19.—EL ZUM-ZUM
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El zum-zum es una especie de colibrí, el pájaro más chico y precioso de todos los de la isla de Santo Domingo, que a no ser por[1] su cola y piquito, apenas tendría dos pulgadas de longitud: no es posible describir ni retratar con exactitud los contornos de su exiguo y aguzado cuerpo, la belleza y brillo metálico de sus colores cambiantes en sus finísimas plumas, sus alitas infatigables, sus rápidos y continuos movimientos, su graciosa volubilidad; nuestros mismos ojos no tienen bastante perspicacia para admirarle, porque jamás se fija; siempre en el aire, expresando un silbido tenue como cuando se desprende la punta de la lengua de los labios cerrados, entreabierta la boca[2]: ya atraviesa con la rapidez del rayo, ya se cierne sin percibirse casi su veloz aleteo (cuyo zumbido originó su nombre), libando la miel de los aguinaldos, de los díctamos o de las rosas, sin dignarse posar en parte alguna: tan silvestre, libre y fugaz, que no puede existir dos días en jaula sin morir....

El zum-zum, sedentario en esta isla, habita (si así puede decirse[3]), en las cavidades formadas en las barrancas; sus pequeños nidos son dignos de admirarse por el modo y perfección de su labor: compónelos artísticamente con la lana o seda de la flor de calentura, aforrados de casaisaco, colocándolos en la bifurcación de las ramas.

E. Pichardo (Dominicano)

Chapter Footnotes:

[1] que a no ser por, which were it not for. VARIANT: Que si no fuera (or fuese) por.

[2] entreabierta la boca. VARIANT: Con la boca entreabierta.

[3] si así puede decirse, if this can be said (of a bird).

20.—EL DESIERTO DE ATACAMA
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Cuando desde una altura dominante se extiende la vista, abarcando inmensa extensión de aquellos páramos, cerros tras cerros y pampas tras pampas, todo aparece igual y repetido. En toda la travesía no se encuentra una gota de agua, ni se ve ni se puede contar con un parapeto que le permita ampararse para descansar un momento del incómodo y frío viento que penetra por sobre todo abrigo; que del mismo modo no encontrará un árbol, un peñasco, un algo[1] que le resguarde por un instante del calor del sol que le abrasa y le persigue con una intensidad que parece va aumentando segundo por segundo.[2] Entonces es el gran momento de la contemplación: la vista se pierde sin distinguir señal alguna; el camino está por todas partes abierto, sin valla que se interponga; cielo y tierra son uniformes en color y en aspecto; de un lado todo celeste, de otro lado blanquizco, amarillento.