La educación política dará a la mujer nuevas armas para atraerse el respeto y la admiración del hombre. La mujer entenderá que su obligación no consiste solamente en dar hijos a la Patria sino en educar y dirigir sus sentimientos, de modo que desde niños se interesen en las cosas que se puedan hacer para mejorar las condiciones sociales, inspirándoles de este modo el amor o la afición a servir una causa determinada o un partido determinado en pró del interés público. La conciencia pública se dilatará, se robustecerá conteniendo y reflejando los sentimientos de la mujer, elemento pasivo, hoy por hoy, de nuestra ciudadanía, y en horas de crisis, cuando la nación alguna vez se encuentre en peligro, ella se verá servida y ayudada, no sólo por ciudadanos, sino también por ciudadanas, que no van a ser improvisadas ni inexpertas en las tareas y deberes colectivos sino acostumbradas a la disciplina de la organización y a los llamamientos del servicio público.

Tiene—¿qué duda cabe?—sus infinitas ventajas para el hombre el dejar a la mujer en la ignorancia, no sólo de la política sino también de otras materias. ¿No es más fácil así al hombre satisfacer sus caprichos y hacer de ella un juguete que puede dejar o utilizar cuando quiera? Ella es obediente, sumisa, resignada; no discute ni razona nunca; calla, obedece, sirve, un mueble hermoso que se diferencia de los demás de la casa en que tiene vida; muñeca deliciosa porque habla y tiene un poco de juicio. Yo sé que este es el ideal que muchos hombres quieren, por la sencilla y única razón de que así les conviene.

Pero no es esa la mujer como debe ser; la mujer que nuestro siglo ha redimido de la ignorancia y de la esclavitud; la mujer que ha recibido de Dios una inteligencia, una voluntad y un corazón para que los cultive y perfeccione al objeto de que ella sea, no la sierva del hombre sino su compañera, no la súbdita de un rey sino reina al lado del rey, fieles y constantes aliados desde la cuna hasta el sepulcro, en la hora feliz o en la adversa, no sólo en las intimidades del santuario doméstico, sino también en los abiertos y dilatados espacios de la vida pública. El hombre y la mujer han sido hechos para unirse, comprenderse y amarse, para estar juntos siempre a trabajar, sufrir y luchar por cuanto hay de bueno y de bello en la vida, para afirmar el reinado de la pareja humana sobre el planeta y hacer de él una habitación digna y feliz, libre de tiranías y sufrimientos y apta para ser vivida por séres pacíficos e inteligentes y no por buitres y otras fieras voraces.

Esta es la misión de la mujer y del hombre sobre la tierra tal como la comprendo y la concibo. Hasta que el hombre y la mujer no se encuentren en un perfecto nivel, en un plano completo de igualdad según sus naturalezas respectivas de modo que pueda haber una comunión íntima de pensamientos, afectos e intereses, la vida será siempre ominosa y miserable para el uno o para la otra, y la Humanidad no triunfará de sus presentes desdichas. La criatura femenina ha salido de la mano de Dios tan perfecta como el hombre y no es justo privarla de ninguna de las satisfacciones y ventajas que al hombre proporcionan las ciencias, las artes y la política. Si la política es una noble ocupación de la vida, ciencia y arte de hacer la felicidad de los pueblos, justo es que la mujer contribuya con cuanto quiera y con cuanto pueda a lograr esa felicidad.

¿Qué duda cabe que la mujer tiene facultades, sentimientos, puntos de vista y métodos propios para hacer las cosas, diferentes del hombre? ¡Cuántas veces se ha visto que cuando un hombre no se ha atrevido a hacer una cosa se ha dejado obrar a la mujer para conseguirla! Ella tiene su propia personalidad y debe dársela, como al hombre, la libertad necesaria para que pueda desarrollarla, tener voz decisiva en sus intereses y destinos, tomar por su cuenta los riesgos de la vida, hacer sus propias aventuras, experimentos y descubrimientos en vez de que el hombre la fije invariablemente la pauta de conducta y le imponga el molde en que debe trabajar.

La política ha dejado de ser lo que debía, se ha hecho demasiado masculina, se ha vuelto brutal, egoísta, personalísima, porque le ha faltado la bondad, la abnegación, el altruísmo y el espíritu de sacrificio, que son cualidades características del ser femenino. ¿Por qué no sacar ventajas de las energías de la mujer, de sus impulsos y modos de ver las cosas para mejorar nuestras prácticas y nuestros procedimientos en la vida pública? ¡Quién sabe si la política se sanea y se purifica un poco con la presencia y la intervención de la mujer, de la misma manera que la presencia de ésta en una reunión cohibe en cierto modo la licencia de las palabras y de la acción de los hombres!

El monopolio ejercido por el hombre sobre las funciones públicas, ha sido, como otras tantas instituciones ahora desaparecidas, basado en la fuerza y violencia y con el fin de perpetuarlo se parapeta detrás de la muralla de prejuicios levantada a costa del tiempo y del orden de cosas establecido, lanzando de allí los dardos de la sátira y del ridículo contra aquéllos que demandan la cesación de ese estado de violencia. Así, ridículo es la más fuerte arma que ahora se esgrime contra la mujer que pretende reclamar justicia y obtener la reivindicación de los derechos de su sexo, alguno de los cuales, como el gobierno de los pueblos, no ha sido negado ni aún en muchas de las sociedades primitivas.

Por ésto, la idea que muchos tienen de la sufragista es muy curiosa. Se la representa como una mujer que odia los quehaceres de la casa y está constantemente fuera de ella, de día y de noche. La pintura más común es aquella en que la mujer arenga en una especie de asamblea a algunas de su sexo, mientras su marido se dedica a barrer la casa y entretener al bebé que llora. Esa es la idea que ha sido vulgarizada por los cines y revistas y la que está fijada en la mente de las muchedumbres que no se paran a reflexionar elevándose por encima de la superficie de las cosas.

Nada hay, sin embargo, más lejos de representar la realidad. La sufragista es una mujer, producto de nuestros tiempos de libertad; instruída como el hombre, conoce y no rehuye las responsabilidades que tiene en la familia; pero a la vez esta libre de preocupaciones y cree sencillamente en el deber de compartir con el hombre los trabajos concernientes al mejoramiento social, al bienestar público de la comunidad en que vive; cree que por lo mismo que en el hogar hay deberes asignados a su sexo, tiene asimismo deberes que desempeñar en la vida pública. En la vida doméstica y familiar no surge ningún conflicto entre los dos seres por estar repartido el trabajo entre ambos; no hay motivo tampoco para temer ningún conflicto en la vida pública si se sabe asignar a cada sexo los deberes que le corresponden según su naturaleza.

La sufragista, por el hecho de serlo, no es antagónica a los deberes de la familia, antes bien comprende que el bienestar de la familia es el fundamento del bienestar de la sociedad, y tiene conciencia de que las miserias y vicios sociales afectan a la familia y ella puede y debe acudir a remediar con el hombre esas miserias y esos vicios.