CAPÍTULO IV.

Así murió Terámenes. Libres entonces los Treinta para ejercer sin temor su tiranía, prohíben entrar en la ciudad a los que no están inscritos en la lista, y les arrancan de sus propiedades para apoderarse de sus tierras y para repartírselas con sus amigos; huyen muchos al Pireo; pero habiendo hecho prender allí a gran número de ellos, se refugian en Mégara y en Tebas.

Mientras tanto, Trasíbulo, con unos cincuenta compañeros, sale de Tebas y se apodera de la fortaleza de File. Avanzan contra él los Treinta con los tres mil y su caballería, haciendo un tiempo magnífico: así que llegaron, algunos jóvenes de los más ardientes se arrojan al asalto de la plaza, pero nada consiguen y se retiran con muchos heridos. Queriendo los Treinta sitiar la fortaleza a fin de interceptar la entrada de víveres e incomunicarles con sus partidarios, sobreviene durante la noche una gran nevada, que continúa al día siguiente. Retíranse entonces a la ciudad envueltos por la nieve, mientras caen muchos de los escevóforos[88] bajo los golpes de los de File. Comprendiendo los Treinta que será saqueada la campiña si no colocan en ella centinelas, envían a las fronteras la guarnición lacedemonia, fuera de algunos soldados y dos escuadrones de caballería, a unos quince estadios de File. Estas tropas acampan para la vigilancia, en un lugar protegido por los árboles.

Trasíbulo, que había reunido ya en File unos setecientos hombres, tómalos consigo y sale de la ciudad durante la noche, apostándose con los suyos sobre las armas, a unos tres o cuatro estadios del cuerpo de observación, y allí se quedan a la expectativa. Por la mañana se levantan los soldados, unos después de otros, y van en busca de las armas, así como los palafreneros con el cepillo en la mano principian a almohazar con estrépito los caballos; inmediatamente Trasíbulo con los suyos se arrojan sobre ellos a la carrera con las armas en la mano: hacen algunos prisioneros y los persiguen por espacio de seis o siete estadios, matando a más de ciento veinte hoplitas, y entre los de caballería a Nicóstrato, llamado por sobrenombre el hermoso, y a otros dos que sorprendieron aún durmiendo. Terminada la persecución levantan un trofeo, recogen las armas y el botín y regresan a File. La caballería que había salido de Atenas en auxilio de los suyos, no encuentra ya ningún enemigo y aguarda únicamente a que los parientes levanten los cadáveres de los que han perecido, para regresar a la ciudad.

Después de esto, los Treinta, no considerándose ya seguros en la ciudad, quieren robustecer su dominación en Eleusis, a fin de encontrar allí un refugio en caso de necesidad. Critias y los otros Treinta, dando las órdenes a la caballería, se dirigen a dicha población, donde les pasan revista, y bajo pretexto de saber con exactitud el número de los habitantes y las fuerzas de la guarnición, ordenan a todo el mundo se inscriba en una lista; a medida que se inscribía cada uno, se le hacía salir por la puerta que da al mar, a ambos lados de la cual estaba la caballería en dos filas, y cuantos salían eran atados en seguida por los servidores de los Once. Así que están todos reunidos, recibe Lisímaco, jefe de la caballería, orden de escoltarlos y entregarlos a los Once.

Al día siguiente, convocan en el Odeón[89] a los hoplitas cuyos nombres están en las listas y a los restantes de caballería; levantándose después Critias, les dice:

«Ciudadanos: tanto en nuestro interés como en el vuestro, procuremos consolidar nuestro gobierno: por esto debéis participar también de los peligros, ya que participáis de los honores; por esto es preciso votéis la condenación de los eleusinos aquí reunidos para que tengáis nuestras mismas esperanzas, al propio tiempo que nuestros propios temores.»

Señalando entonces cierto lugar destinado a la votación, les manda dar públicamente su voto. En el centro del Odeón se hallaba sobre las armas toda la guarnición espartana. Todo esto fue aprobado por algunos ciudadanos que no iban en busca de otra cosa que de su interés personal.

