CAPÍTULO III.

Al año siguiente el templo de Minerva Atenea, en Focea, es reducido a cenizas por un rayo. Al terminar el invierno, siendo éforo Pantacles y arconte Antígenes, conmemorando el buen tiempo, se hacen a la vela los atenienses hacia Proconeso con todo el ejército, en el año XXII.º de la guerra[29], y de allí van a anclar ante Bizancio y Calcedonia, acampando alrededor de esta ciudad. Informados los calcedonios del ataque que iban a sufrir por parte de los atenienses, habían entregado todas sus riquezas a sus vecinos los tracios de Bitinia[30]; Alcibíades, tomando consigo la caballería y algunos hoplitas, hace costear las naves y se dirige a los bitinios, pidiéndoles las riquezas de los calcedonios, diciéndoles les hará la guerra si no se las entregan. Así lo hacen, y, de vuelta ya a su campo con el botín y la garantía de un tratado, ataca Alcibíades por ambos mares a Calcedonia con todo el ejército, y cierra con un muro de madera, lo mejor que puede, el río que les divide. Hipócrates, el gobernador lacedemonio, hace salir de la ciudad a la guarnición para librar combate; despliéganse frente a frente los atenienses en orden de batalla, y Farnabazo acude desde la otra parte de aquel muro en socorro de los sitiados, con su ejército y con una caballería numerosa. Combaten durante algún tiempo Hipócrates y Trasilo, cada uno con sus hoplitas, hasta que llega Alcibíades con algunos de estos y con su caballería. Queda muerto en el campo Hipócrates, y huyen sus soldados a la ciudad. Mientras tanto, Farnabazo, que no había podido reunirse a Hipócrates a causa del poco espacio que se había dejado entre el río y las trincheras, tiene que retirarse al Heracleo[31], que está junto a Calcedonia, en cuyo lugar tenía su campamento. Alcibíades marcha después hacia el Helesponto y el Quersoneso, con objeto de recoger dinero, y los restantes generales[32] convienen entonces con Farnabazo, relativamente a Calcedonia, en estas condiciones: Que entregará veinte talentos a los atenienses y presentará al rey los diputados de Atenas. Afirman con juramento esta convención, obligándose a pagar los calcedonios el acostumbrado tributo a los atenienses, y a entregarles las cantidades atrasadas, a condición de que los atenienses no emprendan hostilidad alguna contra Calcedonia hasta que regresen los enviados al rey. Alcibíades no estuvo presente al celebrarse este tratado, puesto que estaba frente a Selimbria; pero una vez tomada esta ciudad, vuelve a Bizancio con gran multitud de quersonesios, soldados tracios y más de trescientos caballos. Espérale en Calcedonia Farnabazo, considerando necesario hacerle prestar juramento a lo tratado; pero Alcibíades, al llegar de Bizancio, declara que no jurará si no renueva también Farnabazo el juramento en su presencia; por lo cual él jura la convención en Crisópolis, delante de Mitrobates y Arnapes, enviados de Farnabazo, mientras este presta el juramento público ante Euriptólemo, enviado de Alcibíades, después de lo cual se dan mutuamente algunos dones privados. Hecho esto, parte Farnabazo de dicha población, y ordena a los diputados que deben dirigirse al rey se le unan en Cícico. Estos diputados eran Doroteo, Filocides, Teógenes, Euriptólemo y Mantíteo por parte de los atenienses, y Cleóstrato y Pirróloco por parte de los argivos; iban también con ellos algunos enviados por los lacedemonios, Pasípidas y otros, habiéndoseles juntado asimismo Hermócrates, expatriado siracusano, y su hermano Próxeno, a todos los cuales conducía Farnabazo.

Los atenienses, sin embargo, sitian Bizancio, después de rodear a la ciudad con una trinchera y de inquietarla con proyectiles, y avanzan hasta el muro. Encontrábase en dicha población el harmosta lacedemonio Clearco, y con él algunos periecos[33] y un pequeño número de neodamodes[34], así como algunos megarenses mandados por Helixo de Mégara y algunos beocios que obedecían a Cerátadas. Viendo los atenienses que nada pueden conseguir por la fuerza, persuaden a algunos bizantinos para que les entreguen la plaza. No creyendo Clearco el gobernador que hubiese en ella nadie capaz para hacerlo, organizándolo todo lo mejor que puede, y encargando de la defensa de la ciudad a Cerátadas y a Helixo, se dirige hacia Farnabazo, en el opuesto continente, a fin de obtener de él el estipendio para sus soldados y reunir las naves que Pasípidas había dejado en observación, así en el Helesponto como en Antandro, y las que Agesándridas, segundo jefe de Míndaro, tenía en Tracia: deseaba asimismo hacer construir otras, y con todas estas fuerzas reunidas, acosar a los atenienses y hacerles levantar el sitio de Bizancio. Luego de haber partido Clearco, pónense a la obra los que querían entregar la ciudad, Cidón, Aristón, Anaxícrates, Licurgo y Anaxilao, quien fue más tarde acusado en Lacedemonia como culpable de traición, siendo absuelto por alegar había salvado la ciudad al entregarla, pues veía morir de hambre a las mujeres y a los niños, y además por ser bizantino y no lacedemonio. Como Clearco hacía entregar a los soldados todo el trigo que había en la ciudad, decía Anaxilao que había introducido al enemigo, sin que le moviese para ello el deseo de obtener dinero, ni el odio hacia los lacedemonios.

Así que todo estuvo arreglado para realizar su designio, abren una noche la puerta llamada de Tracia, e introducen a Alcibíades y a su ejército. Helixo y Cerátadas, que nada sabían de la conjuración, se dirigen con todas sus tropas armadas a la plaza pública; pero viendo a los enemigos dueños de todo, y conociendo nada podían hacer, se entregan y son enviados a Atenas, donde Cerátadas, al desembarcar en el Pireo, huye por entre la multitud y llega salvo a Decelia.