XVII
Con una alegría que se vislumbraba al través de aquella su apacibilidad constante, Volvoreta le anunció, mientras paseaban por los andenes, cerca del océano amansado ya, dormido en la dulzura de las primeras noches primaverales:
—Mañana entraré a servir en casa de los Acevedo.
Refirió muy prolijamente las preguntas que le había hecho la señora, el aspecto del comedor, con sus bandejas de plata por las paredes, el susto que había sentido ante un terrible perrazo que vió en el vestíbulo, y que resultó ser de cartón piedra... Toda la casa era señorial. La habían admitido para doncella de la señorita Luisa, y afirmaba ahora que no podía haber encontrado una ocupación mejor en todo el pueblo.
Callaba el joven, oyéndola, internamente roído por aquella celosa prevención contra el bajo oficio de la novia. Inquirió, al fin, malhumorado:
—Y ahora, ¿cómo hemos de hacer?
Federica no podía aún decírselo. Era necesario esperar, conocer las costumbres de la casa, saber los días en que habían de permitirle salir...
—Tú escríbeme.
Sergio no escribió. Espiaba la puerta de los Acevedo y podía ver alguna vez a su amada, vestida de nuevo de pies a cabeza, airosa, gentil, notoriamente satisfecha al lado de la lujosa Luisa. Cuando, inopinadamente, se cruzaban, Sergio solía saludar con un rendimiento cortés, al que la señorita contestaba apenas con un leve movimiento de sus ojos más que de su cabeza. Federica mirábale rápidamente, y nada más. El primer domingo, Sergio hubo de soportar el copioso relato de todas las costumbres y peculiaridades de la casa, y la referencia minuciosa de un viaje que Volvoreta había hecho en el automóvil, al lado del chauffeur, desde la calle donde vivían hasta la cochera, que estaba doscientos metros más allá. Y todo con una hiperbólica alabanza: la señora, un alma de Dios que se detenía muchas veces a charlar con ella; la señorita, un ángel que ya le había regalado un montón de puntillas y ropa blanca casi sin usar; ¡como tenían la misma estatura!... Ropas de hilo, finísimas... Precisamente llevaba puestos unos pantalones que... en su vida había soñado.
En los días de la segunda semana Sergio advirtió que Luisa no contestaba ya, ni con los ojos, a su saludo. Volvoreta, en cambio, se permitía sonreir para él y aun murmuraba un adiós sin el antiguo recato. El nuevo domingo llegó, y mientras el joven paseaba en espera de la salida de la moza, como alzase los ojos a los balcones, vió a la señora de Acevedo, que le hizo amablemente la insinuación de subir, varias veces repetida, porque Sergio, entre receloso y admirado, no obedeció a las primeras indicaciones.
Mientras ascendía por la escalera pensaba él que quizá fuese llamado para hacerle oir una reprensión por sus amores con Federica. Pero ya en el comedor, ante el gesto sonriente y la melosidad de la señora de Acevedo, se aminoraron sus temores. Sin embargo, la presencia de Luisa, sentada con cierto abandono junto al balcón, y también la de Volvoreta, endomingada ya, de pie, medio oculta tras una cortina, en una actitud pudorosa, conservaron viva la inquietud de Abelenda.
La de Acevedo le observaba al través de sus impertinentes de mango de concha. Le interrogó con su voz atiplada e insinuante, que repetía monótonamente las palabras:
—¿Y usted es de allá, de la Gándara? ¿No es eso?... ¿De una familia de la Gándara?...
—Sí, señora; de la familia de Abelenda.
—¡Vaya, sí; ya sé: de la familia de Abelenda!... Y ¿qué tal? ¿bien? ¿su familia bien?...
—Bien, sí, señora.
Daba vueltas al sombrero. La mujer no dejaba de observarle con una curiosidad escrupulosa:
—Claro; la familia bien... Naturalmente... Pues me alegro, hombre...
Conocíase que hablaba sin pensar sus frases. De pronto se volvió hacia Luisa, para exclamar:
—No comprendo por qué decías tú que yo le conocía. En mi vida he visto a este joven.
Luisa calló. Sergio, sin comprender nada de lo que ocurría, explicó:
—He tenido el gusto de saludar a ustedes en casa de don Manuel del Souto.
La de Acevedo volvió a alzar los impertinentes como si le fuesen precisos para mirar al pasado. Recordó, o fingió recordar:
—Sí... sí... La Cruz del Souto... En efecto... Muy bien.
Y sin transición, pero acentuando más aún la empalagosa dulzura de su acento:
—¿De modo que usted es el que está tan enamorado de Federica?
