Su frente estaba serena; ni había indignación en su rostro, ni cólera en su ademán.
Tendió una mirada alrededor, y esta sola mirada fué bastante para darle á conocer lo que pasaba. Con toda la galantería del doncel más cumplido, tomó el guante de las manos de los caballeros que, como movidas por un resorte, se abrieron sin dificultad al sentir el contacto de la del monarca, y volviéndose á doña Inés de Tordesillas que, apoyada en el brazo de una dueña,[1] parecía próxima á desmayarse, exclamó, presentándolo, con acento, aunque templado, firme:
[Footnote 1: dueña = 'duenna,' an elderly woman who occupies a position midway between that of governess and companion to young Spanish women.]
—Tomad, señora, y cuidad de no dejarle[1] caer en otra ocasión, donde al devolvérosle,[2] os lo devuelvan manchado en sangre.
[Footnote 1: le. See p. 66, note 1.]
[Footnote 2: le. See p. 66, note 1.]
Cuando el rey terminó de decir estas palabras, doña Inés, no acertaremos á decir si á impulsos de la emoción, ó por salir más airosa del paso, se había desvanecido en brazos de los que la rodeaban.
Alonso y Lope, el uno estrujando en silencio entre sus manos el birrete de terciopelo, cuya pluma arrastraba por la alfombra, y el otro mordiéndose los labios hasta hacerse brotar la sangre, se clavaron una mirada tenaz é intensa.
Una mirada en aquel lance equivalía á un bofetón, á un guante arrojado al rostro, á un desafío á muerte.