XIII

La cercana visión de la Muerte, su condición de próximo espectador de aquella dolorosa agonía y de aquella desesperada rebelión maternal, llenaron durante algún tiempo el ánimo de Sergio de una honda melancolía y de terrores súbitos. Toda la aldea le pareció repentinamente asombrada por la tristeza: los grandes olmos sin hoja, las brumas que entraban por la boca de la ría, densas y pesadas y blancas, como una pared que fuese avanzando lentamente; la mansedumbre del paisaje... todo le sugería pensamientos de desolación. ¡Y aquella lluvia eterna, insistente!... Miraba largo tiempo cómo en la vastitud de la gándara el viento arremolinaba los largos hilos que caían de las nubes plomizas, y cómo a veces hacía correr horizontalmente jirones tenues de humo, que eran agua menuda, y cómo los árboles se curvaban, luchando, y toda la casa se llenaba de frío y de rumor. Súbitamente, una racha impelía contra los vidrios un turbión, y el paisaje quedaba velado, como visto al través de un cristal de esmeril... Entonces Sergio, recogido en su rincón, invadida el alma de aquella tristeza, sentía el recóndito deseo de llorar.

Creía a veces advertir misteriosos dolores; se supuso enfermo, y la diaria contemplación de las tumbas del atrio y de la pequeña necrópolis de crecida hierba, guardada por dos cipreses, envuelta en la franja de un tapial, silenciosa y humilde, hacía acudir a sus ojos la humedad de una emoción.

Pero tuvo un sacudimiento. Una carta de Volvoreta le anunció que había hallado colocación. La casa parecía buena, aunque había muchos niños, y no la dejarían salir más que un domingo de cada mes. Sergio sintió una cólera irrazonable. Le indignaba la idea de que Federica hubiese de prestar humillantes servicios a unas gentes desconocidas. Aquello no debía ser. Escribió pidiendo detalles de las personas, de las costumbres, del trabajo que la imponían. Volvoreta tardó en contestar. Entonces el enamorado sintió recrudecidos sus celos.

Pensó que, como había ocurrido en la Gándara, ocurriría también en la ciudad. Otro señorito joven... u otro señorito no tan joven—recordó los requerimientos repugnantes de don Gerardo—le sucederían a él. Y él no pudo hallar, tras un examen detenido de las condiciones de Volvoreta, de aquella extraña naturalidad con que hacía donación de sí misma, ningún motivo de seguridades para creer en la lealtad de la novia. Llegaría a ocurrir, acaso habría ocurrido ya... Impotente y colérico, el enamorado lanzaba a su mente por el obscuro cielo de sus temores, y la mente volvía como un azor trayendo en el pico y en las garras imaginaciones celosas. Otro hombre avanzaba como él por un pasillo enarenado, por unas escaleras crujientes...; y Federica tenía, bajo sus ternuras, aquella misma expresión de tranquila inconsciencia...

Tardaban las respuestas de la ciudad. En una semana no llegó a su poder noticia alguna de Volvoreta. Y una noche, al volver de la rectoral, Sergio halló que su madre le esperaba, con un gesto serio en el semblante. Llevólo al comedor y cerró la puerta. Después extrajo de su bolsillo un papel en el que el amante advirtió las orlas rameadas y la tosca letra de Federica. Dióle un vuelco la sangre. Balbució:

—¿Qué es?

Y doña Rosa, muy grave, con un temblor en la mano que sostenía la carta reveladora, le dijo:

—Me da vergüenza hablarte de este asunto. Te has olvidado de quién eres y de quiénes somos, y tengo que recordártelo. Creí que no insistirías en eso que tuve como una falta de respeto a tu propia casa; pero eres un mal hijo y eres un hombre sin estimación.

Sergio callaba, arañando el mantel, con los ojos fijos en el suelo.

—¡Con una... criada; tienes amores con una criada!—escupía el humillante vocablo—. ¿Es eso digno?... Tu padre moriría de vergüenza, si pudiese verte, desdichado.

Avanzó, en un arranque de iracundia; puso sus manos sobre el hombro filial y le hizo encararse con el retrato en el que el señor Abelenda, envuelto en su toga, parecía ir a pronunciar un informe.

—¡De rodillas; a pedirle perdón, a jurarle que no volverá usted a ofender su memoria en el apellido que lleva!

Sergio se hincó.

—¡Rece usted!

Lo miró, ceñuda, y tras un silencio dirigióse a la puerta. Desde allí conminó, con voz encalmada, solemne, como si pronunciase un juramento:

—Si llego a saber que insistes en esta locura, te haré embarcar para América. Quedas advertido.

Al amanecer el día siguiente, Sergio huyó a la ciudad.

