CAPÍTULO III.
Los atenienses, al ver arrojados de Beocia a los de Platea, pueblo aliado, para los cuales no quedaba ya otro remedio que el de refugiarse entre ellos, y a los tespieos, que les rogaban no permitiesen se les privara de su patria[214], no aprueban la conducta de los tebanos, y experimentan alguna desazón por apoyarles en sus guerras, sobre todo al reflexionar será sin ventaja ninguna para ellos, por lo cual no quieren ya asociárseles cuando les ven marchar contra los focidios, desde muy antiguo aliados de los atenienses, y arrasar ciudades que se les habían mostrado fieles en la guerra contra los bárbaros y que además eran sus propios aliados. Habiendo, pues, el pueblo decretado la paz, se enviaron primeramente[215] diputados a los tebanos para invitarles se dirijan con ellos a Lacedemonia, si tal es su voluntad, para tratar allí de este objeto, después de lo cual envían los atenienses sus diputados, entre los cuales fueron elegidos Calias, hijo de Hipónico, Autocles, hijo de Estrombíquides, Demóstrato, hijo de Aristofón, Aristocles, Cefisódoto, Melanopo y Liceto. Al presentarse ante la asamblea de los lacedemonios y de los aliados, hallábase también entre ellos el orador Calístrato, pues había prometido a Ifícrates que si le dejaba ir, le enviaría dinero para la flota o celebraría la paz, ya que en aquel tiempo se hallaba en Atenas procurando negociarla. Así, pues, cuando fueron admitidos los diputados ante los lacedemonios y aliados, el primero que tomó la palabra fue Calias, el portaantorcha[216], que era un hombre que se deleitaba no menos en alabarse a sí mismo que en ser alabado por los demás. Principió, pues, de este modo:
«Lacedemonios: no data mi proxenia con vosotros de mí mismo, sino que ya el padre de mi padre la ha legado a nuestra familia. Quiero haceros ver también los sentimientos de que se halla animada mi patria respecto a vosotros; en tiempo de guerra nos escoge por general, y cuando desea la paz nos elige asimismo para negociarla. He venido ya dos veces en otro tiempo para terminar la guerra, habiendo conseguido en estas dos diputaciones lograr la paz entre vosotros y mi ciudad; y ahora vengo por la tercera vez y creo tener razones más justas aún para obtener una reconciliación.
»Hallo, en efecto, que vuestros sentimientos son los mismos que los nuestros y que además os molesta también como a nosotros la destrucción de Platea y Tespias. ¿Cómo, pues, no sería natural sean más bien amigos que enemigos los que participan de iguales sentimientos? Y seguramente que aun cuando haya alguna diferencia en el modo de ver las cosas, las personas prudentes evitan comenzar una guerra, por lo cual, si en todo estamos acordes, ¿no sería verdaderamente extraño que no ajustásemos la paz? Prohibíanos la justicia esgrimir nuestras armas contra vosotros, ya que se dice que a los primeros extranjeros a quienes Triptólemo[217], nuestro antepasado, inició en los misterios sagrados de Deméter[218] y Hera[219], fueron Hércules, padre de vuestra raza, y los Dióscuros, vuestros conciudadanos, y además que el Peloponeso fue el primero que recibió de él la semilla del fruto de Deméter. ¿Cómo, pues, sería justo que vosotros vinieseis a destrozar las mieses de aquellos de quien habéis recibido las primeras semillas, así como que nosotros no pudiésemos desear se hallasen en la mayor abundancia posible de frutos aquellos a quienes les dimos las primeras simientes? Pero si los dioses han decidido haya guerras entre los hombres, es preciso pongamos toda la lentitud posible en comenzar las hostilidades, y una vez existan estas, la mayor prontitud en terminarlas.»
Autocles, orador muy famoso por su precisión, habla después de él en estos términos:
«Lacedemonios: cuanto voy a deciros no tendrá por objeto el adularos, no lo desconozco; pero me parece que aquellos que quieren ver tan sólida y permanente como sea posible, la amistad que desean celebrar, deben manifestarse mutuamente las causas de sus guerras. En cuanto a vosotros, decís abiertamente que todas las ciudades deben ser independientes, pero vosotros mismos ponéis los mayores obstáculos a su independencia, pues imponéis como primera condición a las ciudades aliadas la de que os sigan a donde quiera las conduzcáis. ¿Y cómo puede conciliarse eso con la independencia? Os hacéis enemigos sin el consentimiento de los aliados, a quienes mandáis después contra aquellos; de suerte que los que se llaman independientes, se hallan muy a menudo obligados a marchar contra sus mejores amigos.
»Pero lo que es aún mucho más opuesto a la independencia, es que establezcáis en todas partes gobiernos de diez o de treinta individuos y que procuréis con todas vuestras fuerzas, no que estos jefes gobiernen a tenor de la ley, sino que tengan la suficiente fuerza para contener a las ciudades, de manera que parece os regocijáis más en la tiranía que en el gobierno libre. Además, cuando el rey mandó fuesen independientes las ciudades, habéis sabido reconocer y proclamar que no obrarían los tebanos según las prescripciones del rey, si no dejaban que cada ciudad se gobernase a sí misma por las leyes que quisiere; pero en cambio, cuando os habéis apoderado de la Cadmea[220], no habéis permitido siquiera a los tebanos conservaran su independencia. Los que desean contraer una amistad, no deben pretender de los demás se les conceda plena justicia, mientras se abandonan ellos a su más desenfrenada ambición.»
Después de terminar este discurso hízose general silencio y acogieron con gozo sus ataques cuantos conservaban motivos de queja contra los lacedemonios. Después de esto, Calístrato dice:
«Oh lacedemonios, no creo poder pretender que no hayáis cometido tantas faltas como las que nosotros hemos hecho. No pienso, sin embargo, que no se deba sostener relación alguna con los que han errado alguna vez, pues veo que no hay hombre alguno que termine su vida sin claudicar. Por el contrario, paréceme que los hombres que han cometido errores alguna vez, se hacen con ello más prudentes, sobre todo cuando han resultado castigados con estas faltas como nosotros. Veo que vosotros también os habéis atraído algunas veces grandes desastres con vuestras desconsideradas acciones, entre las cuales es preciso contar la ocupación de la Cadmea en Tebas, pues a pesar de todos los cuidados que habéis tomado para asegurar a las ciudades su independencia, todas han vuelto a caer en poder de los tebanos, luego de haber sufrido estos tan notoria injusticia. Por esto espero que habréis aprendido la poca utilidad que presta la ambición, y confío que en lo futuro seáis más comedidos en vuestra recíproca amistad.
