8.—EL RODEO Y LA APARTA
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La operación de la aparta se efectúa en un rodeo por la gente de a caballo.[1] Parte de ésta se coloca en las puertas que dan paso de un corral a otro, y la restante es la que desempeña la ocupación activa del trabajo. Para esto rodean los de a caballo a un grupo de animales y el vaquero encargado de presidir la faena designa uno o varios de ese grupo para ser apartados. Al instante dos o tres jinetes hienden el grupo que entre todos han arrinconado en algún ángulo del corralón; colocan sus cabalgaduras rozándose con un costado del animal, que por huir del que se acerca, se abre paso entre los otros, y emprende una veloz carrera en que el jinete le sigue, animándolo con la voz y sin apartarse una línea hasta dejarlo en otro corral, cuya puerta despejan los que la ocupan para dar paso al animal, volviendo a cerrarla inmediatamente. Pero muchas veces el animal designado retrocede con velocidad en su carrera, da precipitadas vueltas y «saca lances» imprevistos para libertarse de la obstinada persecución del que lo sigue. Hay, pues, un gran peligro en seguir al animal en estas diversas evoluciones caprichosas, que ponen en dura prueba[2] la destreza de los jinetes y el vigor y maestría de los caballos. Para los huasos, el rodeo es un campo de batalla en que el deber les manda desafiar los peligros; las caídas de algunos y aun la muerte que suelen encontrar en esas caídas, no interrumpen ni modifican el curso de la faena. El herido es transportado por los de a pie[3] fuera del campo, y los demás continúan el trabajo, sin arredrarse ante las probabilidades numerosas de correr igual suerte.[4]
—Alberto Blest Gana (Chileno)
Chapter Footnotes:
[1] gente de a caballo, men (farm laborers, or peones) on horseback.
[2] ponen en dura prueba, which are a severe test. VARIANT: Ponen a dura prueba.
[3] los de a pie, those on foot.
[4] correr igual suerte, meeting the same fate.
9.—EN EL TRAPICHE
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No hay suceso en los ingenios, enlazado de alguna manera con la vida de los negros, que no se refiera alegre o tristemente en sus canciones. Si el buey brioso y bello, que todos se disputaban por tener en su carreta, ha muerto, en un día abrasante, de cangrina; si un tacho se ha desfondado; si las coronas del trapiche se han roto; si en los cañaverales ha prendido fuego, y con afanoso trabajo ha sido menester atajar aquel mar de llamas; si las crecidas del río han arrastrado el maíz, el arroz o la caña acabada de sembrar en sus márgenes; si una seca o unos aguaceros horrorosos amenazan las cosechas; si el cerdo ya cebado y pronto a ser vendido al especulador que recorre la finca se ha muerto de repente sin saberse por qué; si el compañero, que solitario en los campos estaba desmochando palmas, se ha caído; si se ha dado por el mayoral y los perros con algún negro cimarrón; si la vaca bermeja, si la puerca del hocico blanco,[1] si la yegua más hermosa del potrero ha parido, la letra de las canciones lo dirá cuando se esté chapeando o cortando caña, cuando se junte o cargue en la casa de trapiche, cuando los negros uno enfrente de otro batan en las resfriaderas, con las bombas, la templa que acaba de ser sacada del tacho. Lo mismo sucede en habiéndoseles cambiado el alimento[2]; en habiéndose aumentado o disminuido las horas de trabajo; en habiéndose introducido una máquina, un instrumento, un proceder cualquiera, que a la vez que los asombra, facilita y minora las faenas; en anunciando los aguinaldos sobre las cercas y los matorrales que pronto llegarán los amos; en concediéndoseles un pedazo de tierra para que hagan, concluida la zafra, sus conucos; en dejándoles desmochar guano para cubrir los bohíos; la ocasión que se mata una res para partirla en raciones; la ocasión que se muda el mayoral que los apuraba demasiado.