la colina, y se estuvo en la cumbre hasta alta noche. Bajó á esta hora, y presentándose á Aben-Habuz: «En fin, ó rey, le dijo, ya está terminada mi obra: en la cumbre de ese monte he erigido el palacio mas delicioso que pudo inventar jamas el ingenio humano; allí está reunido todo lo que puede contribuir á la felicidad de la vida; salones magníficos, jardines sombríos y floridos, fuentes cristalinas, baños perfumados: en una palabra, la colina se ha trasformado en un paraiso; y á la manera que el palacio de Hirám, se halla tambien este protegido por un encanto de gran poder, que le hace invisible á todos los que no poseen el secreto de su talisman.

—Basta, dijo lleno de júbilo Aben-Habuz: mañana al despuntar la aurora subiremos á la colina, y tomaremos posesion de esa morada de ventura.» Aquella noche durmió poco el monarca, y apenas los primeros rayos del sol comenzaban á dorar los picos de Sierra-Nevada, montó en su caballo, y seguido de una corta y escogida comitiva, subió la colina por un camino angosto y escarpado. Al lado de Aben-Habuz iba la princesa, montada en un palafren blanco; su trage estaba sembrado de diamantes, y del hermoso cuello colgaba segun costumbre la lira de plata. El astrólogo, que nunca montaba á caballo, caminaba á pie al otro lado del rey, apoyado sobre su baston geroglífico.

Hacíase todo ojos Aben-Habuz, esperando ver en lo alto las torres del palacio con sus jardines y bosquecillos; mas nada podia descubrir. «Ved ahí, dijo el astrólogo, en lo que consiste la seguridad y el misterio de este lugar: nada puede distinguirse hasta que se ha pasado la puerta encantada.»

Luego que llegaron delante de la puerta, deteniéndose el astrólogo, enseñó al rey la mano y la llave misteriosas grabadas sobre el arco. «Las figuras que veis, dijo, son los talismanes que guardan la entrada de este paraiso: entre tanto esa mano no se baje hasta tocar la llave, ningun poder humano, ningun artificio mágico podrá triunfar del señor de esta colina.»

Mientras Aben-Habuz contemplaba embelesado, y en un silencio de admiracion y pasmo los misteriosos talismanes, el palafren de la princesa, que seguia caminando, se entró por el pórtico hasta el centro de la torre.

«He aquí, dijo el astrólogo, la recompensa que me habeis prometido; la primera cabalgadura que entre por estas puertas mágicas, con la carga que lleve.»

Sonrióse Aben-Habuz, creyendo que era un chiste del viejo; mas cuando conoció que hablaba con seriedad, temblaron de indignacion las canas de su barba.

«Hijo de Abou Agib, dijo con airado semblante, ¿qué significa este engaño? Bien sabes tú lo que yo creí prometer: la primera cabalgadura que entrase por la puerta con la carga que llevase. Ve pues, toma la mula mas poderosa de mis caballerizas, cárgala de los objetos mas preciosos que se hallen en mi tesoro, tuya es; mas no levantes tus pensamientos hasta la que forma, las delicias de mi corazon.

—¿Y qué se me da á mí de tu oro ni de tus riquezas? dijo con aire de desprecio el astrólogo. ¿No poseo yo el libro del sábio Salomon? ¿No tengo á mi disposicion todos los tesoros de la tierra? La princesa me pertenece de derecho: tu palabra real está empeñada, yo la reclamo como alhaja mia.»

Á todo esto, desde lo alto de su palafren les dirigia la princesa mirandas altivas, y se sonreía desdeñosamente al contemplar á aquellos dos vestiglos disputándose la posesion de su juventud y belleza.

Despues de un largo debate, dominando la rabia del monarca sobre su prudencia, esclamó: «¡Hijo vil del desierto! tú puedes ser sábio en mas de una ciencia; pero reconoce en mí á tu señor, y no lleves la temeridad hasta el punto de burlarte de tu rey.

—¡Tú mi señor! replicó el astrólogo, ¡tú mi rey! ¡El soberano de una ratonera daria leyes al que posee el libro de Salomon! Adios, Aben-Habuz, reina en tu pequeño reino, y gózate en tu paraiso de los locos; que yo voy á reirme á tus espensas en mi retiro filosófico.»

Dichas estas palabras, cogió de la brida el palafren de la princesa, hirió la tierra con el baston y se hundió con la hermosa dama al traves del centro de la torre. Tras esto se cerró la tierra sobre sus cabezas, sin dejar el menor rastro de la abertura por donde habian desaparecido.

Quedó Aben-Habuz tan asombrado, que por algunos momentos no acertó á articular una palabra. Vuelto al fin de su sorpresa, dispuso que mil obreros hiciesen una escavacion profunda en el sitio por donde se habia hundido el astrólogo: trabajaron con teson, pero todos sus esfuerzos fueron vanos: en algunos puntos saltaban los picos rechazados por la peña, y la tierra llenaba en otros el hoyo practicado, casi tan pronto como lo habian hecho. Aben-Habuz buscó en la falda de la montaña la boca de la caverna que conducia al palacio subterráneo del pérfido mago; pero no fue posible descubrirla, pues en el lugar donde estaba la entrada de la cueva, no se veía ya otra cosa que la roca firme y unida.

Entre tanto, con la desaparicion de Ibrahim Eben Abou Agib perdieron la eficacia sus talismanes: el guerrero de bronce quedó inmóvil, vuelto el semblante hácia la colina, y con la lanza apuntada al sitio por donde se habia hundido el astrólogo, como si quisiera indicar que se ocultaba allí el mayor enemigo de Aben-Habuz.

Algunas veces se oían en aquel sitio los sonidos de un instrumento, y los acentos de una voz de muger, que apenas se distinguian, y al parecer salian de las entrañas de la tierra. Cierto dia refirió un labrador al rey que la noche anterior habia notado en la peña una hendedura, y habiéndose introducido por ella habia distinguido á gran profundidad un salon subterráneo, en el cual, recostado el astrólogo sobre un magnífico sofá, dormitaba dando cabezadas al sonido de la lira de la princesa, que segun los efectos egercia un poder mágico sobre sus sentidos.

Buscó Aben-Habuz esta hendedura; mas no le fue posible encontrarla, porque sin duda habia vuelto á cerrarse. Tambien reiteró las tentativas de la escavacion; mas fueron tan infructuosas como las primeras: y es que ningun poder humano podia superar al encanto de la mano y la llave. En cuanto á la cumbre del monte, donde debian haberse construido el palacio y los jardines ofrecidos, ora fuese que dicho elíseo permaneciese invisible por efecto del encanto, ora que no hubiese existido jamas, y solo fuera una fábula del astrólogo; lo cierto es que allí no se veía otra cosa que una soledad árida; y escabrosa. Las gentes adoptaron piadosamente la última opinion, y unos llamaban á aquel sitio la Locura del rey, y otros el Paraiso de los locos.

Para poner el colmo á las desgracias de Aben-Habuz, los vecinos, á quienes habia desafiado, insultado y deshecho á su placer cuando poseía el talisman, habiendo llegado á conocer que ya no se hallaba protegido por la mágia, invadieron por todos los puntos su territorio, de modo que el resto de la vida del mas pacífico de los monarcas fue una serie de guerras y disturbios.

En fin, Aben-Habuz murió, y hace algunos siglos que está enterrado; y sobre la colina venturosa se edificó mas adelante la Alhambra, que realiza en cierto modo las fábulas del jardin de Hirám. El pórtico encantado, que se conserva aun entero, protegido sin duda por la mano y llave misteriosas, forma la puerta llamada del Juicio y la entrada principal de la fortaleza; y es opinion comun que el astrólogo permanece todavía bajo este pórtico en el salon subterráneo, dormitando en su sofá al son de la lira de la princesa.

Los inválidos que dan la guardia de dicha puerta, suelen oir estos sonidos en las noches de verano, y cediendo entonces á su virtud soporífica, se quedan tranquilamente dormidos en sus puestos. Todo lo cual, segun las leyendas, debe perpetuarse de edad en edad: la princesa, dicen, permanecerá cautiva del astrólogo, y el astrólogo sometido á la mágia somnífera de la princesa hasta el dia del juicio; á menos que la mano, empuñando la llave fatal, deshaga antes el encanto de la montaña.

Historia del príncipe Ahmed Al Kamel, ó el peregrino de amor.

Antiguamente habia en Granada un rey, que solo tenia un hijo, llamado Ahmed, á quien los cortesanos, á causa de los signos indubitables de superioridad que notaron en él desde su tierna infancia, le dieron el sobrenombre de Al Kamel, que quiere decir El Perfecto. Las predicciones de los astrólogos se conformaban bastante con esta lisonja, pues habian leido en los astros que el príncipe seria el mas perfecto y dichoso de los soberanos. Una sola nube amenazaba su destino, y aun en esta se distinguia cierto color purpúreo que la hermoseaba: habíale dotado naturaleza de una propension irresistible al amor, y esta pasion le habia de hacer correr grandes riesgos. Con todo, si se conseguia libertarle de sus ataques hasta la edad madura, se desvanecerian estos peligros, y su vida ofreceria una serie no interrumpida de prosperidades.

Confiado el rey en los consejos de los astrólogos, adoptó la sábia resolucion de hacer educar al príncipe en un retiro absoluto, en donde no pudiese ver un rostro femenil, ni llegase á sus oidos el solo nombre de amor. Can esta mira hizo construir en la colina que domina la Alhambra un palacio suntuoso, y le rodeó de deliciosos jardines, cercados de murallas altísimas, que son los mismos que conocemos al presente con el nombre de Generalife.