»Respecto a los calumniosos rumores de algunos que queriendo impedir la paz han dicho que al venir nosotros no nos mueve el deseo de vuestra amistad, sino el temor de que regrese Antálcidas con el dinero del rey, considerad todo esto como pura habladuría. En efecto, el rey decretó positivamente la independencia de todas las ciudades griegas; ¿en qué, pues, temeríamos al rey, si cuanto obramos y decimos se halla informado por esta misma idea? ¿Creerá, acaso, alguno que prefiera el rey emplear su dinero haciendo a otros poderosos, cuando ve realizar sin gasto alguno cuanto reconoció como más ventajoso? Pero, sea de esto lo que quiera, ¿para qué hemos venido? Comprenderéis fácilmente que no es a causa de vuestros apuros, si echáis una ojeada al estado actual de nuestros asuntos así por tierra como por mar. ¿Por qué, pues, hemos venido? Evidentemente porque algunos de nuestros aliados obran de un modo que nos es tan poco grato como a vosotros. Quisiéramos comunicaros gustosamente las ideas de rectitud que tenemos, a fin de reconocer os debemos nuestra conservación; y para abordar la cuestión principal os recordaré que todas las ciudades son consideradas como vuestras o como nuestras, así como en cada estado todo el mundo está dividido entre el partido lacedemonio y el ateniense. Si fuéramos, pues, amigos, ¿de qué parte podríamos temer razonablemente ningún peligro? ¿Quién podría inquietarnos por tierra siendo vosotros nuestros amigos, y quién podría dañaros por mar al ser nosotros vuestros más íntimos aliados?
»Todos sabemos que las guerras tienen siempre un comienzo y un fin, y que si no es hoy, más adelante desearemos todos la paz. ¿Por qué, pues, aguardar al momento en que nos hallemos agobiados por multitud de males, más bien que hacer la paz lo más pronto posible y antes de ser alcanzados por algún daño irreparable? No doy mi aprobación a aquellos atletas que después de haber vencido muchas veces y de haberse labrado gran reputación, son ambiciosos hasta el punto de no querer detenerse hasta haber sido vencidos y haberse visto obligados a renunciar a su profesión, ni tampoco a aquellos jugadores que cuando están de suerte doblan en seguida la apuesta, pues veo que la mayor parte de ellos son presa de la más completa miseria. Considerando todas estas cosas debemos aprovecharnos de que aún nos hallemos en vigor y en prosperidad para hacernos francos y mutuos amigos en lugar de liarnos en una guerra en la que juguemos el todo por el todo, pues nosotros por vosotros y vosotros por nosotros hemos de elevarnos en Grecia a un poder mucho mayor en lo futuro del que hemos tenido en lo pasado.»
Habiendo parecido todas estas cosas animadas por la prudencia y sabiduría, decretan los lacedemonios aceptar la paz bajo las condiciones de retirar los gobernadores de las ciudades, licenciar sus tropas de mar y tierra, y reconocer la independencia de las ciudades. Establécese asimismo que en el caso de que un estado contravenga a estas cláusulas, socorran los que quieran a las ciudades oprimidas, pero los que no quieran ir en su auxilio no puedan ser obligados a ello por su juramento. Juran estas condiciones los lacedemonios por ellos y por sus aliados, así como los atenienses y los suyos, cada ciudad de por sí. Los tebanos habían sido inscritos entre las demás ciudades que habían jurado, pero al día siguiente vuelven sus diputados para suplicar se escriba beocios en lugar de tebanos, entre los que han jurado. Agesilao responde que no cambiará nada de cuanto han jurado y escrito primeramente, pero que si no quieren ser comprendidos en el tratado, borrará su nombre, si así lo exigen. Como de este modo la paz se hallaba en vigor entre todos los estados griegos, excepto los tebanos, que eran los únicos que habían reclamado contra ella, consideran los atenienses la posibilidad de que sean diezmados los tebanos, como se decía, y estos se ausentan completamente desconcertados.
CAPÍTULO IV.[221]
Retiran después de esto los atenienses las guarniciones de las ciudades, llaman de nuevo a Ifícrates y a la flota, ordenándole devolver cuanto haya tomado desde que se ha prestado juramento a los lacedemonios. Estos retiran también los gobernadores y guarniciones de todas las ciudades, a excepción de Cleómbroto que mandaba el ejército en la Fócida, y que cuando pide a los magistrados de su patria qué debe hacer, Prótoo dice que, a su parecer, debe licenciarse aquel ejército conforme al juramento, y participar a las ciudades deposite cada una en el templo de Apolo la suma que quiera; que después, si hay quien rehúse el reconocimiento a la independencia de las ciudades, es preciso entonces reunir nuevamente los aliados que quieran proteger dicha independencia y dirigirse contra los que se opongan, todo lo cual creía sería el modo de hacerse favorable a los dioses y el de indisponerse lo menos posible con las ciudades. La asamblea, después de haber oído su parecer, consideró cuanto había dicho como pura habladuría, pues, según parece, se hallaba ya inspirada por el genio malo que la conducía. Hízose decir a Cleómbroto que no licenciase su ejército, sino que, por el contrario, marchara contra los tebanos si no reconocían la independencia de las ciudades. Cuando Cleómbroto tiene conocimiento de que ha sido hecha la paz, pide a los éforos qué debe hacerse, y estos le ordenan se dirija contra los tebanos si no reconocen la independencia de las ciudades de Beocia. Así, pues, cuando ve que, lejos de dar libertad a las ciudades no licencian su ejército a fin de poder oponerlo a los lacedemonios, conduce sus tropas a Beocia. Existía un camino por el cual esperaban los tebanos verle entrar: era por el lado de la Fócida, por cierto desfiladero que guardaban; pero él avanza de improviso a través del país montañoso de Tisbe, llega a Creusis, y después de tomar esta plaza fuerte, se apodera de doce trirremes tebanas. Hecho esto, se aparta de la costa y acampa en Leuctra en el territorio de Tespias. Los tebanos, que no tenían otros aliados que los beocios, colocan su campamento en una colina que se hallaba a su frente y a poca distancia de los mismos. Entonces los amigos de Cleómbroto, dirigiéndose a él, le dicen:
—«Oh, Cleómbroto, si dejas que los tebanos se retiren sin combate, peligras de ser tratado con la última pena por tu patria, pues todo el mundo recordará que cuando viniste a Cinoscéfalas no saqueaste parte alguna del territorio tebano, y que en una expedición siguiente fuiste detenido en el paso, mientras Agesilao ha penetrado siempre en su país por el Citerón. Si, pues, deseas tu propio interés y el bien de la patria, debes dirigirte contra los enemigos.»
Esto decían sus amigos; sus enemigos decían por su parte:
—«Ahora es cuando mostrará claramente este hombre si favorece a los tebanos, según se dice.»
Al oír todo esto Cleómbroto, se inclinaba a librar combate.
Por su parte, los jefes de los tebanos reflexionan que si no presentan batalla, se apartarán de ellos las ciudades vecinas y serán sitiados por los enemigos, en cuyo caso, no teniendo el pueblo tebano los necesarios víveres, corren peligro de que la misma ciudad se declare contra ellos, y como varios habían sido anteriormente desterrados, sostienen que vale más morir combatiendo que ser nuevamente desterrados. Además de esto, dales cierta confianza el oráculo popular, según el cual debían los lacedemonios experimentar una derrota en el mismo lugar en que se hallaba el sepulcro de las doncellas que, según se dice, se habían dado la muerte después de la violencia que les habían hecho experimentar los lacedemonios[222]. Por esto los tebanos habían adornado este monumento antes del combate. Anúnciaseles igualmente que en la ciudad todos los templos se habían abierto por sí solos, y que las sacerdotisas declaran que los dioses indican una victoria. Dícese asimismo que las armas del Heracleo[223] se han diseminado por el suelo, lo cual significa que el dios ha salido al combate. Algunos pretenden, sin embargo, que todo esto no eran más que estratagemas preparadas por la autoridad superior[224].
