XV

Al anochecer solían verse los enamorados. Atravesaban la amplia plaza e iban hacia los andenes que orillaban el mar. Alzábase la ciudad en una península, y a uno y otro lado las aguas formaban dos senos: en el mayor y más resguardado agolpábase todo el tráfico marítimo: grúas chirriantes, malecones ennegrecidos por el carbón, muelles laboriosamente asentados entre las arenas, y sobre el mar las lucecitas de los grandes buques y el cabeceo continuo de las lanchas, que, cuando se movían al impulso de los flexibles remos, eran como un enjambre de moscas de río, yendo y viniendo y entrecruzándose en la vastitud de la bahía.

La ensenada que al lado opuesto de la ciudad abría su semicírculo rocoso, apenas tenía otra utilización que la veraniega de los baños. En las demás estaciones quedaba en el abandono y en la soledad. Desaparecían las alegres banderas de los mástiles pintados; encerránbase, desarmadas, las casetas de lona; el mar, hinchado por los vientos del Noroeste, batía obstinadamente, un mes y otro mes, en los cantiles y en la mampostería del andén... Hoscos edificios—una fábrica, un convento, después las tapias de un solar, casitas humildes de mareantes—daban su espalda a las olas, que a veces escupían sobre ellos su espuma. Ni una luz, ni una ventana que dejase resbalar un resplandor hasta la arena. Y en la arena, a veces, una vieja barca cansada, quilla al sol, dejándose rellenar de estopa sus grietas y acariciar por las brochas alquitranadas, con la misma complacencia perezosa de un animal espulgado por su dueño.

Los novios caminaban por el andén. Al embocarlo, el enorme raudal del aire libre llegado de lo infinito, bravo aún, todo saturado de olor a mar, la ráfaga inmensa que venía de silbar en los palos de un bergantín, de estorbar la marcha de un trasatlántico, de arrugar el océano en olas formidables, de guiarlas después, corriendo ante ellas y sobre ellas, hasta los cantiles y las playas, les envolvía, les empujaba, en prisa por entrar en la ciudad y asaltar las calles en un revuelo de papeles viejos y en un susto repentino de las galerías, que temblaban, y de las muestras, que comenzaban a oscilar en el dintel de los comercios. Después, el estruendo de las olas que venían entre las tinieblas, desmoronadas ya por su choque contra los bajos, rodando sobre sí mismas, misteriosas, invisibles, en toda la longitud de la playa... Este ruido acompañábales como una amenaza continua. En un extremo del andén, cerca de un bosquecillo de pinos jóvenes, se sentaban, y les parecía quedar aislados de todo, en aquella sombra densa, bajo la grave admonición del mar. A veces, el ascua del cigarro de un carabinero vigilante les alarmaba en su refugio escondido. A veces también, el rumor de los arbustos les hacía evocar la fronda de la Gándara o los bosques plácidos de Dumbría. En un lejano promontorio, en la boca de la ensenada, la linterna del faro parecía morir por instantes. Temblaba su reflejo, como una flecha de oro en el mar, y se veía el largo brazo de luz ir recorriendo lentamente los cuatro puntos cardinales. Cuando llegaba a ellos el fuerte haz luminoso, se separaban cohibidos, instintivamente, como si fuesen descubiertos por un severo ojo vigilante que desde un agujero abierto en el cielo negral, hiciese la centinela de las malas acciones humanas en el desamparo del mar y en el desamparo de las sombras terrenas.

Y este mismo vago temor les sobrecogía largo tiempo, deliciosamente; pasaban a veces siluetas calladas, otras parejas de enamorados que se ocultaban en la noche y a las que sólo se advertía por el crujido de la arena en el andén; se veía la lucecita remota de un barco cruzar, rayando las tinieblas... En ocasiones se alzaba la espuma de una ola cerca de ellos, como un fantasma blanquecino, y caía después con el son de una fuerte tela desgarrada. Entonces huían, entre amedrentados y rientes, como si hubiesen visto al océano asomar una mano robusta y ávida sobre los malecones para llegar junto a ellos, apresarles y sumirles después en su hervor.

—¡Nos va a alcanzar!...

Y corrían, cogidos de la mano, con una angustia que era al mismo tiempo placer... Y cuando las luces de una calle herían sus ojos, se admiraban secretamente de encontrarse ya en la ciudad, tranquila junto a aquella furia cercana.