En este retiro fue encerrado el jóven Ahmed Al Kamel, bajo la tutela de Eben Bonabben, filósofo árabe de saber profundo; pero de carácter severo é insensible. Habia este pasado la mayor parte de su vida en Egipto, ocupado en el estudio de los geroglíficos, y en hacer investigaciones científicas en los sepulcros y en las pirámides; y de ahí es que á sus ojos tenia mucho mas atractivo una momia egipcia, que la belleza viviente mas seductora. Confióse pues á tan digno preceptor la educacion del príncipe, previniéndole le instruyese en toda clase de conocimientos, escepto uno solo: debia ignorar completamente todo lo relativo al amor.

«Emplead, le dijo el rey, cuantas precauciones creais necesarias para conseguir este objeto; y tened presente, ó Eben Bonabben, que si mi hijo llega á adquirir la menor noticia de este objeto vedado, pagareis con la cabeza esta trasgresion á mis órdenes.»

Una sonrisa forzada conmovió el descarnado rostro del sábio Bonabben al oir esta amenaza. «Tan seguro podeis estar vos de vuestro hijo como yo de mi cabeza. ¿Creeis que un hombre como yo habia de ir á dar al príncipe lecciones de amor?»

Bajo la vigilante custodia del filósofo fue creciendo el príncipe, prisionero en aquellos jardines y palacio. Servíanle esclavos negros y mudos, de figura horrible, que ó no tenian ninguna noticia del amor, ó carecian de palabras para comunicarlas. Eben Bonabben trabajaba con teson en formar el entendimiento de su alumno, enriqueciéndole con toda suerte de conocimientos, y señaladamente con las ciencias abstractas de los egipcios; mas el príncipe hacia muy pocos progresos en estas últimas, y su Mentor se convenció muy pronto de que no se hallaba en él ninguna aptitud para la metafísica. Sin embargo, tenia une docilidad estraordinaria en un príncipe, y estaba siempre pronto á seguir las opiniones de los demas, dejándose guiar por el último que le aconsejaba: tanto que resistiendo con no pequeño esfuerzo los ataques del sueño, escuchaba con una paciencia verdaderamente egemplar los doctos y perdurables discursos de Bonabben, que dejaron en su espíritu una idea ligera de casi todas las ciencias. De este modo llegó felizmente Ahmed á los veinte años de su edad; mas aunque podia pasar por un prodigio de saber, ignoraba absolutamente lo que era amor.

Por este tiempo se cambiaron las costumbres del príncipe: abandonó de todo punto los estudios, y pasaba los dias vagando por los jardines, ó sentado á la orilla de una fuente, abismado en profundas cavilaciones. Habíanle enseñado algunos principios de música, y empleaba una parte del dia en cultivar este arte, manifestando al mismo tiempo una aficion naciente á la poesía. Estos caprichos sobresaltaron al sábio Eben Bonabben, el cual trató de desvanecerlos por medio de un curso de álgebra; mas el príncipe tenia horror á todo lo que era cálculo: «No puedo soportar el estudio del álgebra, dijo; necesito alguna cosa que hable á mi corazon.

—¡Medrados estamos! dijo para sí el sábio preceptor, meneando la despoblada cabeza. ¡Adios filosofía! el príncipe ha descubierto que hay corazon.» Desde entonces dobló la vigilancia con que celaba todos los pasos y acciones de su alumno, y no tardó en conocer que su propension natural á la terneza se habia ya desarrollado, y solo necesitaba un objeto para acabar de manifestarse. Veíasele con frecuencia discurriendo sin direccion por los jardines embebecido en una especie de enagenamiento, cuya causa ignoraba él mismo: algunas veces parecia hallarse sumergido en una ilusion deliciosa; otras tomaba un laud, y pulsándole con blandura, le hacia producir los sonidos mas tiernos, tras lo cual solia arrojarle con despecho lejos de sí, suspirando y prorumpiendo en esclamaciones apasionadas.

Esta disposicion al amor la manifestaba hasta con los objetos inanimados: tenia algunas flores favoritas, á las que prodigaba las atenciones mas asiduas; tomó cariño á muchos árboles, y uno en particular le inspiró la mas viva pasion por su graciosa forma y delicado ramage, que se inclinaba al suelo blandamente. Esculpia su nombre en la corteza, adornaba sus ramas con guirnaldas, y acompañándose con el laud, cantaba coplas en su alabanza.

El sábio Eben Bonabben entró en graves temores al observar en su alumno estos síntomas de escitacion: veíale al umbral de la ciencia vedada, el menor indicio bastaba ya para descubrirle el secreto fatal. Temblando pues por la seguridad del príncipe y por su propia cabeza, se apresuró á alejarle de las seducciones del jardin, y con este objeto le confinó en la torre mas alta del Generalife. Contenia esta magníficas habitaciones, desde donde descubria la vista un horizonte inmenso; pero su elevacion la separaba de aquella atmósfera embalsamada, de aquellos bosquecillos risueños, tan peligrosos para el sobrado sensible Ahmed.

Mas era necesario conciliar al príncipe con esta medida violenta, y procurarle alguna distraccion que le hiciese mas llevadera su soledad. Habia ya apurado todos los estudios amenos, y no podia hablársele de álgebra ni de nada que se le pareciese; mas por fortuna Eben Bonabben se acordó de que en otro tiempo habia aprendido en Egipto la lengua de los pájaros, la cual le enseñára un rabino judío, que la habia heredado directamente del sábio Salomon. Al solo nombre de esta ciencia brillaron de alegria los ojos del príncipe, el cual se aplicó á su estudio con tal teson, que en poco tiempo se halló tan versado en ella como su mismo maestro.

La torre del Generalife dejó desde entonces de ser una soledad para Ahmed, pues este tenia á toda hora con quien hablar. Su primer conocimiento de vecindad fue el de un gavilan, que tenia su guarida en una hendidura de las almenas, desde cuya elevacion se lanzaba sobre la presa que á lo lejos descubria. Mas el príncipe halló poco agradable la amistad de este pájaro: verdadero pirata del aire, su conversacion se componia únicamente de fanfarronadas sobre sus rapiñas, su valor y sus hazañas.

Mas adelante se relacionó Ahmed con un buho de aspecto grave y presumido, cabeza voluminosa y ojos redondos y espantados. Este pasaba todo el dia dormitando en un agujero de la muralla, de donde no salia hasta la noche: picábase de sábio; de cuando en cuando dejaba escapar algunas voces campanudas sobre la astrología; hablaba de la luna, y daba á entender que no era del todo estraño á las ciencias ocultas; mas estaba furiosamente apasionado á la metafísica, y sus disertaciones eran aun mas intolerables que las del sábio Eben Bonabben.

Algunas veces tambien solia el príncipe comunicar con un murciélago, que pasaba el dia pegado á la pared en un rincon oscuro de la bóveda, y solo salia al anochecer para dar algunos paseos, por decirlo así, con chinelas y gorro de dormir. Esta ave no tenia tampoco sino ideas superficiales de todo, se mofaba de las cosas que ignoraba, ó de que solo habia adquirido conocimientos imperfectos, y no hallaba placer en nada.

Completaba la plumífera sociedad una golondrina, con quien el príncipe trabó al principio estrechas relaciones: era una habladora eterna, pero muy picotera y quisquillosa; y como nunca paraba en un punto, se hacia imposible tener con ella una conversacion seguida.

Tales eran los únicos compañeros con quienes podia el príncipe egercitar la nueva ciencia, que habia adquirido; porque la torre estaba demasiado elevada para que pudiesen frecuentarla otras aves. Cansóse pronto de sus nuevos conocimientos, cuya conversacion, poco interesante para su espíritu, no decia nada á su corazon, y poco á poco volvió á caer en su primera melancolía. Pasó el invierno, y volvió la primavera con su séquito de flores y verdura, y su dulce y balsámico aliento; llegó el tiempo dichoso en que las aves vuelan de dos en dos á labrar sus nidos en la enramada. De repente, cual si correspondieran á una señal convenida, se levantó de las florestas del Generalife un concierto de dulce melodía, y llegó hasta los oidos del príncipe en la elevada soledad de su torre. Todas las voces cantaban el mismo tema: Amor, amor, amor: esto era lo que se oía proferir en todos los tonos. Escuchaba el príncipe en silencio perplejo y sobresaltado: «¿Qué será este amor, discurria, que parece ocupar al mundo entero, al paso que á mí me es absolutamente desconocido?» Quiso tomar algunas noticias por medio de su amigo el gavilan; mas este bribon le respondió con tono de burla: «Dirigíos á las pacíficas y vulgares aves de la tierra, destinadas á servirnos de pasto á nosotros los príncipes del aire; ellas podrán satisfacer vuestras preguntas: por lo que á mí hace, no conozco mas oficio que la guerra, ni otras delicias que los combates; en una palabra, soy un guerrero é ignoro de todo punto lo que es amor.»

El príncipe se apartó de él disgustado, y se fue á buscar al buho que estaba escondido en su retiro. «Este, decia, es un pájaro sensato y reflexivo, que sin duda podrá darme las noticias que necesito.» Con efecto, suplicó al buho que le dijese qué venia á ser el amor que cantaban en aquel momento todas las aves de las florestas inmediatas á la torre.

Á esta pregunta se manifestó el buho sorprendido é incomodado. «Mis noches, contestó con cierto aire de dignidad ofendida, están consagradas á las investigaciones científicas, y mis dias á rumiar en mi retiro todas las especies que he recogido en mis viages. Por lo que hace á esas aves vocingleras de que me hablais, jamas me he cuidado de escucharlas; porque las desprecio á ellas y á los objetos de sus necias canciones. Yo no canto, loado sea Allah; soy un filósofo é ignoro de todo punto lo que es amor.»