La inopinada pregunta y aquel ponderativo adverbio con que aparecía admirativamente agigantada su condición de amador, le hicieron enrojecer bruscamente. No se atrevió a mirar a Volvoreta, que, turbada asimismo por el rubor, enrollaba la cortina entre sus manos casi hasta hacer de ella una cuerda. La señora continuó:
—Ya me dijo ella que usted tiene muy buenos propósitos y que piensa casarse en seguida... ¿cuándo piensa usted casarse?...
Las mejillas de Sergio se pusieron al rojo cereza. Sentía sobre él un enorme ridículo, y aquel desdén con que Luisa continuaba mirando a la calle le hacía más daño que si se hubiese reído de él. Quiso negar, y dirigió una ojeada a Volvoreta, que continuaba retorciendo la cortina, sonrosada y riente, clavados en él los cándidos ojos color de mar. Le faltó valor para desmentirla. Balbució:
—¿Casarnos?... pues... no sé...
Entonces la de Acevedo le dirigió un discurso conmovedor, para explicar su ingerencia. Ella era siempre como una madre para la servidumbre de su casa. La bondad de su corazón se vertía especialmente sobre Federica, joven, hermosa y desamparada. Por eso había querido conocer detalles del noviazgo, para impedirlo si llegaba a sospechar de su rectitud. Pero Sergio le agradaba, le parecía «un muchachito bien educado». (Al llegar a este punto se interrumpió para advertir a Volvoreta que la cortina no podría soportar por más tiempo aquella tortura.) Exhortó al joven para que se convenciese de que la verdadera riqueza está en el espíritu, y añadió que aunque Federica no tuviese más que dos ferrados de tierra en Dumbría, sus condiciones de mujer trabajadora, honrada y obediente hacían de ella un partido ventajoso para un hombre sensato. Para terminar ofrecióse generosamente a ser madrina de boda, y declaró su satisfacción porque Sergio quisiese de tan pura y noble manera a la criada.
Volvoreta, radiante, se creyó en el caso de intervenir con mimo:
—¡Boh!... Lo que él tiene es zalamería y nada más...
Sergio desfallecía, agobiado por la sensación del ridículo. En la calle sintió pesar sobre él la mirada de la de Acevedo, asomada nuevamente al balcón para verlos marchar. Federica intentó ofrecer a su señora el espectáculo de sus ternuras y dió un pellizco en un brazo a su novio. Pero Sergio rugió sordamente y le respondió con un empujón.
Enteróse Abelenda aquella tarde de que la infatigable curiosidad de la mujer del banquero había obtenido de la vanidosa locuacidad de Volvoreta abundantes revelaciones de sus amoríos. Hasta aquellas cartas de los primeros días, trazadas bajo la inspiración del lírico incendio en que el enamorado se consumía, fueron puestas en manos de la de Acevedo.
—Las leyó y dijo que eras muy listo—le confesó, satisfecha, la moza.
Desde entonces la intervención de la dama en el noviazgo fué constante. Un día le mandó por conducto de Volvoreta un ejemplar de Los tres mosqueteros, «porque como se dedicaba al periodismo, le convenía conocer los buenos modelos para saber escribir». Otro día, la señora insinuó su disgusto porque Sergio perteneciese a la redacción de un diario radical que no publicaba «Ecos de Sociedad» y que ponía comentarios impíos a los sermones de Semana Santa. Cierto domingo en que Volvoreta no pudo salir encontró el joven en la fonda una carta concisa en la que se citaban varios refranes que convenían en demostrar cómo el deber es primero que el amor y cómo ve Dios con agrado a las jóvenes que prescinden del deleite de pasear con sus novios para atender a las ocupaciones caseras. La letra y el estilo no eran los de la moza. La de Acevedo intentó conseguir que Volvoreta consagrase las horas libres a asistir a las escuelas dominicales, para que pudiese ser una digna esposa con rudimentos ortográficos. Pero Sergio se opuso, ardiente en ira, contra aquella tutela que sólo le proporcionaba el placer un poco perverso de admirar los amplios pantalones y las tenues camisas de la hija de los Acevedos junto a las carnes firmes de Volvoreta.
Al cabo de dos meses la situación tomó de pronto un rumbo distinto. Federica anunció sus propósitos de abandonar la casa de sus amos. Sergio supo que cierta señora, ligada a Volvoreta por un parentesco remoto, había llegado de América y se quedaría a vivir en la ciudad. Federica, llamada a su lado, recibiría de ella una consideración filial. Se había acabado la esclavitud. Insinuó hasta la posibilidad de heredarla. Y todo esto mereció de su novio una aprobación sin reparos.
