[4] dueño y señor, lord and master.
[5] el gran perseguido, the most persecuted man. VARIANT: El hombre más perseguido.
[6] Pero el genio triunfa ... de los protervos, But ... genius triumphed over vicious ignorance. VARIANTS: Al fin; al fin y al cabo.
12.—JOSÉ MARTÍ[A]
[(to the vocabulary section)]
Yo admiraba altamente el vigor general de aquel escritor único, a quien había conocido por aquellas formidables y líricas correspondencias que enviaba a diarios hispano-americanos, como «La Opinión Nacional», de Caracas; «El Partido Liberal», de Méjico; y, sobre todo, «La Nación», de Buenos Aires. Escribía una prosa profusa, llena de vitalidad y de color, de plasticidad y de música. Se transparentaba el cultivo de los clásicos españoles y el conocimiento de todas las literaturas antiguas y modernas; y, sobre todo, el espíritu de un alto y maravilloso poeta. Fuí puntual a la cita, y en los comienzos de la noche entraba en compañía de Gonzalo de Quesada por una de las puertas laterales del edificio en donde debía hablar el gran combatiente. Pasamos por un pasadizo sombrío; y, de pronto, en un cuarto lleno de luz, me encontré entre los brazos[1] de un hombre pequeño de cuerpo,[2] rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo y que me decía esta única palabra: «¡Hijo!»
Era la hora ya de aparecer ante el público, y me dijo que yo debía acompañarle en la mesa directiva[3]; y cuando me dí cuenta,[4] después de una rápida presentación a algunas personas, me encontré con ellas y con Martí en un estrado, frente al numeroso público que saludaba con un aplauso simpático. Martí tenía esa noche que[5] defenderse. Había sido acusado, no tengo presente[6] ya si de negligencia, o de precipitación, en no sé cuál movimiento de invasión a Cuba. Es el caso, que[7] el núcleo de la colonia le era en aquellos momentos contrario; mas aquel orador sorprendente tenía recursos extraordinarios, y aprovechando mi presencia, simpática para los cubanos que conocían al poeta,[8] hizo de mí una presentación ornada de las mejores galas de su estilo. Los aplausos vinieron entusiásticos, y él aprovechó el instante para sincerarse de las sabidas acusaciones, y como ya tenía ganado al público, y como pronunció en aquella ocasión uno de los más hermosos discursos de su vida, el éxito fué completo y aquel auditorio, antes hostil, le aclamó vibrante y prolongadamente.
Concluido el discurso, salimos a la calle. No bien[9] habíamos andado algunos pasos, cuando oí que alguien le llamaba: «¡Don José! ¡Don José!» Era un negro obrero que se le acercaba humilde y cariñoso. «Aquí le traigo este recuerdito»,[10] le dijo. Y le entregó una lapicera de plata. «Vea usted», me observó Martí, «el cariño de esos pobres negros cigarreros. Ellos se dan cuenta de[11] lo que sufro y lucho por la libertad de nuestra pobre patria.» Luego fuimos a tomar el té a casa de una su[12] amiga, dama inteligente y afectuosa, que le ayudaba mucho en sus trabajos de revolucionario. Allí escuché por largo tiempo su conversación. Nunca he encontrado, ni en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la cita,[13] para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé con él momentos inolvidables, luego me despedí.[14] El tenía que partir esa misma noche para Tampa, con objeto de arreglar no sé qué[15] preciosas disposiciones de organización. No le volví a ver más.
—Rubén Darío (Nicaragüense)
Chapter Footnotes:
[A] José M. Martí, the “Apostle” of the Cuban revolution, who, dying in 1895, did not live to see the fruit of his labors.