Mientras tanto, Trasíbulo, poniéndose al frente de los de File, cuyo número se aproximaba a mil, llega de noche al Pireo. Así que reciben los Treinta esta noticia, ponen sobre las armas a los lacedemonios, a la caballería y a los hoplitas y se dirigen hacia la carretera que conduce al Pireo. Los de File intentan primero rechazarlos, pero como la extensión del círculo necesitaba muchas guardias y ellos eran aún poco numerosos, se retiran todos a Muniquia. Reúnense los de la ciudad en el ágora de Hipódamo y se ordenan de modo que llenan por completo el camino que va al templo de Diana y al Bendideo[90]; no tenían menos de cincuenta escudos de fondo. Formados así, se ponen en marcha; pero entonces los de File llenan también por su parte el camino y se colocan a diez hoplitas en fondo, detrás colócanse los peltastas y los arqueros, y finalmente, después de todos, los honderos. Su número había aumentado considerablemente, pues se les habían juntado los habitantes de aquel lugar. Mientras se acerca el enemigo, Trasíbulo manda a los suyos depongan sus escudos, y haciéndolo también él, aunque conservando las otras armas, y colocándose en el centro de su ejército, les dice:

«Ciudadanos: debo hacer saber a algunos, y recordar a los demás, que los que se dirigen a nosotros en su ala derecha se componen de tropas que habéis derrotado y perseguido hace cinco días, y en la extremidad de su ala izquierda contienen a esos Treinta que a pesar de nuestra inocencia nos privaron de la patria, nos arrojaron de nuestras casas y han proscrito y expoliado los bienes de nuestros más caros amigos; hállanse ahora en una situación que no habían previsto y que siempre hemos deseado, puesto que tenemos armas y estamos frente a ellos. Los mismos dioses combatirán por nosotros, después de haberles visto apoderarse de nuestras personas y bienes durante nuestras comidas, mientras dormíamos y en la misma plaza pública, no solo sin haberles hecho el más mínimo daño, sino sin que nuestra permanencia haya motivado el destierro. En efecto, desencadenan una tormenta cuando el tiempo estaba despejado para que nos aprovechemos de ello, y cuando ensayamos dirigirnos a ellos nos permiten levantar el trofeo de una victoria sobre numerosos enemigos, siendo escasísimo el número de los nuestros; y ahora mismo nos invitan a pelear en un terreno donde, obligados nuestros enemigos a subir una cuesta, no pueden arrojarnos ni dardos ni flechas, mientras que nosotros con solo dejar caer las picas, los dardos y las piedras estamos seguros de tocarles y de herirles en gran número. Y que nadie crea que al menos sus primeras filas combatirán con ventaja, puesto que si arrojáis con valor, como es preciso, vuestros dardos, ninguno dejará de alcanzar a uno de aquellos que llenan por completo el camino, y que obligados a cubrirse siempre con sus escudos para protegerse, nos permitirán fácilmente dar sobre ellos como si estuviesen ciegos y dispersarlos cuando les ataquemos. Es preciso, soldados, que cada uno de vosotros combata hoy de modo que alcance el testimonio de haber contribuido en gran manera a la victoria, porque, si Dios quiere, ha de devolvernos esta nuestra patria, nuestros hogares, la libertad, los honores y las esposas e hijos a los que son jefes de familia. ¡Felices aquellos de vosotros que, sobreviviendo a la victoria, vean día tan afortunado; y felices también los que tengan que morir para alcanzarla, pues ningún rico podrá obtener jamás monumento funerario tan glorioso! Cuando llegue el momento entonaré el peán, invocaremos después a Enialio[91] y todos entonces, de consuno, nos arrojaremos sobre nuestros enemigos para castigar a los que nos han insultado.»

