Al Dios por quien jura capaz de arrostrar.

El carïado, lívido esqueleto,

Los fríos, largos y asquerosos brazos,

Le enreda en tanto en apretados lazos,

Y ávido le acaricia en su ansiedad;

Y con su boca cavernosa busca

La boca a Montemar, y a su mejilla

La árida, descarnada y amarilla

Junta y refriega repugnante faz.

Y él, envuelto en sus secas coyunturas,