Todo era, pues, en esta batalla contrario a los lacedemonios, mientras lo había dispuesto todo la fortuna en favor de sus adversarios. Efectivamente, después de almorzar había tenido Cleómbroto su último consejo respecto al combate, a mediodía, después de beber regularmente, y, según se dijo, después que el vino se les había subido a la cabeza. Cuando los dos ejércitos se hubieron armado y se hizo inminente el combate, los comerciantes y algunos bagajeros, así como los que no querían combatir, prepáranse para alejarse del ejército beocio, pero los mercenarios, bajo el mando de Hierón, y los peltastas focidios, con la caballería heracleota y fliasia, forman un círculo y se arrojan sobre ellos en el momento en que iban a alejarse, poniéndoles en fuga y persiguiéndoles hacia el campamento beocio, con lo cual hacen mucho más fuerte y más numeroso el ejército de los tebanos. Después, extendiéndose una llanura entre los dos ejércitos, colocan los lacedemonios su caballería al frente de su falange, mientras los tebanos opónenle también la suya; pero la caballería tebana era una tropa aguerrida por la guerra con los orcomenios y por la de los tespieos, mientras que en aquel tiempo la de los lacedemonios era muy detestable, pues los ciudadanos ricos eran los que criaban los caballos, y al anunciarse una campaña llegaba cada uno de los designados, tomaba el caballo y las armas que se le daban, y partía inmediatamente. Además, eran los soldados más débiles y menos deseosos de ilustrarse los que formaban parte de la caballería. Tal era la de ambas partes. En cuanto a los cuerpos de ejército, dícese que los lacedemonios ordenaron en tres filas las compañías[225], lo cual no hacía más que doce hombres en fondo. Por el contrario, los tebanos se habían aglomerado formando una profundidad de cincuenta escudos, considerando que si vencían al cuerpo real, vencerían fácilmente los restantes cuerpos.
Cuando Cleómbroto comenzó a dirigirse contra el enemigo, y aun antes de que su ejército se hubiese apercibido de que se avanzaba, la caballería de ambas partes había venido ya a las manos, y la de los lacedemonios había sido derrotada al primer empuje; al huir cae sobre sus mismos hoplitas, atacados a su vez por los tebanos. Sin embargo, un testimonio positivo demuestra la superioridad que el cuerpo de Cleómbroto tuvo en los comienzos del combate, pues no hubieran podido levantarle y apoderarse de él vivo, si los que combatían a su alrededor no hubiesen tenido en aquel momento la mejor parte en el combate. Pero cuando fue muerto el polemarca Dinón, así como Esfodrias, uno de los comensales del rey, y Cleónimo, su hijo, la caballería y los sinforeos[226] del polemarca no pudieron detener el poder del número y comenzaron a ceder; las tropas del ala izquierda, al ver derrotada la derecha, principiaron también a aflojar en su resistencia. A pesar del número de los muertos y de su derrota, después de atravesar el foso que se hallaba delante del campamento, vuelven a colocarse con las armas en el lugar de donde habían partido. El campo no era completamente una llanura, pues formaba cierta pendiente. Hubo entonces algunos lacedemonios que, creyendo no debía soportarse tal desastre, dijeron era preciso impedir al enemigo erigir un trofeo, y procurar recoger los muertos por la fuerza de las armas sin recurrir a la tregua. Pero los polemarcas, viendo que habían sucumbido ya cerca de mil lacedemonios, y que de unos setecientos espartanos habían muerto cerca de cuatrocientos, así como que se hallaban ya sin valor para combatir los aliados, a alguno de los cuales acaso no contrariaba el giro que tomaban los sucesos, reúnen a los jefes principales para determinar lo que debe hacerse. Habiendo todos sido de parecer de pedir una tregua para recoger los muertos, envían un heraldo para suplicarla. Levantan en seguida los tebanos un trofeo y conceden la tregua para recoger los muertos.
Después de estos sucesos, el enviado que lleva a Lacedemonia la nueva de este desastre, llega a Esparta el último día de las Gimnopedias[227] en el momento en que el coro de hombres se hallaba en función; los éforos, al enterarse de este desastre, necesariamente tuvieron que afligirse, pero no suspendieron el coro y dejaron terminar los juegos. Después dieron los nombres de los muertos a cada uno de sus parientes, recomendando a las mujeres no manifestaran su dolor, sino, por el contrario, lo soportaran en silencio. Al día siguiente pudo verse aparecer en público a los padres de los que habían perecido, alegres y llenos de júbilo, mientras los padres de los que se había anunciado sobrevivían al combate, no se mostraron más que en muy pequeño número y con el rostro abatido y humillado.
Inmediatamente decretan los éforos una leva de las cohortes restantes llamando a las armas aun a los que hacía cuarenta años habían pasado de la adolescencia; hacen partir también a los de esta edad que pertenecían a las cohortes que habían salido antes, pues hasta entonces solo se había enviado contra la Fócida a los que pertenecían al ejército hacía menos de treinta años; ordénase, finalmente, que deben también partir cuantos se habían antes quedado a consecuencia del cargo que desempeñaban. No habiéndose repuesto aún Agesilao de su enfermedad, da la ciudad el mando a su hijo Arquidamo. Los tegeatas muestran mucho celo por ir con ellos, pues Estásipo y sus partidarios, que abogaban por Lacedemonia, y que contaban con gran poder en su ciudad, se hallaban aún con vida. Los mantineos de las aldeas les acompañan también valerosamente, pues eran dominados por la aristocracia. Los corintios, los sicionios, los fliasios y los aqueos muestran también mucho celo en acompañarles, y muchas otras ciudades envían asimismo su respectivo contingente. Los lacedemonios y los corintios equipan trirremes, y piden también a los sicionios equipen algunas en las cuales pensaban transportar al ejército, y Arquidamo sacrifica después para obtener una marcha feliz.
Los tebanos, inmediatamente después de la batalla, envían a Atenas un mensajero coronado de flores, y al mismo tiempo que describen la magnitud de la victoria, piden refuerzos, diciendo ha llegado el momento oportuno de obtener venganza de todo el daño que han hecho los lacedemonios. El senado ateniense se hallaba casualmente en sesión en la acrópolis. Cuando los senadores se enteran de lo que ha sucedido, dejan comprender a la vista de todos el vivo pesar que por ello experimentan, pues no ofrecen presente hospitalario al mensajero ni dan contestación alguna respecto a los refuerzos. De este modo sale de Atenas aquel emisario.