Dicho esto, se vuelve de cara a los enemigos y se mantiene a la expectativa, pues el augur le había recomendado no ordenase el ataque hasta que alguno de ellos hubiese sido muerto o herido. «Haciéndolo así —había dicho— os guiaré a la victoria, que se inclinará hacia vosotros, aunque preveo me costará a mí la vida.» Y no mintió, pues habiendo tomado las tropas sus armas, arrójase él el primero, como arrastrado por su destino, sobre los enemigos, hallando entre ellos la muerte y siendo enterrado en el paso del Cefiso: quedan los otros vencedores y persiguen hasta la llanura a los enemigos. Critias e Hipómaco, dos de los Treinta, quedan entre los muertos, del propio modo que Cármides, hijo de Glauco[92], uno de los diez comandantes del Pireo, además de unos setenta de los contrarios; apodéranse de las armas los vencedores, aunque sin despojar de las túnicas a sus conciudadanos; después de lo cual, y una vez devueltos los muertos por medio de una tregua, dirígense unos a otros hablando entre sí, y Cleócrito, heraldo de los Iniciados que tenía una voz muy fuerte, después de pedir silencio, dice:

«Ciudadanos: ¿por qué nos perseguís, por qué queréis matarnos? Jamás os hemos hecho daño alguno; por el contrario, hemos tomado parte con vosotros en los actos religiosos más solemnes, en los sacrificios y en las fiestas más espléndidas; juntos estuvimos en los mismos coros, en las mismas escuelas y bajo las mismas banderas, y tanto por tierra como por mar, hemos corrido con vosotros los mismos peligros para la salvación común y para la mutua libertad. En nombre de los dioses paternos y maternos, por la comunidad de origen, por la familia y por la amistad que nos son comunes con la mayor parte de vosotros, respetando a los dioses y a los hombres, cesad de faltar a la patria, dejad de obedecer a esos Treinta, los más impíos de entre los hombres, quienes por su particular interés han hecho morir durante ocho meses a un número de atenienses igual o mayor al que durante diez años ha perecido por la guerra con los peloponesios. Fácil era vivir en paz bajo nuestro gobierno, y sin embargo ellos han encendido la más deshonrosa de las guerras entre nosotros y la más terrible, impía e inicua ante los dioses y ante los hombres. Sabed que no habéis sido vosotros solos, sino también nosotros, los que han derramado abundantes lágrimas sobre los cuerpos de los que hoy han perecido.»

Esto dijo, y los restantes jefes, después de oírle, mandan retirar a los suyos a la ciudad. Al día siguiente, humillados y abandonados por completo, vienen los Treinta a ocupar sus asientos en el senado y los tres mil no hacen más que disputarse en cualquier lugar en que se sienten. Cuantos habían cometido alguna violencia y temían por lo mismo por su seguridad, sostienen con fuego no debe cederse cobardemente a los del Pireo, mientras que aquellos a quienes no remuerde su conciencia el haber obrado injustamente, reflexionan con serenidad y hacen comprender a los demás que ninguna necesidad les obliga a sufrir tantas calamidades, y declaran no deben ya prestar más obediencia a los Treinta, ni dejarles consumar la perdición de la ciudad. Decretan, finalmente, la deposición de aquellos y la elección de otros jefes, los cuales son nombrados en número de diez, uno por cada tribu.

Los Treinta se refugian en Eleusis, y en la ciudad los Diez se ocupan con los jefes de la caballería en calmar los turbados y abatidos ánimos. La caballería pernocta en el Odeón con sus caballos y escudos, y en su desconfianza, montan desde el anochecer las guardias sobre la muralla, armados con los escudos, y por la mañana vuelven a tomar los caballos, temiendo continuamente un ataque repentino de los del Pireo. Estos, que habían crecido en número, y a quienes de todas partes llegaban nuevos reclutas, constrúyense escudos, tanto de madera como de mimbres, que pintan después de blanco, y luego, apenas han transcurrido diez días, y habiendo proclamado la igualdad de tributos para todos los que con ellos combatieran, aunque fuesen extranjeros, salen en gran número, así de hoplitas como de gimnetas[93], teniendo además unos setenta caballos; y después de forrajear y de coger leña y frutos, vuelven a pernoctar en el Pireo. Nadie salía armado de la ciudad, fuera de la caballería, que se arrojaba de tiempo en tiempo sobre los exploradores del Pireo, maltratando sus partidas. Encuentran en cierta ocasión algunos eonios que se dirigían a sus tierras en busca de provisiones, y el comandante de la caballería, Lisímaco, los hace degollar, a pesar de las súplicas y de la indignación de varios de sus soldados. En represalias, los del Pireo dan la muerte a Calístrato, de la tribu leóntida, uno de los caballeros de quien se habían apoderado en el campo, pues tenían ya tal confianza, que llegaban en sus excursiones hasta los mismos muros de Atenas. Debe referirse aquí la idea que tuvo el ingeniero de la ciudad, que al saber quieren los enemigos aproximar sus máquinas de guerra al Liceo por la carretera, emplea todos los animales de acarreo en transportar enormes piedras y esparcirlas sin orden ni concierto por aquellos, lo cual hizo que cada piedra causase muchas molestias al enemigo.

