CAPÍTULO III.

Así que comienza la primavera[189], la caballería olintia, en número de unos seiscientos hombres, verifica una excursión hacia Apolonia en mitad del día, y se disemina por la campiña para saquearla: aquel día Derdas y su caballería habían llegado a Apolonia y se hallaban tomando el almuerzo. Cuando se apercibe aquel de esta correría, da orden a su gente para que armados y con los caballos enjaezados se mantengan a la expectativa; y cuando ve que los olintios avanzan con seguridad completa hasta los suburbios y las mismas puertas de la ciudad, sale al frente de su caballería en correcta formación. Así que le distingue el enemigo, emprende la fuga; mas él no se contenta con esto, sino que le persigue unos noventa estadios[190] sin cesar de matarle gente, hasta los mismos muros de Olinto: dícese que les mató unos ochenta caballeros. Permanecen desde entonces los enemigos encerrados dentro de sus muros y sin cultivar más que una pequeñísima parte de su territorio. Algún tiempo después, Teleutias dirigíase contra la ciudad de Olinto, a fin de destruir los árboles que habían quedado en pie y los trabajos de cultivo de los enemigos, cuando la caballería olintia avanza silenciosamente contra los lacedemonios, a cuya vista Teleutias, indignado por su audacia, ordena a Tlemónidas, jefe de los peltastas, se arroje sobre ellos a paso de carga. Los olintios, al verse atacados por los peltastas, vuelven la espalda, retíranse en buen orden, y vuelven a pasar el río; y los que les siguen, creyendo habérselas con fugitivos, persíguenles con grande audacia y se disponen también a atravesar el río; pero entonces la caballería olintia, aprovechando el momento en que acaban los peltastas de atravesar el río y les ofrecen un inmenso flanco, se vuelve, y cargando sobre ellos, matan al mismo Tlemónidas y a más de ciento de sus soldados. Teleutias, al conocer lo sucedido, monta en cólera, coge sus armas, y dirigiéndose hacia adelante con sus hoplitas, ordena a los caballeros y peltastas persigan sin tregua al enemigo. Gran número de ellos, cumpliendo sus órdenes, avanzan hacia las murallas más de lo que la prudencia exige, y tienen que retirarse con grandes pérdidas; y otros, alcanzados por las flechas arrojadas desde las torres, tienen que replegarse desordenadamente para ponerse a cubierto de los proyectiles. Cargan entonces los olintios con su caballería, apoyada por los peltastas, y últimamente los mismos hoplitas salen de la ciudad y se arrojan sobre la falange desordenada. Perece Teleutias combatiendo, y al momento ceden las tropas; nadie hace resistencia, y se declaran todos en fuga: unos procuran refugiarse en Espartolo, otros en Acanto o en Apolonia, y gran parte en Potidea. Persíguenles en todos sentidos los vencedores, y dan muerte a gran número de hombres de los más útiles al ejército.

Paréceme que tales desgracias deben enseñar a los hombres, y servirles para comprender que no se debe castigar mientras se está encolerizado, ni siquiera a los esclavos, porque a menudo ha sucedido que, arrastrados los dueños por la pasión, se han atraído a sí mismos mayores desventuras de las que a los demás han ocasionado. Pero sobre todo en la guerra, es una falta, muchas veces irreparable, el obrar siguiendo las inspiraciones de la cólera. La cólera, en efecto, es imprevisora, mientras la reflexión procura hallar con igual cuidado los medios de evitar un desastre, que los necesarios para perjudicar al enemigo.

Los lacedemonios, después de saber esta noticia, celebran consejo y deciden mandar fuerzas considerables para abatir la soberbia de los vencedores y no hacer inútiles cuantas ventajas hasta entonces se habían conseguido. Pensando de esta suerte, envían como general al rey Agesípolis, designándole también treinta espartanos, como se había hecho cuando la expedición de Agesilao a Asia. Muchos periecos, gente esforzada, así como buen número de extranjeros de los que se llaman trófimos y algunos bastardos espartanos bien reputados y que habían ejercido elevados cargos en la ciudad, le siguen como voluntarios. También proporcionan voluntarios las ciudades aliadas, alistándose también como tales algunos caballeros tesalios que querían hacerse conocer y apreciar por Agesípolis, y finalmente Amintas y Derdas muestran mayor actividad que la primera vez. Después de disponerlo todo, Agesípolis parte para Olinto.

