—No... prosiguió dirigiéndose siempre á la estatua del guerrero, y con esa sonrisa estúpida propia de la embriaguez ...no creas que te tengo rencor alguno porque veo en tí un rival... al contrario, te admiro como un marido paciente, ejemplo de longanimidad y mansedumbre, y á mi vez quiero también ser generoso. Tú serias bebedor á fuer de soldado... no se ha de decir que te he dejado morir de sed, viéndonos vaciar veinte botellas... ¡toma!

Y esto diciendo llevóse la copa á los labios, y después de humedecérselos con el licor que contenía, le arrojó el resto á la cara, prorrumpiendo en una carcajada estrepitosa al ver como caía el vino sobre la tumba goteando de las barbas de piedra del inmóvil guerrero.

—¡Capitán! exclamó en aquel punto uno de sus camaradas en tono de zumba, cuidado con lo que hacéis.... Mirad que esas bromas con la gente de piedra suelen costar caras.... Acordaos de lo que aconteció á los húsares del 5° en el monasterio de Poblet.[1] ... Los guerreros del claustro dicen que pusieron mano una noche á sus espadas de granito, y dieron que hacer á los que se entretenían en pintarles bigotes con carbón.

[Footnote 1: Poblet. A once celebrated Cistercien monastery, situated about midway between Lérida and Tarragona. It owes its name to a holy hermit, who, after suffering many persecutions at the hands of the Moors, was finally granted all the territory of Hardeta. "When the Christians reconquered the country in 1149, the body of Poblet was revealed to the Church by miraculous lights, in consequence of which Ramón Berenguer IV immediately built the convent... (which) became the Escorial of Aragon." (Ford, Handbook.) It was plundered and partly destroyed in 1822–1835, but the ruins are still beautiful and imposing. The following incident is not one of its well-known legends.]

Los jóvenes acogieron con grandes carcajadas esta ocurrencia; pero el capitán sin hacer caso de sus lisas, continuó siempre fijo en la misma idea:

—¿Creéis que yo le hubiera dado el vino á no saber que se tragaba al menos el que le cayese en la boca? ... ¡Oh! ... ¡no! ... yo no creo como vosotros que esas estatuas son un pedazo de marmól tan inerte hoy como el día en que lo arrancaron de la cantera. Indudablemente el artista, que es casi un dios, da á su obra un soplo de vida que no logra hacer que ande y se mueva, pero que le infunde una vida incomprensible y extraña; vida que yo no me explico bien, pero que la siento, sobre todo cuando bebo un poco.

—¡Magnífico! exclamaron sus camaradas, bebe y prosigue. El oficial bebió, y fijando los ojos en la imagen de doña Elvira, prosiguió con una exaltación creciente:

—¡Miradla! ... ¡miradla! ... ¿No véis esos cambiantes rojos de sus carnes mórbidas y transparentes? ... ¿No parece que por debajo de esa ligera epidermis azulada y suave de alabastro circula un flúido de luz de color de rosa? ... ¿Queréis más vida? ... ¿Queréis más realidad? ...

—¡Oh! sí, seguramente, dijo uno de los que le escuchaban; quisiéramos que fuese de carne y hueso.

—¡Carne y hueso! ... ¡Miseria, podredumbre! ... exclamo el capitán. Yo he sentido en una orgía arder mis labios y mi cabeza; yo he sentido este fuego que corre por las venas hirviente como la lava de un volcán, cuyos vapores caliginosos turban y trastornan el cerebro y hacen ver visiones extrañas. Entonces el beso de esas mujeres materiales me quemaba como un hierro candente, y las apartaba de mí con disgusto, con horror, hasta con asco; porque entonces, como ahora, necesitaba un soplo de 'brisa del mar para mi frente calurosa, beber hielo y besar nieve... nieve teñida de suave luz, nieve coloreada por un dorado rayo de sol... una mujer blanca, hermosa y fría, como esa mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura, que parece que oscila al compás de la llama, y me provoca entreabriendo sus labios y ofréciendome un tesoro de amor.... ¡Oh!... sí... un beso... sólo un beso tuyo podrá calmar el ardor que me consume.