Los Treinta envían desde Eleusis a Lacedemonia diputados de entre los ciudadanos de Atenas inscritos en la lista, pidiendo socorros, bajo pretexto de que el pueblo se ha sublevado contra los lacedemonios. Lisandro, reflexionando que es imposible forzar en poco tiempo a los del Pireo sitiándolos por tierra y por mar y cortándoles los víveres, consigue se destinen cien talentos a esta expedición y que se le envíe como gobernador y jefe del ejército de tierra, y a su hermano Libis como comandante de la flota, y dirigiéndose a Eleusis reúne muchos hoplitas peloponesios, mientras el comandante de las naves vigila la costa para que no reciban ninguna clase de víveres los sitiados; de manera que pronto los del Pireo sufren grandemente por la falta de provisiones, mientras que los de la ciudad vuelven a hallarse en la abundancia con la llegada de Lisandro.

Así las cosas, el rey Pausanias, envidioso de Lisandro y temiendo que si consigue sus propósitos adquiera gran consideración y pueda reducir bajo su dominio particular el territorio de Atenas, después de ganar a tres de los éforos, sale de Atenas con la guarnición y acompañado de todos los aliados, fuera de los beocios y corintios, que dicen creerían faltar a sus juramentos si se dirigían contra los atenienses que no han violado tratado alguno, pero que en realidad obran así porque conocen quieren los espartanos apropiarse y hacerse dueños del territorio ateniense. Pausanias sienta su campo junto al Pireo, en el lugar llamado Halipedón[94]; manda por sí mismo el ala derecha, y Lisandro con los mercenarios la izquierda. Envía Pausanias delegados a los del Pireo, ordenándoles marchen a sus hogares; pero no obedeciéndole ellos, hace como que les atacan, para que no se haga notorio les es favorable: después se retira sin haber comenzado siquiera el ataque. Al día siguiente, tomando dos cohortes espartanas y tres escuadrones de atenienses, se adelanta hacia el puerto cegado[95], examinando por dónde puede más fácilmente levantar trincheras contra el Pireo; saliendo algunas tropas de los sitiados, le inquietan durante su retirada, e irritándose entonces, hace cargar la caballería, manda también detrás de esta a todos los que han pasado ya diez años de la pubertad, y él mismo se adelanta también con el resto de sus tropas. Matan unos treinta soldados ligeros y persiguen a los demás hasta el teatro del Pireo, donde hallábanse sobre las armas todos los peltastas y hoplitas de la plaza. Verifican una salida las tropas ligeras, y arrojan dardos, lanzas, flechas y piedras a los enemigos; tienen estos gran número de bajas, y viéndose los lacedemonios muy hostigados, principian a retirarse, lo cual permite a sus adversarios cargar sobre ellos con más vigor. Perecieron en esta acción Querón y Tíbraco, ambos polemarcas; Lácrates, vencedor en los juegos olímpicos, y otros lacedemonios enterrados en el Cerámico.

Al ver esto Trasíbulo, avanza con el resto de los hoplitas, y se colocan con prontitud delante de los demás, a ocho en fondo. Pausanias, vivamente hostigado, se retira unos cuatro o cinco estadios hacia una colina inmediata, a donde ordena se dirijan los lacedemonios y los demás aliados, y dando a su falange una profundidad considerable, marcha sobre los atenienses. Sostienen estos el primer choque, pero después son rechazados unos hasta el pantano de Hale, y otros son puestos en fuga, perdiendo sobre ciento cincuenta hombres. Eleva entonces Pausanias un trofeo, y se retira, pues no estaba irritado con ellos; antes por el contrario, mandando ocultamente enviados, hace saber a los del Pireo le envíen mensajeros, así como a los éforos presentes, para exponer sus intenciones. Siguen su consejo.

