CAPÍTULO III.

He aquí cuanto quería decir respecto al valor de los fliasios en la guerra, de su fidelidad y constancia hacia los aliados aun en sus momentos más difíciles. Casi al mismo tiempo[265] Eneas de Estínfalo, general de los arcadios, cree que no debe soportarse ya más tiempo lo que sucede en Sición. Sube con su ejército a la acrópolis, convoca a los notables de la ciudad y envía a buscar a cuantos han sido desterrados sin decreto. Temiendo el resultado de estas medidas, Eufrón huye al puerto de Sición, y haciendo venir de Corinto a Pasimelo, entrega por su mediación a los lacedemonios aquel puerto y entra de nuevo en su alianza declarándoles les ha sido siempre fiel. Pretende que cuando se puso a votación en la ciudad la proposición que decidió la defección, él votó contra ella con pequeño número de senadores, y que después había establecido la democracia para vengarse de los que le habían hecho traición.

—«Yo soy —añade— la causa del actual destierro de cuantos os han abandonado. Si hubiese podido hacerlo, hubiera tomado vuestro partido cuando me hallaba dueño de toda la ciudad; pero ya que no puedo más, os entrego ahora el puerto de que me he apoderado.»

Muchos fueron los que le oyeron pronunciar estas palabras, pero no se ha averiguado aún el número de los que las creyeron. Ya que la he principiado, voy a concluir la historia de Eufrón. Aprovechándose de las disensiones que tenían lugar en Sición entre los notables y la plebe, consigue Eufrón entrar de nuevo en esta ciudad, con ayuda de un cuerpo de mercenarios que había alistado en Atenas. Auxiliado por la plebe se apodera de la población; pero el gobernador tebano conserva en su poder la acrópolis. Comprendiendo entonces que no podría ser dueño de Sición mientras los tebanos posean la ciudadela, reúne grandes cantidades de dinero y sale a fin de persuadir por este medio a los tebanos para que arrojen de la ciudad a los notables y se la entreguen nuevamente. Pero habiendo averiguado los antiguos desterrados su viaje y el objeto del mismo, dirígense también a Tebas; y viéndole en intimidad con los magistrados, temen se salga con la suya, y algunos, sin hacerse cargo del peligro que corren, asesinan a Eufrón en la acrópolis, en el mismo instante en que los arcontes y senadores se hallaban en sesión. Los arcontes conducen a los autores de aquella muerte ante el senado y se expresan en estos términos:

«Ciudadanos: reclamamos la pena de muerte contra los matadores de Eufrón, considerando que jamás los hombres honrados cometen acciones criminales e impías, y que los mismos malvados, al llevarlas a cabo, procuran ocultarlas en la sombra; pero estos que aquí veis dejan de tal modo atrás a todos los hombres en osadía y en maldad, que con pleno conocimiento de causa, y por su sola voluntad, han dado muerte a ese hombre en presencia de vuestros magistrados y de vosotros mismos, que sois dueños de castigar y de absolver. ¿Quién se atreverá, pues, a venir aquí si no reciben estos culpables el último castigo? ¿Cuál será la suerte de nuestra ciudad, si está permitido a todo el mundo hacerse justicia por sí mismo, sin haber siquiera dado a conocer el motivo de su venida? Acusamos, pues, a estos hombres y les perseguimos como culpables de la más grande impiedad y del crimen más horrendo, como individuos que se han atrevido indignamente contra esta ciudad. A vosotros os toca ahora, después de habernos oído, darles el castigo que a vuestro juicio merezcan.»

Así dijeron los arcontes; en cuanto a los culpables, todos niegan haber cometido el crimen, fuera de uno solo que después de confesarlo se defendió poco más o menos en estos términos[266]:

«Tebanos: es imposible que se atreva nadie a afrontar vuestro poder, puesto que todos sabemos que tenéis la fuerza necesaria para tratar como mejor os parezca al que os insulte. ¿Qué sentimiento, pues, de confianza ha podido llevarme a dar muerte aquí a este hombre? Sabedlo bien: en primer lugar, el de que obraba justamente; y en segundo, el de que juzgaréis mi acción del modo que se merece. Sabía, en efecto, que no habíais esperado a juzgar a Arquias y a Hípates, a quienes habíais hallado culpables del mismo crimen que Eufrón, pues sin aguardar a la votación les castigasteis así que pudisteis, convencidos de que el mundo entero tendría que condenar a los que no procuraban siquiera ocultar su impiedad, sus traiciones y su deseo de ejercer la tiranía. Pues bien; ¿no era acaso Eufrón culpable de esos mismos crímenes? Después de haber hallado el tesoro sagrado lleno de ofrendas de oro y plata, lo dejó completamente vacío. ¿Quién podría haberse mostrado más evidentemente traidor que Eufrón, el cual, siendo amigo íntimo de los lacedemonios, les ha abandonado por vosotros, y que después de haberos dado las garantías más evidentes de fidelidad, os ha hecho nuevamente traición por aquellos, después de haber entregado el puerto de nuestra ciudad a vuestros enemigos? Y ¿cómo poder negar que fuese un tirano quien reducía a la esclavitud no solo a los hombres libres, sino a los ciudadanos, quien no cesaba de matar, desterrar y despojar de sus bienes, no a los culpables, sino a cuantos quería, a pesar de ser los mejores ciudadanos?

»Reúnese después a los atenienses, vuestros enemigos más tenaces, vuelve a entrar en Sición, haciendo armas contra el gobernador que vosotros habíais nombrado, y no habiendo podido arrojarle de la acrópolis, dirígese aquí después de reunir todo el dinero que puede. Bien sé que si hubiese abiertamente levantado tropas contra vosotros, tendríais que mostraros agradecidos por haberle dado muerte, pero ¿cómo os hallaríais animados por la equidad, al castigarme a muerte por haber hecho justicia con un hombre que llegaba con el dinero recogido para corromperos y persuadiros a que le restablecieseis como tirano de su patria? Y en efecto, aquellos contra quienes se emplea la fuerza de las armas, experimentan una desgracia, pero no aparecen nunca como criminales, mientras que, por el contrario, los que por dinero se dejan corromper, caen en la desgracia y se llenan de infamia.

»Sin embargo, si Eufrón hubiese sido mi enemigo personal o vuestro amigo particular, reconozco que no hubiera debido matarle dentro de vuestro territorio; pero una vez que os había hecho traición, ¿dejaría acaso de ser tan enemigo vuestro como mío? Y ¡por Zeus! se dirá: ha venido libremente. ¡Pero qué! Hubiera merecido vuestros elogios el que le hubiese muerto lejos de vuestra ciudad, y ahora que volvía nuevamente para aumentar el número de las maldades que os ha hecho, ¿ha de poder decirse que no ha merecido su suerte? ¿Dónde podréis enseñarme entre los griegos tratado alguno que favorezca a los traidores, a los desertores o a los tiranos? Recordad, además, que habéis votado la extradición de los desterrados de todos los estados aliados. En cuanto a mí, ciudadanos, pretendo que si me condenáis a muerte conseguiréis únicamente vengar a vuestro mayor enemigo, pero que si proclamáis la justicia de mi conducta, habréis vengado a la vista de todos, vuestras propias injurias y las de vuestros aliados.»

Los tebanos, después de haber oído esta defensa, decretan que Eufrón ha sufrido el castigo que merecía. Sus conciudadanos[267], sin embargo, recogen su cuerpo como el de un hombre honrado y le dan sepultura en la plaza pública, donde le honran como uno de los jefes supremos o fundadores de la población[268]. De este modo, según parece, la mayor parte de la gente trata como hombres honrados a sus bienhechores.

CAPÍTULO IV.[269]

He aquí lo que debíamos decir de Eufrón: volvamos ahora a nuestro relato. Ocupábanse aún los fliasios en fortificar Tiamia, y Cares se hallaba todavía entre ellos, cuando la ciudad de Oropo[270] cae en poder de los ciudadanos que habían sido desterrados. Todos los atenienses dirígense entonces contra esta plaza y llaman a Cares desde Tiamia, con lo cual este puerto de los sicionios vuelve a caer en poder de estos y de los arcadios; y en cuanto a los atenienses, como no están auxiliados por ninguno de sus aliados, tienen que dejar a Oropo en poder de los tebanos hasta que puedan hacer valer sus derechos[271].

