El esfuerzo de Sarmiento tendió siempre, más que a reformar las instituciones y la legislación, a transformar las costumbres y las ideas del pueblo. La noción de gobierno, esto es, la de una entidad tutelar y directiva, nacida del consenso general, digna de respeto, necesariamente fuerte y obligatoriamente honesta, empezó a entrar en el alma nacional cuando, después de predicarla durante cuarenta años, Sarmiento la encarnó en la Presidencia. Él marcó todos los rumbos definitivos: Al maestro, la cultura que se refleja en el espíritu del niño que educa; al agricultor, la obligación de aliviar a la tierra, en su faena sagrada, con la aplicación de los métodos e instrumentos más perfeccionados; al ganadero, la adopción de las razas superiores; al comercio, la actividad y la honradez; a los administradores de la cosa pública,[1] las manos limpias e impecables; al ejército, por fin, en páginas y actos que no debemos olvidar, el campo circunscripto, pero glorioso, de su acción legítima, el estudio y la preparación constante para responder al alto y noble fin de su institución.
—Miguel Cané (Argentino)
Chapter Footnotes:
[A] Domingo F. Sarmiento (1811-1888): An Argentine statesman, writer and educator, who was president of Argentina.
[1] la cosa pública, public affairs.
7.—MACEO[A]
[(to the vocabulary section)]
Y por último, sentado en un banquillo de madera frente a una mesita de campaña, y rodeado de algunos jefes y oficiales, estaba un hombre.
Elevada era su estatura, fuerte y bien hecho su cuerpo, su tez cobriza, su mirada estaba llena de inteligencia y viveza. Las hermosas y varoniles facciones de su rostro expresaban en aquellos instantes serenidad y reposo. Cubríale el labio superior negrísimo bigote: tenía el resto de la cara limpio de barba. Representaba tener cuarenta y cinco años, poco más o menos, y estar en la plenitud de sus fuerzas físicas e intelectuales. Su vestido era sencillo, y en cuanto a las prendas del traje, semejante al de los demás jefes. Llevaba puesta atravesada sobre el ancho pecho una banda con tres estrellas, la cabeza desnuda y poblada de ondeados y negros y abundosos cabellos, y en la boca un tabaco y una leve sonrisa de triunfo....
Había superado obstáculos que insuperables parecían, nublado los cielos con el humo de pueblos, bateyes y cañaverales, en humo convertidos,[1] sentido retemblar las capas atmosféricas y las del suelo con el rugir estruendoso de la metralla de los cañones y de las descargas de los fusiles. Y con sólo algunos miles de hombres había burlado, y a las veces combatido y derrotado, columnas valerosas, desmoralizado al enemigo, y asombrado al mundo.
Aquel hombre, grande por sus extraordinarias cualidades y digno de admiración, aquel hombre—ya todo el que esto lee lo sabe—era Antonio Maceo.