Oida esta respuesta, se trasladó el príncipe al rincon, en donde su amigo el murciélago estaba colgado de las patas, y despertándole, le dirigió la misma pregunta. El murciélago, frunciendo el hocico, puso un gesto el mas ceñudo y emperrado, y le respondió regañando. «¿Á qué venís ahora á interrumpir de este modo mi sueño de la mañana para hacerme una pregunta necia? Yo no salgo sino al anochecer cuando se hallan durmiendo todas las demas aves, y nunca me mezclo en sus negocios. Á Dios gracias, no pertenezco á las aves ni á los cuadrúpedos; he descubierto los vicios de unos y otros, y los aborrezco á todos igualmente. En una palabra, soy misantropo é ignoro de todo punto lo que es amor.»

En último recurso acudió el príncipe á la golondrina, y la detuvo á la que pasaba en uno de sus círculos por lo mas elevado de la torre.

La golondrina, segun su costumbre, andaba muy atrafagada, y apenas se detuvo el tiempo preciso para contestar: «Os aseguro sobre mi palabra, le dijo, que como tengo que acudir á tantas cosas de interes general, no me he detenido jamas á pensar en el objeto de que me hablais. Todos los dias tengo cien visitas que hacer, y otros tantos negocios importantes que examinar, los cuales no me dejan tiempo para ocuparme en los frívolos objetos de las canciones que se oyen en derredor de los nidos. En una palabra, soy cosmopolita é ignoro de todo punto lo que es amor.»

Quedó Ahmed en la misma duda, y su curiosidad se aumentó todavía con la dificultad de satisfacerla. Hallándose un dia discurriendo sobre este objeto misterioso, entró en la torre su anciano preceptor, y viéndole el príncipe corrió luego á su encuentro, y le dijo con el mayor interes: «¡Ó sábio Eben Bonabben! tú me has revelado una gran parte de la sabiduría de la tierra; mas hay una cosa que ignoro absolutamente, y en la que tengo vivos deseos de instruirme.

—Diríjame mi príncipe las cuestiones que quiera, y toda la inteligencia de su siervo está á sus órdenes.

—Dime pues, ó el mas profundo de los filósofos, ¿cuál es la naturaleza de esa cosa que se llama amor?»

El sábio Eben Bonabben quedó tan asombrado como si hubiese caido un rayo á sus pies; tembló, perdió el color, y le pareció que la cabeza le bamboleaba ya sobre los hombros.

«¿Y quién ha podido sugerir á mi príncipe semejante pregunta? ¿En dónde ha aprendido esa palabra vana?»

El príncipe, llevando á su preceptor á la ventana: «Escucha, le dijo, Eben Bonabben.» Escuchó el sábio, y oyó el dulce canto de un ruiseñor, que escondido en un bosquecillo que estaba al pie de la torre, dirigia tiernas querellas á su amada: de todos los rosales, de todas las ramas floridas salian trinos melodiosos, que espresaban el mismo pensamiento: Amor, amor, amor, era el tema de todos los cantos.

«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! esclamó el sábio Bonabben; ¿quién será osado á ocultar al hombre este secreto, cuando las mismas aves del aire conspiran á revelárselo?»

Entonces volviéndose á Ahmed: «¡Ó príncipe mio! le dijo juntando las manos, cierra los oidos á esos cantos peligrosos; huye de tan nocivo conocimiento. Sabe que la mitad de los males que afligen á la humanidad no reconocen otra causa que ese funesto amor: él es el que fomenta la discordia y el rencor entre los hermanos y los amigos; él enciende la guerra, él escita á la traicion. Los cuidados, la tristeza, los dias inquietos, las noches sin sueño; he aquí sus efectos. Marchita la flor, destruye la alegria de la juventud, y lleva consigo los males y los pesares de una vejez prematura. Consérvete Allah, ó príncipe mio, en la feliz y total ignorancia de esa cosa que se llama amor.»

Dichas estas palabras se salió el sábio Bonabben, dejando al príncipe en una perplejidad mas profunda aun que la que le mortificaba antes de hablarle. En vano procuraba separar de su imaginacion este objeto que absorvia todas sus ideas: á pesar suyo le ocupaba continuamente, y su espíritu se fatigaba y se perdia en vanas congeturas. «Seguramente, decia prestando oidos á las dulces canciones de las aves, estos acentos no tienen nada de tristes, y antes bien, parece que solo espresan placer y ternura. Si el amor causa tantas desgracias y enemistades, ¿en qué consiste que estas aves no están todas gimiendo en la soledad, ó bien despedazándose unas á otras, en vez de revolotear alegremente por las selvas, y juguetear bulliciosas entre las flores?»

Cierta mañana, tendido blandamente en su lecho, discurria entre sí sobre este misterio inesplicable. Abierta la ventana, penetraba por ella el fresco vientecillo, que despues de empaparse en el suave aroma de los azahares que florecen á la orilla del Darro, subia á recrear los sentidos del príncipe; oíase á lo lejos la voz del ruiseñor que repetia su tema acostumbrado, y cuando el príncipe le escuchaba suspirando, oyó cerca de sí el ruido de las alas de un ave. Perseguido por el gavilan un hermoso palomo, se entró en su aposento y cayó palpitando en el suelo; y el gavilan, viéndose privado de la presa, dirigió el vuelo hácia los montes.

Levantó el príncipe al pobre palomo que estaba medio muerto, le besó y le abrigó en su seno. Luego que lo hubo tranquilizado con sus caricias, le puso en una jaula de oro, y le presentó con sus propias manos trigo del mas puro y agua cristalina. El ave sin embargo se negaba á tomar alimento, y permanecia con la cabeza caida, lamentándose con tono lastimero.

«¿De qué te afliges? decia Ahmed, ¿no tienes todo lo que puede desear tu corazon?

—¡Ah! no, replicó el palomo; ¿por ventura no estoy separado de mi amada compañera, y precisamente en la época feliz de la primavera, en la estacion hermosa de los amores?

—¡De los amores! replicó Ahmed, ¡ah! yo te lo suplico, ave graciosa, ¿podrias decirme lo que es amor?

—¡Ay príncipe mio! ¡Demasiado! El amor hace el tormento de uno, la felicidad de dos, y se convierte en una fuente de enemistades y desgracias si llegan á ser tres. Es un encanto poderoso que atrae mútuamente á dos séres, y los une con la mas dulce simpatía; los hace dichosos si están unidos; pero muy dignos de lástima cuando se hallan separados. Mas ¿acaso no existe ningun sér con quien os haya unido un afecto tierno?

—Sí, yo amo á mi anciano preceptor Eben Bonabben mas que á ningun otro sér conocido; pero sin embargo suele parecerme fastidioso, y algunas veces me creo mas feliz en su ausencia que en su compañía.

—No trato yo de esa clase de afecto: hablo del amor, del gran misterio y principio de la vida, de la felicidad inefable de la juventud y delicia tranquila de la edad madura. Mira en torno de tí, príncipe mio, y verás como todo respira amor en esta deliciosa estacion: de cuantas criaturas existen, no hay una que no tenga su compañera; el mas pequeño pajarillo canta para agradar á su amada; el insecto, que apenas se distingue sobre la yerba, busca tambien á su querida, y esas mariposas que suben volando hasta por encima de la torre, y vagan jugueteando por el aire, son felices por su mútua ternura. ¡Ah príncipe mio! ¿será posible que hayas perdido los dias mas preciosos de tu juventud sin conocer el amor? ¿Ningun sér de sexo diferente, ninguna hermosa princesa, ninguna jóven agraciada ha cautivado tu corazon, y hecho nacer en tu seno una dulce inquietud, un conjunto agradable de penas y deseos?

—Ya empiezo á comprenderte, dijo el príncipe suspirando; mas de una vez he esperimentado una inquietud semejante á la que me dices sin adivinar la causa. Mas reducido á esta espantosa soledad, ¿dónde podré hallar un objeto tal como tú le pintas?»

La conversacion continuó aun por algun tiempo sobre el mismo objeto, y la primera leccion que recibió el príncipe fue completa.

«¡Ay! esclamó despues, si el amor es una felicidad tan grande, y tanta pena causa la ausencia del objeto amado, ¡no permita Allah que yo turbe la alegria de dos amantes!»

Dicho esto abrió la jaula, sacó el palomo y le dejó sobre la ventana. «Ve, dijo, ave dichosa, goza con la amada de tu corazon los hermosos dias de la juventud y la deliciosa estacion de la primavera. ¿Con qué razon habia yo de retenerte en este triste encierro, adonde jamas podrá penetrar el amor?»

Batió el ave las alas en señal de contento, formó un círculo en el aire, y voló como una flecha hácia los floridos bosquecillos del Darro.

Siguióla Ahmed con los ojos hasta perderla de vista, y quedó sumergido en la mas profunda tristeza. El canto de las aves que tanto le complacia pocos momentos antes, redoblaba ahora sus penas ¡Amor, amor, amor! ¡Ah pobre jóven! Entonces conoció el significado de este tema tan repetido.

La primera vez que vió al sábio Bonabben despues de esta conversacion, le dirigió una mirada de resentimiento. «¿Por qué me has dejado en tan crasa ignorancia? le dijo encolerizado. ¿Por qué me ha de ser desconocido el gran misterio, el principio de la vida que está al alcance del mas humilde insecto? La naturaleza entera se entrega en este momento á los mas dulces placeres; todas las criaturas se gozan con una compañera, y ve ahí precisamente ese amor que yo queria conocer. ¿Por qué he de ser yo el único que se halle privado de sus delicias? ¿Por qué he de haber pasado los dias mas floridos de mi juventud, sin conocer la felicidad que puede proporcionar?»

El sábio Bonabben conoció sobradamente que ya era inútil toda reserva, puesto que el príncipe habia adquirido la ciencia prohibida. Le reveló pues las predicciones de los astrólogos; y le enteró de las precauciones que se habian tomado en su educacion para conjurar la tempestad que le amenazaba.