Comprendiendo Licomedes[272] que los atenienses se hallan quejosos de sus aliados, que les ocasionan grandes contratiempos sin que a su vez les presten el más mínimo apoyo, persuade a los diez mil[273] para que negocien con ellos una alianza. En los primeros momentos hay algunos atenienses que ven con malos ojos que Atenas, amiga de Lacedemonia, se alíe con sus adversarios; pero reflexionando más tarde que son las ventajas tan grandes para los lacedemonios como para los atenienses, por aislar de los tebanos a los arcadios, aceptan la alianza de estos. Licomedes, encargado de estas negociaciones, muere al regresar de Atenas por un azar del destino, pues escogiendo de entre el gran número de buques de transporte el que más le place, bajo condición de que él mismo fijaría el lugar del desembarco, elige casualmente el sitio donde se encuentran los desterrados. Así es como perece; pero la alianza no por esto deja de ratificarse.

Democión manifiesta en la asamblea popular de Atenas que la alianza con los arcadios, si bien es verdad que parece ser una feliz negociación, no obsta, sin embargo, para mandar a los generales órdenes terminantes a fin de conserven Corinto a la dominación ateniense. A esta nueva envían los corintios con todo apresuramiento suficientes guarniciones de tropas propias, a todos las plazas donde han puesto los atenienses guarnición, y dicen a estos últimos que pueden retirarse, pues no tienen ya necesidad de sus tropas. Obedecen los atenienses, y cuando las tropas de estos que custodiaban las fortalezas se hallan reunidas en la ciudad, hacen pregonar los corintios que todo ateniense que tenga que reclamar de alguna injusticia por ellos causada, no tiene más que anunciarse y se le hará justicia. Durante este tiempo llega Cares con la flota delante de Céncreas: cuando averigua lo que ocurre, manifiesta que ha venido a socorrer a la ciudad, sabiendo que se hallaba amenazada; pero los corintios le agradecen su cuidado, sin que por eso abran el puerto a sus naves; le suplican que se vaya y despiden también a los hoplitas después de haberles hecho justicia. De este modo evacuaron los atenienses a Corinto; en virtud de la alianza, debían, sin embargo, poner su caballería a disposición de los arcadios, cuando se hallasen amenazados de una invasión, pero no llevar la guerra a Laconia.

Los corintios, considerando que tienen pocas probabilidades de éxito, sobre todo después de haberse atraído la malevolencia de los atenienses y habiendo anteriormente sido vencidos, deciden formar un cuerpo mercenario de infantería y otro de caballería, que emplean en defender la ciudad y en llevar la devastación a los enemigos más cercanos. Sin embargo, envían a Tebas una diputación para saber si podrían fácilmente alcanzar la paz, y obtenida la venia de los tebanos, que se la garantizan, suplícanles los corintios les permitan dirigirse a los demás aliados a fin de hacer la paz con los que quieran hacerla y continuar en guerra únicamente con los que la prefieran. Siéndoles igualmente concedida por los tebanos esta petición, los corintios se dirigen a Lacedemonia, donde se expresan de esta manera:

«Lacedemonios: venimos a vosotros como amigos y reclamamos de vuestra parte nos descubráis, si las veis, las probabilidades de salvación que tenemos perseverando en la guerra, pero que si reconocéis las pocas esperanzas de nuestra situación, hagáis con nosotros la paz, si eso entra igualmente en vuestras intenciones, pues con nadie preferimos participar nuestra prosperidad más que con vosotros. Sin embargo, si la reflexión os convence de que está en vuestro interés el hacer la guerra, os suplicamos nos concedáis la paz, pues si conservamos nuestra ciudad, algún día acaso podamos seros de alguna utilidad; pero si perecemos ahora, es completamente evidente que jamás podremos acudir en vuestro auxilio.»

Oyendo esto los lacedemonios, aconsejan a los corintios que hagan la paz, y al mismo tiempo permiten también a todos los aliados que la hagan si no quieren guerrear concertadamente con ellos. Declaran al mismo tiempo que continuarán la guerra y se someterán a los designios providenciales, pero que jamás consentirán en dejarse tomar Mesenia[274], que habían recibido de sus mayores. Los corintios, obtenida esta declaración, se dirigen a Tebas para negociar la paz: pretenden los tebanos que les juren también alianza, a lo cual contestan los diputados que la alianza no es una paz, sino un cambio en el lugar de la guerra, y añaden que, si quieren, de ellos solos depende el establecer una paz completamente informada por los principios de la justicia. Llenos de admiración los tebanos por esos hombres, que aunque en peligro rehúsan enemistarse con sus bienhechores, les conceden la paz, del mismo modo que a los fliasios y demás estados que con ellos han venido a Tebas, y aseguran por medio de juramento la posesión de su territorio a cada cual.

