Entonces se alejaron hacia Almería.
Yo enterré a Iwa en este barranco..., ahí..., donde
05 está V. sentado..., y me volví a Gérgal, porque conocí que
estaba malo.[[63-1]]
Y, con efecto, aquel lance me costó una terrible enfermedad,
que me puso a las puertas de la muerte.
—Y ¿no volvió V. a ver a aquellos soldados? ¿No sabe V.
10 cómo se llamaban?
—No, señor; pero, por las señas que me dió más tarde la
viejecita que cuidó al polaco, supe[[63-2]] que uno de los dos españoles
tenía el apodo de Risas, y que aquél era justamente el
que había matado y robado al pobre extranjero.
15 En esto nos alcanzó la galera: el viejo y yo subimos al
camino; nos apretamos la mano, y nos despedimos muy contentos
el uno del otro.— ¡Habíamos llorado juntos!
III
Tres noches después tomábamos café varios amigos en el
precioso casino de Almería.
20 Cerca de nosotros, y alrededor de otra mesa, se hallaban dos
viejos, militares retirados, Comandante el uno y Coronel el otro,
según dijo alguno que los conocía.
A pesar nuestro, oíamos su conversación, pues hablaban tan
alto como suelen los que han mandado mucho.