León. (Avanzando, por indicación de María. Se descubre.) Aquí, don Rafael, con toda la verdad que llevo en mi alma.
Don Rafael. Pues vea yo esas conciencias... la de[65] usted, que la de Mariucha ya me la sé de memoria.
León. (Señalando el árbol gigante.) Y que no es éste mal confesonario, ¿verdad, don Rafael?
Don Rafael. ¡Mucho!... Árbol secular, ¡cuántas declaraciones de enamorados, cuántos lamentos de[70] tristes, cuántos planes de ilusos y soñadores habrás oído! Oigamos ahora tú y yo, y Dios con nosotros, la historia de estos pobres corazones, que ciegos corren a una batalla imposible.
María. Por Dios, no sea tan pesimista.[75]
Don Rafael. Ea... a nuestro asunto. Señor don León, declare usted. (María se retira a una distancia en que puede escuchar.)
León. Declaro...
Don Rafael. ¿Cómo tuvo principio ese... esa[80] inclinación...?
León. Una noche, dos meses ha, fui llamado por María...
Don Rafael. Eso ya lo sé... cuando le pidió a usted un socorro para su familia, y usted no pudo dárselo.[85] (Riendo.) ¡Graciosísimo! Ya me lo ha contado ella.