Con esto escapó precipitadamente diciendo para sí:—¡Cáspita! ¡Ese barbón se parece al mismísimo diablo! Lo que es a mí, no me mata. Que vaya el aprendiz, que es joven. Aquí tiene una buena ocasión de aprender algo. Por fin vino el aprendiz. Era un muchacho de unos diez y seis años, con ojos vivos y cara inteligente.
—¡Ola!—gritó el forastero, soltando una carcajada que hizo retemblar las paredes.
—¿Te atreves tú a afeitarme? Pues bien, muchacho. ¡Mira! Aquí tienes esta pieza de oro y este cuchillo. La moneda de oro vale cinco pesetas y será tuya si me afeitas sin cortarme; pero como eso no es muy fácil, porque tengo la piel muy delicada, te advierto que si me cortas te mataré con este cuchillo.
Y miró al pobre aprendiz con unos ojos que parecían salir chispas centellantes.
Mientras tanto, el muchacho reflexionaba de esta manera:—¡Cinco pesetas! Eso es más de lo que gano en seis meses. Con esa suma me puedo comprar un traje nuevo para la feria y, además, un nuevo estuche. Con que me voy a atrever. Si este bruto mueve el rostro y lo corto, ya sé lo que debo hacer.
Con gran calma saca todo lo necesario de su estuche; sienta al forastero en una silla, y sin el menor miedo pero con mucho cuidado termina el muchacho felizmente la operación.
—Aquí tienes tu dinero,—dijo el terrible matasiete.—¡Chispas, niño! tú tienes más valor que tu maestro y su asistente, y a la verdad mereces el oro. Pero dime: ¿no tenías miedo?
—¿Miedo? ¿Por qué? Vd. estaba enteramente en mi poder. Tenía yo las manos y mi más afilada navaja en la garganta de Vd. Supongamos que Vd. se mueve y yo le corto. Vd. intenta asir el cuchillo para matarme. Yo lo impido y con una sola tajada lo deguello. Eso es todo. ¿Entiende Vd. ahora?
Esta vez fue el forastero el que se puso pálido.