Trasladóse la joven a su nueva vivienda. Era una casita limpia y de construcción reciente, pero pequeña y humilde, enclavada en una calle del arrabal eternamente sola. Sergio había logrado permiso para ir por las tardes, hasta el anochecer, a conversar con Volvoreta, a la que la anciana daba el nombre de sobrina y un trato hasta tal punto cariñoso, que más parecía ser la moza la que mandase. Servíalas una mujer de la vecindad, que no dormía en la casa, y la vieja no vigilaba jamás las conversaciones de los enamorados, aunque, por síntomas diversos, no parecía distinguir consideradamente a Sergio Abelenda.
Federica era feliz con su cambio de fortuna. Poco a poco advertíanse en ella refinados progresos: se cortaba las uñas en pico, y el olor a romero de sus carnes había sido derrotado por el olor a violeta de un bote de perfume de escaso precio. Su dormitorio era en los primeros días un lugar de estupefacción, donde la vista caminaba de sorpresa en sorpresa. Cerca de la cama—demasiado grande para servicio de una soltera—había hecho colocar un aparador de pino, porque tenía un espejo que ella quería utilizar en su tocado. Una enorme lámpara con muchas arandelas y brazos retorcidos pendía sobre la cama... Sergio no comprendía cómo se pudiese dormir allí sin la pesadilla de morir aplastado por un desprendimiento. La pared estaba cubierta de litografías arbitrarias. Sobre la cabecera del lecho, un cuadro exhibía la visión simbólica de una balanza, uno de cuyos platillos tocaba el cielo resplandeciente, llevando la dulce carga de los bienaventurados, mientras que el otro, donde se hacinaban los pecadores, descendía hasta el pavoroso y ennegrecido antro infernal, donde unos cuantos demonios bailaban contentos ante la copiosa remesa. La mano de Dios, entre nubes esplendorosas, sostenía la balanza. Cerca de la estampa simbólica, igualmente encerrada en un marco obscuro y sutil, otra litografía suavizaba la honda impresión que la anterior pudiera dejar en el espíritu, solazando los ojos con el espectáculo de unas perdices muertas junto a un besugo, al frondoso amparo de una coliflor depositada junto a sus suculentos cadáveres como una ofrenda lírica. En otro cuadro, un cazador besaba a una pastora. En otro podía admirarse la escala de las categorías, desde el labrador—«Yo mantengo a todos»—hasta el Papa—«Yo rezo por todos»—, muy solemne, con dos dedos erguidos para bendecir.
Todo este desorden, provocado por el afán de Volvoreta de acumular junto a sí las riquezas del modesto mobiliario, fué siendo corregido poco a poco por una mano misteriosa. El aparador y la lámpara pasaron al comedor; luego aparecieron en el pasillo los cuadros eclógicos. En el techo de la alcoba fijóse un farolón de cristales rosados que daban una voluptuosa luz. Y un día Volvoreta mostró a su novio, emocionada como ante un suceso que cambiase el curso de su vida, un amplio baño de cinc colocado en un cuarto interior, sobre un trozo de linoleum.
Sergio pudo observar cómo en el alma de Volvoreta se despertaba—quizá por el fenómeno de su liberación—una fuerte antipatía contra las de Acevedo. Le hablaba de ellas largamente y sin que nada provocase el tema. Diríase que estaba rencorosamente poseída por la obsesión de sus últimas amas. Sergio supo que la señora tenía los dientes postizos y que en su juventud había sido modista de sombreros. Se enteró también de que usaba medias de goma porque padecía várices, y de que su edad excedía en cinco años a la de su marido. En cuanto a Luisa, era una criatura insubstancial, llena de orgullo, que, aunque supiese disimularlo, se perecía por los hombres.
—A mí me odiaba—dijo un día—porque cuando íbamos juntas por la calle me miraban más que a ella. ¿Te gusta esa mujer?...
Sergio opinó:
—Vales tú más, naturalmente; pero... vamos... no es fea.
Federica hizo un mohín. Concedió que, en efecto, algo valía; pero la acusó de tener los pechos muy blandos.
Después contó:
—A ti no te quería bien. Una vez, al pasar tú, dijo a sus amigas: «Ese es el novio de mi criada».
—¿Dijo así?
—¡Y con un desprecio!... Yo estuve a punto de protestar... Porque eso de llamarle a una «criada»... aunque una esté a servir, que bastante desgracia es... «Criadas» son las escobas... No sé cómo la he podido soportar durante esos dos meses...
Desde aquella charla, Sergio compartía la indignación de su novia contra Luisa. Y más de una vez, cuando sus manos acariciaban sobre Volvoreta las sutiles camisas o los holgados pantalones de la hermosa hija del banquero, saboreaba voluptuosamente con los ojos cerrados el placer de una dulce venganza...