La ciudad de los fliasios, que había merecido los elogios de Agesípolis a causa de la prontitud con que había proporcionado grandes cantidades para esta expedición, creyendo que hallándose ausente Agesípolis no se dirigirá Agesilao contra ella, pues no había sucedido nunca que estuviesen los dos reyes ausentes al mismo tiempo de Esparta, se atreve a no conceder justicia a los desterrados que han regresado a su patria, pues estos, en efecto, pedían fuesen decididos los puntos en litigio por un tribunal imparcial; pero los ciudadanos quieren sea juzgada su querella por la misma ciudad. Reclaman aquellos, alegando que no puede haber verdadera justicia si una de las partes litigantes ha de decidir como juez; pero no se les escucha, por lo cual se dirigen entonces a Lacedemonia para quejarse del gobierno de su ciudad: acompáñales asimismo cierto número de habitantes de Fliunte, que afirman se les considera por gran número de ciudadanos como verdaderas víctimas de la injusticia, por lo cual, irritada la ciudad, condena a todos los que se han dirigido a Esparta sin misión alguna del estado. Estos no se apresuran a volver a su patria; antes por el contrario, permanecen en Lacedemonia e informan a los de esta ciudad de que los que cometen estas violencias son los mismos que les han desterrado y cerrado las puertas a las tropas espartanas, que han comprado sus bienes y emplean la violencia para conservarlos, habiendo encontrado por fin el medio de hacerles castigar por haberse dirigido a Lacedemonia, a fin de que nadie, en lo futuro, se atreva a revelarles lo que pasa en su ciudad.

Creyendo los éforos que, en efecto, se cometía allí injusticia, declaran la guerra a los fliasios, cosa que no disgustó a Agesilao, pues la familia de Podánemo, desterrada en la actualidad, estaba unida con su padre Arquidamo por los lazos de la hospitalidad, y él mismo lo estaba con la familia de Procles, hijo de Hipónico. Terminados los sacrificios de la marcha, emprende la campaña, a pesar de que varias diputaciones marchan a su encuentro ofreciéndole grandes cantidades para evitar la invasión: contesta a todos que no se dirige allí para cometer injusticias, antes al contrario, para proteger a los que de ellas son víctimas. Por fin afirman los fliasios se hallan dispuestos a hacer cuanto quiera, rogándole suspenda su expedición; pero él les contesta que no puede creer solo en sus palabras, pues otras veces le han engañado y necesita, por lo mismo, una garantía efectiva. Habiéndole preguntado cuál era la garantía que exigía, contesta: «La misma que nos disteis otra vez sin que hubieseis padecido perjuicio alguno: el entregarnos la acrópolis.» No habiendo accedido a su petición, invade el país y rodea su ciudad con obras de fortificación, dejándola completamente sitiada. Gran número de lacedemonios repiten, sin embargo, que por algunas personas se enajena una ciudad de más de cinco mil almas, y en realidad, para ponerlo más de relieve, los fliasios celebraban sus asambleas a la vista del ejército, por lo cual Agesilao ideó el siguiente medio para contrarrestar este reproche. Cada vez que salía alguien de la ciudad, atraído por la amistad o por la parentela de los desterrados, hace preparar comidas públicas como las de Esparta y dar alimentos suficientes a cuantos quieren tomar parte en los ejercicios; ordena asimismo se les procure toda clase de armas sin retroceder ante ningún gasto. Ejecútanse sus órdenes, y de este modo se forma un cuerpo de más de mil hombres robustos, disciplinados y bien armados; de manera que llegan los lacedemonios a desear por compañeros de armas a estos soldados.

En estas cosas empleaba su actividad Agesilao. Mientras tanto, Agesípolis, saliendo de Macedonia, sitúase con sus tropas frente a Olinto: pero viendo que nadie sale a atacarle, se ocupa en devastar cuanto ha sido hasta entonces respetado en su territorio, y destruye las mieses de las comarcas aliadas, así como cayendo sobre Torone, se apodera de ella por asalto. Hallábase en esto, cuando es atacado por una ardiente fiebre, propia de la estación canicular en que se encontraban; y habiendo visto por la mañana el templo de Dioniso en Afitis[191], entrole el deseo de gozar de la sombra de sus cuevas y de sus aguas límpidas y frescas: transpórtasele aún con vida, pero muere fuera del templo, una semana después de haber caído enfermo. Su cuerpo, cubierto de miel, es llevado a su patria, donde recibe sepultura real.