Según la convención, los fliasios evacúan inmediatamente Tiamia; pero los fliasios que habían jurado la paz bajo estas mismas condiciones, viendo que no pueden conseguir que los desterrados fliasios habiten en Tricárano, dentro del mismo territorio de Fliunte, se apoderan de aquella plaza y establecen en ella una guarnición después de dar el nombre de propiedad a un territorio que poco antes habían devastado como enemigos, y sin querer hacer justicia a los fliasios.

En esa misma época, poco después de haber muerto Dionisio el antiguo, envió su hijo a los lacedemonios doce trirremes bajo el mando de Timócrates. Después de haber llegado, ayúdanle a apoderarse de Selasia[275], y después de este hecho de armas vuelven a hacerse a la vela para Siracusa.

Algún tiempo después apodéranse los eleos de Lasión, que les había antiguamente pertenecido, pero que dependía ahora de la confederación de los arcadios. Estos no permanecen indiferentes a la ofensa, pues reúnen inmediatamente sus tropas y se dirigen contra ellos; los eleos ponen en pie de guerra sus cuatrocientos, y además otros trescientos hombres. Durante la noche, los arcadios, que habían estado durante el día acampados frente a frente a los eleos en un terreno llano e igual, por la noche se apoderan de unas alturas que dominaban a sus contrarios y se arrojan sobre ellos al apuntar el día. Viendo los eleos bajar de las alturas, y en tan gran número, a los enemigos, se avergüenzan de tener que retirarse hallándose aún a tan larga distancia, y viniendo a las manos, se declaran en fuga a los primeros embates, perdiendo muchos hombres y gran número de armas en su retirada por caminos difíciles de atravesar.

Después de esta victoria, los arcadios marchan contra las ciudades de los acroreos. Apodéranse de todas ellas, a excepción de Tresto, y llegan a Olimpia, donde, después de haber rodeado el Cronión[276] con una empalizada, establecen en él una guarnición y se apoderan del monte Olímpico y de Margana, que les es entregada. Esta serie de reveses entrega a los eleos a la desesperación más completa; pero los arcadios marchan contra su ciudad y llegan a penetrar hasta la plaza pública, donde, sin embargo, la caballería elea y los demás ciudadanos les hacen cara, les arrojan de la ciudad y después de matarles algunos hombres levantan un trofeo. Anteriormente habían tenido lugar en Élide ciertas disensiones públicas. El partido de Cáropo, Trasónidas y Argeo tendía a la democracia mientras que la facción de Estalquias, Hipias y Estrátola deseaban la oligarquía; como los arcadios, al frente de considerables fuerzas, pasaban por los aliados del partido que quería la democracia, Cáropo y los suyos se hacen más audaces, y concertándose con los arcadios para que le ayuden, se apoderan de la acrópolis; pero la caballería elea y los trescientos, sin perder un momento, se arrojan a la ciudadela y les echan de allí, después de lo cual Argeo, Cáropo y cerca de cuatrocientos ciudadanos son desterrados. Consiguen estos apoderarse poco tiempo después de Pilos[277] con ayuda de algunos arcadios; y muchos del partido popular abandonan entonces su ciudad natal, yendo a juntarse a los desterrados que se ven en posesión de una hermosa plaza fuerte y sostenidos por considerables fuerzas de arcadios.

Más tarde, invaden estos igualmente el territorio eleo después de haberles asegurado los desterrados que la ciudad se les rendiría. Sin embargo, los aqueos, que se hallaban nuevamente en amistad con los eleos, defienden la población de manera que tienen que retirarse los arcadios sin haber hecho más que devastar el país; pero apenas salen, noticiosos de que los peleneos se hallan en Élide, verificando durante la noche una larga marcha, se apoderan de Oluro, ciudad de los peleneos, que desde largo tiempo permanecían aliados a los lacedemonios. Así que saben aquellos la toma de Oluro[278], verifican una contramarcha y se dirigen a Pelene, su patria, y desde entonces, a pesar de su pequeño número, se hallan constantemente en guerra con los arcadios establecidos en Oluro y con el partido popular, sin tener un punto de reposo hasta haber rescatado esa población.

