MARCELA. No.
MIGUEL. ¿Por qué no se lo has dicho?
MARCELA. ¡Ay, Miguel! No me atrevo.
MIGUEL. ¿Por qué no?
MARCELA. Porque estoy llena de temores.
MIGUEL. Pues hay que rechazarlos, niña. ¿Qué ley humana nos obliga a recoger un dolor sembrado por otros?
MARCELA. Ninguna; pero ya estás viendo que es así.
MIGUEL. No lo será más tiempo. Resuelto estoy.
MARCELA. ¿A qué, Miguel?
MIGUEL. A presentarme a esta señora; a decirle mi nombre, si tú no se lo dices; a convencerla de que serás mía.