Durante la noche había madurado su decisión. Se había negado a cenar, y en la soledad de su alcoba se sintió torturado a la vez por la vergüenza y por la ira. Le sonrojaba que su madre se hubiese enterado de aquella continuidad del noviazgo y, más que nada, que hubiese leído la carta de Volvoreta, con sus incorrecciones, sus versos y sus corazones ardientes y sus palomas absurdas dibujadas con una sentimental sencillez. Pensó que todo aquello debía obedecer primero a una indiscreción y después a una deslealtad de Chinto, que habría hablado de las cartas consignadas a Ramón y se habría avenido a secuestrar alguna.

En aquel estado de rencorosa exaltación, Sergio se creyó más enamorado que nunca y menos dispuesto a consentir que se alzasen nuevas vallas entre él y la campesina de Dumbría. Desde el momento en que la idea de escapar se formuló en su voluntad, la acogió con resolución irrazonada. Huiría. Huiría para no volver. Se imaginó que aquella huída suya a la ciudad era como si se marchase a una región recóndita y lejana en la que su rastro se perdiese, y que detrás de él no había de quedar otra cosa que el sentimiento de quienes le impelían a abrazar el heroico partido. Hasta tuvo un momento de melancólica complacencia al suponer a su madre acongojada, arrepentida ya de su rigor, y a Rafaela y a Chinto paseando por la Gándara, durante el resto de sus días, el hondo pesar de haber provocado aquella catástrofe de la desesperación de un Abelenda que huía de su hogar con un hatillo y andaba cuatro leguas a pie para no volver nunca.

Pensó en escribir una carta, y hasta llegó a precisar algunos términos pomposos. Pero desistió. En una antigua maleta de cuero agujereado por la polilla guardó alguna ropa y todas las cartas de la ausente. Guardó también los libros de estudio—él se proponía ser un hombre y ganar «a pulso» su carrera—. Esperó el alba, despidiéndose mentalmente de los obscuros pasillos tantas noches cruzados con los pies descalzos, y de aquella alcoba donde, en lo sumo de la casa, entraba a veces la luna por un tragaluz. Con las primeras tintas grises del día abrió su balcón, arrojó la maleta y se descolgó él mismo sobre el blando y húmedo suelo del jardín. Una idea sentimental le hizo coger una flor del frondoso camelio; envolvió la casa en una mirada, creyó un deber suspirar hondamente y echó a andar carretera arriba...

Por fortuna suya, no llegó a llover; manteníase el cielo entoldado y corría todo a lo largo del camino un fresco viento que agitaba las ramas desnudas y hacía rizar el agua de los charcos. Dormía aún la Gándara; pero en algunas heredades veíase confusamente las sombras de aldeanos madrugadores. Sergio apresuraba el paso, con un creciente temor a ser descubierto. Cuando llegó a lo alto de la cuesta se volvió para abarcar el paisaje que abandonaba, como había visto en una estampa de asunto de emigración que había en su casa... El adiós a la aldea. Cambió de mano su carga y siguió apresurado.

La primera legua la anduvo sin fatiga. Después comenzó a estorbarle la maleta. El día había abierto ya y pasaban por el camino, en la misma dirección que el joven, vendedores de piñas y aldeanos que llevaban a la ciudad la leche de sus vacas en panzudos jarros de metal. Sus caballejos menudos, de abundante crin negra, arrojaban en el frío mañanero largos chorros de vapor. Al pasar, las gentes saludaban:

—Buenos días nos dé Dios.

Sergio contestaba:

—Buenos días.

Y las veía alejarse, estimulando con sus voces a las bestias.

La doble fila de olmos había quedado muy atrás. Ahora la carretera corría casi bordeando el mar, lleno de olas perezosas que tenían blancas tildes de espuma. La ría era ancha y los montes fronteros aparecían brumosos. Un bote de parda vela venía hacia la costa, dando bordadas, muy caído hacia estribor. Y allá lejos, cerca ya del mar libre, se veía como puntos negros la escuadrilla de traineras salida antes del alba de todos los pequeños puertos vecinos, arriadas las velas, dejándose zarandear por las olas llegadas del confín temeroso.

