CAPÍTULO II.
Hallábanse así las cosas[124], cuando los lacedemonios, sabedores positivamente de que se han derramado por Grecia grandes cantidades de dinero, y que las ciudades más importantes se han coaligado contra ellos para hacerles la guerra, consideran en peligro su república y juzgan necesaria una campaña. Mientras están preparándolo todo para este objeto, envían junto a Agesilao a Epicídidas, quien le expone el estado general de los negocios y le transmite la orden de marchar inmediatamente en auxilio de su patria. Experimenta Agesilao vivo sentimiento por esta noticia, al pensar los honores y esperanzas de que se halla privado; juntando, sin embargo, a los aliados[125], les muestra las órdenes de su patria y les dice que es necesario vayan a prestar auxilio a aquella; «pero podéis estar seguros —añade—, oh aliados, de que cuando marchen bien los asuntos, no solo no os olvidaré, sino que volveré en medio de vosotros para poder llevar a buen término lo que todos deseáis.» Al oír esto, muchos derraman lágrimas y todos decretan ir con Agesilao a socorrer a Lacedemonia, y que si, como es de esperar, todo marcha bien, conservándole como jefe, vuelvan de nuevo a Asia, por lo cual se preparan para seguirle. Deja Agesilao en Asia al gobernador Éuxeno al frente de las guarniciones, en número no inferior a cuatro mil hombres, para que pueda conservar las ciudades; pero al apercibirse de que la mayor parte de los soldados tienen más deseos de quedarse que de ir a combatir con otros griegos, queriendo llevarse en buen número a los mejores, ofrece premios a las ciudades que envíen un ejército más aguerrido, así como a los capitanes de tropas mercenarias que le presenten las compañías mejor armadas y disciplinadas, así de hoplitas como de arqueros y peltastas. Anuncia asimismo un premio para el comandante de caballería que del propio modo presente el escuadrón mejor montado y armado. Declara que la distribución de esos premios tendrá lugar en el Quersoneso después que se haya pasado de Asia a Europa, a fin de que comprendan bien quiere distinguir a los que deben formar parte de la expedición. Los premios eran en su mayor parte armas lujosamente labradas, así de infantería como de caballería; algunas de las recompensas eran coronas de oro. El valor total de los premios ofrecidos no bajaba de cuatro talentos, y a pesar de su excesivo coste, consagrose aún mucho dinero a comprar armas de toda especie para el ejército. Después de haber atravesado el Helesponto, establece como jueces a los espartanos Menasco, Herípidas y Orsipo y a un ciudadano de cada una de las poblaciones aliadas. Después de la distribución de premios se dirige a la cabeza de su ejército a Grecia, por el mismo camino que había seguido el rey[126] en su expedición contra el territorio griego.
Los éforos deciden que comience la campaña, y la ciudad, por la menor edad de Agesípolis, elige a su tutor y pariente Aristodemo, para dirigirla. Así que han pasado la frontera los lacedemonios, reúnense sus enemigos en asamblea para deliberar sobre el modo más favorable de librar combate. El corintio Timolao toma la palabra y dice:
«Aliados: Paréceme que los lacedemonios se asemejan a aquellos ríos que junto a su manantial son pequeños y fáciles de pasar, pero a medida que avanzan se hacen cada vez más violentos por la reunión de otros ríos que a ellos afluyen; del propio modo los lacedemonios, cuando salen de su ciudad, hállanse solos y aislados, pero a medida que se apoderan de las ciudades van engrosando y se hacen más difíciles de combatir. Veo también, añadió, que cuando los que quieren destruir las abejas las persiguen mientras vuelan en libertad, lo único que consiguen es experimentar numerosas picaduras; pero, por el contrario, cuando las atacan con el fuego en el interior de su morada, sin padecer ningún daño se apoderan de todas ellas. Hácenme pensar estas reflexiones, que lo mejor es librar el combate a los lacedemonios lo más cerca posible de Laconia, ya que no se pueda en ese mismo país.»
