—Y huyeron las mariposas blancas y las libélulas azules, dejando su lugar á los insectos obscuros que venían á roer nuestras fibras y á depositar en nuestro seno sus asquerosas larvas.
—¡Oh! ¡Y cómo nos estremecíamos encogidas al helado contacto de las escarchas de la noche!
—Perdimos el color y la frescura.
—Perdimos la suavidad y las formas, y lo que antes al tocarnos era como rumor de besos, como murmullo de palabras de enamorados, luego se convirtió en áspero ruido, seco, desagradable y triste.
—¡Y al fin volamos desprendidas!
—Hollada bajo el pie de indiferente pasajero, sin cesar arrastrada de un punto á otro entre el polvo y el fango, me he juzgado dichosa cuando podía reposar un instante en el profundo surco de un camino.
—Yo he dado vueltas sin cesar arrastrada por la turbia corriente, y en mi larga peregrinación vi, solo, enlutado y sombrío, contemplando con una mirada distraída las aguas que pasaban y las hojas secas que marcaban su movimiento, á uno de los dos amantes cuyas palabras nos hicieron presentir la muerte.
—¡Ella también se desprendió de la vida y acaso dormirá en una fosa reciente, sobre la que yo me detuve un momento!
—¡Ay! Ella duerme y reposa al fin; pero nosotras, cuando acabaremos este large viaje?...