Un aliento de fuego abrasó su cara, un mar de luz obscureció sus ojos, un trueno gigante retumbó en sus oídos, y arrancado del corcel y lanzado al vacío como la piedra candente que arroja un volcán, se sintió bajar, y bajar sin caer nunca, ciego, abrasado y ensordecido, como cayó el ángel rebelde cuando Dios derribó el pedestal de su orgullo con un soplo de sus labios.[1]

[Footnote 1: Compare—

Nine days they fell; confounded Chaos roared,
And felt tenfold confusion in their fall
Through his wild anarchy; so huge a rout
Encumbered him with ruin. Hell at last,
Yawning, received them whole, and on them closed—
Hell, their fit habitation, fraught with fire
Unquenchable, the house of woe and pain.
Milton, Paradise Lost, book vi.]


I

La noche había cerrado, y el viento gemía agitando las hojas de los árboles, por entre cuyas frondosas ramas se deslizaba un suave rayo de luna, cuando Teobaldo, incorporándose sobre el codo y restregándose los ojos como si despertara de un profundo sueño, tendió alrededor una mirada y se encontró en el mismo bosque donde hirió al jabalí, donde cayó muerto su corcel; donde le dieron aquella fantástica cabalgadura que le había arrastrado á unas regiones desconocidas y misteriosas.

Un silencio de muerte reinaba á su alrededor; un silencio que sólo interrumpía el lejano bramido de los ciervos, el temeroso murmullo de las hojas, y el eco de una campana distante que de vez en cuando traía el viento en sus ráfagas.

—Habré soñado, dijo el barón: y emprendió su camino al través del bosque, y salió al fin á la llanura.

II

En lontananza, y sobre las rocas de Montagut, vió destacarse la negra silueta de su castillo, sobre el fondo azulado y transparente del cielo de la noche.—Mi castillo está lejos y estoy cansado, murmuró; esperaré el día en un lugar cercano, y se dirigió al lugar.—Llamó á la puerta.—¿Quien sois? le preguntaron.—El barón de Fortcastell, respondió, y se le rieron en sus barbas.—Llamó á otra.—¿Quién sois y que queréis? tornaron á preguntarle.—Vuestro señor, insistió el caballero, sorprendido de que no le conociesen; Teobaldo de Montagut.[1]—¡Teobaldo de Montagut! dijo colérica su interlocutora, que no era una vieja; ¡Teobaldo de Montagut el del cuento!... ¡Bah!... Seguid vuestro camino, y no vengáis á sacar de su sueño á las gentes honradas para decirles chanzonetas insulsas.