«Ahora, príncipe mio, añadió, teneis mi vida en vuestras manos. Si el rey vuestro padre llega á entender que bajo mi vigilancia habeis aprendido lo que es amor, perezco sin remedio; porque respondí con mi cabeza de vuestra completa ignorancia en esta materia.»

Era el príncipe mas razonable de lo que pudiera esperarse de un jóven de su edad, y así escuchó las reflexiones de su preceptor con tanta mayor deferencia, cuanto que nada le hablaba contra ellas. Por otra parte Ahmed profesaba un verdadero afecto al sábio Bonabben, y como solo conocia la teórica del amor, consintió fácilmente en encerrar en su seno todas las noticias que sobre este objeto acababa de adquirir, antes que poner en peligro la cabeza del filósofo.

Su discrecion empero tuvo que sufrir muy pronto una prueba mas fuerte. Algunos dias despues, hallándose engolfado en tristes imaginaciones junto á las almenas de la torre, apareció en los aires el palomo á quien habia restituido la libertad, y abatiendo el vuelo, se le puso sobre el hombro con singular familiaridad.

Cogióle el príncipe, y estrechándole contra su corazon: «¡Ave dichosa, esclamó, que puedes volar con la rapidez de la luz de la mañana de un estremo á otro de la tierra! ¿Qué pais has visitado despues que no nos hemos visto?

—Vengo, ó príncipe, de una region muy distante; y en recompensa de la libertad que os debo, os traigo las mas alegres nuevas. En mi remontado vuelo puedo cernerme sobre una altura prodigiosa, y dominar una estension inmensa de pais. Cierto dia pues descubrí bajo de mí un jardin delicioso, lleno de toda suerte de frutas y flores: un límpido arroyuelo corria serpenteando por entre las flores, que esmaltaban una frondosa pradera; y en el centro del jardin se levantaba un magnífico palacio. Poséme sobre un árbol para descansar, y junto al arroyuelo que pasaba bañando el tronco, descubrí una princesa en todo el brillo de la primera juventud, rodeada de doncellas de su misma edad, que la adornaban con guirnaldas de flores tan frescas como ella, pero no con mucho tan hermosas. Tantos hechizos sin embargo florecian en aquella soledad ocultos á los ojos de todos; porque el jardin se hallaba cercado de murallas altísimas, y nadie podia penetrar en él. Á la vista de una tierna jóven tan llena de atractivos, á quien su separacion del mundo ha conservado toda la inocencia de la edad infantil, he discurrido que esta era la que el cielo tenia destinada para inspirar amor á mi querido Ahmed.»

Esta descripcion se grabó con caracteres de fuego en el corazon sobrado sensible de Ahmed. La vaga ternura que comprimia en su seno hacia tanto tiempo, hallaba en fin un objeto en que fijarse, y la pasion que concibió por la princesa, se enunció desde su nacimiento con la mayor violencia. Escribió una carta, en la que con las frases mas apasionadas espresaba el ardiente amor y tierno cariño que ya profesaba á la bella desconocida; lastimándose del cautiverio que le impedia arrojarse á sus pies. Á este amoroso billete añadió algunas estancias, en las que la verdad de los afectos iba unida á la delicadeza de las palabras; porque ademas de que el príncipe era naturalmente poeta, en este momento le inspiraba el amor. La carta iba dirigida Á la bella desconocida: del príncipe cautivo Ahmed. Y despues de haberla perfumado con almizcle y esencia de rosas, se la entregó al palomo.

«Parte, dijo, ó el mas fiel de los mensageros, salva los montes y los valles, y no te detengas en ninguna floresta, hasta haber entregado esta carta á la señora de mi corazon.»

Remontóse el palomo hasta una altura prodigiosa, y en seguida dirigió el vuelo en línea recta. Siguióle el príncipe largo rato con la vista, ya no le distinguia sino como un punto casi imperceptible, y al fin se ocultó enteramente detras de una montaña.

Contaba Ahmed con impaciencia los dias que se siguieron á la partida de su mensagero, y cada mañana se prometia verle antes de la noche; mas esperaba en vano. Ya comenzaba á acusarle de ingratitud, cuando á la caida de una hermosa tarde, vió al fiel palomo que llegó volando á su habitacion y cayó muerto á sus pies. La flecha cruel de algun desapiadado cazador habia atravesado su pecho, y la pobre avecilla empleó toda la fuerza y vida que le quedaban en llegar al término de su viage y dejar cumplida su mision.

Inclinóse el príncipe lloroso sobre el cuerpo inanimado de aquel mártir de la fidelidad, cuando notó al rededor de su cuello una cadena de perlas, de la que pendia un retrato que estaba oculto bajo el ala, y representaba sobre esmalte una hermosa princesa en la flor de su edad. Esta era sin duda la bella desconocida del jardin; mas ¿quién era? ¿En dónde estaba? ¿Habria recibido la carta y le enviaba en cambio aquel retrato, como prenda de correspondencia?

Todo esto quedaba desgraciadamente envuelto en la duda y en la oscuridad con la lastimera muerte del palomo.

Contemplaba el príncipe la miniatura, y arrasábanse de lágrimas sus ojos. Estrechábala contra su corazon y contra sus labios, pasaba horas enteras mirándola sumergido en una tierna agonía. «Bella imágen, decia, ¡ah! no eres mas que una imágen; empero tus ojos cristalinos se fijan en mí con ternura; tus labios de rosa parece se abren para consolar mi pena.... ¡Vanos delirios! Esos hermosos ojos, esa boca adorable, tal vez habrán hablado un lenguage tan dulce á un rival mas feliz. Pero ¿en dónde podria yo hallar el original de esta copia divina? ¿Quién sabe cuántos reinos y montes nos separan, ni qué acontecimientos podrán impedir nuestra union? Acaso en este momento la colma de atenciones y obsequios una turba de admiradores, y yo triste, prisionero en mi torre, paso mis amargos dias adorando una sombra.»

El príncipe tomó de repente una resolucion estraordinaria. «Huiré, dijo, de este palacio, ó mas bien de esta prision odiosa, y peregrino de amor, buscaré por todo el mundo á la desconocida princesa que reina en mi corazon.»

Era inútil pensar en huir durante el dia; mas la guarda del palacio estaba bastante descuidada por la noche, en razon de que no se temía ninguna tentativa de este género de parte del príncipe, que siempre habia llevado con paciencia su cautiverio. Con todo eso Ahmed no sabia cómo conducirse para efectuar una fuga nocturna por un pais que le era absolutamente desconocido; pero discurriendo que el buho, como acostumbrado á pasearse durante la noche, debia conocer todos los caminos escusados de las inmediaciones, pasó á su retiro para consultarle. Puso el buho un semblante grave, y dándose grande importancia, contestó en estos términos al príncipe Ahmed: «Habeis de saber, ó príncipe, que nosotros los buhos pertenecemos á una familia muy antigua y numerosa, que aunque algo decaida tiene todavía mucho poder. En todos los puntos de España poseemos castillos y palacios; y puedo aseguraros con verdad que me seria imposible hallar una torre, una ciudadela, un edificio cualquiera, tanto en las ciudades como en los campos, en donde no esté seguro de encontrar un hermano, un tio ó un primo. Ademas, haciendo mi vuelta de visitas de parentela, he cruzado el pais en todas direcciones, y conozco los sitios mas ocultos.» Lleno el príncipe de júbilo al encontrar al buho tan profundamente versado en la topografía le confió el secreto de su amor y su proyecto de fuga, y le suplicó tuviese á bien servirle de guia y consejero.

«¡Cómo! respondió el buho algo picado, ¿he nacido yo acaso para mezclarme en intrigas de amor? ¿Yo que tengo consagrado todo mi tiempo á la meditacion y á la luna?

—Sosegaos, augusto buho, repuso el príncipe, y dignaos de salir por un instante de vuestras meditaciones y de la luna para ausiliar mi fuga, y yo os concederé en cambio todo lo que acerteis á pedirme.

—Yo poseo todo lo que deseo, replicó el buho: algunos ratones bastan para la provision de mi frugal mesa, y este agujero es harto capaz para poder meditar. ¿Qué mas necesita un filósofo?

—Considera sin embargo, sapientísimo buho, que entre tanto que tú meditas y miras á la luna en tu retiro, tus talentos son perdidos para el mundo. Yo seré un dia soberano, y podré colocarte en algun puesto honroso, y darte alguna dignidad en donde brille y sea útil tu profunda sabiduría.»

La filosofía del buho le hacia muy superior á las necesidades de la vida; mas no le habia libertado enteramente de la ambicion. Rindióse pues á las ofertas del príncipe, y consintió en servirle de guia y Mentor en su peregrinacion.

Los proyectos de un amante se egecutan con mucha prontitud. Ante todo reunió el príncipe sus diamantes y demas alhajas, y las ocultó entre sus vestidos como caudal para el viage; y la noche siguiente, sirviéndole de escalera una de sus fajas, y siguiendo las indicaciones del buho, saltó de la torre por un balcon de la muralla esterior, y antes de amanecer ya se hallaban en medio de los montes él y su esperimentado guia.

Allí consultó con su Mentor sobre la ruta que deberian tomar.