Las inquietudes de Sergio no desaparecieron totalmente con su presencia en la capital; en más de una ocasión despertaban sus celos ciertas observaciones que él agigantaba. Alguna vez Volvoreta no estaba en casa al anochecer, y aparecía ya tarde, justificándose con la busca de ocupación. Pudo sorprenderla en coloquio con un sargento, y, por último, después de una labor de investigación que realizó para averiguar el origen de una peineta de celuloide que apareció un día entre los rubios cabellos de Federica, logró saber que se la había regalado un mozo vecino con quien solía charlar. Sergio se enfureció y aun dedujo de esa conducta de Volvoreta amargas máximas filosóficas acerca de la condición de las mujeres. Con ansia de batir al enemigo en su propio terreno, fué poco a poco comprando para ella estupendas joyas en los comercios que poseían brillantes al boro y piedras americanas. El anillo de cobre que lucía aún en la mano de la moza fué sustituído por una intachable esmeralda de dos pesetas; Federica tuvo, por el mismo procedimiento, fastuosos pendientes de amatista, un pendentif de platino y brillantes, y un imperdible que figuraba un lagarto, con los ojos formados por dos rubíes. Total: nueve pesetas y cincuenta céntimos. Federica daba brincos de alegría ante cada nuevo despilfarro del novio, y los domingos iba como una india, toda llena de cristales de colores engarzados en latón. Pero era feliz.

Una noche, en la cocina de la posada, se trató de ir a un baile. Era Carnaval; llovía; y Sergio había entrado, después de la repetida invitación de la hospedera. Un campesino borracho de aguardiente dormía sobre las losas, con la chaqueta enrollada bajo el cráneo, teniendo aún pegada a los labios la negruzca colilla. Dos mozas recién llegadas a la ciudad, mustias y silenciosas, contemplaban el fuego desde un rincón, pensando quizá en sus hogares de la montaña. La joven de Narahío mondaba ligeramente un montón de patatas y las dejaba caer en un balde de cinc. Propuso la posadera, ordenando los leños bajo el trípode:

—Lo que debíais hacer era ir al baile.

La moza de Narahío suspendió su labor:

—También es verdad, señora. Pues por mí que no quede.

Volvoreta rió; las rapazas del rincón siguieron mudas. Entonces la posadera cruzó sus manos sobre el vientre deforme:

—¡Válgame Dios, qué juventud ésta!...

Increpó a las del rincón:

—¿No vos da vergüenza, soiniñas?... ¿Qué vades vos a buscar a la América, coitadas?... Quisiéralo saber. A vuestros años no había baile ni romería donde yo no estuviese.

La de Narahío apartó el balde de sí, arrastrándolo con estrépito sobre las losas.

—¡Vamos nosotras, porra!... ¿Qué tenemos que ver con ellas?

Y se puso en pie como si ya fuese a partir para el baile. La posadera se echó a reir, haciendo temblar la blanca masa de sus pechos. Idearon el disfraz y requirieron a Volvoreta para acompañarlas. La joven se negó tibiamente, con cierta envidia hacia la dichosa independencia de las demás. Al despedirse aclaró Sergio:

—Supongo que no te dejarás convencer. ¿No irás al baile?

Y ella, con brusquedad de incomodo:

—¿No me has oído decir que no iré?...

Sin embargo, Sergio no pudo desechar la celosa inquietud. A las doce se escapó del periódico y fué al baile. La luz de los focos parpadeaba sobre las puertas del teatro; un hombre ebrio, disfrazado con un tieso y crujiente impermeable de pescador, canturreaba inmóvil, resignado a no poder separarse de la pared, en la que se había apoyado. Era aquél un baile público, en el que los arrabales volcaban sus legiones de mozos inciviles y la ciudad sus mujerzuelas y sus jayanes. Una mezcla de cargadores del muelle y de señoritos devotos de la crápula fácil. En los pasillos se alineaban, detrás de sus cestas, las vendedoras de naranjas y de refrescos gaseosos: una murga atronaba todo el ámbito. Pero los gritos, los zapatazos, los rugidos de la muchedumbre eran más poderosos que el estrépito musical. Sergio se detuvo en la entrada del patio, sobrecogido por cierto temor. Le pareció haberse asomado al infierno, tal y como don Miguel lo describía en los sermones de la misa dominguera. Cada ser humano era un energúmeno, cada boca un grito, cada brazo un aspa, y en todos los rostros había llamaradas del incendio de alcohol. A veces un grupo de gente se extendía como una cadena, trabada por los brazos—cincuenta, sesenta locos—, y brincaba desaforadamente sobre el tablado, haciéndolo cimbrear, con un ruido como si todo el teatro se derrumbase. En los palcos se habían guarecido mujeres que llevaban un mantón de Manila o un traje escotado; la turba que llenaba el salón lucía disfraces de una arbitrariedad nauseabunda; algunos eran sencillamente colchas llenas de lamparones; otros, ajados trajes de campesinos; otros, capuchones desgarrados que aún conservaban el lodo por donde los había arrastrado la máscara que lo alquilara en la fiesta anterior; ciertos bailarines se habían contentado con ponerse la americana con los forros hacia afuera; en muchas caras, el hollín había sustituído a la careta, y entre la negrura abrillantada por el sudor, los ojos y los dientes lucían una aguda ferocidad. Y todo estaba envuelto en una niebla de polvo y de humo y de vaho vinoso de dos mil bocas, que atenuaba la luz de las lámparas; y olía a vómito y a sudor agrio de cuerpos sucios y a la miseria que aquellas gentes dejaban en sus chozas de los arrabales y en sus casitas del barrio de pescadores, y a las esencias baratas del tocador de las mujerzuelas...