Los tebanos envían, sin embargo, diputados a Jasón, su aliado, pidiéndole a toda prisa refuerzos y considerando los peligros del porvenir. Equipa inmediatamente Jasón algunas trirremes para venir en su auxilio por mar, y después, reuniendo sus mercenarios y la caballería de su guardia, dirígese por tierra a Beocia, a pesar de hallarse en una guerra de exterminio con los focidios, apareciendo antes de que se haya anunciado en la mayor parte de las ciudades que debía atravesar. Antes de que haya habido tiempo de reunir las tropas para oponérsele, previniéndoles con su prontitud, se halla fuera de su alcance, haciendo ver con esto que a menudo la velocidad en la ejecución conduce más fácilmente al buen éxito que la violencia.
Luego que ha llegado a Beocia, dícenle los tebanos que sería un momento favorable para caer sobre los lacedemonios desde las alturas con sus mercenarios, mientras ellos les atacarían de frente; pero Jasón les aparta de este proyecto, demostrándoles que, después de un hecho glorioso, no es conveniente entregar al acaso el adquirir una nueva victoria mayor que la primera, o perder la que se ha conseguido.
—«¿No veis —les dijo— que vosotros mismos habéis sido vencedores cuando os hallabais sumidos en la aflicción? Es preciso, pues, también creer que los lacedemonios combatirían desesperadamente al verse reducidos a la última extremidad. Además, la divinidad, según parece, se complace muy a menudo en engrandecer a los débiles y humillar a los grandes.»
Jasón disuade, pues, a los tebanos, con estas palabras, de atacar a los lacedemonios, mientras por otra parte demuestra también a estos que es muy distinto ponerse en campaña con un ejército victorioso que con tropas completamente vencidas.
—«Si queréis olvidar el desastre que habéis experimentado, os aconsejo toméis aliento y aumentéis vuestras fuerzas para mediros de nuevo con aquellos a quienes no pudisteis vencer. Mientras tanto, añadió, debéis saber que hay algunos de vuestros aliados que están en tratos con vuestros enemigos para celebrar una alianza. Procurad, pues, a todo precio obtener una tregua; y si deseo esto —añadió finalmente—, es porque quiero salvaros, así por la amistad de mi padre hacia vosotros como porque soy vuestro próxeno.»
Esto dijo, pero acaso obraba así para que los dos bandos, aunque separados entre sí por sus diferencias, necesitasen ambos de él. Los lacedemonios, sin embargo, después de oírle, deciden negociar una tregua, y cuando anuncian que está hecha, los polemarcas mandan pregonar que se cene y se esté preparado para emprender la marcha durante la misma noche, a fin de pasar el Citerón al apuntar el nuevo día. Terminada la comida, en lugar de dormir, se da la orden de marcha y se toma el camino de Creusis al oscurecerse el día, teniendo más confianza en esta maniobra secreta que no en la tregua. Después de una marcha penosa durante la noche, con miedo y en un camino áspero, llegaron a Egóstena de Mégara, donde hallaron al ejército de Arquidamo. Este, después de haber aguardado en dicho lugar a todos sus aliados, conduce al ejército reunido a Corinto, de donde, después de licenciar a los aliados, lleva a sus conciudadanos a Lacedemonia.
Jasón, sin embargo, al volverse por la Fócida, se apodera del arrabal de Hiámpolis, saquea el país y da muerte a gran número de los habitantes. Llegado a Heraclea, después de haber atravesado pacíficamente lo restante de la Fócida, destruye las murallas de aquella población, no porque temiese pudiera ser atacado su poder por aquel paso, sino más bien porque deseaba impedir que, ocupando a Heraclea, que está situada en un desfiladero, pudiesen cerrarle el paso cuando quisiese marchar contra cualquier comarca griega.
Llegado a Tesalia, era grandemente poderoso, ya por haber sido nombrado legalmente soberano absoluto de los tesalios, ya por tener a sueldo y a sus órdenes gran número de tropas de infantería y de caballería, ejercitadas de manera que pudieran vencer siempre a sus contrarios, y por tener además gran número de pueblos aliados, fuera de los cuales había también otros muchos que deseaban serlo. Pero lo que le colocaba encima de todos los de su época, era que nada había en él que pudiese ser objeto de desprecio por parte de nadie. Al acercarse la fecha de los juegos píticos, hizo publicar en las ciudades se preparasen bueyes, corderos, cabras y cerdos para los sacrificios, y se dice que, a pesar de que había mandado muy moderadamente esa imposición, no se reunieron menos de mil bueyes, y el resto de los otros ganados se elevó a diez mil cabezas. Hizo también anunciar daría una corona de oro como premio a la ciudad que presentase el más hermoso buey como primicia de las víctimas. Ordenó asimismo a los tesalios se preparasen para ponerse en campaña en la época de los juegos píticos, diciéndose tenía intención de presidir por sí mismo la fiesta y los juegos en honor del dios. Nada se sabe aún hoy, sin embargo, de cuáles eran sus intenciones respecto a los tesoros sagrados; pero se dice que habiendo pedido los delfios al oráculo qué es lo que debían hacer si se apoderaba de las riquezas del dios, este contestó que eso corría de su cuenta. Este hombre, pues, tan poderoso, que alimentaba en su espíritu designios tan vastos y tan numerosos, acababa de verificar un día la inspección de la caballería de Feras y de pasarle revista, cuando, al sentarse para contestar a lo que pudiesen pedirle, fue asesinado e instantáneamente muerto por siete jóvenes que se aproximaron a él como si tuviesen algún litigio entre sí. Los doríforos[228], que se hallaban junto a él, se precipitan inmediatamente para defenderle y matan de una lanzada a uno de los asesinos, mientras daba aún a Jasón la última puñalada: otro es cogido mientras montaba a caballo, y muere bajo sus golpes. Los otros se lanzan a los caballos, que de antemano tenían preparados, y pueden escaparse, siendo recibidos con honor en la mayor parte de las ciudades griegas, lo cual demuestra cuánto temían los griegos que se convirtiese en tirano.
Sin embargo, una vez muerto Jasón, son nombrados jefes absolutos sus hermanos Polidoro y Polifrón: Polidoro muere en un viaje que hicieron ambos hermanos a Larisa, mientras dormía, y, según parece, asesinado por aquel, pues su muerte acaeció de un modo completamente repentino y sin causa ninguna aparente. A su vez Polifrón reina durante un año, y ejerce un poder semejante a la tiranía, pues en Farsala hace perecer a Polidamante y a ocho de los principales ciudadanos, y en Larisa destierra a gran número de personas. Entregábase a tales excesos, cuando Alejandro le da muerte para vengar a Polidoro y hacer cesar la tiranía; pero cuando a su vez se ha revestido del poder, se hace aborrecible como jefe a los tesalios, y como enemigo odioso también a los tebanos y atenienses, mostrándose asimismo injusto saqueador por tierra y por mar. A su vez cae bajo los golpes de los hermanos de su mujer[229], que los incita con sus consejos, pues anunciándoles que Alejandro les tiende una emboscada, les oculta en el interior de la casa durante todo el día hasta que vuelve Alejandro completamente ebrio. Después que se ha acostado, le quita la espada a la luz de la lámpara, y viendo vacilar a sus hermanos, que no se atrevían a entrar para matarle, les amenaza con hacerle despertar si no le mataban en seguida. Después que entraron en su cámara, cierra la puerta, sosteniendo ella misma el pestillo hasta que han dado muerte a su marido. Según dicen algunos, el odio que tenía a este provenía de haber hecho prender Alejandro a un joven muy hermoso a quien ella amaba, y de que al pedirle ella le pusiera en libertad, le hizo salir de la cárcel para matarle. Dicen otros que Alejandro, no habiendo tenido ella sucesión, había hecho pedir en matrimonio a la mujer de Jasón, en Tebas. Tales son, pues, las causas que se asignan como productoras de este atentado. El poder recae entonces en Tisífono, el mayor de los hermanos autores de este asesinato, quien reinaba aún al escribirse esta historia.
