32.—RECUERDOS DE TIBACUI
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Salió bien pronto la procesión. El pueblo se prosternó respetuosamente, y ya no se oía sino el canto sagrado, el alegre tañido de las campanas y el tamboril y el pito de la danza que iba bailando delante del Santo Sacramento.[1] Entonces empezó a arder un castillo de pólvora,[2] preparado para la primera estación. Dos indios de la danza fingieron caer con los rostros contra la tierra. Al cesar el ruido de la pólvora, volvieron a levantarse y continuaron ágiles y alegres su incansable danza. Pero cuantas veces se quemaron castillos o ruedas, ellos repitieron aquella expresiva pantomima. Confieso que no pude ya resistir la impresión que me causó aquella escena. Mis lágrimas corrieron al ver la inocente y cándida alegría con que los descendientes de los antiguos dueños del suelo americano renuevan en una pantomima tradicional la imagen de su destrucción, el recuerdo ominoso y amargo del tiempo en que sus abuelos fueron casi exterminados y vilmente esclavizados por aquellos hombres terribles, que en su concepto, manejaban el rayo. En el trascurso de más de tres siglos estos hijos degenerados de una raza valiente y numerosa, ignorantes de su origen, de sus derechos y de su propia miseria, celebran una fiesta cristiana contrahaciendo momentáneamente los usos de sus mayores y se ríen representando el terror de sus padres en aquellos días aciagos en que sus opresores los aniquilaban para formar colonias europeas sobre los despojos de una grande y poderosa nación.
—Josefa Acevedo de Gómez (Colombiana)
Chapter Footnotes:
[1] del Santo Sacramento, the Holy Sacrament; the Host carried in the procession. VARIANT: El Santísimo.
[2] castillo de pólvora, fireworks.
33.—EL PUCHERO Y EL ASADO EN EL PLATA
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El puchero[1] ha quedado como resumen de todo lo que el ama de casa tiene a mano; carne de buey, espigas de maíz tierno, zapallo, papas, zanahorias, tomates, arroz y pimientos se dan cita en la marmita y aparecen en la mesa, en una mezcolanza abundante y burguesa, al que hay que hacer los honores sin escrúpulo.[2] Sin que nos metamos a[3] criticarlo, este plato español ha conquistado su carta de naturaleza y se ha convertido en plato nacional. Es también el plato cotidiano. Es tal vez este su defecto, pero hace también seguramente su mérito. ¡Dichosos los pueblos que pueden comer el puchero dos veces al día! Quéjese el que quiera de esta monotonía muy alimenticia....
El puchero es en suma el gran recurso culinario del país; contiene la solución del problema de la vida para todos, y todos pueden procurárselo, satisfaciendo el apetito de toda su familia con veinte centavos próximamente. Las mismas gentes ricas tienen a este modesto plato nacional tal apego, que cuando viajan por Europa, la ausencia del puchero destruye en parte el encanto que produce la cocina sabia,[4] y se consideran dichosos si logran encontrar en alguna parte el recuerdo de la patria ausente y del hogar abandonado en medio de los cálidos vapores que aquél exhala.
Este plato nacional tiene por todas partes un compañero obligado, el asado; pero es preciso que este asado reuna ciertas condiciones. Primeramente es preciso para llenar las condiciones de sabor deseado que el pedazo sea cortado en las partes firmes de la pierna del buey, allí donde la carne es más resistente. El carnero en la ciudad está enteramente proscrito y nunca ha sido admitido a figurar, bajo ninguna forma, sobre la mesa de un criollo, respetuoso de la tradición. Animal largo tiempo desdeñado, no se ha levantado aún a los ojos de los criollos del largo abandono en que vegetaba hace aún un cuarto de siglo; por el contrario es muy buscado de[5] los extranjeros y por esta causa el consumo aumenta extraordinariamente. En los campos hay que contentarse con él; pues no se puede por todas partes sacrificar el ganado mayor para la alimentación. De todas las partes del carnero la más desdeñada es la pierna y en realidad no dejan de[6] tener razón para ello. El rebaño se cría en libertad en una vasta extensión que no es nunca menor de doscientas cincuenta hectáreas; por allí corre a su guisa,[7] marcha y circula sin conocer nunca, ni aún en el invierno, el reposo del establo; estas grandes marchas dan a la fibra de esta parte carnosa una resistencia poco agradable y un gusto diferente de la del carnero criado en países donde la propiedad está muy dividida y donde es de regla[8] la estabulación.