Agesilao, al saber esta noticia, no demuestra que ha perecido un rival, antes derrama abundantes lágrimas y echa de menos su compañía, pues en Esparta los reyes habitan juntos cuando en ella se encuentran. Agesípolis y Agesilao confiábanse a menudo las confidencias más intimas sobre su juventud, sus cacerías, sus caballos y sus amores, y además, mientras vivían juntos, mostrábale el último gran respeto, pues era mayor en edad. Envían en su lugar los lacedemonios en calidad de gobernador contra Olinto a Polibíades.

Agesilao había dejado ya trascurrir el tiempo prudencial que se había fijado para la duración de las provisiones en Fliunte, pues tal es el dominio que sobre los apetitos puede tenerse que los fliasios, habiendo decretado entregar la mitad del trigo que antes se daba a todo el mundo, al ejecutar esta resolución, pudieron sostener el sitio durante doble tiempo del que se había presumido. Y tal es también la superioridad de la audacia sobre la timidez, que cierto Delfión, que pasaba por hombre distinguido, al frente de trescientos fliasios pudo dominar el influjo de los que deseaban la paz, y retener en la cárcel a los individuos de quienes desconfiaba; pudo asimismo obligar al pueblo a montar las guardias y asegurarse de su fidelidad vigilándole constantemente. A menudo verificaba salidas con sus partidarios más decididos, y rechazaba las guardias de diferentes puntos de las fortificaciones enemigas. Sin embargo, cuando a pesar de todos sus arbitrios esos hombres tan decididos no pudieron hallar víveres en parte alguna de la ciudad, pidieron una tregua a Agesilao para enviar una comisión a Esparta, pues habían determinado entregar a discreción la ciudad a los lacedemonios.

Irritado Agesilao de que no le consideren con autoridad suficiente para ello, halla medio para que sus amigos de Esparta obtengan se le deje árbitro de la suerte de Fliunte, y entonces accede a dejar paso franco a aquella comisión. Redobla, sin embargo, la vigilancia en las guardias para que nadie pueda salir de la ciudad, pero a pesar de todas estas precauciones, Delfión, y con él un esclavo estigmatizado que había sustraído gran cantidad de armas a los sitiadores, consiguen escapar durante la noche. Cuando los diputados vuelven de Esparta con la noticia de que esta da sus más amplios poderes a Agesilao respecto a lo que debe hacerse con la ciudad, decide aquel que cincuenta desterrados y cincuenta sitiados sean los que han de manifestar quiénes deban conservar la vida o perecer de entre los sitiados, y que más adelante establecerá las leyes según las cuales deban gobernarse. Mientras ejecutan sus órdenes, deja una guarnición en la ciudad con el sueldo de seis meses, después de lo cual licencia a los aliados y regresa a Esparta con sus conciudadanos. Así terminó la expedición a Fliunte, después de haber durado un año y ocho meses.

Polibíades, por su parte, acosaba vivamente por el hambre a los olintios, pues no podían recibir por tierra ni introducir por mar alimento alguno, obligándoles con esto a enviar una diputación a Lacedemonia para tratar de la paz. Danse a los enviados amplios poderes, y celebran allí un tratado, obligándose a reconocer por amigos o por enemigos a los que lo sean de Lacedemonia, a seguir a todas partes donde quieran conducirles los espartanos, y a ser sus aliados. Después de haber jurado permanecer fieles a estas condiciones, regresan a su país.

Todo favorecía a los lacedemonios: hallábanseles completamente sometidos los tebanos y beocios; afectos y bien dispuestos los corintios; humillados los argivos, después de haber visto que el pretexto de los meses sagrados de nada les servía; de todos abandonados los atenienses, y castigados cuantos aliados a Esparta no habían sido enteramente fieles: de ahí que todo parecía indicar para ellos una gloriosa y duradera dominación.