CAPÍTULO V.[230]
Los sucesos de Tesalia que tuvieron lugar bajo el mando de Jasón, y después de su muerte hasta la entronización de Tisífono, acaban de relatarse, ahora voy a proseguir mi relación en el punto en que la interrumpimos para esta digresión.
Cuando Arquidamo hubo conducido a Leuctra los refuerzos que mandaba, los atenienses, considerando que los peloponesios continuaban siguiendo a los lacedemonios, y que no se hallaban aún estos en el estado a que habían sido reducidos los atenienses, reúnen los enviados de todos los estados que quieren participar de la paz que había dictado el rey. Una vez reunidos, decrétase, que cuantos quieran participar de la paz, se unan a ellos con este juramento:
«Permaneceré fiel al tratado dictado por el rey y a los decretos de los atenienses; y si se ataca alguna de las ciudades que han jurado, la socorreré con todas mis fuerzas.»
Todos los estados aplauden este juramento; únicamente los eleos le hacen oposición, pretendiendo no deben declarar independientes a los marganeos, esciluntios y trifilios, cuyas ciudades, según decían, les pertenecían legalmente. Los atenienses y cuantos habían decretado, a tenor de la carta real, fuesen igualmente libres todas las ciudades pequeñas y grandes, envían encargados para recibir los juramentos, con orden de hacer jurar a los principales magistrados de cada población. Prestan juramento todos los estados, a excepción de los eleos.
Mientras tanto los mantineos, considerándose completamente independientes, se reúnen todos y decretan constituir una sola ciudad en Mantinea y fortificarla. Por su parte, los lacedemonios no hallan esta decisión acomodada a su gusto, si antes no se les pide su consentimiento. Eligen, pues, a Agesilao para enviarle junto a los eleos, porque, según creían, de padres a hijos había su familia sido amiga de los mantineos.
Al llegar entre ellos, los magistrados rehúsan convocar la asamblea, y mandan les declare el objeto de su llegada. Promételes Agesilao que si suspenden el levantamiento de las fortificaciones durante algún tiempo, hará de manera que puedan construirlas con el consentimiento de los lacedemonios y sin gasto alguno; pero al responderle les es imposible suspender estos trabajos, puesto que el estado en masa ha decretado levantarlas sin la menor tardanza, se va de Mantinea muy encolerizado. A pesar de todo, no parecía posible el guerrear contra ellos, pues la autonomía era una de las condiciones de la paz que se había celebrado. Algunas ciudades de Arcadia envían también a los mantineos operarios para trabajar en la reconstrucción de los muros, y los eleos les proporcionan tres talentos de plata para aplicarse al gasto de aquella. He ahí el estado de los asuntos de los mantineos.
Entre los tegeatas, el partido de Calibio y Próxeno se reunía con el objeto de favorecer la confederación de toda la Arcadia y para procurar la sumisión de todas las ciudades a las decisiones de la confederación; pero el partido de Estásipo procuraba conservar a la ciudad su estado actual y las leyes patrias por que se regía. Vencidos los partidarios de Próxeno y Calibio en la elección de las magistraturas, y creyendo que si el pueblo se reunía, dominarían por el número, corren a las armas. Estásipo y sus partidarios se arman también al verlos, y poco les ceden en número: al venir a las manos, dan muerte a Próxeno y a algunos otros que estaban junto a él, aunque no persiguen a los fugitivos, pues el carácter de Estásipo no era a propósito para desear fuese grande la matanza entre los ciudadanos: los de Calibio, que se habían retirado junto a los muros y puertas de Mantinea, se reúnen y toman descanso así que ven que sus adversarios no les persiguen. Habían enviado ya a pedir socorro a los mantineos y se hallaban en tratos con la fracción de Estásipo para llevar a efecto una reconciliación; pero cuando ven llegar a los mantineos, unos escalan los muros y ordenan les socorran cuanto antes y les gritan se apresuren, y otros les abren las puertas. Los de Estásipo, al apercibirse de ello, salen precipitadamente por la puerta que lleva al Palantio, y logran refugiarse en el templo de Ártemis[231] antes de ser alcanzados por los que les persiguen, y allí se encierran, manteniéndose a la expectativa. Los enemigos que les persiguen súbense al templo, y después de levantar la techumbre, les arrojan las tejas. Los demás, conociendo su mala situación, les ruegan cesen en su ataque y declaran quieren salir del templo. Apodéranse de ellos sus adversarios, les encadenan y conducen sobre un carro a Tegea, donde, de acuerdo con los mantineos, les condenan a muerte y les ejecutan.
Durante estos sucesos, unos setecientos tegeatas, del partido de Estásipo, huyen a Lacedemonia, e inmediatamente decretan los espartanos que es preciso, conforme a los juramentos, vengar a los muertos y desterrados de Tegea. Dirígense, pues, contra los mantineos, a quienes acusan de haber faltado a sus juramentos al dirigir sus armas contra los tegeatas.
Los éforos decretan una leva de tropas, y la ciudad da el mando de las mismas a Agesilao. Los arcadios se reúnen a consecuencia de esto en Ásea[232], a excepción de los orcomenios, que no quieren tomar parte en la Liga arcadia a causa de su enemistad con los mantineos; pero como habían recibido en la ciudad el cuerpo de mercenarios reclutado en Corinto y mandado por Polítropo, los mantineos quedáronse allí para vigilarles; los hereos y lepreatas se unen a los lacedemonios contra los mantineos.
