BRUNO. Perrada fuera.

DOÑA MATILDE. ¡Yo, que tengo la culpa de todas las desgracias de usted!

DON EDUARDO. Pero qué remedio….

DOÑA MATILDE. No, jamás se realizará tan terrible separación … si es cierto que usted me quiere….

DON EDUARDO. ¿Lo duda usted todavía?

DOÑA MATILDE. ¿Desheredado por mí! ¡Y yo he podido, Dios mío, desconocer un instante tanto mérito!

DON EDUARDO. ¡No llore usted, por mi vida, Matilde mía!

DOÑA MATILDE. ¡Sí, hace usted bien en llamarme suya … que de usted soy y seré … que de usted he sido siempre; porque ahora lo conozco, y no tengo vergüenza de confesarlo!

BRUNO. ¡Pobrecita, qué ha de hacer más que conocerlo y confesarlo!

DON EDUARDO. ¿Puedo creer tamaña dicha!