Los arcadios, por el contrario, verifican una nueva expedición contra los eleos. Mientras acampan entre Élide y Cilene, asáltanles los eleos; pero los arcadios se defienden con valor y los rechazan; Andrómaco, jefe de la caballería elea, a quien se acusa de haber promovido este ataque, se da la muerte, y el resto de los vencidos se refugian en la ciudad. En el mismo combate pereció el espartano Soclides, quien había tomado parte en él en virtud de la alianza que ya se había establecido entre los espartanos y los eleos; estos, en efecto, viéndose acosados por sus enemigos en su propio territorio, envían a Lacedemonia una comisión que reclame su auxilio y les exhorte a que realicen una expedición en el territorio arcadio, pues consideraban el mejor medio para librarse de sus enemigos, el atacarles por ambas partes. Arquidamo parte, pues, con un ejército de ciudadanos y se apodera de Cromno[279], donde deja en guarnición a tres de las doce cohortes que llevaba, y regresa a su país. Hallándose, sin embargo, los arcadios reunidos todos a su regreso de la expedición a Élide, llegan a Cromno y la rodean con dos filas de empalizadas, con lo cual, hallándose en seguridad, asedian a la guarnición; pero Esparta, indignándose al saber se hallan sitiados sus ciudadanos, envía un ejército, también al mando de Arquidamo, que a su llegada hace cuantos destrozos puede en Arcadia y Escirítide y procura con todas sus fuerzas hacer levantar el sitio; pero los arcadios no se mueven y nada les importa cuanto hace.

Había notado Arquidamo una colina por el centro de la cual pasaba el atrincheramiento exterior de los arcadios; cree que podrá apoderarse de ella y que una vez en su dominio será imposible a los enemigos sostener su posición. Mientras hacía dar un rodeo a sus tropas para llegar a aquel lugar, los peltastas y su vanguardia, viendo fuera de las trincheras a los eparitas[280], caen sobre ellos al propio tiempo que la caballería procura cargarles. No ceden los eparitas, sino que se conservan inmóviles en correcta formación; vuelven los enemigos a la carga, pero aquellos, en vez de ceder en este segundo ataque, llegan a avanzar algún terreno. El tumulto era ya muy grande, cuando llega Arquidamo, que había dado la vuelta por la carretera que conduce a Cromno y guiaba sus tropas, que iban de dos en dos, tal como se hallaban al recibir la orden de marcha. Los dos ejércitos se aproximan, el de Arquidamo en larga fila a causa del camino que había seguido y los arcadios formando un tupido cuerpo de escudos; los lacedemonios no pueden resistir al empuje de los arcadios y pronto Arquidamo es herido en el muslo, que le atraviesan con una lanza, sucumbiendo junto a él Poliénidas y Quilón, que se había casado con la hermana de Arquidamo, elevándose a más de treinta el número de los que allí perecen.

Emprenden, pues, los lacedemonios su retirada por el mismo camino por el que habían venido, y así que salen a más ancho terreno, se despliegan y hacen cara al enemigo; pero los arcadios conservan su misma formación, y aunque inferiores en número, hállanse animados del mismo entusiasmo, puesto que persiguen tropas que se baten en retirada y a las que han ocasionado gran número de bajas. En cuanto a los lacedemonios, habían perdido todo su valor al ver herido a Arquidamo y al saber los nombres de los que han muerto, quienes formaban todos entre los más valientes y más ilustres ciudadanos. Al hallarse los dos ejércitos uno junto a otro, grita uno de los más ancianos:

—«Soldados: ¿quién nos obliga a combatir, y por qué no podemos pedir una tregua y hacer cesar la guerra?»

Los dos bandos acogen con placer estas palabras y se hace la tregua: retíranse los lacedemonios después de haber recogido sus muertos, y los arcadios levantan un trofeo en el lugar en que habían comenzado a dar las primeras cargas.

Mientras los arcadios se hallan ocupados en Cromno, los eleos dirígense primeramente contra Pilos y se encuentran con los pilios que habían sido rechazados de Tálamas[281]. Al verles, la caballería elea carga sobre ellos matándoles mucha gente, y los restantes se refugian en una eminencia; pero al llegar la infantería los derrota por completo, matando a unos y haciendo prisioneros a los otros en número de unos doscientos: todos los mercenarios son vendidos y los desterrados degollados. Después de esto subyugan a los pilios, que no recibían ya auxilios de nadie, se apoderan de su ciudad y recobran Marganea.

