—Me acercaré si usted me tira esa flor que tiene en la cabeza.

—Allá va,[10] venga a recogerla.

Caía la flor bajo los balcones, apresurábase el caballero a levantarla, y cuando con una amable sonrisa iba a saludar a la dueña, recibía en el rostro un torrente de agua que le enceguecía y ahogaba, desgracia que él trataba de disimular diciendo con toda galantería:

—¡Cómo ha de ser[11]! No hay rosa sin espinas ....

Y así seguía el juego por largo rato, ellos aguantando un diluvio de agua que los dejaba ensopados, y ellas recibiendo los huevos de cera, que se estrellaban en sus manos, perfumándolas con esquisitas esencias, no sin que[12] de vez en cuando se oyese a alguna gritar:

—¡Puf! Está podrido.

Cuando ambos beligerantes quedaban ya rendidos de la refriega, empezaba la parte galante de la fiesta. Los caballeros arrojaban a manos llenas[13] cartuchos de confites, y ahí era el gritar y manotear de los chicuelos, que estaban a[14] los desperdicios, lanzándose en masa sobre la vereda cuando algún cartucho no llegaba a su destino, empujándose, pateándose por agarrar la codiciada presa, mientras los jugadores hacían toda clase de esfuerzos para barajar las coronas que en cambio de los confites les llovían, retribuyendo ellos todavía el obsequio con cajas especiales, de antemano destinadas a fulana y a zutana, a quienes las enviaban por medio de sus sirvientes, no atreviéndose a correr el albur de que[15] al arrojarlas cayesen entre la turba multa[16] de arrapiezos que andaban a caza de[17] gangas.

Muchas veces, cuando las heroínas estaban ya muy tranquilas haciendo el recuento de los regalos y narrando los episodios del combate, se veían de repente sorprendidas, invadidas por un grupo de intrépidos que iban a librarles batalla[18] dentro de sus propias trincheras. Gritos, cerramientos estrepitosos de puertas, vidrios rotos, repliegues de las jugadoras a un rincón, y protestas de los dueños de la casa,—tal era el comienzo de la lucha. El campo de batalla era la sala prudentemente desamueblada desde el día anterior, sin alfombra, sin cortinas, sin ningún adorno, en fin, más que la gran tina del baño[19] colmada de agua, el baño de asiento,[20] la tinaja, los tachos grandes de la cocina, y todo cuanto cacharro pudiera servir para tener mucha agua a mano.

Repuestas las niñas del susto, emprendían el ataque provistas de sus jarros, pues buen cuidado tenían de no dejar sus armas para que el enemigo las aprovechase. Defendíanse los hombres como podían, con las manos, con los sombreros, con lo que les caía al alcance, pero generalmente acababan por quedar vencidos, porque es irresistible una carga de jugadoras de ésas que se calientan en la refriega y ya no miran para atrás,[21] arrojando agua mientras tienen agua, y concluyendo a jarrazo limpio[22] cuando ya no tienen con qué mojar. Escurríanse los asaltantes como podían, perseguidos hasta en la escalera, por la servidumbre que hacía de reserva a las patronas; pero frecuentemente sucedía que el menos listo o el más aturdido quedaba solo, encerrado dentro de un círculo femenino que, no por serlo, era menos terrible, y entonces pagaba él la calaverada por él, y por sus compañeros. Ésta le aturde con un jarro de agua en los ojos, aquélla le aplasta encasquetándole un balde lleno en la cabeza, la otra le pellizca de un brazo, tironéale la de más allá de las orejas, hasta que, entusiasmadas de veras,[23] cargan las cuatro con él, y a pesar de sus manotadas y pataleos, le zambullen dentro de la tina, y de buena gana le ahogarían, si la oportuna intervención del dueño de la casa, no pusiese fin a la gresca. ¡Cómo saldría de mohino y cariacontecido el zarandeado asaltante, es cosa que ya el lector sobradamente se imaginará ....!

Daniel Muñoz (Uruguayo)