12.—EN DILIGENCIA
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A las tres de la mañana llamó a la puerta de mi cuarto el mozo del hotel con fuertes golpes y gritando con apremio[1]:

—¡Ya es hora![2]

Echéme a cuestas[3] el vestido a toda prisa, entre grandes bostezos y dándome al diablo[4] porque el administrador de las diligencias hiciese salir tan temprano el vehículo; y pocos momentos después abrí la puerta de mi habitación, y me dirigí al comedor a tomar algún refrigerio.

Cuando bajé al zaguán, estaba listo el carruaje. Los tres tiros de mulas hallábanse ya enganchados; el cochero ocupaba su puesto en el alto pescante, y empuñaba con mano firme el abundante manojo de las mugrosas riendas; el sota tenía por la brida el par de mulas delanteras para impedir que partieran antes de tiempo; y dos mozos alumbraban la escena con otras tantas gruesas y resinosas hachas, que despedían tanta luz como chispas y espeso humo. Todavía salieron algunas maletas del despacho del administrador, que fueron adicionadas a la henchida zaga o al abultado techo del carruaje. La máquina estaba materialmente atestada de carga: en la covacha, en el pescante, en la parte superior, en el interior, debajo de los asientos, y aun en el espacio destinado a los pies de los viajeros, por donde quiera[5] había maletas. Concluidos los preparativos, llegó el momento de ocupar nuestros sitios, y lo hicimos los pasajeros con resignación de mártires.

La diligencia se llenó en pocos momentos. ¡Éramos once pasajeros! Sólo un asiento quedó desocupado en la banqueta de en medio, donde no hay más apoyo para la espalda del paciente,[6] que una movible correa que empuja, cede y aporrea como instrumento de inquisición. Afortunadamente para mí, había podido escoger con tiempo un buen número en la banqueta delantera, junto a la ventanilla; así es que relativamente quedé bien instalado.

—¿No falta ningún[7] pasajero?—preguntó una voz en la puerta de la posada.

—Ninguno,—repuso el sota.

No contento con[8] la respuesta, el administrador que era un español de muy mal genio,[9] subió al estribo de la diligencia, y nos echó al rostro la luz de la linterna que en la mano llevaba.

—Está bien—dijo bajando del estribo—¡en marcha[10]!