Algún tiempo después, sin embargo, habiéndose los lacedemonios durante la noche aproximado a Cromno, apodéranse de la trinchera y llaman a los argivos y lacedemonios sitiados. Cuantos se hallaban cerca y supieron aprovecharse de esta ocasión, consiguieron escaparse; pero los que dieron tiempo a los arcadios para que acudiesen en gran número, fueron encerrados en el interior de la ciudad y después presos y distribuidos entre los vencedores. Una parte de ellos tocó a los argivos, otra a los tebanos, otra a los arcadios y otra a los mesenios; el número de espartanos y periecos hechos prisioneros elevose a más de ciento.

Los arcadios, no teniendo ya que ocuparse de Cromno, vuelven a dirigirse contra los eleos, refuerzan la guarnición de Olimpia, y cuando se acerca el año olímpico prepáranse para celebrar los juegos en compañía de los pisatas, que pretenden haber sido los primeros que tuvieron en otro tiempo el cuidado del templo. Ya en el mes[282] en que se celebran los juegos olímpicos, y durante los días en que se reúne la Panegiria, los eleos hacen sus preparativos abiertamente, llaman a los aqueos y toman el camino de Olimpia. Nunca se hubieran figurado los arcadios que vinieran los eleos a atacarles, y lejos de este pensamiento, hallábanse organizando las fiestas con los pisatas y habían terminado ya las carreras de caballos y el pentatlón; pero cuando llegó el turno de la lucha, no tuvo esta lugar en el estadio sino entre este y el altar, pues los eleos en armas ya estaban junto al recinto sagrado. Sin ir más lejos a su encuentro, los arcadios despliegan sus fuerzas a orillas del Cládeo, riachuelo que corre a lo largo del Altis[283] y que desemboca en el Alfeo: tenían como aliados unos dos mil hoplitas argivos y unos cuatrocientos caballos atenienses.

Los eleos, que se habían formado en batalla al otro lado del riachuelo, inmolan las víctimas y avanzan inmediatamente contra los enemigos. Hasta esta época habían sido considerados siempre como guerreros de segundo orden por los arcadios y argivos, así como por los aqueos y atenienses, pero aquel día fueron considerados como los más valientes de entre todos los aliados. Ponen en fuga a los arcadios, contra los cuales primero se dirigen, y hacen lo mismo, después de rechazarlos valientemente, con los argivos. Persiguen los eleos a los fugitivos hasta el espacio situado entre el senado, el templo de Vesta y el teatro, que se halla junto a aquel edificio: allí combaten con igual denuedo y rechazan al enemigo hasta el altar, pero alcanzados por los proyectiles que se les arrojan desde lo alto de los pórticos de la sala del consejo y del gran templo, mientras que ellos combaten en un suelo completamente llano, pierden a muchos de sus soldados, y entre otros al mismo Estrátola, jefe de los trescientos.

Después de esta acción se retiran a su campamento, pero los arcadios y sus aliados quedan atemorizados de tal modo, en previsión de lo que ocurrirá al día siguiente, que no se dan punto de reposo durante toda la noche, derribando las tiendas elevadas a gran coste, y fortificándose con trincheras. Al otro día, cuando se aproximan los eleos y ven una fuerte empalizada y gran número de individuos subidos a los templos, se retiran a su ciudad, pues el valor que habían desplegado el día anterior había sido tal que solo un dios podía haberlo inspirado y hacerle aparecer en un solo día, pues no está en el poder de los hombres, aun en un largo espacio de tiempo, volver valientes a los que se hallan privados de valor.

Habiendo los arcontes arcadios hecho uso de los fondos sagrados para el sostenimiento de los eparitas, los mantineos prohíben por un decreto hacer uso de los fondos sagrados, y recogida en su ciudad la parte que les toca pagar para los eparitas, la envían a los arcontes. Pretenden entonces los jefes arcadios que los arcontes mantineos atentan a la confederación arcadia, y les citan ante los diez mil; pero no compareciendo, se pronuncia sentencia y mandan a los eparitas que conduzcan a los condenados. Cierran los mantineos sus puertas y no les admiten dentro de sus muros: al mismo tiempo levántanse otras voces entre los diez mil, diciendo que no debe gastarse el dinero sagrado y legar a sus descendientes este crimen contra los dioses, por lo cual, así que se ha decretado en la asamblea común que no se pueden tocar aquellos fondos, los eparitas que no pueden servir sin sueldo se retiran, mientras por el contrario, los que poseen medios abundantes, se exhortan mutuamente y ocupan el lugar de los que se han marchado, a fin de no hallarse más bajo su dependencia y tenerles, por el contrario, bajo la suya.