Cuando hubo andado la segunda legua, Sergio se arrepintió de aquel arrebato de amor a la ciencia que le había hecho guardar en la maleta los libros de estudio. Seguramente eran ellos los que la hacían pesada. La dejó sobre un poyo y flexionó varias veces el brazo para desentumecerlo. Entonces se tronchó el peciolo de la camelia que llevaba en el ojal del gabán, y hubo de continuar el viaje asiéndola blandamente con la mano libre. Por último, como le molestase, la arrojó sobre un montón de grava. Hacia el final de la legua número tres tuvo tentaciones de solicitar que le dejasen ir en alguno de los caballejos que aún pasaban, o subirse a los carros chirriantes bajo montañas de hortalizas. Pero desde un pino paraje vió, repentinamente, la torre del faro de la ciudad, que se alzaba a lo lejos, destacándose sobre el fondo gris del cielo y el fondo gris del mar. Cobró alientos. Comenzaron a aparecer a los lados del camino alegres casas de recreo, con bosques de eucaliptos y verjas labradas; en la carretera el lodo había crecido—un lodo negruzco—y las rodadas de los carros lo surcaban profusamente. Más allá eran pequeñas casitas de obreros las que formaban calle; los chiquillos, medio desnudos, jugaban en las cunetas, y las gallinas se paseaban con sordo cacareo entre su prole, huyendo despavoridas al advertir la proximidad de un transeunte o el ruido de un carro.

Y en otro instante, más lejos, por encima de los tejados de una fábrica, otra vez el mar... y la ciudad entera, con su semicírculo de blancas casas y la mancha obscura de los jardines casi en la ribera, y el castillo alzado en un islote a la entrada del puerto, y el rebrillar de los cien mil cristales de los miradores y tres grandes buques anclados hacia el centro de la bahía, más allá de los vaporcitos pesqueros y de los barcos de cabotaje. Y sobre todo el conjunto, las cúpulas de las iglesias, rompiendo aquí y allá la confusión de tejados, y más alta aún, como una flecha hundida en la pesada nube gris, la torre del faro, obscura, aguzada, firme, haciendo la centinela del pueblo y del mar, envuelta en el pardo capotón de su granito...

Silbó cerca un tren. Como respondiéndole, el ronquido de una sirena llenó todos los ámbitos, y todos los ecos lo repitieron. Y entonces, uno de los grandes buques se movió lentamente sobre el agua quieta de la bahía y el humo de sus chimeneas se extendió, agitándose, como un pañuelo en una despedida... Sergio se sintió alegre y entró en la ciudad.

Fué a albergarse el enamorado a la misma modesta casa de huéspedes en donde estuvo en los días en que lo llevaban a la capital para hacer sus exámenes del Bachillerato. Pretextó ir a continuar sus estudios. Puso a la vista sus libros, desembarazó de lodo su calzado, se acicaló todo lo que el contenido de su maleta le permitía, y, después de comer, se lanzó a la calle.

Dedicóse a vagar ante la casa donde Volvoreta había encontrado empleo. Le pareció un poco estrecha, con cierto aspecto de humildad que le hacía tener la vieja pintura verde de sus galerías, que el sol había ido rebajando de tono. La calle no era muy concurrida y Sergio pudo avizorar desde un extremo el portal de la vivienda, en palpitante ansia de la aparición de la amada. Transcurrió una hora, dos. Sergio se apoyó en la jamba de una puerta y continuó esperando. Federica habría de salir o de entrar en algún momento... Pero Federica no entró ni salió. Otra hora, otra... El enamorado pensó en subir; pero le retenía el temor de comprometer a la moza. Desde la acera opuesta atisbó largamente la galería; vió aparecer en ella una mujer de media edad, en cierto desarreglo; después unos chiquillos, que consagraron diez minutos al deporte de aplastar, en competencia, sus naricillas sobre el cristal; luego, un hombre, maduro ya, que miró insistentemente a Sergio, tamborileó en los vidrios y volvió a entrar. En toda la tarde no pasó en la galería cosa de mayor transcendencia que las narradas.

Desanimado, mustio, Sergio vagó por la ciudad, en un soliloquio de conjeturas. Su anhelo le condujo a la posada donde antes se había hospedado Volvoreta. Estaba próxima al gran edificio cuadrado y sobrio del Instituto, en un grupo de casitas humildes. A la puerta, sentadas en la piedra del umbral, departían dos mujeres del pueblo. Tras sus cabezas se veía el estrecho portal y un pasillo, y más allá la amplia cocina, donde había el resplandor de una cansada luz vacilante.

Sergio inquirió:

—¿Está la dueña?

Una de las mujeres respondió, sin alzarse:

—¿Qué le quería?

El joven explicó, un poco turbado:

—Deseo saber si conoce el paradero de Federica, de una tal Federica que estuvo aquí.

—¿De una que anda a servir?

—Sí.

—¿Que es de allá, de Dumbría?

—Eso es: de Dumbría.

—¿Y luego? ¿Qué le quiere?

—Le traigo un encargo de sus parientes.

La mujer volvió la cabeza hacia el portal y gritó:

—¡Ay, Federica!

Sergio balbuceó, asombrado:

—Pero... ¿está aquí?

—¡Federica!—tornó a vocear la mujer.