Esta proposición es aceptada, por parecer a todos tiene razón el orador; pero mientras se discute sobre la jefatura y se acuerda el número de filas en que debe disponerse el ejército para el combate, a fin de que no den los diversos estados demasiado fondo a sus falanges, con lo cual permitirían a los lacedemonios les envolviesen, estos, reunidos ya a los tegeatas y mantineos, avanzan hacia el istmo. Con esta rápida marcha hállanse los lacedemonios en Sición, casi al mismo tiempo en que se encuentran los corintios en Nemea. Adelantan por la Epiecea[127]; pero los gimnetas enemigos[128], arrojándoles dardos y flechas desde lo alto de las colinas, hácenles mucho daño. Bajan entonces de nuevo hacia la costa y avanzan por la llanura, saqueando e incendiando el país. Llegan mientras tanto los corintios y acampan a la otra parte de un torrente[129]; cuando los lacedemonios se hallan a la distancia de diez estadios de sus adversarios asientan también estos su campo y se mantienen a la expectativa.
Voy a indicar la fuerza de cada uno de los dos ejércitos. Los lacedemonios habían reunido unos seis mil hoplitas, tres mil eleos, trifilios, acroreos y lasioneos, mil quinientos sicionios y unos tres mil epidaurios, trecenios, hermioneos y halieos, con más cerca de seiscientos caballos lacedemonios, trescientos arqueros cretenses y casi cuatrocientos honderos marganeos, letrinos y anfídolos; los fliasios, pretextando una suspensión de armas, no habían querido seguirles: tales eran las fuerzas de los espartanos.
Componíanse las fuerzas de los enemigos de unos seis mil hoplitas atenienses, siete mil argivos, unos cinco mil beocios, pues no habían comparecido los orcomenios; tres mil corintios, y a lo menos unos tres mil hombres reclutados en toda Eubea. Este era el número de los hoplitas; y en cuanto a la caballería, componíase de ochocientos beocios, pues no habían acudido los orcomenios; unos seiscientos atenienses, cien calcídeos de Eubea y cincuenta locrios opuntios. Reunida toda la infantería, era superior en número la de los corintios, pues formaban parte de ella los locrios ozolios, los melios y los acarnanios.
Tales eran las fuerzas respectivas. Mientras los beocios ocuparon el ala izquierda, no apresuraron el combate; pero cuando se hubo colocado a los atenienses frente a los lacedemonios y se hallaron aquellos en el ala derecha enfrente de los aqueos, declaráronse en seguida favorables las víctimas y diose la orden de prepararse para el combate.
Descuidando desde un principio la formación de diez y seis en fondo, dan mucha profundidad a la falange y marchan luego hacia la derecha con objeto de hacer retroceder el ala de los enemigos; los atenienses les siguen para impedir se les aísle aunque conozcan corren grande riesgo de ser envueltos. Hasta entonces no habían conocido los lacedemonios la proximidad de los enemigos, pues el país estaba muy poblado de árboles; pero al oír el peán les reconocieron e inmediatamente ordenaron a todas sus tropas se formaran para el combate. Cuando llegan al sitio en que las han alineado los jefes extranjeros, se da la orden de que cada cual siga a su jefe de fila, y se dirigen entonces los lacedemonios hacia la derecha, extendiendo de tal modo su ala, que solo seis tribus de los atenienses[130] se hallan frente a los lacedemonios, y las otras cuatro frente a los tegeatas. Cuando no están ya más que a la distancia de un estadio, los lacedemonios, según su costumbre, inmolan una cabra a Diana Agrótera[131] y avanzan contra los enemigos en línea curva para poder envolverlos. Una vez comenzado el combate, los aliados de los lacedemonios son derrotados por los enemigos; únicamente los peleneos, que luchaban contra los tespieos, lo hacen de manera que mueren muchos de ambas partes. Los lacedemonios derrotan por completo a los atenienses que les están opuestos, y envolviéndolos les matan mucha gente, y como no han sufrido casi ninguna baja, adelantan en orden de batalla. De este modo atraviesan por entre las otras cuatro tribus atenienses antes de que hayan vuelto sobre su persecución; de manera que no tienen más bajas que las sufridas en el primer choque con los tegeatas. Encuentran entonces los lacedemonios a los argivos que se retiraban; iba a atacarles de frente el primer polemarca, cuando, según se dice, grita uno que debe dejarse pasar a las primeras filas, y una vez hecho esto, caen los lacedemonios sobre los flancos descubiertos de los enemigos que pasan ante ellos, y les producen muchas bajas. Atacan del propio modo a los corintios que iban en retirada, y luego, encontrando a algunos tebanos que volvían de la persecución, matan a gran número de ellos. Refúgianse primeramente los vencidos junto a los muros[132], pero rechazados por los corintios, se recogen nuevamente a su primitivo campamento; por su parte los lacedemonios, retirándose al lugar en que había principiado el combate, levantan allí un trofeo. Así terminó esta acción.