Agesilao, después de ofrecer los sacrificios de la marcha, se dirige a Arcadia. Ocupa a Eutea, ciudad fronteriza, donde no halló más que los ancianos, las mujeres y los niños, pues que los hombres aptos para las armas habían partido todos a unirse al ejército arcadio. No hace, sin embargo, daño alguno a la ciudad: conserva a los habitantes todas sus propiedades y compra todo lo que necesita su ejército, así como hace restituir todo aquello de que se habían apoderado al entrar en las poblaciones. Hace también reparar los muros, mientras espera los mercenarios de Polítropo. Durante este tiempo dirígense los mantineos contra los orcomenios; pero tienen que retirarse de delante de sus muros después de haber sufrido bastantes bajas: decláranse en retirada, y llegan a Elimia sin que les persigan los hoplitas orcomenios; pero siendo acosados con grande audacia por las tropas de Polítropo, y conociendo entonces los mantineos que si no rechazan a este enemigo, perderán mucha gente con sus proyectiles, dan repentinamente una media vuelta y les aguardan. Polítropo muere combatiendo y los demás se declaran en fuga y hubieran perecido en su mayor parte si no hubiese sobrevenido la caballería fliasia, que consiguió detener a los mantineos en su persecución después de circunvalarles. Hecho esto, vuélvense los mantineos a su ciudad. Al saber Agesilao esta nueva, piensa que no podrán juntársele ya los mercenarios de Orcómeno, y avanza con las tropas que tenía bajo su mando. Cenan el primer día en territorio tegeata, y al día siguiente pasa al de Mantinea, acampa al pie de los montes situados al occidente de esta ciudad, saquea el país y devasta los campos. Los arcadios, reunidos en Ásea pasan de noche a Tegea; al día siguiente acampa Agesilao a unos veinte estadios de Mantinea; pero los arcadios de Tegea, que ocupaban ya los montes entre esta ciudad y Mantinea, llegan con gran número de hoplitas, deseando vivamente unirse a los mantineos, pues los argivos no les habían mandado todas sus fuerzas. Indicaron algunos a Agesilao que era conveniente les atacase separadamente; pero aquel, temiendo ser acosado por la espalda por los mantineos, mientras avance contra los enemigos, decide como cosa mejor permitir la unión, y en el caso en que quisieran venir a las manos, combatir abierta y francamente. De este modo conservan reunidas los arcadios todas sus fuerzas.
Los peltastas de Orcómeno, acompañados de la caballería fliasia, marchando por la noche en dirección de Mantinea, se presentan al apuntar el día ante el campamento, mientras Agesilao ofrecía el sacrificio, haciendo que cada cual corra a su puesto y que Agesilao se retire hacia los suyos. Pero después que reconocer que son amigos y que ha obtenido aquel signos favorables, da orden de avanzar a su ejército después del desayuno. Por la noche, sin ser visto, acampa en la garganta de la montaña situada detrás del país mantineo y rodeada de montes próximos. Al amanecer del día siguiente, y mientras sacrificaba delante del campamento, ve poblarse de enemigos las montañas, al pie de las cuales se halla su retaguardia, y comprende entonces que es preciso salir cuanto antes de aquel desfiladero. Teme, sin embargo, que si él abre la marcha, el enemigo caerá sobre su retaguardia, por lo cual permanece en el mismo sitio y mostrando al enemigo el frente de su ejército, da orden a los que le siguen hagan su conversión a la derecha y se coloquen junto a él detrás de la falange; de este modo, al propio tiempo que aumenta la fuerza defensiva de esta, hace salir de los desfiladeros a sus tropas. Cuando la falange se halla de este modo con doble fondo, se pone a la cabeza de los hoplitas, y llegado a la llanura, despliega nuevamente su ejército sobre nueve o diez escudos de fondo.
Los mantineos, sin embargo, no verificaban ninguna salida, pues los eleos que se les habían juntado, les persuaden a no librar combate hasta que hayan llegado los tebanos, pretendiendo saber positivamente que se les juntarán a causa de haberles prestado diez talentos para esta expedición. Cediendo a sus razones, no salen de Mantinea los arcadios, y Agesilao, a pesar de su vivo deseo de sacar de allí a sus tropas por hallarse ya a mitad del invierno, permanece tres días en estos países y a poca distancia de la ciudad para que no aparezca que apresura por miedo su partida; pero al cuarto día por la mañana, después de almorzar, da la orden de marcha a su ejército como para acampar en el sitio en que lo había hecho el primer día después de haber salido de Eutea[233]. Luego, no distinguiéndose ningún arcadio, se apresura a dirigirse a esta población aunque era ya muy tarde para que no se apercibiesen los fuegos enemigos y nadie pudiese decir sea una fuga su retirada. En efecto, parecía haber levantado un poco el ánimo de su patria, pues había invadido Arcadia y nadie había querido aceptar batalla, a pesar de hallarse saqueando el país. Llegado a Laconia, permite vuelvan a su casa los espartanos y despide para sus respectivas ciudades a los periecos.
Inmediatamente después de la marcha de Agesilao, los arcadios, al saber ha licenciado aquel su ejército, mientras ellos se encuentran todos reunidos, se dirigen contra los hereos por no haber estos querido formar parte de la confederación; hacen una irrupción en su país, incendian las casas y cortan los árboles; pero cuando se anuncia la llegada de los tebanos a Mantinea en socorro de esta, dejan a los hereos y se juntan a ellos. Una vez reunidos, opinan los tebanos haber hecho lo bastante acudiendo en su socorro, pues no veían ya enemigo alguno en el país; pero los arcadios, argivos y eleos, procuran persuadirles para que se arrojen inmediatamente sobre Laconia, mostrándoles su gran número y alabando sobre manera al ejército tebano. Los beocios, en efecto, se ejercitaban todos en las armas orgullosos por la victoria obtenida en Leuctra, e iban acompañados además por los focidios, a quienes habían subyugado, por las tropas eubeas de todas las ciudades, por los locrios de las dos comarcas[234], por los acarnanios, por los heracleotas y por los maleos, yendo también con ellos la caballería y los peltastas tesalios. Regocijándose con esta superioridad, a la cual oponen el aislamiento de Lacedemonia, suplican a los tebanos que no se ausenten sin haber hecho antes una invasión en el territorio espartano.
Los tebanos atienden a sus razones, pero reflexionan sobre lo difícil que se reputa la entrada en Lacedemonia, y piensan que sin duda se habían colocado puestos de vigilancia en los puntos más practicables. Efectivamente, Iscolao se hallaba en Eo, ciudad escirita[235], con un destacamento de neodamodes y unos cuatrocientos desterrados de Tegea, de entre los más jóvenes, hallándose otro destacamento en Leuctro, sobre la Maleátide[236]. Reflexionan asimismo los tebanos que las fuerzas lacedemonias pueden reunirse prontamente, y que en ninguna parte se batirán mejor que en su misma patria. Todas estas reflexiones hacen que no se apresuren a dirigirse contra Lacedemonia.
Llegan, sin embargo, algunos habitantes de Carias[237] que les anuncian el aislamiento en que se encuentra Lacedemonia y que prometen servirles de guías, manifestando consienten en ser degollados a la menor sospecha de traición: llegan asimismo algunos periecos para llamarles en su auxilio, manifestándoles solo aguardan su entrada en el país para sublevarse en masa. Afirman igualmente que los periecos de Esparta rehúsan obedecer en aquellos momentos la orden de congregarse que han recibido de los lacedemonios. Oyendo los tebanos todas estas referencias, que les llegan por conductos tan distintos, se dejan convencer e invaden Laconia por Carias, mientras los arcadios avanzan por Eo en la Escirítide. Según se dice, si Iscolao hubiese avanzado hasta llegar a los pasos difíciles y los hubiese defendido, ningún enemigo hubiera podido penetrar por allí; pero queriendo aprovecharse del contingente de los eatas, permaneció en esta población mientras los arcadios llegan en masa. Las tropas de Iscolao conservan sus ventajas mientras tienen enemigos solo a su frente; pero cuando estos les circunvalan subiéndose a los tejados de las casas, y les agobian con sus proyectiles, perecen Iscolao y los suyos, a excepción de unos pocos que consiguen escapar sin ser reconocidos. Los arcadios, después de haberse abierto camino de este modo, avanzan sobre Carias para unirse a los tebanos. Estos, al venir en conocimiento del éxito que han tenido en su expedición los arcadios, se hacen mucho más audaces para bajar a la llanura. Principian por incendiar y saquear Selasia, y al bajar de los montes, acampan en el territorio consagrado a Apolo, de donde salen al día siguiente, y no atreviéndose a atravesar el puente para dirigirse contra la ciudad, pues se veían los hoplitas en el templo de Alea[238], avanzan, teniendo a su derecha el Eurotas, quemando y saqueando habitaciones llenas de considerables riquezas.