En el vano del pasillo, sobre el fondo de luz, destacóse la negra silueta de la joven.

—¿Qué?

—Ven, que te llaman.

Avanzó. La enorme plaza estaba sumida en el azul de Prusia del crepúsculo. Preguntó Volvoreta desde el portal:

—¿Quién es?

Y Sergio, con la voz conmovida:

—Soy yo.

Se admiró la joven:

—¿Y tú?... ¡Vaya, Señor!... ¡Quién contaba contigo!...

Salió a la calle. Llevaba una saya vieja y una blusa de algodón, desprendida de la cintura. Sonrió frente al novio:

—¿Cómo estás aquí?

Las dos mujeres le miraban con atención. Sergio, un poco azorado, propuso:

—¿Puedes salir?

Hizo ella un gesto y bajó la voz para contar:

—Les estoy ayudando ahí dentro. Pero un momentito, si no es más que un momentito... Espérame...

Marchó y volvió a salir con una negra toquilla sobre los hombros. Fueron hacia el centro de la plaza.

—Pues yo estoy aquí por ti.

—¡Boh!—rió ella, incrédulamente.

Sergio se incomodó. ¡Era aquél un buen recibimiento!... Le había visto llegar como si acabasen de verse la víspera: ni un arrebato, ni un cariño, ni una frase de júbilo. ¡Era de mármol!... Se lo había dicho mil veces. ¡Era de mármol!... El tonto era él en seguir queriéndola y en preferirla a todo y en pasar apuros y correr aventuras por ella. ¿Así es como se paga un amor?

Ella callaba, un poco sorprendida, sin comprender la razón de aquella iracundia. Y así hubo una pausa. Sergio al fin la rompió, preguntando:

—¿Por qué has vuelto a la posada?

Y ella explicó. Había abandonado a aquella familia; no estaba contenta; era preciso pasarse los días con los cuatro pequeñuelos arracimados...; no podía salir...; la cocinera, por otra parte, le tenía muy mala voluntad. Se detuvo a contar con aire lastimoso alguna mala jugada padecida. Sergio escuchaba, con un sordo rencor contra aquella gente:

—¡Salvajes!...

Añadió después, meditativo:

—No me gusta que andes así... de casa en casa...

Ella se encogió de hombros. ¿Qué iba a hacer?... Era verdad: ¿qué iba a hacer?... ¡Si ellos pudiesen estar juntos!...

—¿Tú querrías?

Y ella, con el mismo ademán y la eterna sencillez inconmovible:

—¿Por qué no?...

—¿Cuánto te cobran en la posada?

Una peseta; le cobraban una peseta diaria. Le daban caldo y pescado; como había mucha gente, Volvoreta tenía que compartir su cama con una moza de Narahío que estaba también sin empleo. No lo pasaba mal: era gente muy buena.

Sergio oía, malhumorado. La situación de Federica no era fácil y la suya mucho peor aún. Se le descubrió, en un atisbo, la locura cometida; pero de su debilidad propia sacó fuerzas de rebelión. Fué preciso que acallase tiránicamente sus meditaciones, porque ahora que veía logrado su objeto, advertía que en la ausencia había poetizado con exceso a la novia, y aquella blusa desceñida y aquella toca de pelo de cabra, rota en algún punto, y los viejos zapatos que asomaban bajo la sucia falda, le causaban cierto malestar. El reloj del Instituto dió una hora con el toque apresurado de sus campanas. Volvoreta quiso tornar. Anunció él entonces:

—Mañana vendré a buscarte.

—Bueno.

—Pero...—vaciló un instante—quiero que estés arreglada...; no como hoy...

—Estaré arreglada.

Atravesaron la plaza sombría, y en el portal obscuro la besó. Entre el resplandor amarillento de la cocina se veían pasar unas sombras, y a veces llegaba el estrépito de una tapadera de metal que caía sobre las losas. Como sintiese el ruido de las pisadas en el portal, salió la posadera y miró:

—¿Quién está ahí?

Acercóse. Era una mujer gorda y pequeña, de fuertes brazos desnudos:

—¿Quién está ahí?

—Estoy yo—contestó Volvoreta.

Continuó la otra avanzando; curioseó a Sergio muy de cerca para ver su cara en la penumbra. Dulcificó la voz:

—Buenas noches.

Y después, limpiándose las manos con el mandil:

—¿Es éste tu mozo?

—Es, sí, señora.

—Vaya...; por muchos años.

Sergio sonrió y dió un gruñido, saludando para marchar. Sin saber por qué, le había molestado aquella pregunta y aquella respuesta. Y mientras se alejaba a buen paso, se dibujó en su memoria el retrato al carbón del señor Abelenda, con su toga solemne y su birrete hexagonal.