Cesáreo. ¿De veras podréis pasar...? (Mostrando la cartera, en ademán de abrirla.)

Don Pedro. Pasaremos... Más pasó Jesucristo. Adelante, hijo... Por delante siempre tú, el único redentor posible de la familia.[815]

Escena XIV

Don Pedro, Cesáreo, María; después Filomena.

María. (Por la derecha, entreabre la puerta y se asoma cautelosa.) Papá y hermano, ¿no me permitiréis curiosear un poquito?

Don Pedro. Entra ya, hijita.

Cesáreo. (Llamándola cariñoso.) Ven, que aún no[820] he podido abrazarte a mi gusto. (Se abrazan.) ¡Pobre Mariucha! ¡Recluida en este medio social tan impropio de ti, entre tanta vulgaridad!

María. No creas... Me acomodo perfectamente a esta vida provinciana.[825]

Cesáreo. Papá, a todos recomiendo un exquisito cuidado de esta joya. (Con entusiasmo.) Joya, digo: cuerpo y alma de lo más selecto que da de sí la humanidad. Velad por ella sin descanso. ¡Mariucha! (Acariciándola.) ¡Mi Mariucha! Merece que nos desvivamos[830] por llevarla a su esfera natural, donde luzca, donde brille...

María. Pero, tontín, ¿quieres llevarme a donde hay tanta luz? Si alguna tengo en mí, mejor brillaré en la obscuridad.[835]