«Yo creo, dijo el buho, que seria acertado ir á Sevilla; porque habeis de saber que hace muchos años hice yo una visita á mi tio, un buho de ilustre abolengo, que habitaba en uno de los ángulos arruinados del alcázar: con esta ocasion hice muchas escursiones nocturnas por aquella ciudad, y habiéndome llamado La atencion cierta luz que brillaba en una torre abandonada, dirigí una noche el vuelo á las almenas, y ví que aquella luz era la lámpara de un mágico árabe, á quien descubrí tambien en su escondrijo rodeado de los libros de su ciencia, y que tenia sobre el hombro un cuervo muy viejo que habia traido consigo de Egipto. Trabé estrechas relaciones con dicho cuervo, y aprendí de él la mayor parte de los conocimientos que poseo. Despues de aquella época murió el mágico; mas el cuervo habita aun la torre, porque estos pájaros son admirables por su longevidad. Yo pues, ó príncipe, os aconsejaria que buscaseis á este cuervo; porque ademas de que es adivino y algo hechicero, profesa tambien la mágia negra, en la que son muy celebrados los cuervos, y señaladamente los de Egipto.»

Admirado el príncipe de este consejo, se dirigió á Sevilla; mas por consideracion á su compañero, caminaba únicamente durante la noche, y pasaba el dia en alguna gruta oscura, ó en una torre arruinada; pues el buho conocia todas estas guaridas secretas, y su aficion á las ruinas era igual á la de un anticuario.

Llegaron en fin á Sevilla una mañana antes de salir el sol, y el buho, que detestaba la luz del dia y el tráfago de una ciudad tan populosa, se quedó fuera de los muros, y puso su cuartel en el hueco de un árbol.

Entró el príncipe en la ciudad, y no tardó á hallar la torre mágica, que descollaba por encima de las casas, no de otra manera que una palma sobre los matorrales del desierto. Dicha torre era la misma que existe hoy, y es conocida con el nombre de la Giralda. Una escalera trabajosa condujo al príncipe hasta la estancia mas elevada, en donde halló efectivamente al cuervo cabalístico. Era este un pájaro viejo, de cabeza cana y plumage ralo, semblante ceñudo, y una nube en el ojo izquierdo que le daba una mirada de espectro. Sostenido sobre una pata tenia la cabeza inclinada, y con el ojo que le quedaba estaba examinando un diagrama que se veía trazado en el suelo.

Llegóse á él el príncipe con todo el respeto que su alta reputacion y venerable aspecto debian naturalmente inspirarle: «Perdonadme, le dijo, respetable y sapientísimo cuervo, si me atrevo á distraeros por un instante de los estudios con que teneis admirado al mundo entero. Veis en vuestra presencia á un amante que desea vivamente le indiqueis los medios de que podrá valerse para lograr el objeto de su amor.

—En otros términos, contestó el cuervo con una mirada significativa, ¿queréis que os diga la buena ventura? Enhorabuena, enseñadme la mano, y dejadme descifrar las líneas misteriosas de vuestro destino.

—Perdonad, replicó el príncipe: yo no vengo aquí con objeto de conocer los decretos del destino que Allah ha querido ocultar á los ojos de los mortales; soy un peregrino de amor, y solo pido un hilo que pueda dirigirme por entre el laberinto del mundo hácia el objeto de mi peregrinacion.

—¿Y os podrán faltar objetos de esta especie en la enamorada Andalucía? dijo el viejo cuervo dirigiendo al príncipe con semblante maligno el único ojo que tenia, sobre todo en la alegre y deliciosa Sevilla, donde mil bellezas de ojos negros bailan de continuo la zambra á la fresca sombra de los floridos bosques de naranjos.»

Sonrojóse el príncipe, y se escandalizó sobremanera al oir palabras tan libres en boca de un pájaro viejo, que estaba ya con un pie en la sepultura. «Creedme, le dijo con gravedad, mi objeto no es tan frívolo é innoble como parece lo suponeis. Las bellezas de ojos negros que bailan en los bosques de naranjos del Guadalquivir, no tienen atractivo alguno para mí: busco una beldad desconocida; pero inocente y pura, el original de este retrato; y vuelvo á suplicarte, muy poderoso cuervo, que si á tan lo alcanza tu ciencia, me digas en dónde podré hallarla.»

La seriedad del príncipe desagradó al cuervo estantigua, el cual contestó con secatura: «Todo lo que pertenece á la juventud y á la belleza me es estraño: la vejez, la decrepitud es lo único que tiene atractivo para mí. Soy el heraldo del destino; desde lo alto de las chimeneas anuncio con mis graznidos los pronósticos de la muerte, y me agrada cernerme sobre el tejado del enfermo moribundo. Id pues, y buscad en otra parte quien os dé mas señas de vuestra bella desconocida.

—¿Y en dónde buscarla sino entre los hijos de la sabiduría? Nací para reinar, y los astros que precedieron á mi nacimiento, me precisan á acometer una empresa misteriosa, de la que depende tal vez el destino de muchos imperios.»

Cuando el cuervo oyó hablar de imperios y destinos en que estaban interesadas las estrellas, cambió de tono, escuchó con oido atento la historia del príncipe, y cuando la hubo terminado, le dirigió con afabilidad estas palabras: «No puedo daros por mí mismo ninguna noticia; porque como ya os he dicho, frecuento muy poco los jardines y los retretes de las damas; pero dirigíos á Córdoba, y buscad la palma del grande Abderramen, que se halla en el patio principal de la mezquita. Al pie de este árbol hallareis un gran viagero que ha visitado todos los paises y todas las córtes: favorecido en todas partes por las reinas y las princesas, esta relacionado con todos los magnates del reino, y yo no dudo que podrá daros noticias del objeto de vuestras diligencias.

—Mil millones de gracias por tan precioso consejo, dijo el príncipe: adios, venerable brujo.

—Adios, peregrino de amor,» respondió el cuervo con tono seco, y se puso á calcular de nuevo sobre su diagrama.

Salió el príncipe de Sevilla, y se fue á buscar á su compañero el buho, que dormitaba todavía dentro de su árbol; despertóle, y tomaron ambos el camino de Córdoba, atravesando los bosques de naranjos y limoneros, que refrescan con su sombra las deliciosas márgenes del Guadalquivir. Llegados á las puertas de la ciudad, el buho levantó el vuelo, y se metió en una grieta de la muralla, y el príncipe se dirigió al momento á buscar la palma que plantára en los antiguos tiempos el grande Abderramen. Estaba en el patio de la mezquita, descollando por encima de los mas altos naranjos y cipreses; algunos dérvises y faquires, formaban diversos grupos sentados bajo los pórticos; y muchos devotos hacian sus abluciones en la fuente antes de entrar en la mezquita.

Al pie del árbol habia un numeroso concurso de gentes de todas clases, que segun parecia, estaban escuchando á una persona que hablaba con estraordinaria volubilidad. «Este es sin duda, dijo para sí el príncipe, el gran viagero que me dará noticias de mi princesa.» Mezclóse entre la multitud, y quedó sobremanera sorprendido al ver que el orador, en derredor del cual se reunia tan distinguido auditorio, era un papagayo de hermoso plumage verde, gesto remilgado y copete erguido, que tenia todas las trazas de un pájaro sumamente pagado de sí mismo.

«¿En qué consiste, dijo el príncipe á uno de los oyentes, que tantas personas de razon se estén divirtiendo con la parladuria de un pájaro de esta especie?

—Vos no sabeis de quién hablais, replicó el otro: este papagayo desciende del famoso loro de Persia, tan célebre por sus talentos en la adivinacion: tiene toda la ciencia del oriente en el pico de la lengua, y cita versos como agua. En todos los paises que ha recorrido le han mirado como un milagro de erudicion; con las mugeres, sobre todo, se ha adquirido un partido prodigioso; porque el bello sexo ha hecho siempre mucho caso de los papagayos que citan versos.

—Muy bien, dijo el príncipe, conozco que me habia equivocado, y en verdad que me holgaria de tener un rato de conversacion con tan distinguido viagero.»

Con efecto solicitó y obtuvo una entrevista privada, y empezó á esponer el objeto de su peregrinacion; mas apenas habia pronunciado algunas palabras, cuando soltó el loro una gran carcajada, y continuó riendo hasta llorar. «Perdonad, dije, mi loca alegria; pero el solo nombre de amor me hace descoyuntar de risa.» Mortificado el príncipe de tan intempestiva jovialidad, le replicó con tono grave: «¿Por ventura no es el amor el gran misterio de la naturaleza, el principio secreto de la vida, el vínculo universal de la simpatía?

—¡Patarata! ¡Pura patarata! Decidme os ruego, ¿en dónde habeis aprendido esa gerigonza sentimental? Creedme, ya no es moda el amor, ni siquiera se habla ya de él entre las gentes de talento, ni en la buena sociedad.»

Suspiró el príncipe, acordándose del lenguage tan diferente de su amigo el palomo. «Mas este papagayo, discurria, ha pasado su vida en las córtes; blasona de elegante, y afecta ser un personage: seguramente no sabrá nada de amor; y como no queria provocar nuevas chufletas sobre el afecto que llenaba su corazon, se encaminó directamente al objeto de su visita.

«Dignaos decirme, ó incomparable papagayo; vos, para quien han estado abiertos los asilos mas reconditos de la belleza, ¿habeis tal vez encontrado en el discurso de vuestros viages el original de este retrato?»

Tomó el papagayo el retrato entre las garras, volvió á uno y otro lado la cabeza para observarle con ambos ojos, y esclamó en fin: «Ve aquí, por vida mia, una liada cara; sí, cierto, una cara lindísima. Mas como yo he visto en mis viages tantas mugeres hermosas, me seria muy difícil.... pero no.... aguardad.... sí.... ahora me acuerdo de estas facciones.... no, no me engaño: esta es la princesa Aldegunda: ¿es posible que haya yo podido desconocer á una de mis mayores amigas?

—¡La princesa Aldegunda! repitió el príncipe; ¿y en dónde la hallaremos?