Sergio pensó en marchar; pero se sobrepuso su ansia. Cuando pisó el salón rompía a tocar la murga, y se vió repentinamente envuelto en el ir y venir atropellado de las parejas. Fué empujado, prensado, pisoteado; le pareció que iba a ahogarse e intentó salir; pero lo rechazaron hacia el centro del patio, y allí quedó, un poco más en calma.

Entonces se dedicó a escrutar las mujeres. Vió pasar a la posadera con un solo trozo de antifaz sobre la cara envejecida, imponente con la doble ampulosidad de sus carnes y de una sábana flotante; llevaba en las manos un soplillo de mimbres y se abanicaba con él, a la vez que se dejaba remolcar al compás de la danza por un hombre macilento, huesoso, que clavaba los dedos engarabitados en la espalda de la posadera y dejaba caer el cráneo casi sobre el suculento cogote de su conquista, en una traza que podía ser de lujuria o de hambre avivada por tanta y tan próxima carnosidad.

En una joven que entrevió bailando con alguien que llevaba un disfraz de labriego creyó descubrir a Volvoreta: la misma estatura, el mismo pelo del color de la miel... Luchando a codazos entre el gentío intentó seguirla. Se extravió, injurió a un marinero que le había aplastado un pie, enredó los botones de la americana en el fleco de un mantón... Quiso volver al centro del patio y no pudo lograrlo. Cuando cesó la música lanzóse en descubrimiento de la máscara sospechosa. La encontró entre un tumulto; el labriego se la había echado a la espalda, como quien carga un saco, y daba torpes brincos. La mujer agitaba las piernas en el aire, chillando y riendo. Al fin logró desprenderse. En la parte que la careta dejaba ver del rostro del rufián, entre la barba, sin rasurar, corría el sudor en gotas. Sergio, ceñudo, contempló a la muchacha; no era Federica: más gruesa, más alta, con una voz chillona... No era...

Y corrió detrás de todos los cabellos rubios y de todos los cuerpos de talle análogo al de la novia. Veinte veces le pareció divisarla, y otras tantas se convenció de su error. Subió los diversos pisos del teatro. En los pasillos, ocupados por mesas, se cenaba bulliciosamente. Arriba ya, en los corredores que llevaban al paraíso, había apenas doce o quince parejas misteriosas. Ellos, hombres casados o jóvenes enemigos de la turbamulta; ellas, tal vez criaditas recatadas, modistas aventureras o entretenidas infieles. Cuando alguien subía hasta el corredor había una misma actitud de disgusto y de azoramiento en las parejas; se cuchicheaba; las caretas no se separaban ni un instante de la faz... Los disfraces eran igualmente meticulosos: «viudas», «dominós», una «doncella», una «Colombina» con medias de lana roja y peluca color canario...

Muñiz pasó con una mujer hinchada, monstruosa, que se balanceaba bajo su capuchón al andar, como si fuese un globo pleno de hidrógeno que estuviese a punto de desprenderse del suelo. El periodista la abandonó un momento para acercarse a su amigo:

—¿Va a ir al diario? No diga que me vió, ¿sabe?

Después, bajando la voz:

—Es una mujer estupenda, ¿eh?... Fíjese qué pechos.

—¿Histérica también?

—¡Ay, amigo!... Perdidamente... ¡La peor, la peor!... Ya se lo contaré mañana.

Y huyó a brinquitos. Sergio no le envidió. Le había parecido una anciana la amiga de su compañero. Cuando quiso comprobarlo, otra máscara le volvió a su obsesión primera. Ahora se trataba de una «viuda», que al pasar había clavado en él sus ojos verdes. Ésta podía ser... seguramente era... Hasta juraría Sergio que advirtió en ella un movimiento de sorpresa, y que le había visto apretar más fuerte el brazo de su galán. Les cortó el paso y la miró con ansia. Ella entonces sujetó con la mano enguantada la barbilla del antifaz. Descendieron las escaleras. En el piso inferior los distanció el gentío. Aún pudo ver la cabeza del acompañante de la máscara sobresalir entre un grupo. Luego los buscó inútilmente. Subió, bajó, se internó en el salón, escrutó en los palcos, persiguió a otras mujeres vestidas de negro... Nada vió... La moza de Narahío, sin careta, pequeña y redonda, encendida con el buen color montañés, bailaba una jota sin música entre las cestas de fruta, en el desenfreno de la dinámica. Abelenda la llamó:

—¿Viste a Federica?

—No—respondió ella, limpiándose el copioso sudor.

—Di la verdad: ¿vino Federica?

—No. Págueme una naranja.

—Mira—amenazó Sergio, con toda la rabia acumulada aquella noche—, como yo descubra que ha venido Federica, a la posadera y a ti os pateo como a odres. Ya lo sabes.

Y se dirigió a la puerta para marchar. La de Narahío quedó un momento confusa; pero después corrió tras él, indignada:

—Oiga... ¿A quién va a patear usted, señorito esfamiado?... ¡Atrévase, que me basto yo sola para escorrentarlo!... ¡Lampantín!...