Don Rafael. (Con calor.) Más, no, señora; lo[400] mismo.
María. Es que gozo lo indecible, me lo pueden creer, viendo este hormigueo de la vida de los pequeños: cómo viven, cómo luchan, cómo se defienden... Y no sé si reírme o llorar cuando pienso que no son ellos más pobres[405] que yo.
Don Pedro. (Melancólico.) Más ricos... No hay riqueza como la ignorancia.
Filomena. Riqueza y pobreza, por nuestros deseos se miden.[410]
María. Ello es que los veo contentos, al menos tranquilos, y su contento y su tranquilidad se me comunican... Vedme alegre, confiada, con muchas ganas de infundiros a todos confianza y alegría.
Don Pedro. (Dirígese a la mesa.) Ven aquí, ven[415] aquí... Dime, ante todo, dónde metiste las esquelas de... (Se sienta.)
María. (Aparte, suspirando.) Corazón mío, poco te duró el contento. (Abriendo un cajón de la mesa.) ¡Si están aquí![420]
Don Pedro. ¡Ah! dame...
Don Rafael. Señor Marqués, con su permiso... ¿Tiene algo que mandarme?
Don Pedro. (Disponiéndose a escribir una carta.) Querido cura: que no nos olvide en sus oraciones.[425]