—Cachaza, señor mio, cachaza; que mas fácil es hallarla que obtenerla. Esta princesa es la hija única del rey cristiano de Toledo, la cual, merced á ciertas predicciones de esos bellacos de astrólogos, debe vivir separada del mundo hasta cumplir los diez y siete años. Y yo creo que os ha de ser imposible el verla, porque ningun mortal puede llegarse al palacio en donde su padre la tiene encerrada. Yo he sido admitido á su presencia para divertirla, y os juro á fe de papagayo de mundo, que conozco mas de una princesa menos amable que ella.

—Hablemos en confianza, querido papagayo, dijo el príncipe: yo soy heredero de un reino; veo que sois un pájaro de talento y que conoceis el mundo; ayudadme pues á ganar el corazon de la princesa, y os prometo un puesto distinguido en mi córte.

—Lo acepto de todo corazon, dijo el papagayo; pero cuidado, que ha de ser un bocado sin hueso, porque nosotros los sábios tenemos horror al trabajo.»

Conviniéronse muy pronto en las condiciones, y saliendo inmediatamente de Córdoba llamó el príncipe al buho, le presentó al nuevo compañero de viage como un sábio concolega, y todos juntos tomaron la vuelta de Toledo. Caminaban con mucha mas lentitud de la que el impaciente Ahmed hubiera deseado; mas el papagayo, como acostumbrado á la vida de caballero, era poco amigo de madrugar; y el buho por otra parte queria echarse á dormir á la mitad de la jornada, y hacia perder mucho tiempo con sus largas siestas. Ademas su manía de anticuario, era un nuevo motivo de retardo; porque se empeñaba en detenerse en todas las ruinas á fin de esplorarlas, y poseía un caudal de largas historias de todos los monumentos antiguos del pais, que no dejaba de referir á poca ocasion que se presentase. Tenia el príncipe creido que este pájaro y el papagayo, como personas instruidas que uno y otro eran, habian de avenirse muy bien; pero se engañó completamente, porque lejos de observar semejante armonía, casi siempre se estaban picoteando. El uno era un filósofo, y el otro un elegante: el papagayo citaba versos, hacia observaciones críticas sobre algunas obras recientes, y abundaba en pequeñas advertencias sobre algunos puntos poco importantes de erudicion. El buho por su parte consideraba todo esto como cosa muy frívola, y decia abiertamente que solo estimaba la metafísica. Entonces se ponia el papagayo á cantar, y lanzaba epigramas y pullas picantes sobre la gravedad de su camarada, acompañándolas de una risa de satisfaccion sobremanera insultante. Miraba el buho estos procedimientos como otros tantos ultrages insoportables que se hacian á su autoridad; se engallaba, esponjaba el plumage con semblante desazonado, y permanecia silencioso todo el resto de la jornada.

El príncipe apenas notaba la poca conformidad que existia entre sus dos amigos; porque ocupado enteramente en las ilusiones de su fantasía y en la contemplacion del retrato de la hermosa princesa, no veía nada de lo que pasaba en su derredor. De este modo pasaron nuestros viageros la árida y salvage Sierra-Morena, y las agostadas llanuras de la Mancha y Castilla, siguiendo siempre las orillas del Tajo, que en su tortuoso curso baña la mitad de la España y de Portugal. Llegados en fin á una ciudad fortificada con torres y muros almenados, y edificada sobre una roca, que circundan con grande estrépito las aguas de aquel rio:

«Veis ahí, dijo el buho, la antigua y célebre ciudad de Toledo, tan famosa por sus antigüedades. Mirad esas cúpulas venerables, esas torres que aunque degradadas ya por el tiempo, tienen impresa la grandeza de los recuerdos históricos; esas torres en fin, en donde vivieron y meditaron tantos de mis antepasados.

—¡Bah! dijo el papagayo interrumpiendo sin piedad al buho en medio de sus trasportes de anticuario, ¿y qué nos importan á nosotros todos esos vejestorios de torres arruinadas, ni las antiguas historias de vuestros abuelos? Otra cosa hay aquí que interesa mucho mas directamente á nuestro objeto. Ved ahí el asilo de la juventud y la belleza: ya en fin, ó príncipe, teneis delante de vuestros ojos la morada de la princesa que hace tanto tiempo buscais.»

Dirigió el príncipe la vista hácia el punto que indicaba el papagayo, y en el centro de una deliciosa pradera, situada á la orilla del Tajo, descubrió un suntuoso palacio que se levantaba por entre la frondosa arboleda de un amenísimo jardin: tal era el sitio que habia descrito el palomo como retiro del original del retrato. Contemplábale el príncipe con el corazon agitado de varios sentimientos. «Quizá en este momento, decia, estará la hermosa princesa solazándose con sus doncellas á la sombra de esos frondosos bosquecillos, ó tal vez recorrerá con paso ligero los elevados terraplenes, si no es que se halla reposando en lo interior de la magnífica morada.» Al examinar con atencion el edificio, observó Ahmed, no sin disgusto, que las tapias del jardin eran de una elevacion que imposibilitaba absolutamente el acceso; fuera de que estaban guardadas por centinelas bien armados.

Volvióse pues al papagayo, y le dijo: «Ó el mas perfecto de los pájaros, pues que la naturaleza te ha dotado con el dón de la palabra, ve al jardin, busca al ídolo de mi corazon, y dile que el príncipe Ahmed, peregrino de amor guiado por las estrellas, viene en su busca, y acaba de llegar á la florida ribera del Tajo.»

Lleno de vanidad el papagayo al verse honrado con semejante embajada, voló al jardin, se remontó por encima de sus altos muros, y cerniéndose por algunos instantes sobre los céspedes y bosquecillos, fue á posarse á la ventana de un pabellon, desde donde descubrió á la princesa medio recostada sobre un sofá, fijos los ojos en un papel, y bañadas de hermosas lágrimas sus cándidas megillas.

Despues de haber concertado con el pico todas las plumas de sus alas, recompuesto su verde trage y rizádose el copete, de un vuelo se puso con aire risueño al lado de la tierna doncella, y con el tono mas dulce que le fue posible tomar le dirigió estas palabras: «Enjuga tus lágrimas, ó la mas hechicera de las princesas, que vengo á traer consuelo á tu corazon.»

Asustóse la princesa al oir una voz tan cerca de ella; mas no viendo sino un pájaro verde que la saludaba batiendo las alas: «¡Ay! dijo, ¿qué consuelo puedes tú darme no siendo mas que un papagayo?»

Algo picado el loro con esta contestacion, respondió con cierta secatura: «Á mas de una bella consolé yo en mi tiempo; pero dejemos esto. Ahora vengo como embajador de un príncipe real. Sabe, ó princesa, que Ahmed Al Kamel, príncipe de Granada, acaba de llegar en busca tuya, y se halla en este momento en la florida ribera del Tajo.»

Á estas palabras brillaron los ojos de la princesa con mas fuego que los diamantes de su corona.

«¡Ó el mas amable de los papagayos, dijo, benditas sean las nuevas que me traes! La duda en que me hallaba acerca de la constancia del príncipe me tenia ya á la orilla del sepulcro. Vuelve al príncipe, y asegúrale que todas las palabras de su carta están grabadas en mi corazon, y que sus versos han sido el alimento de mi alma. Pero dile tambien que debe disponerse á probarme su amor con la fuerza de las armas; porque mañana mismo, en celebridad del decimoséptimo aniversario de mi nacimiento, celebrará mi padre un torneo: justarán en él muchos príncipes, y mi mano será el premio del vencedor.»

Levantó el papagayo el vuelo, se remontó sobre los árboles del jardin, y salvando el recinto del palacio, llegó en un momento adonde estaba Ahmed. No es posible describir el júbilo de este: habia hallado el original de la imágen que hacia tanto tiempo adoraba, y le habia hallado fiel y sensible. Los mortales favorecidos que han logrado como él la dicha de ver cumplidos sus dulces delirios y trocarse la sombra en realidad, son los únicos que pueden formarse una idea de su delicioso enagenamiento. Con todo no dejaba este de hallarse mezclado con alguna inquietud: aquel torneo, aquellos caballeros que se disponian á disputarle la posesion del objeto amado, no le permitian entregarse enteramente á la alegria. El clarin guerrero llenaba ya con su marcial sonido las frondosas riberas del Tajo, y por do quiera se encontraban paladines que acudian á las fiestas de Toledo, seguidos de numerosas y brillantes comitivas.

La misma estrella que precediera al destino de Ahmed habia influido en el de la princesa, la cual para precaverse de los males que el amor podia ocasionarle, debia permanecer encerrada en el solitario palacio hasta haber cumplido diez y siete años. Sin embargo, como su mismo retiro habia acrecentado la fama de sus gracias, se disputaban su mano muchos príncipes; y el rey de Toledo su padre, monarca señalado por su prudencia, para no atraerse enemigos si se inclinaba á uno ú otro de los pretendientes, confió la eleccion de un yerno á la suerte de las armas. Entre los que aspiraban al prez de la victoria habia muchos célebres ya por su fuerza y bravura; al paso que el desventurado Ahmed se veía desprovisto de armas, y sin ninguna idea de los egercicios de la caballería ¡Qué situacion tan triste la suya!

«¡Cuánta es mi desgracia, decia, en haber sido educado en el retiro y bajo la direccion de un filósofo! ¿De qué sirven el álgebra ni la filosofía para los negocios de amor? ¡Ah Eben Bonabben! ¿Por qué te olvidaste de instruirme en el manejo de las armas?»

En esto rompió el silencio el buho, y como buen musulman que era, empezó su discurso por una invocacion piadosa.

«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! Las cosas mas recónditas están en sus manos. ¡Él solo gobierna el destino de los príncipes! Sabe, ó Ahmed, que toda esta comarca está llena de misterios, conocidos únicamente de un corto número de eruditos, que se han dedicado como yo á las ciencias ocultas. En uno de los montes vecinos se halla una caverna profunda; en el centro de esta caverna hay una mesa de hierro, sobre esta mesa están unas armas encantadas, y junto á ellas se ve un hermoso caballo, igualmente encantado, todo lo cual ha permanecido oculto por espacio de muchos siglos.»