En cuanto a los de la ciudad, las mujeres espartanas no pueden soportar la vista del humo del campamento enemigo[239], pues nunca lo habían visto desde la ciudad, y los lacedemonios, cuya capital carece de murallas, se aprestan convenientemente para defenderla, sin poder ocultar el pequeño número de hombres que tienen en realidad. Deciden los magistrados anunciar a los hilotas que cuantos quieran tomar las armas y alistarse, obtendrán la seguridad de recibir su libertad después de haber combatido con los ciudadanos. Dícese que inmediatamente se inscribieron más de seis mil; de manera que reunida esta multitud, inspiró nuevo temor y se les encontró demasiado numerosos; pero como quedaban en Esparta los mercenarios de Orcómeno y recibieron los lacedemonios el contingente de los fliasios, de los corintios, de los epidaurios, de los peleneos y de otras ciudades, principiaron a tener menos cuidado del número de los hilotas inscritos.
Cuando el ejército enemigo ha avanzado hasta Amiclas, atraviesa allí el Eurotas. Los tebanos, dondequiera acampen, cortan los árboles y los colocan ante sus líneas en el mayor número posible, y de esta manera se ponen en guardia contra un ataque; pero los arcadios no toman estas precauciones, pues abandonando sus armas, corren a saquear las habitaciones. Tres o cuatro días después, la caballería avanza en buen orden hasta el hipódromo, junto al templo de Geoco[240]; esta caballería estaba formada por todos los tebanos, los eleos, todos los caballos focidios, tesalios y locrios. Frente a esta caballería se hallaba la de los lacedemonios, que parecía poco numerosa; pero una emboscada de los hoplitas más jóvenes, en número de trescientos, había sido colocada en la Casa de los Tindáridas[241], y al cargar la caballería se arroja sobre el enemigo, obligando a aquella a replegarse sin sostener el choque, movimiento seguido asimismo por gran número de infantes que emprenden la fuga. Cuando ha cesado la persecución y hace alto el ejército tebano, vuelven a restablecer su campamento. Principia a esperarse entonces con más confianza que no atacarán la ciudad, y efectivamente, levantando el campamento, toma el ejército el camino de Helos y de Gitio; quemando cuantas ciudades indefensas y cuanto encuentra a su paso, sitia durante tres días a Gitio, donde se hallaban los arsenales lacedemonios, habiéndose juntado cierto número de periecos a los enemigos y continuando después la campaña con los tebanos.
Al conocer los atenienses estos sucesos, hállanse sumidos en vacilaciones respecto a lo que deben hacer para los lacedemonios, y celebran una asamblea por decisión del senado. Hallábanse presentes los diputados lacedemonios y los de los aliados que permanecían aún fieles a Esparta. Los espartanos Áraco, Ocilo, Fárax, Etimocles y Olonteo dijéronles todos casi lo mismo. Recuerdan a los atenienses que siempre, en las grandes ocasiones, se han sostenido mutuamente para su mayor bien. Ellos en efecto, dicen, arrojaron de Atenas a los tiranos, mientras los atenienses les socorrieron valerosamente cuando se hallaban sitiados por los mesenios; enumeran asimismo todas las ventajas que han obtenido cuantas veces han obrado de común acuerdo. Les recuerdan también la manera cómo combatieron juntos a los bárbaros, y que los atenienses fueron elegidos por todos los griegos, con el beneplácito de los espartanos, jefes de la flota y depositarios del tesoro común[242], así como los espartanos unánimemente proclamados jefes de los ejércitos de tierra por el consentimiento de los atenienses.
Uno de ellos, en especial, dice con poca diferencia estas palabras:
—«Ciudadanos: si os unís con nosotros en esta ocasión, es casi seguro se realizará el antiguo proverbio de que los tebanos serán diezmados.»
Los atenienses, sin embargo, no acogen favorablemente estas palabras, sino por el contrario, levantándose grandes murmullos, dicen:
—«Eso declaráis ahora; pero cuando estabais en la prosperidad bien sabíais oprimirnos.»
Lo que pareció como más fundado en los hechos de cuanto dijeron los lacedemonios fue que después de haber subyugado Atenas, se habían opuesto al proyecto de los tebanos, que querían fuese arrasada Atenas. El argumento más repetido fue el de que se debían los refuerzos en virtud de los juramentos, pues no eran las injusticias de los lacedemonios las que les habían indispuesto con los arcadios y sus aliados, sino el auxilio que habían prestado estos a los tegeatas, atacados por los mantineos contra la fe jurada. Esto produjo grande alboroto en la asamblea, diciendo uno que los mantineos habían obrado justamente al socorrer a los partidarios de Próxeno muertos por Estásipo, y otros afirmando que habían sido injustos al dirigirse en armas contra los tegeatas.
Mientras tiene lugar esta discusión en la asamblea, se levanta el corintio Clíteles y dice:
«Ciudadanos atenienses: si ciertamente procuráis con imparcialidad dejar sentado quiénes fueron los primeros en obrar injustamente, ¿quién podrá acusarnos a nosotros, desde que se celebró la paz, de habernos dirigido contra alguna ciudad, de habernos apoderado de las riquezas del que las poseía o de haber devastado las comarcas de otro estado? Y, sin embargo, los tebanos han entrado en nuestros dominios, han cortado nuestros árboles, incendiado nuestras casas y arrebatado nuestros bienes y nuestros rebaños. ¿Cómo podríais, pues, sin faltar a vuestros juramentos, no socorrernos cuando somos víctimas manifiestas de la injusticia, y cuando habéis sido vosotros los que os tomasteis el trabajo de ligarnos por toda clase de juramentos?»
