Antojábaseme al verla tan diáfana y luminosa que no era una criatura terrenal, sino un espíritu que, revistiendo por un instante la forma humana, había descendido en el rayo de la luna, dejando en el aire y en pos de sí la azulada estela que desde el alto ajimez bajaba verticalmente hasta el pie del opuesto muro, rompiendo la obscura sombra de aquel recinto lóbrego y misterioso.
—Pero ... exclamó interrumpiéndole su camarada de colegio, que, comenzando por echar á broma la historia, había concluido interesándose con su relato: ¿cómo estaba allí aquella mujer? ¿No la[1] dijiste nada? ¿No te explicó su presencia en aquel sitio?
[Footnote 1: la. See p. 20, note 2.]
—No me determiné á hablarla,[1] porque estaba seguro de que no había de contestarme, ni verme ni oirme.
[Footnote 1: la. See p. 20, note 2.]
—¿Era sorda?
—¿Era ciega?
—¿Era muda? exclamaron á un tiempo tres ó cuatro de los que escuchaban la relación.
—Lo era todo á la vez, exclamó al fin el capitán después de un momento de pausa; porque era... de mármol. Al oir el estupendo desenlace de tan extraña aventura, cuantos había en el corro prorrumpieron en una ruidosa carcajada, mientras uno de ellos dijo al narrador de la peregrina historia, que era el único que permanecía callado y en una grave actitud:
—¡Acabáramos de una vez! Lo que es de ese género, tengo yo más de un millar, un verdadero serrallo, en San Juan de los Reyes; serrallo que desde ahora pongo á vuestra disposición, ya que, á lo que parece, tanto os da de una mujer de carne como de piedra.