Quedó el príncipe sobrecogido de admiracion; y el buho abriendo y guiñando alternativamente sus grandes y redondos ojos, y enhestando los cuernos, continuó así:

«Hace muchos años vine yo acompañando á mi padre en un viage que hizo por este pais para visitar sus posesiones; y como fijamos nuestra habitacion en la caverna de que os hablo, tuve proporcion de conocer los misterios que encierra. Segun una tradicion de nuestra familia, que me refirió mi abuelo siendo yo muy niño, dichas armas pertenecian á un mágico moro, el cual habiéndose refugiado en la caverna cuando los cristianos tomaron á Toledo, murió en ella, y dejó su caballo y armadura bajo el influjo de un encanto, que no permitia pudiesen servir á otro que un musulman; y aun á este solo desde el amanecer hasta el medio dia. Pero cualquiera que haga uso de ellas en este intervalo, está seguro de triunfar de todos sus enemigos.

—¡Basta! esclamó el príncipe, busquemos al momento esa caverna.»

Guiado por su sábio Mentor halló Ahmed la caverna, que era una de aquellas guaridas salvages que se encuentran en medio de los escarpados montes de Toledo; y á la verdad, solo el ojo de un anticuario ó de un buho pudiera descubrir la entrada. Una lámpara sepulcral, en donde ardia sin consumirse un aceite odorífero, bañaba de pálida luz aquel misterioso retiro. Sobre una mesa, colocada en el centro de la gruta, yacia la armadura encantada, y á su lado se veía el corcel árabe enjaezado como para el combate, pero inmoble como una estátua. Las armas estaban tan tersas y brillantes como cuando salieron de las manos del artífice; el caballo fresco y lozano como si acabase de pacer en el campo; y en el momento en que Ahmed le dió una palmada en el cuello, empezó á herir la tierra con la mano, y dió un relincho de alegria que estremeció toda la caverna. Provisto de armas y caballo, ya no sintió el príncipe otro afecto que la impaciencia de entrar en liza con sus rivales.

Llegó en fin el dia fatal. El palenque para el torneo se dispuso en la vega ó llanura que se estiende al pie de las murallas de Toledo; y á su rededor se levantaron anfiteatros y galerías para los espectadores, cubriéndolos de ricas tapicerías y toldos de seda que los defendian de los rayos del sol. Ocupaban las galerías todas las hermosas del contorno; y veíanse al pie de ellas mil bizarros caballeros, que se paseaban por el circo con gentil continente, cubiertos de ricas armas y capacetes, en donde flotaban vistosos penachos de plumas. Pero todas las bellezas quedaron eclipsadas cuando apareció en el pabellon real la princesa Aldegunda, mostrándose por primera vez á los ojos de una multitud de admiradores: en todas las gradas, en todos los pabellones, en todo el campo se levantó al momento un murmullo de placer y sorpresa; y los príncipes, que solo aspiraban á su mano atraidos por la nombradía de su belleza, sintieron que se redoblaba estraordinariamente su ansia de combatir.

Mas la princesa se mostraba inquieta, y ora pálida, ora con el color encendido, tendia la vista por la multitud, y sus miradas indicaban temor y disgusto. Ya los clarines iban á dar la señal para el primer combate, cuando anunció un heraldo la llegada de un caballero estrangero, y entró en la liza el príncipe Ahmed. Llevaba sobre el turbante un almete de acero, guarnecido de piedras preciosas; la coraza era dorada; la cimitarra y el puñal, fabricados en Fez, centelleaban rebutidos de diamantes; embrazaba un escudo redondo, y llevaba la lanza encantada. El caparazon del caballo árabe estaba ricamente bordado y colgaba hasta el suelo, y el fogoso bruto hacia graciosas corbetas, arrojaba humo por las narices, y daba alegres relinchos al verse de nuevo en un campo de batalla. El noble ademan y gallardo talle del príncipe Ahmed cautivaron la atencion general; y cuando fue anunciado bajo el nombre del Peregrino de amor, todas las damas de las galerías esperimentaron una agitacion estraordinaria.

Entre tanto, al presentarse Ahmed para entrar en la liza, le fue cerrada la barrera; porque para ser admitido al combate era indispensable ser príncipe. Declaró su nombre y su rango; pero fue mucho peor, porque siendo mahometano no podia tomar parte en un torneo, cuyo premio era la mano de una princesa cristiana.

Rodeáronle con ademan altivo y amenazador los príncipes sus competidores; y uno de ellos, notable por sus insolentes maneras y talla hercúlea, quiso poner en ridículo el tierno renombre de peregrino de amor. Ofendido el príncipe desafió lleno de furia á su rival: volvieron las riendas, tomaron campo y corrieron impetuosos á encontrarse; mas al primer bote de la lanza mágica, el indiscreto bufon, á pesar de su enorme estatura y fuerza prodigiosa, saltó de la silla. Hubiera querido Ahmed detenerse aquí, mas las habia con un caballo endemoniado y con unas armas encantadas, que nada era capaz de contener una vez puestas en accion. El corcel se lanzó sobre el grupo mas cerrado, y la lanza se llevaba por delante todo lo que encontraba. El amable y pacífico príncipe, hendiendo con violencia por entre la asombrada multitud, y cubriendo la arena de caballeros vencidos, sin distincion de clases, de valor ó de destreza, se lastimaba él mismo de sus involuntarias hazañas. Pateaba el rey de corage, y al ver tan mal parados á sus vasallos y á sus huéspedes, mandó á los guardias que se apoderasen del que así se atrevia á ultrajarle; mas los guardias quedaban fuera de combate luego que se acercaban al príncipe. Mesábase el rey su larga barba, y tomando el escudo y la lanza, saltó él mismo á la arena para imponer al estrangero con la magestad real. Mas en aquel momento llegaba el sol al meridiano: el encanto recobraba su influjo, y el caballo árabe se lanzó en la llanura, saltó la barrera, se arrojó en el Tajo, rompió nadando sus espumosas olas, y llevó al príncipe sin aliento y desesperado á la caverna mágica. Sobrado feliz Ahmed al apearse sano y salvo del diabólico bridon, volvió á dejar las armas y se sometió á los nuevos decretos del destino. Sentado en la gruta reflexionaba sobre las desgracias que aquel caballo y aquellas armas le habian atraido. ¿Cómo habia de atreverse á presentarse en Toledo despues de haber llenado de vergüenza á sus caballeros de un modo tan ignominioso? ¿Qué dirian, señaladamente la princesa, de una conducta tan insultante y grosera? Lleno de ansiedad envió á caza de noticias á sus dos confidentes alados. El papagayo corrió todas las encrucijadas y plazas públicas de Toledo, y volvió muy pronto con abundante provision de chismes. Toda la ciudad estaba consternada: á la princesa se la habian llevado sin sentido del pabellon; el torneo se habia concluido con el mayor desórden; todos hablaban de la repentina aparicion, de las prodigiosas hazañas, y de la desaparicion todavía mas prodigiosa del caballero musulman: quién decia que era sin duda algun moro mágico; quién opinaba que no podia ser otro sino un demonio en figura humana; al paso que muchos, recordando las tradiciones de los guerreros que permanecian encantados en las cavernas de los montes, suponian que podia ser alguno de ellos que hubiese hecho esta irupcion desde el centro de su guarida. Por lo demas todos convenian en que un simple mortal no hubiera podido egecutar aquellos hechos estraordinarios, ni arrancar tan fácilmente de las sillas á la flor de los caballeros cristianos.

Luego que cerró la noche salió tambien el buho á dar su vuelta, y á favor de la oscuridad corrió todo el pueblo, posándose en los tejados y en las chimeneas. Dirigió en fin el vuelo al palacio real, construido en la cumbre del monte de Toledo, recorrió los terraplenes y las almenas; y husmeando por todos los rincones, y aplicando sus espantados ojos á todas las ventanas en donde distinguia luz; hizo tambien desmayar de miedo á dos ó tres doncellas de la princesa, y continuó sus investigaciones hasta el amanecer, á cuya hora se fue á buscar al príncipe, y le participó todo lo que habia descubierto en su espedicion.

«Volando, le dijo, por delante de una de las torres mas elevadas del palacio, descubrí desde una ventana á la hermosa princesa, que tendida en su lecho y rodeada de médicos y de mugeres, no queria tomar nada de lo que la daban para aliviarla. Cuando se salieron, ví que sacaba de su seno una carta, la leía la besaba y prorrumpia en amargos lamentos, de que yo, como filósofo, no hice ningun caso.»

El tierno corazon de Ahmed quedó oprimido bajo el peso de tan tristes noticias: «Tú tenias razon, esclamaba, sábio Eben Bonabben; la tristeza, los cuidados, dias de tribulacion y noches de vigilia son el patrimonio de los amantes: ¡Allah preserve á la princesa del funesto influjo de este amor, que tanto deseé conocer en mi delirio!»

Las nuevas noticias que el príncipe recibió de Toledo confirmaron la relacion del buho: toda la ciudad estaba consternada; habian encerrado á la princesa en la torre mas alta del palacio, y guardábanse con la mayor vigilancia todas las avenidas. Entre tanto se habia apoderado de ella una melancolía profunda, cuya causa no podia nadie penetrar: negábase á tomar alimento, y cerraba los oidos á todo consuelo. En vano habian ensayado los médicos mas hábiles todos los recursos del arte, en términos que al fin llegó á creerse que estaba bajo el dominio de algun sortilegio. En situacion tan lastimera mandó el rey publicar por todo el reino, que cualquiera que lograse curar á la princesa, recibiria en premio la joya mas rica de su tesoro.