Los jefes arcadios, que habían gastado el dinero sagrado, conociendo que pronto se les obligará a dar cuenta de él, y con el temor de ser ahorcados, hacen decir a los tebanos que si no se ponen en marcha inmediatamente, corren peligro de ver nuevamente amigos de los lacedemonios a los arcadios, por lo cual, los tebanos se preparan para ponerse en camino; pero cuantos sinceramente se preocupan de los verdaderos intereses del Peloponeso, persuaden a la asamblea arcadia para que mande embajadores a los tebanos, que les digan no vayan en armas a Arcadia entretanto no se les llame, y mientras hacen decirles esto, reflexionan que de nada ha de servirles la guerra y que, en efecto, ninguna necesidad tienen de correr con el cuidado del templo de Júpiter, y que, por el contrario, al renunciar a él realizarán una acción más justa y piadosa y se harán más agradables a la divinidad. Como los eleos no tenían ninguna otra pretensión, ambos partidos se deciden por la paz y firman el tratado.

Jurado este por todas las ciudades, del propio modo que por los tegeatas y por su mismo gobernador tebano, quien se hallaba en Tegea con trescientos hoplitas beocios, todos los arcadios permanecen en dicha población, entregándose a la alegría y a las fiestas y júbilo con libaciones y cantos en honor de la paz. Pero el tebano y los arcontes que temían la rendición de cuentas, uniéndose a los beocios y a los eparitas, que hacían causa común con ellos, cierran las puertas de Tegea y hacen prender a los primeros ciudadanos en medio de los banquetes. Como se encontraban allí arcadios de todas las ciudades, pues todos deseaban la paz, el número de los que prendieron fue muy considerable: pronto queda llena la cárcel y aun la casa del consejo. Siendo muchos los presos, algunos saltaron desde lo alto de los muros, y aun permitiose a otros evadirse por las puertas, pues solo se estaba quejoso de los que eran considerados como causantes de su perdición; y lo que enoja más al tebano y a sus cómplices, es que solo tienen en su poder un pequeño número de mantineos, cuando casualmente contra ellos era contra quienes se tenía una enemiga mayor; pero gracias a la proximidad de su población, casi todos habían podido escapar.

Cuando viene el día y saben los mantineos lo que ha ocurrido, recomiendan inmediatamente a todas las ciudades de Arcadia se pongan a la defensiva y vigilen sus murallas: hacen ellos lo mismo y envían al mismo tiempo a Tegea pidiendo la libertad de todos los mantineos que se hallan detenidos, exigiendo al mismo tiempo que ninguno de los otros arcadios sea encarcelado o condenado a muerte sin someterle previamente a juicio, ofreciendo la garantía de la ciudad de Mantinea para el caso de que contra ellos hubiese motivo de acusación y prometiendo llevar ante la asamblea arcadia a cuantos sean citados ante ella. El tebano no sabe qué resolver ante esta embajada y da libertad a todos. Al día siguiente reúne a cuantos arcadios quieren acudir a su llamamiento, y procura justificarse con ellos, asegurando ha sido engañado y pretendiendo, en efecto, haber sabido que los lacedemonios se hallaban en armas en las fronteras y que algunos arcadios querían entregarles la ciudad de Tegea. Después de oírle, le dejan libre, a pesar de saber bien que había mentido en cuanto les había dicho, pero envían diputados a Tebas para acusarle y para pedir se le condene a muerte. Cuéntase, sin embargo, que Epaminondas, entonces uno de los generales en mando, dijo que se había tenido más razón al detener a aquellos hombres que al devolverles la libertad.

—«Pues —dijo—, ¿cómo no os acusaríamos de traición con justicia después que nos habéis hecho la guerra y sin nuestro consentimiento ajustáis la paz? En cuanto a nosotros, sabed, añadió, que marcharemos a Arcadia, y allí haremos la guerra concertadamente con aquellos que pertenecen aún a nuestro partido.»