ANTONIO (con alegría). ¿Sí? ¿Tú crees?…
ELISA. Pero ¿qué tiene usted? ¿Por qué mira de ese modo hacia la puerta?
MIGUEL. Olvida mis bromas y goza en paz de tu ventura. Antes de casarme era yo mejor que tú, y si hubiese dado con una esposa como la tuya…. Pero mi mujer no es mujer; es una arpía, una furia, un demonio, ¡peor que un demonio! Si hubiese un demonio como mi mujer, ¿quién pararía en el infierno?
ANTONIO. ¿Habéis reñido?
MIGUEL. ¡Friolera! ¡Una especie de batalla campal! ¡Oh! (Prestando atención, como si oyese algún ruido, y mirando otra vez muy sobresaltado hacia la puerta del foro.) No, nada. Se me ha colgado de los faldones del gabán…, de la corbata, que si tira algo más me ahoga. ¡Ay, ojalá!
ANTONIO. Ya ves: su genio….
ELISA. Como le quiere a usted tanto….
MIGUEL. ¡Señora! ¡No diga usted eso por los clavos de Cristo! Se acabó: mañana me divorcio.
ELISA. ¡Jesús!
MIGUEL. O me suicido.