Siembra asimismo la división entre los de la ciudad, y les excita para que se presenten en el mayor número posible a los éforos; entonces les declara que no hay necesidad alguna para que combatan con los del Pireo; antes bien, deben reconciliarse y ser ambos partidos amigos y aliados de los lacedemonios. El éforo Nauclidas oye con agrado esta proposición, y, como es costumbre en Esparta acompañen dos de los éforos al rey en la guerra, era uno de ellos Nauclidas, que con su compañero se inclinaban más bien del lado de Pausanias que del de Lisandro. Envían sin tardanza a Lacedemonia la diputación de los del Pireo, enviada para tratar con Esparta, y también a los particulares Cefisofonte y Meleto por parte de la ciudad.

Mientras están estos en camino hacia Lacedemonia, envían los de la ciudad mensajeros públicos para manifestar a los espartanos que están dispuestos a entregarles los muros que conservan en su poder y sus mismas personas para que dispongan de todo a su gusto; añaden que hallarían justo que si los del Pireo son también amigos de los lacedemonios, les entregasen igualmente el Pireo y Muniquia. Después de haberles oído los éforos y los demás convocados, envían quince diputados a Atenas para arreglar los asuntos del mejor modo posible, de mutuo acuerdo con Pausanias. Estos enviados devuelven la tranquilidad a todos, poniendo por condición que los partidos hagan la paz entre sí y que cada cual vuelva a sus quehaceres, fuera de los Treinta, los Once y los Diez que habían sido elegidos en el Pireo, ordenando al mismo tiempo que cuantos teman estar en la ciudad pueden morar en Eleusis.

Después de arreglar estas cosas, Pausanias licencia a su ejército, y los del Pireo suben con las armas a la acrópolis para ofrecer un sacrificio a Minerva. Bajan después los generales, y Trasíbulo les dice entonces:

«Hombres de la ciudad: os aconsejo procuréis conoceros a vosotros mismos, y el mejor medio para ello es que examinéis los motivos en que fundáis vuestras pretensiones para pretender dominarnos a todos. ¿Sois acaso los más justos? Aunque más pobre que vosotros, el pueblo no os ha dañado nunca a causa de vuestras riquezas, y en cambio, vosotros que sois los más ricos, movidos únicamente por vuestro interés, habéis hecho mil acciones vergonzosas. Pero ya que la justicia no está de vuestra parte, examinad si os puede enorgullecer vuestro valor; ¿y qué juicio puede decidir mejor esta pregunta que el modo como hemos combatido unos contra otros? ¿Podéis, acaso, decir que nos aventajáis por los conocimientos, vosotros que, poseyendo un muro, armas y riquezas y a los peloponesios por aliados, habéis tenido que ceder a gentes que con nada de esto contaban? ¿Son acaso los lacedemonios los que os enorgullecen? ¿Cómo es posible, si os han entregado (del mismo modo que se entregan con bozal los perros que muerden) al pueblo víctima de vuestra injusticia, y además se han marchado? Sin embargo, yo espero, ciudadanos, que no faltaréis a cuanto habéis jurado; antes por el contrario, añadiréis a vuestras restantes virtudes la de ser fieles al juramento y a las promesas.»

Otras exhortaciones añade para demostrar que todo ha de suceder sin perturbaciones de ninguna clase y que es preciso obedecer a las antiguas leyes, y luego levanta la asamblea. Establécense en seguida los poderes, constituyéndose el gobierno. Más tarde se sabe que los que se habían retirado a Eleusis toman soldados mercenarios a sueldo, y acometiéndoles en masa, matan a sus generales, que se habían adelantado para negociar, y envían a los restantes sus amigos y aliados para reconciliarse; juran todos no conservar rencor alguno por todo lo que ha sucedido, y aun ahora no ha cambiado el régimen político, pues el pueblo se conserva fiel a sus juramentos.