Después de estas palabras, los atenienses, con sus muestras de aprobación, indican que Clíteles ha hablado justa y equitativamente. Inmediatamente después levantose el fliasio Procles, y dijo[243]:
«Atenienses: luego que los tebanos se hayan deshecho de los lacedemonios, seréis vosotros los primeros contra quienes tendrán que dirigirse, pues, en efecto, sois el único estado que puedan considerar como un obstáculo a su dominación sobre los griegos; es un hecho que me parece evidente. Si esto es así, creo que al ir a defender a los lacedemonios os defendéis también vosotros mismos, porque siendo dueños de Grecia los tebanos, que se hallan mal dispuestos hacia vosotros y que habitan al pie de vuestras mismas fronteras, será mucho más difícil vuestra situación que teniendo lejos a vuestros rivales. Mucho más prudente es, pues, el defenderos a vosotros mismos, mientras tenéis aún aliados que no esperan el momento en que la ruina de estos últimos os obligue a luchar solos contra los tebanos. Si algunos de vosotros teméis que los lacedemonios, al salir con bien, os susciten obstáculos más tarde, considerad que no debe temerse el engrandecimiento de aquellos a quienes se prestan beneficios, sino el de aquellos a quienes se hace algún daño. Debéis asimismo reflexionar que es conveniente para las repúblicas, del propio modo que para los particulares, asegurarse de la posesión de algún bien mientras se halla este en todo su vigor, a fin de que, si alguna vez pierde su fuerza, conserve algo como resultado de las penalidades pasadas. Ahora la divinidad os ofrece ocasión propicia para adquirir en los lacedemonios unos amigos para siempre, si los socorréis según sus súplicas; y, en efecto, paréceme que no recibirían ante pequeño número de testigos este beneficio vuestro, pues los dioses, que lo ven todo, lo sabrán ahora y siempre, y llegará asimismo a oídos de aliados y enemigos, de griegos y de bárbaros, ya que todo el mundo se preocupa en gran manera de lo que está sucediendo. Si se mostraran ingratos hacia vosotros, ¿quién podría manifestar consideración hacia ellos? Pero es preciso esperar que se mostrarán leales y no ingratos ellos, que más que nadie son considerados como amigos constantes de la gloria y enemigos de toda acción deshonrosa.
»Además de esto, reflexionad sobre lo que voy a deciros: Si en cualquiera ocasión amenazara a Grecia algún nuevo peligro por parte de los bárbaros, ¿en quién podríais tener más confianza que en los lacedemonios? ¿Qué defensores podríais desear mejores que aquellos que, apostados en las Termópilas, prefirieron morir todos, que salvar la vida abriendo el camino de Grecia a los bárbaros? ¿No es, pues, justo que el recuerdo del valor que desplegaron con vosotros y la esperanza de alcanzar juntos nuevos lauros, animen vuestro celo para con ellos, para con nosotros y para con vosotros mismos? Es preciso asimismo que sus aliados actuales[244] sean para vosotros un nuevo estímulo para vuestro celo hacia ellos, pues bien sabéis que cuantos les permanecen fieles en sus apuros[245] se avergonzarían de no atestiguar su reconocimiento. Si nosotros, que parecemos solo exiguas ciudades, queremos, sin embargo, participar de sus peligros, pensad que, al juntarse a nosotros vuestra república, ya no serán pequeños estados los que vendrán en su auxilio.
»En cuanto a mí, atenienses, siempre he admirado grandemente vuestra ciudad cuando oía decir que cuantos se hallaban oprimidos o temían la opresión se refugiaban entre vosotros y recibían vuestros auxilios; pero ahora no solo lo oigo, sino que veo por mí mismo las súplicas que los lacedemonios, tan afamados, y con ellos sus aliados más fieles, os dirigen, rogándoos los socorráis. Veo asimismo a los tebanos, aquellos que en otro tiempo no pudieron convencer a los lacedemonios para que os redujesen a la esclavitud, que os piden ahora veáis con indiferencia la destrucción de aquellos que os salvaron en otro tiempo. Dícese, para la gloria y buena fama de vuestros antepasados, que no permitieron quedaran insepultos los argivos que perecieron ante la Cadmea; sería mucho más glorioso para vosotros no consintáis que se ultrajen ni destruyan los lacedemonios que se hallan aún con vida. Es ciertamente, asimismo, una gloriosa acción el haber reprimido la insolencia de Euristeo, y haber salvado a los hijos de Hércules. Pero ¿no sería más hermoso el salvar asimismo a los fundadores de la población[246] y a la población entera? Sin embargo, la acción más hermosa sería hoy socorrer, con las armas en la mano y a través de los peligros, a los lacedemonios que en otro tiempo os salvaron por un voto, aunque sin peligro. Si nosotros nos sentimos orgullosos al exhortaros para que socorráis a un pueblo de valientes, ¿no sería para vosotros, que podéis socorrerles eficazmente, un acto de reconocida generosidad, que después de haber sido a menudo amigos y enemigos de los lacedemonios, olvidaseis más bien las injurias que los beneficios y les mostraseis vuestro reconocimiento, no solo en vuestro nombre, sino en el de toda Grecia, como efectivamente por sus acciones han merecido?»
Después de este discurso comienzan los atenienses la votación: no permiten hablar a los que quieren hacerlo en sentido opuesto, y votan socorrer en masa a los lacedemonios, poniendo al frente de este ejército al general Ifícrates. Terminados los sacrificios, ordena este se coma en la Academia, y se dice que muchos salieron ya antes de ponerse en marcha dicho jefe. Colócase este al frente de las tropas, que marchan con entusiasmo, en la esperanza de que se las conduce a realizar gloriosas acciones. Llegado a Corinto, permanece allí durante algunos días, y principian a reprocharle las tropas esta pérdida de tiempo; pero cuando les hace salir de la ciudad, se hallan llenos de ardor para seguirle dondequiera los conduzca y para atacar los muros contra los que se dirija.
En cuanto a Lacedemonia, los enemigos que devastaban su territorio, arcadios, argivos y eleos, sus fronterizos, habían ya partido en gran número, llevándose con ellos el botín que habían hecho. Los tebanos y los demás enemigos deciden abandonar la comarca, porque ven disminuir cada día más su ejército y porque cada vez se hacen más raros los víveres, pues todo había sido consumido, arrebatado, dilapidado o quemado, a lo cual se une la presencia del invierno, que contribuye a que todos deseen partir. Cuando todas estas tropas se alejaron de Lacedemonia, Ifícrates condujo igualmente a sus atenienses de Arcadia a Corinto.
No pretendo criticar lo bueno que puede haber hecho durante el conjunto de su mandato, pero respecto a su conducta en esta época, paréceme que todos sus actos pecaron de inútiles o de imprudentes. Efectivamente decide apoderarse del monte Oneo[247], a fin de que no puedan los beocios regresar a su patria, y deja libre el paso más fácil, junto a Céncreas. Más tarde, queriendo saber si los tebanos han pasado el monte Oneo, envía en exploración a la caballería ateniense y a todos los corintios; y sin embargo, un pequeño destacamento de hombres puede ver lo mismo que una gran sección, pero en cambio, en caso de una retirada, es mucho más fácil que puedan aquellos realizarla, hallando mayores facilidades en los caminos que una gran división. Pero ¿no es el colmo de la locura el hacer avanzar contra el enemigo muchas tropas, no siendo bastante fuertes para rechazarle? Por esto aquella caballería, cuya extensa línea ocupaba grande espacio, halló a causa de su número muchos pasos difíciles, de manera que perdieron a lo menos veinte hombres; y en cuanto a los tebanos, se retiraron como y por donde quisieron.