Cuando oyó el buho esta noticia desde un rincon de la caverna en donde estaba dormitando, volvió alternativamente sus grandes ojos á uno y otro lado, y tomando un aspecto mas misterioso que nunca:

«¡Allah akbar! dijo, dichoso el que pueda efectuar esta curacion, si sabe únicamente cuál de las joyas de la corona debe elegir.

—¿Y qué idea es la vuestra, ó venerable buho? preguntó el príncipe.

—Estadme atento, ó príncipe, y vereis el término adonde se dirige lo que acabo de deciros. Nosotros los buhos formamos, como ya sabeis, un cuerpo sábio, dedicado principalmente á investigaciones oscuras y polvorientas: pues ahora bien: en mi última escursion nocturna á las torres y chapiteles de Toledo, descubrí una academia de buhos anticuarios, que celebra sus sesiones en la gran torre, donde se halla depositado el tesoro real. Reunidos allí aquellos sábios, disertan largamente acerca de las formas, inscripciones y objetos de las antiguas alhajas, y vasos de oro y plata que se hallan amontonados en aquella pieza; sobre los usos de los diferentes pueblos y edades; pero lo que principalmente los ocupa, son ciertas antiguallas y talismanes que se conservan allí desde el tiempo del rey godo D. Rodrigo. Entre estos últimos objetos existe un cofre de madera de sándalo, precintado con barras de hierro á la manera oriental, y cubierto de caracteres misteriosos, conocidos únicamente por algunas personas doctas. Este cofre y su inscripcion han sido el objeto de muchas sesiones de la academia, y ocasionado grandes debates entre sus miembros; y en el momento de mi visita, puesto á una esquina del cofre un buho muy viejo que acababa de llegar de Egipto, estaba leyendo las palabras escritas sobre la cubierta; y ateniéndose á su sentido, probó que el cofre contenia la alfombra de seda que cubria el trono del sábio Salomon: cuya alhaja debieron de traer á Toledo los judíos que se refugiaron aquí cuando la pérdida de Jerusalen.»

Luego que terminó el buho su erudito discurso, quedó el príncipe como sumergido en profundas meditaciones; y al cabo de breves momentos dijo dirigiéndose á sus compañeros:

«Mas de una vez he oido hablar al sábio Eben Bonabben de las propiedades de ese talisman, que habiendo desaparecido en la destruccion de Jerusalen, se creía ya perdido para el género humano. Su existencia es sin duda un misterio para los cristianos de Toledo; y si yo pudiese apoderarme de ese cofre, era cierta mi felicidad.»

Desde el dia siguiente trocó el príncipe sus ricas vestiduras por el humilde trage de un árabe del desierto, se pintó el rostro y las manos de color cobrizo, y quedó tal que nadie hubiera conocido en él al gallardo caballero que causára tanta admiracion y espanto en el torneo. Con un palo en la mano, una canasta al lado y una flauta campestre se dirigió á Toledo, y presentándose á las puertas de palacio, se anunció como un aspirante á la recompensa prometida por la curacion de la princesa. Los guardias querian arrojarle ignominiosamente. «¡Cómo! decian, ¿un beduino miserable podria hacer lo que han intentado en vano los primeros sábios?» Mas el rey, oido el alboroto y preguntada la causa, mandó que le presentasen aquel hombre.

«Poderoso rey, dijo Ahmed, teneis en vuestra presencia á un árabe beduino, que ha pasado la mayor parte de su vida en las soledades del desierto. Notorio es que estas se hallan infestadas de toda suerte de demonios y espíritus malignos, que nos atormentan á los pobres pastores, cuando apacentamos nuestros ganados lejos de los pueblos; se entran en los cuerpos de las reses, y algunas veces comunican fiereza hasta al paciente camello. Para deshacer estos sortilegios, no empleamos otros medios que la música; y ciertas tonadas que se han trasmitido de generacion en generacion, ora cantadas, ora tocadas con el caramillo, tienen la virtud de ahuyentar aquellos malos espíritus. Yo pues pertenezco por dicha á una familia eminentemente dotada de esta virtud maravillosa contra los hechizos y sortilegios; la poseo en toda su plenitud; y si el estado lastimoso en que parece se halla vuestra hija es ocasionado por alguna influencia maligna de este género, me obligo desde luego á libertarla, y respondo de su salud con mi cabeza.»

Era el rey un hombre de muy buen juicio; conocia los secretos de los árabes de que el beduino acababa de hablarle, y habiéndole inspirado la mayor confianza la franqueza con que este pastor se esplicaba, le condujo al gabinete de la princesa, cuyas ventanas daban á una especie de galería, desde donde se descubria toda la ciudad de Toledo con las campiñas circunvecinas.

Sentóse el príncipe en una silla que se habia colocado en la galería, y tocó algunas tonadas árabes que habia aprendido de sus criados en el Generalife. La princesa permaneció insensible, y los médicos que se hallaban allí meneaban la cabeza y se sonreían con semblante de incredulidad y menosprecio. En fin, el príncipe dejó el caramillo, y se puso á cantar los versos que envió á la princesa declarándola su amor.

La hermosa doncella reconoció al momento las estancias, apoderóse de su corazon una alegria repentina, levantó la cabeza, escuchó; arrasáronse de lágrimas sus ojos, palpitaba su seno, y tiñósele de púrpura el semblante. Bien hubiera pedido que hiciesen entrar al músico; pero el tímido pudor de una vírgen no la dejaba hablar. Comprendió el rey su deseo, y mandó al momento que entrase el cantor. Viéronse los dos amantes y fueron discretos, pues se contentaron con dirigirse mútuamente algunas tiernas miradas que decian mucho mas que largos discursos. Nunca se vió triunfo mas completo: las rosas aparecieron de nuevo en las megillas de la encantadora Aldegunda; sus labios recobraron su frescura, sus ojos su brillo seductor.

Mirábanse atónitos los médicos, y el rey consideraba al beduino con una admiracion mezclada de respeto. «Jóven prodigioso, esclamó, quiero que seas mi primer médico, y jamas tomaré otros remedios que tu dulce melodía. Por ahora recibe la recompensa que te es debida; elige la joya mas preciosa de mi tesoro.

—Ó rey, contestó Ahmed, el oro, la plata ni las piedras preciosas tienen á mis ojos muy poco valor; mas tú posees una reliquia, un cofre de madera de sándalo que encierra una alfombra de seda. Dame pues ese cofre y nada mas deseo.»

Todos los circunstantes quedaron sorprendidos de lo moderado de la eleccion; y mas aun, cuando traido el cofre, fue sacada la alfombra: la materia era seda, el color un verde muy hermoso, y estaba cubierta de caracteres hebreos y caldeos. Los médicos de la córte se miraban encogiéndose de hombros, y sonriéndose de la simplicidad de su nuevo compañero, que se contentaba con tan módicos honorarios.

«Esta alfombra, dijo el príncipe, cubrió en otro tiempo el trono de Salomon, el mas sábio de los monarcas: digna es de ser colocada á los pies de la belleza.»

Dicho esto desplegó la alfombra y la tendió en la galería, debajo de un lecho que habian colocado allí para la princesa, y sentándose á los pies de esta:

«¿Quién podrá oponerse, continuó, á los decretos del destino? ¡Cumpliéronse las predicciones de los astrólogos! Sabe, ó rey, que tu hija y yo nos amábamos en secreto hacia largo tiempo: ya tienes en tu presencia al Peregrino de amor.»

No bien habia pronunciado estas palabras, cuando se levantó la alfombra en el aire, llevándose al príncipe y á la princesa. El rey y los médicos se quedaron pasmados, y siguieron con la vista á los fugitivos, hasta que ya no se distinguian sino como un punto negro que resaltaba sobre el fondo blanco de una nube, y que al fin se perdió en el azul del cielo.

Indignado el rey, hizo llamar inmediatamente á su tesorero. «¿Cómo, le dijo, has permitido que un infiel tomase posesion de tan precioso talisman?

—¡Ah señor! respondió el tesorero, aquí no conocíamos sus virtudes, ni el sentido de los caracteres inscritos sobre el cofre que le guardaba. Si es en efecto la alfombra del rey Salomon, no cabe duda que se halla dotada del poder mágico de trasportar á su posesor por los aires adonde le plazca ir.»

Reunió el rey un poderoso egército y se dirigió á Granada, adonde llegó despues de una marcha larga y penosa. Luego que dió vista á la ciudad sentó sus reales en la vega, y envió un heraldo á reclamar á su hija. El rey de Granada salió en persona á saludar al monarca toledano, que reconoció en él al músico beduino. Ahmed acababa de subir al trono por muerte de su padre, y la bella Aldegunda era su sultana.

El rey cristiano consintió en el enlace de su hija con Ahmed, cuando se le prometió que la princesa quedaria en libertad para conservar su religion; porque de otro modo estaba resuelto á oponerse con todo su poder. En vez de batallas sangrientas hubo fiestas y regocijos; el anciano rey regresó luego á Toledo, y los jóvenes esposos continuaron reinando en la Alhambra con no menos sabiduría que felicidad.

Para completar mi historia no puedo dispensarme de añadir que el buho y el papagayo habian seguido al príncipe á cortas jornadas: el primero solo viajaba por la noche, alojándose durante el dia en las diferentes posesiones hereditarias de su familia; el último figuraba en las reuniones mas brillantes de las ciudades que se hallaban en el tránsito. Ahmed recompensó generosamente los servicios que uno y otro le habian hecho durante su peregrinacion, pues nombró primer ministro al buho, y maestro de ceremonias al papagayo. Con lo cual parece inútil añadir que jamas hubo reino mejor administrado; ni córte mas escrupulosa en la observancia de las reglas de la etiqueta.

FIN.


Nota de transcripción